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Los viajeros de la noche

18 Feb

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Año: 1987.

Directora: Kathryn Bigelow.

Reparto: Adrian Pasdar, Jenny Wright, Lance Henriksen, Bill Paxton, Jenette Goldstein, Joshua John Miller, Tim Thomerson, Marcie Leeds.

Tráiler

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           Los viajeros de la noche es una película de mitologías mestizas, en la que la mística del vampiro, tanto en su vertiente violenta como en la romántica, se cruza con la del western estadounidense de los fueras de la ley, los rebeldes, los renegados y los forajidos que viven al margen de una sociedad cuyos códigos y convenciones no les atañen. Es decir, un microuniverso híbrido en el que una década después abundarán otras cintas, también de cierto culto cinéfago, como Abierto hasta el amanecer y Vampiros de John Carpenter.

           Dentro de esta reinvención, que acertadamente no se detiene a repasar todos los archiconocidos preceptos del canon vampírico -de hecho ni se cita el término-, el segundo largometraje de Kathryn Bigelow -quien rinde un pequeño tributo al Aliens: El regreso de su entonces pareja, James Cameron, de la que hereda buena parte del reparto- parece encontrar asimismo raigambre en el tema de los amantes a la fuga, con lo que dota de cierta poética melancólica a esa atmósfera nocturna y espectral que lo envuelve todo, a ese idilio amenazado de muerte -por el sol que pone fin a los sueños, por el precio de la noche, por la violencia de los compañeros, por la imposible conciliación de dos mundos-. En esta línea, juega con el componente sexual de la unión entre los dos enamorados. Primero, con esos equívocos iniciales, donde el comportamiento vampírico puede ser el de cualquiera de los dos, embelesados por el roce, por la tentación del cuello. Luego, con uno bebiendo del otro sensualmente, acercándose a la lujuria, mientras se escucha el pulso que se acelera.

Siguiendo en parte esta línea, Los viajeros de la noche puede leerse igualmente como una fábula moral en la que un joven arrogante e imprudente -un joven, en definitiva- se adentra en una crucial experiencia en la que coquetea con la perdición -los efectos de la conversión se reflejan como si se tratase de un síndrome de abstinencia, como de hecho llegan a sospechar algunos personajes-.

           En cualquier caso, el guion de Los viajeros de la noche no tiene mucho vuelo más allá de la iniciación del protagonista en esta nueva realidad y los dilemas que se le plantean. Y, cuando le conviene, fuerza a su antojo la lógica del relato en general y de la escena en particular. Por ello, la película va perdiendo poco a poco el colmillo hasta rematar en un desenlace cogido entre alfileres.

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Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 5,8.

Nota del blog: 4,5.

Cometieron dos errores

10 Ago

“Si hiciera siempre caso a la gente, seguiría haciendo películas del Oeste en Italia.”

Clint Eastwood

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Cometieron dos errores

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Cometieron dos errores.

Año: 1968.

Director: Ted Post.

Reparto: Clint Eastwood, Pat Hingle, Inger Stevens, Ed Begley, Bruce Dern, Ben Johnson.

Filme

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            Como el típico amigo que se va de puente a Roma, Clint Eastwood retornó a casa desde Italia trayendo como regalo un puñado de spaghetti.

Le costaría trabajo a Eastwood deshacerse de su sombrero vaquero y su astroso poncho en su regreso a Hollywood. Su primer filme de nuevo en América sería Cometieron dos errores, que bebe de las contagiosas influencias del western de Sergio Leone y de algunos rasgos de sus personajes prototípicos, si bien eliminando sus puntuales pinceladas caricaturescas. En este caso, destaca esa marcada propensión al uso del revolver como herramienta para solucionar sus cuitas –justificado aquí por su amoralidad y la necesidad de venganza-, así como su aura fantasmagórica –el pistolero que resurge de entre los muertos, prototipo que retomará en sus posteriores incursiones como realizador-.

            Es decir, que Cometieron dos errores, una cinta impulsada financieramente en parte por la recién fundada productora del actor, Malpaso, conforma un vehículo de lucimiento destinado a promocionar y explotar la estrella de Eastwood en los Estados Unidos. Así las cosas, el filme no deja de ser una obra modesta, encomendada a un limitado pero funcional artesano televisivo, Ted Post, quien había dirigido al intérprete californiano en algunos episodios de la serie Cuero crudo.

No obstante, dentro de su categoría, Cometieron dos errores aún encuentra algún elemento de interés en la particular relación del protagonista con la violencia, la venganza y el perdón –en una secuencia que enorgullecería a los rebeldes del movimiento hippie en curso, el personaje de Eastwood, asqueado por las ejecuciones públicas, decide evitar su contemplación encamándose con una prostituta-.

            A su manera, la película describe la progresiva conquista de la justicia pública frente a la justicia personal que se produce tanto en las fronteras del Oeste como, de forma paralela, en el interior del protagonista. De este modo, el argumento termina por componer una especie de sorprendente alegato contra la pena de muerte, inusual en un territorio, el western, donde la ejecución del villano es una simple formalidad resuelta con la mayor sencillez y, por lo general, ausencia de énfasis.

El Oeste de Cometieron dos errores ya posee la inmundicia física y moral del spaghetti, aunque no alcance su tono en ocasiones farsesco. La mugre que se apodera de los rostros es una extensión de la ambigüedad ética de los personajes, representada por un cruento juez, Adam Fenton (Pat Hingle), con una idea muy particular de la Justicia. Inspirado por una figura legendaria de Isaac Parker, conocido como ‘el juez de la horca’, Fenton tan solo se sitúa un escalón por encima del delirante Roy Bean, cantinero y magistrado autoinvestido en la Texas salvaje.

También adopta la cierta tosquedad italiana, manifiesta en un montaje algo brusco, con tropiezos en la continuidad y algún que otro detalle de escasa elegancia formal, además de en piezas del guion como ese romance encastrado.

            El decepcionado desenlace aporta otro interesante punto de lectura a una obra menor aunque con más dobleces de las que a priori se diría.

 

Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 6,5.

La ley de la calle

4 Ago

“Todo el mundo sabe que el tiempo es muerte, muerte que se esconde en los relojes.”

Federico Fellini

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La ley de la calle

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La ley de la calle.

Año: 1983.

Director: Francis Ford Coppola.

Reparto: Matt Dillon, Mickey Rourke, Diane Lane, Vincent Spano, Dennis Hopper, Nicholas Cage, Diana Scarwid, Larry Fishburne, Chris Penn, William Smith.

Tráiler

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           La ley de la calle es probablemente la película que fusiona de manera más evidente las dos tendencias presentes en el cine y la sensibilidad de Francis Ford Coppola: su ansia de narrador grandilocuente, con historias que trascienden a la vida desarrolladas en escenarios de pulsiones y estéticas desaforadas, y su devoción por la vanguardia europea y su constante indagación formal, ligada también a relatos frágiles y delicados de corte intimista, especialmente familiar en este caso.

           La ley de la calle convierte la clásica cinta de bandas juveniles en una ópera romántica henchida de desaliento y lirismo elegíaco y protagonizada por personajes propios de la mitología o de una tragedia shakesperiana –el rey doliente que retorna del exilio, el bisoño príncipe heredero, Casandra, la parca sobrenatural-, pero que, a la vez, son reconocibles entre los inadaptados y rebeldes con causa de Nicholas Ray y los jóvenes contestatarios de porvenir incierto de la Nouvelle Vague. Individuos que viven y mueren condenados bajo el yugo del tiempo inexorable, auténtico dueño y señor de la escena –las caídas del sol, el vagar de las oscuras siluetas, las nubes que huyen raudas, los relojes omnipresentes-. El hermoso pasado que no retorna; que ni siquiera ha existido.

           A través de la mirada sumida en un perpetuo blanco y negro, la voz desgarrada en suave terciopelo, los oídos cansados de no tener nada que escuchar y el caminar sin dirección de El chico de la moto (magnético Mickey Rourke), leyenda hecha carne, La ley de la calle revela un universo en el que solo hay lugar para el desengaño y la decepción. Los dioses son de madera, el reino es una cárcel miserable y el futuro una erial vedado. Los ruidos caóticos y erráticos componen una pieza más en la atmósfera de este valle de sombras dibujado por un Coppola expresionista por momentos. Un estilo poético y arrebatado en cierto modo opuesto al de su anterior adaptación de una novela de S.E. Hinton, Rebeldes, película hermanada y antitética de la presente.

           El esteticismo de la propuesta consigue subyugar la mente, pese a que su recargamiento amenaza, como sucede en otras ocasiones en la filmografía de Coppola, con despeñar el proyecto en el engolamiento manierista y la pretenciosa afectación autoral. La narración transcurre onírica, hipnótica, palpitante. La ley de la calle es un cuento lóbrego y húmedo en la turbia Oklahoma de los sesenta, que huele a podredumbre y muerte, a desesperación queda y lealtad inquebrantable, única respuesta posible frente a la hosquedad de un mundo desencajado e inmisericorde.

 

Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 8.

To the Wonder

20 Ago

“No hay lugar para los visionarios dentro de la industria de Hollywood. Si se le encarga una película como Transformers a alguien como Terrence Malick, ya le puedes dar por jodido.”

Shia LaBoeuf

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To the Wonder

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To the Wonder

Año: 2012.

Director: Terrence Malick.

Reparto: Ben Affleck, Olga Kurylenko, Rachel McAdams, Javier Bardem.

Tráiler

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            Encumbrado como el principal representante del cine trascendente contemporáneo, Terrence Malick parece haber abandonado su tradicional enclaustramiento ermitaño –con esta son solo seis las películas filmadas por el realizador tras su debut con Malas tierras en 1973, las tres últimas en menos de diez años- en aras de una mayor actividad cinematográfica. Un escueto pero sólido conjunto a través de la cual el cineasta tejano explora los sentimientos y desvelos más profundos del ser humano desde un prisma espiritual, intimista y de lirismo desbordado.

Es cine de autor, narrado con una voz inconfundible, innegociable coherencia y sin concesiones al amplio espectro. El fruto son obras elogiadas y denostadas casi a partes iguales, reconocidas por su enjundia y belleza formal o descuartizadas bajo acusaciones de vacuidad con ínfulas y odas al tedio, más allá del alineamiento, o no, con sus principios ideológicos y de fe –que no es el caso, precisamente-.

Malick, sin embargo, fiel a su identidad, continúa a lo suyo.

            Segunda película en lo que va de década –y aguardan aún en fase de producción dos nuevos proyectos de ficción y uno documental-, To the Wonder supone un paso más allá en la radicalidad de su propuesta. Desprovista de un hilo conductor al uso -forjado mediante diálogos e interacción directa entre personajes-, el filme presenta la crónica de una relación amorosa al modo de aquellas sinfonías urbanas que en los años veinte y principios de los treinta, época de esplendor de este tipo de documental de vanguardia, registraban la actividad cotidiana de un día en la ciudad moderna –referente que también podría emplearse para aquella abrumadora secuencia de la creación de universo de El árbol de la vida-.

Es por tanto una película en la que la estructura tradicional en tres actos (que la hay) queda difuminada dentro de un discurso erigido sobre preciosas composiciones de pronunciado carácter poético, aquí completadas sentimental y filosóficamente por la voz en off de sus protagonistas -recurso habitual del cineasta, elevado a la categoría de arte en cintas como La delgada línea roja, ahora algo menos fresco-.

            Prosigue la búsqueda de la conexión con lo trascendente y la exploración incesante del sentido de la vida, frecuentemente orientada hacia ese plano espiritual –manifiesto en ese sacerdote en desolada crisis de fe que encarna con poca convicción Javier Bardem- aunque esta vez más bien centrada en una dimensión romántica. Es en definitiva el intento de alcanzar la realización existencial mediante el amor, anhelo equivalente a la paz y la felicidad absoluta y sanadora, al conocimiento y contacto con, por así decirlo, algo parecido a la divinidad.

En la banda sonora -siempre cuidadosamente escogida por su acoplamiento artístico a la escena, pero también por su significado-, suenan piezas de la ópera de Richard Wagner Parsifal, inspirada por la figura del caballero artúrico que rastreaba el orbe con desesperación en pos del Santo Grial.

            Aparecen en To the Wonder caminos ya transitados en obras precedentes del director y guionista y que revelan la imperfección del mundo terreno. La contaminación y las casas desnudas, a medio amueblar, funcionan entonces como metáforas de este valle de lágrimas poblado por seres incompletos o corrompidos. Un contexto en el que, como sucedía con el despechado recluta Bell de La delgada línea roja o el matrimonio de El árbol de la vida, la inocente pureza inicial del amor puede llegar a envenenarse y pudrirse en odio y desencanto.

            El asunto es que el filme no termina de funcionar en unos cuantos aspectos. Situada en un contexto presente por primera vez en la filmografía de Malick, la ensoñación emocional y mística pierde entonces parte de su fuerza lírica respecto al poder de abstracción que favorecía en cambio su ambientación en escenarios más lejanos en tiempo y espacio, retratados desde un punto de vista, en cierto modo, “romántico”.

Por otro lado, el escaso peso del protagonista masculino provoca que, a pesar de su determinante incidencia en el relato como fuente de amor y de desafección, éste quede reducido a un simple monigote con la cara eternamente compungida que Ben Affleck le otorga en una interpretación poco atinada. Tampoco sale bien parado el segmento sobre los dilemas religiosos de Bardem, deslavazado, un tanto obvio y con aire de no tener claro del todo hacia dónde encaminarse.

            En consecuencia, buena parte de las abisales emociones que pretende aflorar o descubrir la película restan finalmente en un estrato más epidérmico de lo que cabría esperar del talento, la sensibilidad y la precisión del realizador.

            En cualquier caso, la extraordinaria plasticidad de las imágenes ya constituye en sí misma un encomiable atractivo para un filme que, con todo y ello, es capaz de legar algunos pasajes de inigualable calado estético y expresividad visual y dramática.

 

Nota IMDB: 6,2.

Nota FilmAffinity: 5,5.

Nota del blog: 7.

Las uvas de la ira

9 Jul

“Ford es uno de esos artistas que no utilizan jamás la palabra arte, de esos poetas que no hablan nunca de poesía.”

François Truffaut

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Las uvas de la ira

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Año: 1940.

Director: John Ford.

Reparto: Henry Fonda, Jane Darwell, John Carradine, Russell Simpson.

Tráiler

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            El cine social tuvo, dentro del periodo clásico de Hollywood, un breve pero fructífero esplendor, previo incluso a corrientes más reconocidas en el género como el Neorrealismo italiano. Un cine que surge en los tiempos del New Deal de Franklin Delano Roosevelt, en unos momentos en los que Estados Unidos trataban de salir del hundimiento económico del Crack del 29 y de la crisis agraria de principios de los años treinta, puesto unas veces al servicio del impulso las políticas e ideales promovidos desde el gobierno, otras con una clara concienciación.

Grandes directores del periodo como Howard Hawks o Raoul Walsh firman obras de temática social, al igual que también hará John Ford; un cine comprometido que se verá frenado en seco por las persecuciones y atropellos de la inefable caza de brujas del senador Joseph MacCarthy.

             Ford siempre será recordado como maestro del western, calificación que muchas veces oculta su maestría en las pequeñas historias, en relatos que rebosa humanidad y poesía. A principio de la década de los cuarenta dirigirá dos películas de contenido social, Las uvas de la ira y ¡Qué verde era mi valle!, filmes que contradicen buena parte de su leyenda de hombre conservador, si bien rodará en el mismo periodo varios documentales de corte militarista y patriótico por encargo de la propaganda bélica norteamericana durante la Segunda Guerra Mundial.

             Las uvas de la ira adapta la novela de John Steinbeck, galardonada con el premio Pulitzer, situada en un Medio Oeste devastado por el terrible Dust Bowl y donde las familias de granjeros son forzadas a abandonar sus tierras y a emigrar en busca de oportunidades a la lejana California. Esta es la situación que encuentra Tom Joad al salir de la cárcel en libertad provisional, encontrándose con su familia en pleno viaje a la tierra prometida, expulsados de sus tierras y con sus lazos familiares como única fuerza, sostenidos en la dignidad por la matriarca (Jane Darwell). Una dramática búsqueda de la subsistencia en la que recorrerán medio país encontrándose con todo tipo de ejemplos de humanidad, desde la generosidad, la solidaridad y la ayuda desinteresada hasta el odio, el egoísmo y la miseria moral, generalmente ligada a las ínfulas de superioridad de la fortuna económica, más absoluta.

              Ford se mete en cuerpo y alma en un filme repleto de una devastadora amargura en el que se apunta directamente hacia los abusos contra unos jornaleros que lo han perdido todo y a los que se amenaza incluso con arrebatar hasta su dignidad y humanidad en el nombre de la mezquindad, la brutalidad irracional y la pura avaricia. El talento narrativo de Ford muestra la odisea familiar de los Joad con una mirada cargada de agrio lirismo, ahondado por la preciosa fotografía en blanco y negro, rica en expresivos contrastes, de Gregg Toland. Henry Fonda, quien ya había protagonizado en el año anterior El joven Lincoln y Corazones indomables con Ford, demuestra de nuevo su genialidad, aunque quien brilla aún con mayor esplendor es una soberbia Jane Darwell, que se llevaría el Oscar a mejor actriz de reparto por el papel de una de esas mujeres decididas y fuertes que pueblan el cine de un autor muchas veces tildado de misógino.

Una película imprescindible de un tipo de cine que más tarde se vería sepultado por la infamia política.

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Nota IMDB: 8,3.

Nota FilmAffinity: 8,3.

Nota del blog: 9.

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