Tag Archives: Terrorismo

Negociador

3 Nov

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Año: 2014.

Director: Borja Cobeaga.

Reparto: Ramón Barea, Josean Bengoetxea, Carlos Areces, Melina Matthews, Jons Pappila, María Cruickshank, Santi Ugalde, Gorka Aguinagalde, Alejandro Tejerías, Secun de la Rosa, Raúl Arévalo.

Tráiler

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         La vida, por lo general, y quizás para dolor de nuestro pequeño orgullo, es tragicómica. Posee suficientes ratos amargos como para congelar la sonrisa y, de igual manera, las grandes situaciones de drama y romance, personales y colectivas -esas que son carne de película épica o ampulosa-, suelen chocar con la desmitificadora irrupción del absurdo y del ridículo, despiadados agentes nihilistas.

Por ello, no hay nada como la comedia para templar los ánimos de aquellos bastardos que pretenden imponerse desde una imagen de poder intocable, de terror invencible, de excelencia impecable. Porque esta perfección, esta invulnerabilidad, no es humana. De ahí el valor de sátiras como El gran dictador, Ser o no ser, ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú, La vida de Brian, La tercera generaciónFour Lions…. “¡No son monstruos extraordinarios, no vamos a regalarles esa grandeza!”, que se desgañitaba Fermín Muguruza en Veintegenarios, a su vez, por supuesto, debidamente escarnecido por la parodia consustancial de este álbum en falso directo. La necesidad de la caricatura.

         Precisamente, un gag de Negociador se basará en arremeter contra la retórica del cine, que tiene el poder de sublimar e infundir glamour o grandilocuencia a cualquier asunto terrenal que plasme en fotogramas. Criado en la sátira sobre la identidad nacional vasca de Vaya semanita, Borja Cobeaga, que como director ganó popularidad desde la comedia romántica con notable oído para reproducir el lenguaje actual de la calle (Pagafantas, No controles), parece haber encontrado un filón de inspiración en ETA, que se manifiesta en la protoserie televisiva Aupa Josu y las películas Negociador y Fe de etarras.

Negociador, de hecho, se apropia de un episodio auténtico: las negociaciones secretas del presidente del Partido Socialista de Euskadi, Jesús Eguiguren, y la cúpula de la banda terrorista, las cuales han sido traídas recientemente a la actualidad por el documental El fin de ETA, complemento recíproco de esta. Porque la relación de hechos y los testimonios recogidos por Justin Webster dejan tras de sí cierta impronta de estupefacción y desconcierto que Cobeaga consigue capturar al menos parcialmente. En especial, con la irrupción de Carlos Areces transmutado en Francisco Javier López Peña ‘Thierry’, que en su irritante puerilidad compone un personaje tan veraz y humorístico como aterrador.

         La de Areces es la aparición más altisonante -amén de divertida- de una comedia que, hasta entonces, había mantenido un perfil bajo, fundada precisamente sobre la sensación de desconexión de la realidad que posee el encuentro, de la incredulidad pasmada ante el sinsentido que ha conducido hasta esta reunión entre tipos corrientes y molientes. Del reír por no llorar.

Cobeaga escoge ser respetuoso por este trasfondo y circunstancias históricas, a pesar de que contienen potencial para una farsa virulenta, para una sátira más penetrante. No se pone folclórico ni sainetero, y es hábil para humanizar a los contendientes y convertirlos en gente identificable, para igualarlos haciéndolos compartir estupor y miserias. Deforma humorísticamente su imagen creada para devolverlos, paradójicamente, a su imagen humana. Pero también adopta decisiones desafortunadas o pasadas de rosca, en especial en lo que respecta a la traductora que interpreta Melina Matthews.

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Nota IMDB: 6,4.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 6.

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Munich

10 Jul

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Año: 2005.

Director: Steven Spielberg.

Reparto: Eric Bana, Daniel Craig, Ciarán Hinds, Mathieu Kassovitz, Hanns Zischler, Ayelet Zurer, Geoffrey Rush, Mathieu Amalric, Michael Lonsdale, Valeria Bruni Tedeschi, Marie-Josée Croze.

Tráiler

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         Sería interesante una sesión doble con La lista de Schindler y Munich, dos películas pertenecientes a la versión ‘seria’ y ‘adulta’ de un autor que en su conciencia cinematográfica siente el peso del apodo de Rey Midas de Hollywood y trata de subvertirlo a partir de un cierto compromiso social que le lleva a sumergirse en capítulos problemáticos de la historia contemporánea. En este caso, bien valdría enfrentar su relato del Holocausto, en el que homenajea su ascendencia judía, con su revisión de las consecuencias que aparejan las decisiones del joven Estado de Israel, que, al mismo tiempo, son en buena medida fruto del hecho anterior. “Otra vez judíos perseguidos y asesinados en Alemania”, lamenta el personaje que representa a la primera ministra israelí, Golda Meir, cuando analiza el secuestro y asesinato de los atletas de la delegación hebrea en la olimpiadas de 1972 en Munich.

         El juego con los paralelismos y las oposiciones, de hecho, es una constante en la película de Spielberg. A la relación de nombres de los caídos, se contrapone la relación de nombres de los palestinos convertidos en objetivos de los servicios secretos. Al dolor de la familia de los secuestrados ametrallados, se contrapone el dolor de la familia de los secuestradores abatidos. Al asalto de la villa olímpica muniquesa, todo titubeos e incertidumbre en los terroristas, se contrapone el asalto a los cuarteles de Beirut, todo determinación y eficacia homicida por los soldados israelíes. A los progresos del protagonista en su misión se contrapone el descubrimiento al detalle del incidente que da al lugar a esta gélida y tenebrosa explosión de violencia.

Bañada por el pesimismo y la oscuridad moral del cine de espionaje de los sesenta y setenta -equiparable además al contexto internacional contemporáneo de lucha contra el yihadismo global-, Munich describe la destrucción del presunto héroe anónimo, un individuo cualquiera a quien, en nombre del patriotismo y la sangre, se le entrega la misión de regenerar ojo por ojo el bienestar de una nación sufriente y que busca legitimaciones en su traumático itinerario histórico. Así, desde un enrolamiento convencido en un Israel soleado, en el que forma parte de una comunidad humana sonriente y hermanda al compartir el pan entorno a la mesa, el filme se adentra progresivamente en unos escenarios sombríos, confusos y decepcionantes donde las certezas se diluyen a la par que despiertan los fantasmas morales e incluso las dudas pragmáticas.

         Spielberg narra con habilidad expresiva y con endemoniado sentido del ritmo -porque este thiller de 164 minutos es entretenidísimo- la remontada por sus particulares meandros del Mekong que, como si fuese el capitán Willard de Apocalipse Now, emprende Avner (Eric Bana), con inaudita parada incluida en una hacienda francesa inesperadamente idílica y propicia para la reflexión distanciada sobre la misión, al igual que ocurría en la versión Redux de la obra maestra de Francis Ford Coppola. Aunque aquí ni siquiera hay un totémico Kurtz al final del camino. En ella no hay iluminación lisérgica, ni despertar, ni concienciación. Pero el absurdo y la desesperación son muy parecidos.

         Munich funciona mejor cuanto más cruda e inhóspita es, puesto que los deslices verbalizadores o de desgarrado lirismo simbólico que arroja de tanto en tanto parecen accesorios y obvios. Sintetiza mejor mediante la acción que mediante la reflexión. A medida que corre hacia adelante, Munich va materializando ese alejamiento del concepto de hogar que, en principio, centra la motivación de los personajes. Se revela su artificialidad en su aspecto, en los acentos de sus gentes, en sus personalidades y costumbres heterogéneas, en su ser.

El descorazonador patetismo de los asesinatos -que comienzan con el fusilamiento torpe y lamentable de un intelectual y concluyen con un agresivamente frío y sórdido acribillamiento de una mujer-, la debilidad de las excusas que sustentan la masacre en curso o el desmoronamiento progresivo de cualquier certeza a nivel personal, moral o político son suficientemente demoledoras para dibujar por sí solas este arco hacia la oscuridad que recorre un Avner que comienza su andadura como un atlético y comprometido padre de familia para degradarse progresivamente en un cadáver vaciado física y espiritualmente, semejante al niño Florya Gaishun de Masacre: ven y mira que barría el horror del frente oriental de la Segunda Guerra Mundial y, aun así, todavía conservaba los redaños de humanidad para diferenciar el bien del mal ante el retrato mismo del enemigo. La precisión con la que se ejecutan los primeros encargos se disuelve igualmente en escenas desconcentradas, donde esta vez la intriga no precede tanto de la tensión del mecano activado, sino de los temores que arrecian durante la tarea letal.

         El filme fue ampliamente repudiado por sectores de opinión de Israel y Estados Unidos por la versión comprensiva que se ofrecía del Septiembre Negro palestino y la desconfianza acerca de los procedimientos de contraterrorismo israelíes, a pesar de que, extrañamente, se excluyen capítulos que a priori concuerdan con exactitud con el tono apesadumbrado de la obra como el asesinato por error de un camarero marroquí en Noruega, confundido con el ambicionado Alí Hassan Salameh.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 8.

El largo viernes santo

18 Jun

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Año: 1980.

Director: John Mackenzie.

Reparto: Bob Hoskins, Helen Mirren, Derek Thompson, Eddie Constantine, P.H. Moriarty, Bryan Marshall, Dave KingStephen Davies, Paul Freeman, Pierce Brosnan.

Tráiler

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          Disfrazado con sus trajes horteras, su yate ostentoso y sus descomunales proyectos inmobiliarios -visionarios en cierta manera, como luego demostrará la construcción del Canary Wharf-, Harold Shand es el capo de Londres, aunque insiste en que en realidad es un discreto hombre de negocios con visión de futuro, contrapuesto por tanto a la pérdida de los valores de antaño y de la delincuencia que, afirma, ha degenerado las calles de su ciudad. Pero, obviamente, él no dudará en emplear impulsivamente la corrupción de la autoridad legal -la policía, los concejales- o la violencia cruda contra propios y extraños, lo que configura un contraste que en los fotogramas aparece reflejado de manera seca, como si por momentos se creyese el discurso justificatorio de este pequeño y brutal hampón con ínfulas y venido a más.

De igual manera, mientras se proclama príncipe de la metrópolis británica y su cabeza queda coronada por el puente de Londres, Shand declara que Inglaterra es la capital de Europa, la nación líder del nuevo y pujante mercado comunitario a cuya delantera parece recuperar los laureles perdidos del imperio. Sin embargo, con el devenir de los acontecimientos, los mafiosos venidos de los Estados Unidos para asociarse en el trato que legitima definitivamente su empresa criminal terminan espetándole con desprecio que, a su modo de ver, Inglaterra no es más que una república bananera con pretensiones de grandeza.

Entonces, personaje y país parecen ser uno. De hecho, al igual que se le atribuía a Winston Churchill, Bob Hoskins, que conquistaría un gran reconocimiento con este papel, posee ciertas características fisiológicas que recuerdan al bull dog, uno de los símbolos animales del Reino Unido. Achaparrado, macizo y de temperamento virulento, Hoskins corretea por los escenarios al borde del estallido de cólera, mostrando constantemente sus incisivos inferiores, gruñendo a quien se le aproxima.

          El largo viernes santo es puro cine criminal británico, con su ambientación antiromántica, decadente y de amoral salvajismo. No se puede mitificar la podredumbre. Este relato de un gángster cockney con imposibles aires de nobleza que en el día de su presunta entronización se ve superado por unas circunstancias que por fin exceden sus limitadas capacidades, está narrado desde una aspereza que incluso se permite introducir gotas de ácida ironía en su turbulento desencanto, puesto que la trama sobre la que se desarrolla el filme está dominada, en sentido estricto, por una fuerte ascendencia del absurdo.

Contra el caos, la furia es impotente. La presencia intimidante de Hoskins deja escenas de agresividad feroz, pero que finalmente, encadenadas a la desorientación y el desbordamiento que sufre el capo, se hunden igualmente en el ridículo. No obstante, se crea una relación y una complementariedad muy interesante entre Shand y su pareja, Victoria (Helen Mirren), que es otro personaje de fuerte personalidad, firmemente construido, dueño de sus propios procedimientos.

          La estética de la cinta es sucia; las acciones que registra, más. Sin hacer prisioneros, El largo viernes santo avanza correosa y furibunda, dejando tras de sí una amarga estela de oposiciones y contradicciones acerca de un personaje y de un país que parecen erigirse en imagen el uno del otro.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 7,5.

Espías desde el cielo

22 May

“No se puede decir que la civilización no avanza… De hecho, en cada guerra te matan de una manera diferente”

Will Rogers

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Espías desde el cielo

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Espías desde el cielo

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Año: 2015.

Director: Gavin Hood.

Reparto: Helen Mirren, Aaron Paul, Alan Rickman, Phoebe Fox, Barkhad Abdi, Jeremy Northam, Richard McCabe, Monica Dolan, Iain Glen, Babou Ceesay, Kim Engelbrecht, Aisha Takow.

Tráiler

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            Es de los pocos ejercicios académicos de los que tengo un recuerdo medianamente completo, y es porque era el tema principal del primer examen que suspendí en mi carrera de estudiante. Fue en la primera evaluación de Ética de 4º de la ESO y, además, lo suspendí a lo grande. Sin paliativos. El ejercicio en cuestión –éste en concreto, o al menos uno bastante aproximado– pedía elaborar un razonamiento moral a partir de un texto de José Ortega y Gasset, que a su vez tomaba un fragmento de la tragedia Troilo y Cressida de William Shakespeare, y en el que dos figuras mitológicas de la Guerra de Troya, Héctor y Troilo, discutían sobre la posibilidad de entregar a Helena a lo aqueos para salvar a su patria de la destrucción en ciernes.

En síntesis, el eje de la disputa versaba sobre si el valor de una vida humana se podía someter a un juicio subjetivo –es decir, que el valor de esa vida humana sea el que cada cual le otorgue según su entendimiento- o si, por el contrario, la existencia de una persona posee en sí misma una estimación objetiva, ostentada por derecho e inexpugnable frente a los argumentos de las partes implicadas en el debate.

            Espías desde el cielo es la reformulación de este planteamiento del filósofo madrileño, donde  la argiva Helena queda sustituida por una niña keniata con un puesto de pan anexo a la vivienda donde un grupo de terroristas de Al-Shabab preparan un nuevo atentado suicida, de ejecución inminente, y que está siendo vigilado por las fuerzas conjuntas de Reino Unido y Estados Unidos a través de un dron, con orden de eliminar a los objetivos a bombazos.

Estamos por tanto ante un filme de cuartos cerrados, de diálogo y no de acción, al estilo de Doce hombres sin piedad o Punto límite, este último dueño asimismo de una guerra de despachos donde, al igual que en la presente, comparecen importantes dosis de patetismo político-burocrático. Qué lejos queda a estas alturas de Historia la guerra directa y presuntamente heroica, de acuerdo con los cantos épicos tradicionales, a la que reverenciaban desafueros como Black Hawk derribado, por citar un ejemplo en el que se comparta escenario y prácticamente situación geopolítica y, más aún, sobre hechos de apenas hace una veintena de años.

            El suspense de Espías desde el cielo, por tanto, proviene de negociaciones y eventos estáticos, del esfuerzo intelectual en sumarse, quedamente, al debate propuesto por los personajes. A estos efectos, la administración de la tensión y el pulso narrativo que luce Gavin Hood son espléndidos –era la única tarea que prácticamente le competía como director, tratándose como se trata de una película de guion, firmado aquí por el relativamente desconocido Guy Hibbert, escritor más acostumbrado a prodigarse en telefilmes y series de televisión que en largometrajes para la gran pantalla-.

            Este mencionado patetismo puntual de los dirigentes civiles -insuflado sin duda por este periodo de desafección política global-, es quizás uno de los tópicos que maculan ligeramente la por otro lado destacable madurez de la obra, con casos evidentes como la amigable familia de la cría, la izquierdista enfurruñada –a la que sin embargo Monica Dolan acaba otorgando dignidad humana como personaje- o el jefe de Estado norteamericano expeditivo –la óptica del relato es británica, cabe recordar-. Aunque, claro, no olvidemos que los estereotipos del cine se alimentan de un poso de innegable realidad, y viceversa.

Y también es posible que la película tenga ciertas concesiones buenistas para con los militares, dado que los incidentes bélicos recientes inclinan a pensar que, en el campo de batalla extracinematográfico, los remilgos para adoptar decisiones críticas en las campañas de acción no son tan pronunciados -en especial en el terreno de los bombardeos con drones, donde la distancia física parece tender a crear una distancia moral-. Pero incluso así se diría que el libreto quiere introducir un matiz a partir de la extracción y el objetivo estrictamente universitario de este piloto virtual interpretado por Aaron Paul.

            La cinta, pues, presenta un loable equilibrio en los puntos de vista enzarzados en esta polémica terrible, a la que se agregan además elementos que apuntalan las complejidades del fondo de escenario, como los mecanismos jurídicos que se imponen sobre las resoluciones marciales, las consecuencias de la imagen en toda situación que acontezca en estos tiempos -sea como elemento de influencia legítima o amarillista sobre la sociedad occidental, sea como espita que detona la creación de nuevos sublevados estimulados por el trauma vívido y cercano- o la difuminación de los frentes combatientes en una guerra atomizada y casi imprevisible –los occidentales que se unen a la yihad como respuesta a su alienación existencial, los antiguos foráneos asimilados que forman parte integral e indisociable de la metrópolis-.

            De este modo, a la vez que desarrolla un thriller bélico realmente entretenido, Espías desde el cielo provee un poderoso material de debate para la salida de la sala que, a fin de cuentas, redondea las virtudes de su conjunto.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 7,5.

La batalla de Argel

24 Ene

“A medida que envejeces te resistes a volverte pesimista, pero tienes que entender el viejo dicho: si no prestas atención a la Historia, estás destinado a repetirla. Y es verdad, porque la mayoría de la gente no presta atención a la Historia.”

Clint Eastwood

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La batalla de Argel

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La batalla de Argel

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Año: 1965.

Director: Gillo Pontecorvo.

Reparto: Brahim Hadjiadj, Jean Martin, Yacef Saadi, Samia Kerbash, Ugo Paletti, Fusia El Kader, Mohammed Ben Kassen.

Filme

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            Vista desde hoy, con los atentados del 14 de noviembre en París aún calientes, La batalla de Argel se convierte en una experiencia pavorosa. La radicalización irracional, el cisma cultural irreconciliable, el combate a muerte y sin cuartel plasmado en explosiones terroristas en estadios abarrotados. Uno contempla el fruto del odio, tan vívido hace cincuenta años como antes de ayer, y se estremece al ver reflejado el presente de manera tan directa y tan brutal –la secuencia del hipódromo, la de la ambulancia secuestrada, las ejecuciones a sangre fría,…-. Pero queda perturbado también por la comprensión de que aquella guerra de hace medio siglo es, sino la misma, cuanto menos una descendiente casi calcada, apenas con cambios puntuales en la localización del tablero en lo que respecta a algunas de sus piezas.

De aquellos polvos estos lodos. El eterno retorno de la sinrazón. El caos que no cesa. La incapacidad para cerrar heridas que se infectan progresivamente; la perpetuación de injusticias travestidas con distintos disfraces.

            La batalla de Argel, producción italiana y argelina, es la reconstrucción de parte de la lucha de descolonización y recién obtenida independencia del país magrebí contra la metrópoli francesa, por entonces un imperio agonizante –sobrevuela el escenario el fantasma Dien Bien Phu, derrota que había significado el traumático fin para las posesiones coloniales de Indochina- pero que todavía consideraba este territorio norteafricano prácticamente como una parte integral del núcleo de la nación. Su espíritu inicial, dado el origen de la producción, es esencialmente propagandístico, de homenaje hacia la sublevación heroica de un pueblo contra sus ilegítimos ocupadores –postura considerada perfectamente lícita, a ojos de la Historia-. Su realizador, Gillo Pontecorvo, es además una de las figuras más destacadas del cine de compromiso italiano de la época, que mostrará de nuevo su conciencia antiimperialista tres años después del estreno de la presente en una película relativamente olvidada como Quemada! amén de su inquebrantable posicionamiento antifascista en su recreación del asesinato del almirante José Carrero Blanco en la posterior Operación Ogro.

            Con todo, el posicionamiento del filme ante los hechos no es inmaculadamente maniqueo, a pesar de recurrir a ciertas artimañas propias del cine épico politizado hollywoodiense –por ejemplo, la sensiblera utilización de la banda sonora o que los guerrilleros argelinos de uno u otro sexo sean tan fotogénicos-. Una tendencia que, en ocasiones, queda en parte secundada por el estilo y el espíritu neorrealista de la cinta, corriente que se arroga la defensa del desfavorecido o el incomprendido por el sistema hegemónico y donde la crudeza formal –incluidos insertos documentales, principal arma de combate de Pontecorvo- se fusiona violentamente con la sensibilidad emocional que consiguen plasmar los fotogramas –es capital el empleo de los rostros y la expresividad sin filtrar de estos actores no profesionales, entre los que aparece hasta uno de los fundadores del Frente de Liberación Nacional argelino, Saadi Yacef; así como el potente dramatismo que proporciona el juego con los afilados contrastes del blanco y negro, con la luz, la cal y la tiniebla-.

            Sin embargo, decíamos, dentro de esa naturaleza glorificadora, la cinta arroja unas penetrantes e incómodas sombras que se van apoderando de la narración según se avanza en la guerra de liberación, conducida por la férrea mano del cineasta –aparte de descarnada, la función es entretenida, compuesta con encomiable pulso-. La conciencia humana de Pontecorvo y el guionista Franco Solinas -otro de los abanderados del compromiso- están también fuera de toda duda, más allá de su óptica política por entonces asimilada, como la de la izquierda socialista y comunista en general, a la par de los movimientos de descolonización y contrarios al neocolonialismo.

En consecuencia, desde la presunta pureza de los nativos levantados por su libertad –ya amenazados por el siniestro moralismo que barniza escenas como la del hombre borracho-, se asoma el cabo de una espiral obsesiva y desalentadora. Lacerante y horrenda. No solo exacerbada por el bando colonial, que mantiene la posición parapetado tras numerosos abusos y torturas admitidas como consecuencia inevitable para un objetivo falaz o (solo) egoístamente justificado -tanto o más cuando los brazos ejecutores de la contrarevolución son antiguos miembros de la heroica Resistance y supervivientes del horror nazi, apuntarán Pontecorvo y Solinas, quienes habían abordado precisamente ese imperio del mal absoluto en Kapo y que parecen reflexionar ahora, con profundo pesar, las tornas cambiantes que propicia la historia, la política y la voluble moral de los hombres-. Así pues, aunque tampoco sea con exacta simetría, el bando supuestamente loado se empareja al verdugo en esta danza macabra que iguala en crueldad y locura a ambos, describiendo una paulatina destrucción de ideales y deshumanización del conflicto a medida que comienzan a aparecer fotogramas paralelos a uno y otro lado –las víctimas civiles, encarnadas en último término por la inocencia infantil-.

            De aquellos polvos estos lodos. El eterno retorno de la sinrazón. El caos que no cesa.

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Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 8.

Nota del blog: 9.

Timbuktu

10 Dic

“Todavía voy al cine, aunque cada vez lo encuentro menos estimulante. En los últimos Óscar todas las películas nominadas en lengua extranjera eran mucho más interesantes que las películas americanas con más nominaciones. Me refiero a filmes como Ida o Timbuktu, que son muy superiores a las mejores películas americanas.”

John Boorman

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Timbuktu

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Timbuktu

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Año: 2014.

Director: Abderrahmane Sissako.

Reparto: Ibrahim Ahmed, Abel Jafri, Toulou Kiki, Layla Walet Mohamed, Mahdi A.G. Mohamed, Kettly Noël, Fatoumata Diawara, Adel Mahmoud Cherif, Salem Dendou.

Tráiler

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            Siempre es estimulante y sobre todo enriquecedor adentrarse en los relatos sobre el terrorismo islámico sin tener como intermediaria una mirada occidental lastrada por la distancia y cargada de prejuicios, muchas veces capaz de describir aunque no de comprender.

Timbuktu, primera película de Mauritania –coproducción francesa, eso sí- en atender a los premios a la mejor película de habla no inglesa en los Óscar –e imagino que de estrenarse en salas españolas-, una obra ambientada en la Guerra de Malí y la invasión de las regiones norteñas del país sahariano por los fundamentalistas islámicos de Ansar Dine, habla de la vida bajo la yihad en movimiento, donde no se escucha música, no se juega al fútbol, no se puede sentar uno a la puerta de casa,… pero donde aún se ama, se anhela, se filosofa, se conversa y se resiste.

            El prisma que emplea el director y guionista Abderrahmane Sissako es, por tanto, esencialmente humanista. Esto es, ninguno de los personajes que comparecen en esta película coral –ni los yihadistas, ni los habitantes de la ciudad, ni los tuareg ganaderos al margen de todo- pierde su esencia humana, con sus luces y sus sombras, unas u otras más o menos pronunciadas según cada individuo. Un marco íntimo y personal a través del cual ubicar, por extensión, cierto diálogo del islam consigo mismo –sobre todo entre el imán de la mezquita y el líder de los invasores-. Por lo general, su carácter es natural y verosímil, así como sus motivaciones, enmarañadas en un escenario global en el que se encuentra ternura, emociones reconocibles y la terrible sombra de la sinrazón.

            Desde la relativa comodidad occidental, resulta tentador criticar que los villanos internacionales más evidentes de este comienzo de siglo, los integristas islámicos, también puedan ser vistos como personas, con sus dudas, sus contradicciones, sus mezquindades y sus ridiculeces -al fin y al cabo, Timbuktu es una película fundamentalmente terrenal; poco hay de rastro divino en ella aparte de las citas vanas del Corán, refugio para toda clase de vulgaridades-. Y, en relación a esto, que la visión del conflicto sea asimismo demasiado delicada, dueña de un dolor estoico y una tristeza melancólica incluso durante las tenues pinceladas de humor que surgen producto de la enajenada inmoralidad extremista.

Hay que tener en cuenta la dificultad que, se presume, significa rodar una cinta de semejante temática en la región. De igual modo, cabría pensar que esa presunta tibieza forma parte de la citada perspectiva cultural no europea, menos filtrada por esquemas mentales impuestos por el desconocimiento o, peor aún, por las fórmulas de propaganda política.

            Sea como fuere, es loable esa resistencia privada y emocional que se plasma, principalmente, en uno de los más hermosos partidos de fútbol jamás rodados. Timbuktu se muestra proclive a extraer la tradicional poesía del paisaje imperturbable e inconmovible ante la suerte de los hombres, de esa lírica cotidiana de un mundo extraño, tan cercano y tan lejano, y tantas veces vista y tan bien considerada en el cine exótico que puebla muchos de los festivales especializados de cine.

En cambio, también aflora en el filme cierta sensación de desaprovechamiento, que emana de una narración en exceso fragmentada e incluso forzada o precipitada en determinados tramos; de una falta de concreción o de pulido en el trenzado de sus retazos de esta realidad problemática que, definitivamente, condense el estimable potencial de su discurso.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 7.

La muerte de Mikel

15 Oct

El hombre como estado soberano, inmerso en su propio y traumático proceso de transición. La muerte de Mikel, para las novedades en blu-ray de Cine Archivo.

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