Tag Archives: Desierto

Lawrence de Arabia

15 Ago

El hombre que mira la llama y contempla su destino. T.E. Lawrence, Lawrence de Arabia, el puzle, el enigma sin resolver. Para la sección de cine clásico de Bandeja de plata.

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La Atlántida

7 Jun

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Año: 1932.

Director: Georg Wilhelm Pabst.

Reparto (Versión en francés): Brigitte Helm, Pierre Blanchar, Jean Angelo, Tela Tchaï, Vladimir Sokoloff, Mathias Wieman.

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           La llegada del sonido al cine desencadenaría la que probablemente sea la primera gran ola de remakes del por entonces joven arte, que pretendía aprovechar este avance técnico para modernizar historias ya narradas en primera instancia. La Atlántida, adaptación de la novela de Pierre Benoit que ya había sido llevada al cine en 1921 por Jacques Feyder, es uno de estos casos, que además presenta otro de los rasgos recurrentes de este salto al sonoro: el rodaje simultáneo en diferentes idiomas -aquí francés, inglés y alemán- para adaptarse a las pantallas internacionales, ya que el lenguaje universal del silente, basado en la imagen y que tan solo exigía cambiar los carteles de los intertítulos, queda ahora reemplazado en buena medida por el poder expresivo de la palabra.

Con todo, después de que el propio Feyder descartase rehacer la obra, Georg Wilhelm Pabst, que asumiría las riendas del proyecto, despliega una estética que aún conserva notables reminiscencias del cine mudo, atento al rostro, a la gestualidad y a la capacidad atmosférica y sugestiva del fotograma. Aunque la sensación no es constante a lo largo del metraje, La Atlántida parece un ‘traum-film’, emparentado con la tradición fantástica centroeuropea, donde el relato se adentra en el terreno de lo soñado, en un universo fabuloso dominado por el influjo del eros y del tanatos.

La partida de ajedrez que diputan la reina-diosa Antinea (la icónica Brigitte Helm en las tres versiones) y el teniente Saint-Avit es pura sexualidad, amenizada por un coro de bailarinas eróticas que danzan al son de una música penetrante, ‘in crescendo’, acorde a los movimientos cada vez más rápidos de las piezas, del acoso de jaques de la mujer sobre el hombre, al que hechiza, somete y, metafóricamente, castra, domándolo como al guepardo que camina por su palacio. El episodio especialmente llamativo debido a la anticlimática ausencia de música que, en cambio, se producida en escenas pretéritas -el ataque de Tosterson-.

           En paralelo, también permanece siempre presente la ascendencia de los recuerdos y las admoniciones de una perdición inexorable, incluso heredada o predestinada de acuerdo con conexiones surrealistas -el cancán en el gramófono y en el teatro, los reflejos deformados, la sucesión de objetos tras la muerte-.

           Un triángulo amoroso, con la vampirización en uno de sus vértices y su dominación y rechazo respectivo -lo que deriva por su parte en otro hechizo a la inversa-, es el tema que se encuentra en el fondo de la aventura de La Atlántida, la cual se escenifica en un territorio legendario -o no-, oculto bajo las dunas del Sáhara -los últimos rincones del planeta inexplorados por el hombre blanco en un tiempo de inminente decadencia colonial, inmunes a su insaciable empuje conquistador-.

           Con independencia de la plasmación onírica o febril del relato -donde se admiten las abruptas elipsis, algunas de ellas subyugantes-, esta idea, al igual que el desarrollo argumental del filme en general, está construida de forma atropellada desde el guion, lo que le confiere a la película cierta irregularidad y hasta confusión narrativa. Su potencia, por tanto, procede de su inmersión en un cosmos alucinado -el carácter ambiguo y etéreo de Antinea y todo lo que se encuentra bajo su reino- y físico -la sed del desierto, la amenaza del bereber, la supervivencia, el deseo-; igualmente poético y tenebroso. El mitológico palacio de Antinea está recorrido por pasillos oscuros, todo ello dominado por su efigie omnipresente.

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Nota IMDB: 5,2.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 7.

Meek’s Cutoff

13 Feb

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Año: 2010.

Directora: Kelly Reichard.

Reparto: Michelle Williams, Bruce Greenwood, Will Patton, Zoe Kazan, Paul Dano, Shirley Henderson, Neal Huff, Tommy Nelson, Rod Rondeaux.

Tráiler

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           Si el Oeste paradigmático, el de los grandes espacios abiertos y la tierra virgen por domeñar, se filma en formato panorámico, la cineasta Kelly Reichard -una mujer que se adentra en un territorio eminentemente masculino- encierra a sus pioneros en un ratio de imagen prácticamente cuadrado.

           La fracción del presunto Destino manifiesto que muestra Meek’s Cutoff, pues, se encuadra en un marco opresivo, que es donde acontecerá esta antiepopeya de la conquista. Un viaje donde, siguiendo esta línea, se describe a los personajes en ambientes veristas, en medio de actividades prosaicas y con un ritmo narrativo calculadamente estanco, entre el hipnotismo y la inercia mortecina, que de nuevo tienden a negar la épica y el paraíso prometidos, reemplazados por una travesía por el desierto hasta casi llegar al absurdo, donde el movimiento no parece tener carácter efectivo.

De esta forma, debido a las rupturas espectrales -una fascinante elipsis temporal y espacial con líneas de horizonte superpuestas-, conceptuales e incluso esotéricas -la conexión del cayuse con la noche estrellada- que se van sucediendo en el trayecto, este escenario de aparente crudeza realista camina paradójicamente hacia la abstracción por un sendero que recuerda al del acid-western, transitado anteriormente, entre otros, por Monte Hellman en A través del huracán (Forajidos salvajes) y El tiroteo, o por Jim Jarmusch en la más alucinada e irónica Dead Man.

           A lo largo de este recorrido, se diluyen en la nada las categorías preestablecidas -las oportunidades del país, el liderazgo del hombre en el sometimiento de lo salvaje, el triunfo por el enriquecimiento, el entendimiento entre colonos y nativos…-, hasta dejar paso a una conclusión en la que el abuso -a mi juicio tramposo- de las posibilidades del simbolismo y lo abstracto también se diría que quiere ocultar una buena cuota de vacío.

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Nota IMDB: 6,6.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 6,5.

Lobo

30 May

“Todos somos viajeros en el desierto de este mundo, y lo mejor que podemos encontrar en nuestros viajes es un amigo honesto.”

Robert Louis Stevenson

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Lobo

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Lobo

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Año: 2014.

Director: Naji Abu Nowar.

Reparto: Jacir Eid Al-Hwietat, Hussein Salameh Al-Sweilhiyeen, Hassan Mutlag Al-Maraiyeh, Jack Fox.

Tráiler

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          Thomas Edward Lawrence, enrolado en el departamento de inteligencia militar británico en la Primera Guerra Mundial, canaliza en Oriente Próximo los anhelos nacionalistas árabes para embarcarse en una rebelión contra el anquilosado poder otomano. La gran aventura. La fusión de espectáculo e intimidad tan ansiada por el séptimo arte, forjada en fotogramas por David Lean en Lawrence de Arabia. Gloria, sacrificio y heroísmo, pasión y dilemas.

En Lobo, la irrupción de un ser venido de otro planeta –de Inglaterra en concreto- revoluciona la vida de Theeb, tercer hijo del fallecido jeque de una recóndita tribu beduina, para arrastrarlo a una odisea en la que, rodeado por un conflicto igual de extraño que este hombre pertrechado de objetos insólitos e intrigantes, descubre a sus ojos aún sin modelar el peso de la hermandad, de la compasión, de la venganza, de la vida, de la muerte. La pequeña aventura. La intimidad encajonada en un escenario tan vasto que apenas se aprecia, incomprensible, un nimio fragmento de él. Los descubrimientos y las experiencias interiores del protagonista, no obstante, no poseen en absoluto menor relevancia que las vividas por Lawrence en un lugar tan cercano y al mismo tiempo tan lejano.

          En Lobo, la maduración de un niño a través de un traumático rito iniciático de aventura y peligro queda emparejada a la extinción de una época que, como ocurre en el western, llega transportada por la vía del ferrocarril. El metraje, no en vano, arranca ante una tumba y se desarrolla con la muerte –física o alegórica- siempre presente, si bien velada la mayor parte de las veces –los bandidos, el conflicto global-. El empleo del paisaje y de las relaciones entre personajes también posee fuertes reminiscencias de los códigos del cine del Oeste, donde cobra especial ascendencia la magistral y decisiva, pero también itinerante y fugaz, figura del extraño; del hombre perdido en la frontera entre un mundo que ya no existe y otro al que no puede pertenecer.

Es, por tanto, una obra escenificada en un periodo concreto de la Historia, pero a la vez está construida desde cierta sensación de atemporalidad, como sucede en el propio western, pura mitología moderna.

          El filme muestra un notable talento en la contención para no dejarse arrebatar por el ciclópeo ambiente bélico del entorno y, asimismo, para mantener las emociones de los personajes implosivas pero palpitantes –tanto las positivas, de fidelidad, como las negativas, de violencia-. La premisa, aunque no especialmente original o sorprendente, está narrada con solvencia, por medio de unas imágenes con fuerza poética y trascendental donde destaca el manejo de la monumentalidad del desierto jordano.

          Nominada a la mejor película de habla no inglesa, donde caería derrotada ante la superior El hijo de Saúl.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 7.

Zabriskie Point

5 Abr

“Estaba enamorado de una chica. Fuimos al cine a ver Zabriskie Point y nuestro romance se acabó por completo.”

James Caan

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Zabriskie Point

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Zabriskie Point

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Año: 1970.

Director: Michelangelo Antonioni.

Reparto: Mark Frechette, Daria Halprin, Rod Taylor, G.D. Spradlin, Paul Fix.

Filme 

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            Embarcado en el segundo episodio de su trilogía de películas en inglés bajo órdenes del productor Carlo Ponti, Michelangelo Antonioni viaja desde el éxito de la influyente Blow-Up (Deseo de una mañana de verano) hasta la contracultura de los convulsos Estados Unidos del cambio de década entre los sesenta y los setenta que trata de capturar en fotogramas Zabriskie Point.

Para infiltrarse en este ambiente alzado en rebeldía contra el status quo, Antonioni, creador del armazón fundacional de la historia, solicitaría la ayuda de un nativo: el actor, escritor y dramaturgo Sam Shepard, hombre concienciado con los problemas de su tiempo. No obstante, el libreto contaría asimismo con aportaciones de Tonino Guerra, Franco Rosetti y de Clare Peploe. A esta intención de asimilación al momento y el espacio se sumará la banda sonora presidida por Pink Floyd –que por entonces se prodigaba en el cine con filmes como El Comité, More o El valle– y aderezada además con piezas escogidas de The Rolling Stones, Grateful Dead, Roy Orbison o Patti Page, entre otros.

            Quizás esta escritura múltiple del guion sea un indicativo de esa desorientación de extranjero pisando tierra desconocida que parece dominar Zabriskie Point, de igual modo que su argumento menos críptico -en comparación con la petulante Blow-Up– y hasta su ritmo ligeramente menos desafiante también podrían ser pistas acerca de la superficialidad general de la obra.

Incluso por encima de la retórica política de esta generación militante y reprimida por la violencia fascista de lo establecido, el fresco del cineasta italiano a propósito de la búsqueda de libertad de la juventud hippie a través del viaje existencialista se limita a ofrecer una enumeración bastante típica de los males de la nación a la cabeza del mundo libre: la desigualdad social, el racismo, el cinismo, el desprecio de la cultura, la adoración del arma, el mercantilismo sobre todas las cosas, la herida sangrante de Vietnam,… Calamidades en permanente contraste con las postales residuales del American Way of Life que emergen casi marcianas –la alucinada urbanización en medio de la nada que proyecta una inmobiliaria repleta de enormes banderas y ambiciones materiales-.

El propio rodaje, repleto de incidentes relacionados con la política y con las acusaciones de antiamericanismo del proyecto, serviría como buena muestra del inflamable contexto subyacente.

            Con la inmensidad extraterrestre del desierto de Mojave como paraíso perdido donde unos nuevos Adán y Eva, forajidos románticos, puedan regenerar a la humanidad a golpe de sexo entregado y puro, Zabriskie Point pretende retratar la extinción del sueño desde una espiritualidad tópica, en exceso deudora de su época y hoy evidentemente avejentada.

La cinta no consigue por tanto ser abstracta e hipnótica al estilo de otros alzamientos análogos, caso de Punto límite: Cero, ni tan fervorosa y carismática como Easy Rider (Buscando mi destino), icono absoluto del periodo. Zabrinskie Point puede llegar a despertar interés por las resonancias de unos tiempos turbulentos y decisivos, así como por algún apunte visual de Antonioni -las explosiones-. Pero es una cinta roma, sin demasiada mordiente crítica o de poder de seducción emocional –una cuestión ésta para la cual este autor suele verse limitado-. No prende su rebeldía ni su desencanto.

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Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 6.

La conquista de Albania

11 Feb

“El reino que defiendo a ultranza es el Reino de Navarra. Soy navarro de pura cepa, como mi madre. El navarro es noble, leal, va de frente y es amigo de sus amigos.”

Alfredo Landa

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La conquista de Albania

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La conquista de Albania

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Año: 1983.

Director: Alfonso Ungría.

Reparto: Chema Muñoz, Xabier Elorriaga, Klara Badiola, Walter Vidarte, Miguel Arribas.

Filme 

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            La transición democrática española tendría como una de sus consecuencias la descentralización de la política después del totalitarismo del régimen franquista, materializada en el denominado como Estado de las autonomías. La cesión de presupuestos y prerrogativas administrativas particulares a cada comunidad autónoma alentaría el desarrollo, en ocasiones paralelo a reivindicaciones históricas de corte nacionalista, de un cine con denominación de origen, semilla cultivada de una deseada industria propia.

La conquista de Albania es hija de estas circunstancias, puesto que, generosamente respaldada por el gobierno de Euskadi, es la recreación de un episodio de expansión internacional -y por ende de reivindicación nacional- del Reino de Navarra: las aventuras de la Compañía blanca en las costas del Adriático.

Pero, precisamente, es curiosa la elección. No solo por la relevancia histórica de los hechos, llamativa aunque anecdótica, sino en especial por el enfoque que se proyecta de los mismos. Porque, por así decirlo, y salvando por supuesto las debidas distancias, La conquista de Albania se acerca más a la antiepopeya delirante e irracional de Aguirre, la cólera de Dios que al tono operístico, romántico y exaltado de Excalibur, a pesar de los fulgores heredados que restallan en ciertos fotogramas –la armadura y la espada, símbolos relucientes de la épica y la divinidad- durante la presentación del filme –donde el idealismo del protagonista aún permanece intacto, es cierto, arropado asimismo por una visión idílica de la vida en los valles del Baztán-. No en vano, el propio narrador proclamará en sus conclusiones lo absurdo de la empresa acaudillada por el infante Luis de Navarra, gobernante legítimo de los exóticos ducado de Durazzo y Reino de Albania por derecho de su matrimonio con Juana de Anjou.

            Es esta sorpresa inesperada la que, a decir verdad, enaltece los resultados de la película –y por el contrario, para aquellos que esperen adrenalina, heroicidad y gloria, los defenestrará sin remedio-. La conquista de Albania es una obra sin duda imperfecta –la banda sonora deudora de la época; el desarrollo de personajes y conflictos dramáticos internos es un tanto tosco y hasta incompleto-, pero también capaz de destilar una insólita sensación de desencanto a lo largo de esta expedición desorientada en la que se enrola esa suerte de Príncipe Valiente y la cual, como él mismo comprobará en sus carnes, es de todo menos caballeresca, ejemplarizante o redentora –el crudo enfrentamiento entre la mentalidad anacrónica del personaje conductor del argumento contra la de los estamentos militares o la soldadesca llana, de dibujo esencial pero contundente, muy agradecido en el último caso por su cinismo desengañado-.

            Incluso la relativa pobreza de medios casa bien con este carácter antiépico y bien le vale al madrileño Alfonso Ungría para exaltar el infortunio que la presunta gesta navarra a través de los paisajes yermos de las Bárdenas Reales y en los crepúsculos tintados, los cuales, dentro de sus limitaciones, ofrecen un mejor rendimiento que las algo acartonadas escenas de acción –donde se reseña apenas una breve batalla-. Son secuencias estas que quedaban bajo responsabilidad de la segunda unidad comandada por Carlos Gil, quien por entonces había adquirido experiencia como ayudante en reseñables blockbusters como En busca del arca perdida y Nunca digas nunca jamás. Asimismo, destaca la acertada elección fisionómica de un elenco de aceptables prestaciones, donde se reivindica la importancia del rostro como elemento compositivo.

            Una interesante anomalía.

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Nota IMDB: 5,7.

Nota FilmAffinity: 5,2.

Nota del blog: 6,5.

Pintura de guerra

28 Dic

La serie B también es cine. Un western pequeño pero aprovechable para Bandeja de Plata.

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