La carrera de la muerte

10 Jun

Un hombre que despierta en un hospital para descubrir que cada vez le falta un nuevo miembro del cuerpo, una conspiración en un Estado totalitario de reminiscencias nazis y una serie de asesinatos de muchachas en el Swinging London que llevan la firma de un presunto vampiro. Tres tramas dispuestas en la línea de salida para una carrera que termina en una bañera de ácido sulfúrico… o lisérgico. La carrera de la muerte para la sección de estrenos en DVD de Cinearchivo.

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“Otra película horrible. Aunque, bueno, todos los actores tenemos en nuestras carreras docenas de películas horribles.”

Mickey Rourke

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La carrera de la muerte

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La carrera de la muerte

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Año: 1970.

Director: Gordon Hessler.

Reparto: Christopher Mattews, Alfred Marks, Vincent Price, Marshall Jones, Christopher Lee, Michael Gothard, Peter Cushing, Judy Huxtable, Uta Levka, Kay Adrian.

Tráiler

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          No le viene mal el título español La carrera de la muerte a la producción británica Scream and Scream Again –que literalmente se traduciría como “Grita y grita otra vez”-. Tres son las ramas argumentales que dispone el filme desde el primer momento, colocadas en línea de salida, y todas ellas llevan la muerte impresa en su esencia: un deportista que después de sufrir un desvanecimiento abre los ojos en una fría cama de hospital para descubrir a cada despertar que le van faltando distintas partes del cuerpo; una intriga de espionaje de Guerra Fría que implica a una dictadura militar con simbología de evidentes reminiscencias nacionalsocialistas, y una investigación en pleno corazón del país en la que una serie de brutales asesinatos de muchachas parecen apuntar hacia la existencia de un ‘serial killer’ movido por escabrosos impulsos sexuales y, quizás, una naturaleza vampírica, puesto que las jovencitas expiran desangradas… sin dejar un solo hematocrito sobre el asfalto de la ciudad.

          Movida por los ritmos alborotados, la estética estilosa y el erotismo chispeante del Swinging London, la carrera que propone la obra, pues, avanza de forma trepidante y alocada con el objetivo de que estas tres vertientes se encuentren y colisionen avanzado el metraje. Puro delirio parido por los setenta, desquiciados por los vientos de guerra latente que estimula la incesante escalada armamentística, los desencantos de la miseria moral y el crimen de la caída del Imperio, y el esplendor de los psicotrópicos como herramienta para combatir la angustia del día a día en una civilización agonizante donde Dios ha muerto y comienza a oler ya a podrido. El baño de ácido que parece ejercer de catalizador del fatalismo –y que precisamente ilustra el cartel de la cinta, punteado por unas piernas bien torneadas, unos pezones traviesamente marcados y una siniestra calavera-, quizás no deba entenderse como ácido sulfúrico, sino más bien como ácido lisérgico. Y ojo, porque en la novela original de Peter Saxon –seudónimo tras el que se solían esconder los escritores Wilfred Glassford McNeilly, Martin Thomas y Stephen Frances- los villanos eran nada menos que alienígenas infiltrados.

          En cualquier caso, y aunque no estamos ni ante una entrega de terror de la Hammer ni ante una conspiranoia surrealista del calibre de la adelantada El prisionero, es esta combinación explosiva la que, de tan alucinada, permite que el cóctel no añusgue. Es imposible no sentir curiosidad acerca de cómo puede solucionarse esta trasnochada trama, hija de una tormenta de ideas celebrada en un salón enmoquetado y forrado con papel de pared donde, eso sí, el té se sirve con peyote. Adivinar la forma en la que se va a incardinar esta triple vertiente en una conclusión lógica –es un decir- supone un desafío lo bastante poderoso como para seguir con interés una película de rudo cromatismo, lagunas rampantes en el libreto –cómo es posible eliminar a tantos mandos superiores sin levantar ni una ceja de suspicacia entre los suyos, hasta dentro de un totalitarismo a caballo entre la Alemania nazi y la RDA-, policías rematadamente torpes, actuaciones poco esmeradas y una plasmación en imágenes por parte de Gordon Hessler –un director que desarrollará el grueso de su filmografía en la televisión, aunque cuenta con incursiones en el cine de terror y alguna aventura solvente como El viaje fantástico de Simbad– que destaca por su falta de convicción, en especial a la hora de dotar de credibilidad a la acción física o para integrar los necesarios efectos especiales que demanda la faceta de ciencia ficción.

          A ello se agrega la presencia estelar de tres iconos del género terrorífico a uno y otro lado del Atlántico, como son Vincent Price, Christopher Lee –ambos ya habían colaborado en El ataúd (La caja oblonga), también con Hessler dando órdenes- y Peter Cushing, si bien la presencia de este triplete de magníficos es a grandes rasgos testimonial y su trabajo es de todo menos entregado. Todos tenemos facturas que saldar. En comparación, solo el rotundo Alfred Marks parece querer aportarle entidad al asunto gracias a su expeditivo e incluso brutal inspector de policía –solo es impetuoso en apariencia: la desopilante persecución de un amenazador sospechoso se dirimirá luego con una desternillante delegación de funciones en un subordinado-. Porque Vincent Price, que aparece y desaparece a requerimiento del libreto, alterna distintos acentos, a juego con su carácter cambiante, en su encarnación de un ‘mad doctor’ entre Victor Frankenstein y Josef Mengele y al que la historia tampoco se preocupa de dibujar por entero, satisfecha simplemente con tener a la estrella a bordo del proyecto. Es difícil comprender la personalidad de este hombre de ciencia que es ambiguo solamente por incomparecencia del guionista, hecho evidenciado en un desenlace al que, en la situación particular del personaje, uno no sabe a qué atenerse –Price tampoco: años más tarde recocería no haber entendido nada de lo que sucedía en el filme-. Tanto o más cuando el embrollo se resolverá entre dos miradas sostenidas hasta el (todavía más absurdo) final, rematado con una posterior sentencia chulesca coreada desde el fondo de escenario por las risas cómplices del reparto.

          Su exhibición en sesión doble con El increíble trasplante bicéfalo constituía a buen seguro toda una experiencia.

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Nota IMDB: 5,7.

Nota FilmAffinity: 4,6.

Nota del blog: 4.

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