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Infiltrado en el KKKlan

22 Nov

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Año: 2018.

Director: Spike Lee.

Reparto: John David Washington, Adam Driver, Laura Harrier, Topher Grace, Jasper Pääkkönen, Paul Walter Hauser, Ryan Eggold, Ashlie Atkinson, Robert John Burke, Ken Garito, Michael Buscemi, Nicholas Turturro, Frederick Weller, Corey Hawkins, Isiah Whitlock Jr., Harry Belafonte.

Tráiler

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         Enmarcado en su discurso sobre el racismo pasado y presente que se encuentra enquistado en la entraña de los Estados Unidos, Infiltrado en el KKKlan reflexiona acerca de la fuerza del cine para configurar y potenciar ideologías, a partir de la influencia que El nacimiento de una nación tuvo en el resurgimiento del Ku Klux Klan y, en general, en la consolidación de las corrientes de rechazo hacia la población negra del país. Una idea que, de igual manera, puede tratar de impulsar en sentido contrario este filme en el que Spike Lee parece por momentos plantear una opción conciliadora no demasiado habitual en su cine militante y rabioso.

Sin embargo, lo cierto es que pocas veces los fotogramas resisten la comparación con las imágenes rescatadas en crudo de la realidad, sin el filtro fantasioso de la representación. Infiltrado en el KKlan cierra su alegato trasladando un relato de un pasado reconstruido -la dramatización del operativo en el que el policía afroamericano Ron Stallworth se infiltró en el Ku Klux Klan en el Colorado de los años setenta– hasta un presente en el que esa semilla de guerra racial fructifica en violentas manifestaciones supremacistas, avaladas por la autoridad política vigente, que estallan en amenazas, palizas e incluso muertes. Estos segmentos documentales propulsan la película recién concluida hasta ponerla a mil revoluciones y hacerla reventar en la cara del espectador, destrozando su ánimo y su conciencia. Dejan hecho polvo. La rememoración del atroz linchamiento del joven Jesse Washington en 1916, narrado de forma directa y sencilla, de viva voz, ya había dado un serio aviso al respecto. El poder de los hechos ciertos, en su comparación y su combinación con una recreación firmemente comprometida pero que también dejaba notas de humor sarcástico, es atronador.

         Infiltrado en el KKKlan, decíamos, es cine combativo. Se abre con tambores de guerra para dar paso a una especie de cortometraje de propaganda locutado por Alec Bladwin mientras, en un breve instante, lucen sobreimpresionados en su rostro las palabras “White” y “House”, Casa Blanca -o eso me pareció-. Baldwin, que no por casualidad es un actor que realizó populares imitaciones del entonces candidato Donald Trump durante la campaña de los comicios presidenciales estadounidenses de 2017, irrumpe aquí clamando por la recuperación de la grandeza de América blanca, en un mensaje muy similar al que precisamente esgrimió el empresario neoyorkino en sus lemas y mítines. Su “América first” también se citará más adelante, amén de otras alusiones indirectas y finalmente, por si no había quedado claro, su aparición en pantalla.

La nueva primavera ultraconservadora, clasista, racista y xenófoba es uno de los fenómenos con mayor incidencia en el cine contemporáneo, y un cineasta guerrillero como Lee no podía dejar pasar un tema semejante, habida cuenta de una filmografía en la que la desigualdad del ciudadano negro y sus múltiples manifestaciones y consecuencias conforma un motivo recurrente desde sus comienzos en los años ochenta. Infiltrado en el KKKlan, en definitiva, habla del hoy a partir del ayer. Investiga las raíces de la bomba de relojería que amenaza con estallar en cualquier momento para recordar que ese tic-tac del mecanismo lleva décadas sonando.

         Lee vuelca en la trama y los personajes su habitual furia indignada, que muchas veces tiende a caricaturizar -e incluso simplificar- al declarado enemigo para caer en el panfleto. Con todo, su película policíaca posee ritmo, carisma y sustancia de denuncia, aunque para componer este fresco hiriente que ahora se replica hace alguna trampa histórica -el suceso original ocurre en 1979, con el demócrata y humanista Jimmy Carter de presidente, y no en 1972 con la reelección en ciernes de un Richard Nixon al que se atribuía el apoyo del Klan-. Emplea el celuloide y no el formato digital para dar textura de época al filme, ambientado con ese orgullo de raza que por entonces reflejaba una blaxploitation de la cual, no obstante, el director separa igualmente su esencia tópica y nociva -aquella Super Fly y su camello de tintes heroicos-. Son disquisiciones que no son frívolas ni posmodernas, sino que se incardinan en la invectiva de Lee, en su urgente mensaje de advertencia. De serlo, Infiltrado en el KKKlan es un panfleto riguroso, que tiene un reflejo tremendamente trágico y real en la que apoyarse para atacar con virulencia a cualquier espectador descreído.

        Gran premio del jurado en el festival de Cannes.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 7.

Reservoir Dogs

11 Abr

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Año: 1992.

Director: Quentin Tarantino.

Reparto: Harvey Keitel, Tim Roth, Michael Madsen, Steve Buscemi, Chris Penn, Lawrence Tierney, Edward Bunker, Quentin Tarantino, Randy Brooks, Kirk Baltz, Steven Wright.

Tráiler

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         Antes de que terminen los títulos de crédito, ya hay un hombre dando alaridos porque le han pegado un tiro en el estómago. Y, antes que eso, ha habido un verborreico, enmarañado, coprolálico y ocurrente diálogo acerca de cultura pop y otro sobre asuntos aparentemente banales de la vida cotidiana; un puñado de citas de cine nostálgicas, un clásico musical rescatado del olvido, y un derroche de estilismo cool y vintage. Todavía no han terminado los títulos de crédito de Reservoir Dogs, su ópera prima oficial, y Quentin Tarantino ya ha definido las bases de su filmografía.

Surgido de las catacumbas del videoclub, encaramado a la ola de florecimiento del cine independiente estadounidense en el cambio de década entre los ochenta y los noventa, la pelea de Tarantino para sacar adelante su primer libreto y película se topó, casualidades de la vida, con el entusiasmo de uno de sus ídolos, Harvey Keitel, quien a grandes rasgos ofició de intermediario para que terminase viendo la luz la singular tarjeta de presentación con la que este joven cinéfago dejaría su primera muesca para convertirse uno de los abanderados del cine posmoderno y una de las figuras más influyentes del séptimo arte.

         Lo haría desde su adorado cine de género, recuperando la tradición de las películas de atracos imperfectos como punto de partida en el que amalgamar la literatura pulp y el noir en B, el cine de acción y la exploitation de los setenta, el polar francés, el heroic bloodshed hongkonés… siempre desde una mirada que, andando su trayectoria, se consolidará como perfectamente identificable. En realidad, debido al proceso de concentración del guion producto de las reescrituras acumuladas, Reservoir Dogs hasta podría haberse rodado como una obra de teatro, dado el peso del diálogo y lo delimitado del elenco y del escenario, también condicionado por las restricciones económicas de la producción.

         La trama es tremendamente sencilla, reducida a una médula correosa. Esta estructura permite a Tarantino, por un lado, controlar la tensión con mano de hierro, el zumbido omnipresente que domina el almacén donde converge el suspense en torno a unos personajes que apenas son arquetipos elementales, pero a los que consigue dotar de revoluciones hasta mostrarlos desesperados y explosivos. El talento en el montaje será otra de las enseñas del director, auxiliado por Sally Menke, la que será su fiel colaboradora hasta su fallecimiento en 2010. Y, por el otro, le proporciona margen dramático para poder insertar monólogos y apartes donde volcar sus inesperadas digresiones sobre lo divino -esto es, sobre el cine y la música de consumo popular- y lo humano -desde las propinas hasta el sexo interracial, pasando por los chistes que juegan con un grotesco sentido del humor-.

         Porque, en un principio, el triunfo de Tarantino se producirá a pesar -y solo posteriormente gracias- a la celebérrima escena donde una canción ligera transforma una tortura esencialmente gratuita en un hipnóticamente morboso baile macabro. Y eso que la cámara aparta espantada la mirada -inquietando más-. La contradicción entre banda sonora y violencia visual ya se advertía en autores como Martin Scorsese, pero Tarantino lo dará la vuelta de tuerca definitiva aun a costa de que los abandonos de sala fueran recurrentes en los primeros pases del filme y que, pese a contar con la distribución de la Miramax de Harvey Weinstein, un jerifalte que erigía su poderosísimo imperio a partir de estos pujantes márgenes de la industria, la película a duras penas recuperase lo invertido con las ganancias en taquilla. Lo cierto es que, pese a esta reacción inicial, el cóctel finalmente acertó de pleno con los paladares de la crítica y el público.

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Nota IMDB: 8,3.

Nota FilmAffinity: 8,1.

Nota del blog: 7,5.

Brick Mansions (La fortaleza)

1 Jun

“Desde el principio, mi objetivo es que el parkour fuese algo útil, que sirviese para ayudar a los demás.”

David Belle

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Brick Mansions (La fortaleza)

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Brick Mansions

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Año: 2014.

Director: Camille Delamarre.

Reparto: Paul Walker, David Belle, RZA, Catalina Denis, Gouchy Boy, Ayisha Issa, Robert Maillet, Bruce Ramsay.

Tráiler

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           Brick Mansions (La fortaleza) es la primera de las dos películas póstumas de Paul Walker, a la que luego seguirá Fast & Furious 7, cinta que ha sabido aprovechar la combinación entre la fidelidad de los fans a la saga y el tirón por el duelo por el desaparecido actor –un factor promocional en sí mismo-, para alzarse, sorprendentemente, como una de las películas más taquilleras de la historia del cine. Menor fortuna cosechó la presente, que es el remake de la producción francesa Distrito 13, de nuevo con Luc Besson, marca de fábrica, ejerciendo como puente entre el cine de acción europeo y el cine de acción norteamericano.

            Brick Mansions sabe reciclar la visión distópica de los marginales y muticulturales ‘banlieues’ galos trasladando el argumento a los guetos de un Detroit, antiguo bastión del capitalismo estadounidense y definitivamente defenestrado por la crisis económica en el futuro inmediato que especula el filme.

Como en aquella, David Belle repite protagonismo -aunque aquí un escalón por debajo de Walker-, para rendir culto a las habilidades físicas del parkour, disciplina deportiva que había fundado a principios de los noventa y que consiste en la superación de los obstáculos arquitectónicos y mobiliarios del entorno urbano –y, filosóficamente, de la vida- con la única ayuda del cuerpo. En cualquier caso, a pesar de su espectacularidad visual, cinematográficamente hablando, el uso del parkour –popularizado por otras obras como Yamakasi-, no dista demasiado de las coreografías circenses con las que Jackie Chancapaz de patear a los malos pasando entre los peldaños de una escalera de mano-, convertía el cine de artes marciales en un entretenimiento apto para toda la familia.

           De este modo, Brick Mansions se presenta como un divertimento de acción cortado a través de clichés y arquetipos fácilmente identificables –el caballero justiciero al margen de las normas, el agente de la ley ingenuo y motivado por una venganza personal, los compañeros antitéticos condenados a entenderse, el gánster elegante, la princesa vestida de colegiala, la chica mala lesbiana y vestida de dominatrix, el poder corrupto y maquiavélico,…-, los cuales permiten que el espectador no distraiga su atención en la trama y que, en cambio, concentre sus pupilas en una serie de números gimnásticos montados a la velocidad del sonido por la delegada de Besson, Camille Delamarre, quien, cabe señalar, recurre en exceso y de forma manifiesta al viejo truco de acelerar las imágenes para inyectarlas adrenalina artificial. Así, mientras los actores trasgreden las leyes de la física, el guion hace lo propio con las de la narración, donde la simpleza no se molesta en tapar los evidentes agujeros que se van formando en la lógica del relato con el paso del metraje.

           Entre grimpeos, 360º invertidos y saltos de longitud, Brick Mansions, herencia de sus orígenes europeos, se atreve además a posicionarse socialmente de parte del paria de la Tierra y en contra de un status quo elitista y totalitario, lo cual, dentro de la ligereza y la banalidad de su discurso, podría llevar a incluir a la película dentro de esa categoría de cine popular subversivo –cada uno a su modo y con distinto grado de incisión- donde aparecen ejemplos como Iron Man 3 o Plan de escape.

 

Nota IMDB: 5,7.

Nota FilmAffinity: 4,5.

Nota del blog: 3,5.

New World

28 Ene

“El gángster Lucky Luciano lo dejó dicho: en cualquier negocio lo primero que hay que procurar es no ser el muerto.” 

Manuel Vicent

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New World
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New World.

Año: 2013.

Director: Hoon-jung Park.

Reparto: Jung-Jae Lee, Min-sik Choi, Jeong-min Hwang, Seong-Woong Park, Ji-hyo Song.

Tráiler

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            Por lo general, las más eminentes sagas mafiosas del cine y la televisión describen la tendencia de estas organizaciones criminales a legitimar sus actividades a través de una estructura o, al menos, una fachada legal de carácter puramente empresarial. Al fin y al cabo, son solo negocios. No hay ejemplos más claros que las torturadas tentativas de Michael Corleone y, sobre todo, la petulante pedantería emprendedora del Stringer Bell de The Wire. Curiosamente, la realidad parece emprender la corriente contraria: que las empresas acaben desparramándose, con distintos grados de disimulos y artimañas, por los derroteros de la ilegalidad; proceso que también capturaba con su perfección y clarividencia característica la monumental obra de David Simon.

            Como en Election, de Johnnie To, los gángsters coreanos de New World se enfrentan al vacío de poder creado tras la muerte del presidente de la compañía por medio de unos comicios, en este caso disputados por el vicepresidente y los dos directores ejecutivos. No obstante, aquí no se expone de manera tan frontal esa ruptura inevitable entre la tradición milenaria de la triada hongkonesa y su traumática adaptación a la sociedad contemporánea capitalista y occidentalizada, sino que New World prioriza los dilemas propios del cine de espionaje policial –es decir, de infiltrados- al modo de otra cinta hongkonesa, Juego sucio (Infernal Affairs).

Sin embargo, la fractura generacional subyacente en la organización sí desencadena un enfrentamiento secundario entre la gerontocracia, proclive a esa normalización empresarial, y a la juventud ambiciosa que clama por un retorno a los orígenes marginales y agresivos de la mafia, aunque, en realidad, alejados asimismo de todo romanticismo.

            En New World, abunda la terminología corporativa, si bien únicamente para encubrir con escaso esfuerzo el violento talante criminal que todavía define la política mafiosa, inadmisible para un estado oficial que trata de menoscabar desde el interior a través de la acción de ese hombre encubierto que, a base de esfuerzo y resistencia mental, ha conseguido alcanzar el determinante papel de jefe de operaciones, a apenas un escalón del trono.

Así, New World comienza siendo un filme entretenido pero algo convencional acerca de las guerras de gángsters por el poder y de las peligrosas cuitas del infiltrado en la mafia -aquel que debe jugarse el pescuezo en aras de un bien mayor demasiado difuso como para ofrecer consuelo-; un hombre atrapado en el fuego cruzado entre las inflexibles exigencias de sus superiores y la violencia de sus compañeros del hampa.

            Según avanza el metraje -en especial a partir de una espectacular pelea en unos aparcamientos prolongada en un nervudo duelo a cuchillo en un ascensor-, la película se adentra en un sabroso fatalismo que parece conducir sin remedio a la muerte de una u otra forma y que, en consecuencia, estimula las filiaciones emocionales y las deudas de lealtad que relacionan con su entorno a este protagonista siempre al borde del abismo.

Destacará en este aspecto un notable y sorprendente uso de conceptos morales como el perdón y la redención, que confirman la agradecida tendencia al alza de la obra.

 

Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 7.

Le llamaban Bodhi

29 May

“Me sobran cojones para hacer surf en esta playa.”

Teniente coronel Kilgore (Apocalypse Now)

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Le llamaban Bodhi

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Año: 1991.

Directora: Kathryn Bigelow.

Reparto: Keanu Reeves, Patrick Swayze, Lory Petty, Gary Busey, Jon C. McGinley.

Tráiler

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            A principios de los noventa, el thriller popular no gozaba de buena salud, contagiado por los vicios de un Hollywood con avidez por argumentos trasnochados propicios para chutes baratos de adrenalina bajo formas cada vez más próximas al videoclip. Esta película es ejemplo de ello.

            Le llamaban Bodhi es la recuperación de las viejas cintas de surferos de los setenta –su agotamiento quedaba demostrada en la reinvención y mezcla paródica con la nazisploitation de Los surfistas nazis deben morir, made in Troma– con aspiraciones nostálgicas e icónicas para las nuevas generaciones alejadas de las anteriores, pero con el debido lavado de cara, abultado presupuesto y duelo de asépticos e inexpresivos guapos mediante –el emergente Keanu Reeves y el más consagrado Patrick Swayze-, a fin de satisfacer sus objetivos de espectáculo para todos los públicos.

            Kathryn Bigelow, por entonces pareja de James Cameron, productor del filme, continuaba una carrera de realizadora que había comenzado a tomar cuerpo a través de la modernización de temáticas clásicas como la mitología del vampiro (Los viajeros de la noche) y por guiños a un cine de sensibilidad en principio poco femenina (el policíaco Acero azul, con escenas al ralentí herencia de su admirado Sam Peckinpah).

En esta ocasión, la clave de actualización pasa por transformar el enfrentamiento entre el policía y el ladrón en una competición lindante con la rivalidad/hermandad de patio de colegio con chica entre medias más propia del cine juvenil: el recién llegado Johnny Utah (Reeves), ambicioso agente del FBI con mucho que aprender sobre la vida, contra la temible banda de los ex presidentes, un grupo de joviales y bronceados surfistas californianos dirigidos por el experto jinete de las olas Bodhi (Swayze), todo un gurú new age alzado en firme lucha contra lo establecido desde el hedonismo militante propio de su gremio.

            Intrascendente hasta la médula, con un guion simple, disparatado de partida y tontorrón hasta el sonrojo en no pocas ocasiones –precisamente cuando suelta algún intento de frase reflexiva o, peor aún, reivindicativa e incluso mística-, Le llamaban Bodhi no pasa de ser una cinta convencional y previsible filmada con un buen manejo de los tiempos y un reseñable rodaje de la acción, destinada a mayor gloria del existencialismo del surfer y su consumo despreocupado y poco exigente en las multisalas de toda América y, por extensión, del Universo.

            Cumpliendo con sus pretensiones, conseguiría convertirse en todo un referente generacional –componente fuera del cual pierde casi todo su atractivo-. De hecho, se espera remake.

 

Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 4.

Odio en las entrañas

25 Oct

“En realidad no tenía intención de ser actor. Más bien caí en ello. Luego he tenido una buena carrera, he conseguido hacer reír mucho. No sé si eso es como para estar satisfecho, pero desde luego ha sido mejor que picar carbón en la mina.”

Harry Morgan

 

 

Odio en las entrañas

 

Año: 1970.

Director: Martin Ritt.

Reparto: Richard Harris, Sean Connery, Samantha Eggar, Frank Finlay, Anthony Zerbe, Anthony Costello.

Tráiler

 

 

            Martin Ritt había dado comienzo a una prometedora carrera como realizador en la televisión norteamericana en la década de los cincuenta hasta que la caza de brujas del senador McCarthy consideró pernicioso para el país su militancia izquierdista, lo que le llevó a ser incluido en una de las tristemente famosas listas negras –hecho que más tarde trasladaría a la pantalla en La tapadera-. Con el tiempo, la ignominia acabó por sucumbir ante su propio peso y el cine de Hollywood vio nacer a una nueva hornada de autores procedentes de ese mundillo televisivo, conscientes de su capacidad para defender con su obra las libertades sociales esenciales de un país que había puesto en cuestionamiento y perseguido su esencia misma. Es la denominada generación de la televisión o generación del compromiso. Ritt sería uno de sus miembros más destacados.

A pesar de que aún en los sesenta su cine iría más ligado a encargos y adaptaciones literarias, en la década posterior Ritt empezaría a cimentar las bases de una sólida carrera en la que su compromiso social, firmemente posicionado en un discurso de izquierdas, comprometido con cuestiones como las injusticia y desigualdad o el racismo, en clave presente o histórica, sería una de las claves de su obra.

             Precisamente Odio en las entrañas abre su filmografía en los setenta, una cinta que refleja los conflictos mineros de la Pennsylvania del siglo XIX desde el punto de vista de un detective de la policía de origen irlandés (Richard Harris)  que ha de desemboscar a la banda de los Molly Maguires, inmigrantes irlandeses que actúan con el sentido original de la mafia: como una organización que vela por una población indefensa ante el sistema, garante de su seguridad incluso con métodos que violan lo legal controlando todo, desde el voto común o la solidaridad comunitaria hasta su protección física frente a los abusos. Un conflicto minero que tenía precedentes cinematográficos en el incipiente y truncado cine social norteamericano de los cuarenta (Qué verde era mi valle, ambientada en terreno británico, eso sí) y aún durante los tiempos más crudos del mccarthismo (La sal de la tierra, de las películas más valientes de la historia desde su misma concepción).

             Odio en las entrañas juega con esas dos vertientes, la de las duras condiciones de unos inmigrantes que conforman la esencia de un país de aluvión y que han visto frustrado una y otra vez esa promesa de sueño americano –el personaje de Harris representa plenamente esta idea, parte de un sistema que solo le ha aportado decepciones y que le exige la traición a sí mismo, a lo que es, como única esperanza de progreso-, junto con la premisa de la sacrificada y escasamente recompensada vida de unos mineros explotados para arañar el carbón de las entrañas de la tierra, unas condiciones que solo pueden derivar en la rabia más profunda, en la cólera y el rencor ante ese mismo sistema indiferente en el que no se reconocen ni la justicia ni ningún otro valor que merezca llamarse humano, personificado en unos esbirros –la policía- igual de deshumanizados, sin empatía hacia sus semejantes.

             No es este un filme que caiga en las redes fáciles del infiltrado que acaba compartiendo lucha con aquellos que estaba consignado a detener, sino que maneja hábilmente, sin caer en el artificio barato, las emociones y circunstancias de sus personajes, que evolucionan sin traicionarse, con una narración sin aspavientos, rodada con buen pulso y elegancia e impulsada por las grandes actuaciones de dos actores del tamaño de Richard Harris y Sean Connery, quien comenzaba a despegarse de James Bond.

 

Nota IMDB: 6,8.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 7,5.

La muerte tenía un precio

7 Ago

“Clint Eastwood me gusta porque es un actor con solo dos expresiones: una con sombrero y otra sin sombrero.”

Sergio Leone

 

 

La muerte tenía un precio

 

Año: 1965.

Director: Sergio Leone.

Reparto: Clint Eastwood, Lee Van Cleef, Gian Maria Volonté.

Tráiler

 

 

             Y Leone sentó las bases del spaghetti western. Y vio que era bueno.

Leone volvía a reunir en Almería a sus secuaces Morricone, Eastwood y el poncho de éste para intentar reeditar el éxito conseguido el año anterior con Por un puñado de dólares, siguiendo con esas mismas claves del spaghetti western que venía desarrollando, es decir, historias asentadas en clichés con resabios tan épicos como caricaturescos y con un tratamiento humorístico, de la violencia y de los personajes, su presentación y caracterización distanciada y desmitificadora casi hasta la parodia.

            Para muestra, la continuación en el protagonismo de un antihéroe total como el hombre sin nombre de Clint Eastwood. Si en la primera parte de la trilogía aparecía en pantalla observando con apariencia indolente como un cuatrero pateaba a un niño en el suelo –¿se imaginan a John Wayne consintiendo tamaña barbaridad sin mover un solo músculo?-, esta vez queda retratado en su primer tiroteo, hecho de imprevisto y de espaldas, sin preámbulos, sin honra y sin gloria -¿se imaginan a John Wayne…?-.            

             En esta ocasión, Eastwood cederá parte del protagonismo a las otras dos patas sobre las que se asienta la película. El primero será el Coronel Mortimer, capaz de mojarle la oreja al bueno de Clint en un duelo sobre a ver quién mea más lejos; interpretado por Lee Van Cleef, un actor que había realizado unos cuantos breves papeles de villanos en western y serie B y que Leone recuperaba para la causa en uno de los pocos papeles positivos que disfrutará en su más bien pobre carrera.

Cerrando el ménage à trois, con un esquema de protagonistas que Leone volverá a reproducir con escasas variaciones en El bueno, el feo y el malo, repite el actor de carácter Gian María Volonté como villano de turno, de nuevo con un rol que se ajustaba bien a su particular dominio de la sobreactuación: el Indio, asaltador de bancos, un loco cruel y drogado al que le gusta jugar con fuego.

             En La muerte tenía un precio se aprecia cierta evolución del estilo de un realizador respecto a su cinta anterior que sabe manejar como nadie la particular épica de estas producciones, ahora con un guion algo más pulido –dos cazarrecompensas (Eastwood y Van Cleef), rivales o socios según la ocasión, y su cerco a un grupo de forajidos liderado por el terrible Indio (Volonté)-, ya obra del propio Leone sin plagiar a nadie, y con una cierta mejor factura en el tratamiento estético, sobre todo en la fotografía, la iluminación y las escenas nocturnas, si bien aún no da con la fórmula para rodar los tiroteos de modo que resulten naturales, así como empieza a notarse su tendencia a dejar alargarse el metraje del filme hasta donde sea necesario y más.

Para algunos –no un servidor-, la mejor de la Trilogía del Dólar.

 

Nota IMDB: 8,3.

Nota FilmAffinity: 8,1.

Nota del blog: 8,5.

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