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Días extraños

10 Jun

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Año: 1995.

Directora: Kathryn Bigelow.

Reparto: Ralph Fiennes, Angela Bassett, Juliette Lewis, Tom Sizemore, Michael Wincott, Glenn Plummer, Vincent D’Onofrio, William Fichtner, Brigitte Bako, Richard Edson, Josef Sommer, Louise LeCavalier.

Tráiler

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         Cuando redacté el borrador sobre Días extraños comenzaba aludiendo al “nos están cazando” con el que Lebron James denunciaba el asesinato a tiros en Georgia del joven afroamericano Ahmaud Arbery mientras hacía footing, un ejemplo de lo difícil que es esconder en un periodo de sobreexposición informativa como el actual el veneno racista que rezuman determinadas acciones no solo policiales, sino civiles. Un episodio menor ocurrido días después, en el que una mujer amagaba con denunciar falsamente por amenazas a un hombre negro que le había instado a ponerle la correa al perro en el Central Park neoyorkino, ofrecía una nueva muestra. Pero será definitivamente el caso de brutalidad policial que condujo a la muerte de George Floyd en Minneapolis la que terminaría de prender la mecha del polvorín que son unos Estados Unidos lastrados, a pesar de toda su propaganda fundacional, por una profunda desigualdad social que se somatiza en racismo, aporofobia y violencia.

Los disturbios consecuentes recordaron de inmediato a los relacionados con la difusión del video de la paliza de un grupo de agentes a Rodney King en 1991. Un año después de este terrible suceso, la exculpación de cuatro policías implicados desembocó en una serie de revueltas ciudadanas en Los Ángeles que se saldaron con 63 fallecidos y más de 2.000 heridos, lo que derivaría la imposición de un estado de sitio en la segunda ciudad más poblada del presunto país de la libertad. Y, precisamente, Días extraños es una distopía que da continuidad a este traumático sentir colectivo. Una distopía entonces inmediata, ambientada en el ahora pretérito cambio de milenio pero que, sin embargo, se convierte hoy en actualidad. Pasado, presente y futuro, todo encadenado, todo uno, sin solución de continuidad, sin evolución.

         La primera escena de Días extraños parece sacada de un videojuego tipo ‘shooter’. Esta sensación de caos y de cambio inminente y revolucionario se canaliza a través de una tecnología destinada a proporcionar experiencias extremas en primera persona. El disfrute de la ultraviolencia, de lo prohibido, sin salir del salón de casa mientras se desmorona todo alrededor. Experimentada en el cine de acción agresivo, Katrhyn Bigelow lo plasma en una atmósfera hiperexcitada, repleta de movimiento dentro y fuera del plano, de la que forman parte esencial unos fotogramas crispados por colores estridentes y secuenciados a través de cortes raudos. Lenny Nero vive al límite, y nosotros con él. No es casual que, en una cinta nocturna y atormentada, la única escena soleada y romántica proceda de un recuerdo. Un momento irrecuperable y por ende falso, como insiste Mace, quien jamás renuncia a tener los pies en la tierra.

         Esa relación entre Lenny y Mace, atípico antihéroe y atípico escudero, es uno de los puntos fuertes de Días extraños. Lenny es un expolicía de antivicios que a pesar de la sordidez de su trabajo no tiene media hostia y que se hunde en el fango a pesar de que su alma conserva todavía destellos de lucidez -ahí está el regalo al vigilante tullido-. Es un hombre que, por lo tanto, ruega en silencio por una redención que, en paralelo, devolvería a su cauce a la errática sociedad, puesto que esta es el reflejo magnificado de su propio cinismo. Ella, en cambio, es el Sancho Panza destinado a ejercer de brújula terrenal, en su caso imponiéndose también por la fuerza. Ralph Fiennes y Angela Bassett encarnan con propiedad sus roles, al igual que Juliette Lewis despliega su difusa e inexplicable atracción física, con ese encanto suyo que no atiende a la lógica.

Los tres son imprescindibles para llevar a buen puerto un argumento que bien podría descabalgar en lo exagerado. Sin embargo, su exploración de un mundo más concentrado en la vida virtual, delegada y exhibicionista que en disfrutar, entender y asumir la propia experiencia, aguanta con renovada solvencia el paso del tiempo y la evolución de la tecnología. James Cameron, fascinado por la ciencia ficción, colaboraba con su expareja para sacar adelante este relato, tanto desde su concepción como operando desde el montaje.

         Días extraños consigue otorgar entidad, verosimilitud y sensaciones a su universo, que no deja de ser similar a ese concepto de entretenimiento de evasión y a la vez sensación extrema que mercantiliza el protagonista. El sucedáneo de realidad que es más auténtico que la realidad misma. El siguiente paso. Una anticipación del mundo milimétricamente omniconectado de las redes sociales que en este caso, entronca además con ese pálpito milenarista de la época. El principio y el fin del mundo por la tecnología.

A pesar de que el efecto 2000 quedó en la anécdota, Días extraños posee miedos que perduran; habla de una sociedad que ha cumplido fielmente una distopía previsible -formulada además casi a tiempo real, con tan solo cinco años de anticipación respecto de su fecha de estreno y, como antes se señalaba, replicada una y otra vez-. Enraizada en su trama de violencia y muerte, su herramienta de análisis, al igual que en los turbios años cuarenta y cincuenta, será el cine negro, con su megalópolis opresiva, su femme fatale y su desencanto existencial. Y la esperanza reside en que uno mismo decida dar un paso al frente y plantarse ante un sistema amañado.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 8.

La fiera de mi niña

21 Oct

“Nunca me gustaron las chicas delgadas, pero Katherine Hepburn tenía un aura que le convertía en la mujer más magnética que había visto en mi vida y que probablemente veré. Uno se sentía obligado a mirarla, a escucharla, sin posibilidad de escape.”

Cary Grant

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La fiera de mi niña

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La fiera de mi niña.

Año: 1938.

Director: Howard Hawks.

Reparto: Katharine Hepburn, Cary Grant, May Robson, Charles Ruggles, Walter Catlett, George Irving, Fritz Feld, Barry Fitzgerald.

Tráiler

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            Pocos géneros o subgéneros han cumplido con la eficacia de la screwball comedy una de las principales misiones del séptimo arte: el alejamiento momentáneo de la prosaica realidad por medio de una experiencia transferida desde el celuloide hasta el espectador encerrado en esa mágica habitación oscura que es la sala de cine.

Este tipo de comedia alocada y desternillante no es sino producto directo de un periodo histórico tan negativo como la Gran Depresión de los años treinta. Frente a la miseria económica y la desesperación, la screwball comedy desplegaba un escenario dominado por un caos ilógico pero humorístico donde un puñado de personajes sofisticados, excéntricos y atractivos quedan enmarañados en una y mil aventuras delirantes, por lo general a causa del impulso arrollador de sus atípicas heroínas: mujeres autónomas, libres y pudientes en obstinada persecución de sus deseos y anhelos sentimentales y sociales.

            Pese a estrenarse en un contexto menos flagelado por la crisis y a haberse saldado con un notable fracaso en taquilla, La fiera de mi niña es sin embargo considerada como el paradigma de la screwball comedy.

A cargo de su realización se encuentra Howard Hawks, maestro versatilísmo capaz de medir al milímetro el montaje y la puesta en escena para imprimir un ritmo frenético al relato, sea cual sea el terreno al que pertenezca el filme –si bien supone un elemento de vital importancia para obtener la sensación de desquiciamiento esencial en este tipo de cintas, de las cuales precisamente había contribuido a sentar sus códigos en La comedia de la vida-. Dos estrellas indiscutibles como Cary Grant, galán universal con una especial vis cómica, y Katherine Hepburn, el rostro femenino de los años treinta, icono del feminismo emancipado y neófita en estas lides burlescas, completaban desde el protagonismo el carácter estelar de esta producción de la RKO.

La desenfrenada retahíla de gags incrementa hasta cotas desconocidas y difícilmente superables la insensatez característica de la screwball comedy gracias a ese auténtico torbellino de la naturaleza que es Susan Vance (Hepburn), despiadado agente del destino encomendado con asombrosa vehemencia a la absoluta devastación de la vida pretérita de un apocado paleontólogo, David Huxley (Grant), hombre en vísperas de un frío matrimonio y un gris futuro de trabajo devoto y constante.

Es, en definitiva, la liberación de los corsés racionales y sociales del hombre de a pie, cristalizado en el amanecer de una vida romántica plena, por muy demencial e incluso físicamente peligrosa que esta amenace ser -el proceso intermedio a este traumático renacimiento espiritual y emocional es de todo menos un plácido camino de rosas-.

             La fiera de mi niña es una película implacable. Quizás no es un relato de especial trascendencia intelectual y sacarle más lecturas de las que posee en un primer vistazo sería forzar demasiado el argumento, pero lo cierto es que nunca dejan de ocurrir cosas, la narración de las mismas es ejemplar en cuanto a tempo cómico y elegancia formal, la química entre los actores es magnífica y, por tanto, es difícil apartar los ojos y la mente de la pantalla. El libreto de Dudley Nichols y Hagar Wilde, autor de la historia original, encadena situaciones cada vez más enloquecidas y absurdas a lo largo de un crescendo rodado a velocidad de vértigo y especialmente cruel con su parte masculina, un pobre individuo que bastante tiene con mantener la dignidad –factor hilarante en sí mismo, dado su calvario- e incluso sobrevivir a las circunstancias (es decir, a la mujer) que lo atropellan.

Así las cosas, uno nunca sabe si compadecerse o reírse del infortunado. No le queda más remedio que, a tenor de la ferocidad humorística de las situaciones, proceder con entusiasmo a lo segundo.

             En 1964, Hawks filmaría una revisión corregida y aumentada de La fiera de mi niña: Su juego favorito.

 

Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 8,1. 

Nota del blog: 7,5.

Gremlins

11 Ene

“Se puede discutir el contenido de una película, su estética (si la tiene), su estilo, su tendencia moral. Pero nunca debe aburrir.”

Luis Buñuel

 

 

Gremlins

 

Gremlins

Año: 1984.

Director: Joe Dante.

Reparto: Zach Galligan, Phoebe Cates, Hoyt Axton, Frances Lee McCain, Dick Miller.

Tráiler

 

 

            ¿Qué niño nacido en los ochenta no ha deseado encontrarse a un mogwai como regalo de Navidad, sin importar las tres nimias reglas para su cuidado (no exponerlo a luces fuertes, no mojarlo, no alimentarlo después de medianoche)? Claro, que si ni siquiera sabemos cuidar de un humilde hámster creyendo que se divierte pilotando un coche teledirigido, lo íbamos a llevar claro.

            Acompañado en la elaboración del libreto por Chris Columbus –artífice de otros clásicos generacionales como Los Goonies, también a la escritura, y Solo en casa en la dirección- y con los auspicios desde la silla del productor del gigante Spielberg -dominante del cine fantástico e infantil/juvenil de le década con su factoría Amblin-, Joe Dante, otro de los numerosos y talentudos protegidos de Roger Corman, presentaba a una de las criaturas más adorables del cine –¿a quién no se le derrite el corazón cuando el suave y peludo Gizmo canta?– para, posteriormente, descerrajar uno de los cuentos de Navidad infantiles –etiqueta cuestionable- más divertidos, sanos y salvajes de las últimas décadas.

Porque el gremlin, el Mr. Hyde reptiliano y tenebroso del dulce mogwai, es malo, pero malo de verdad.

             Gremlins exhibe con subversiva perversidad los ingredientes fundamentales del bienintencionado cine característico de estas señaladas fechas: el jovencito apocado de un pueblecito cualquiera de América (Zach Galligan, soso como él solo), la bonita nuera perfecta (Phoebe Cates, mito erótico juvenil de los ochenta), el señor Scrooge de turno (señora en este caso), la amenaza de la deshumanizada competitividad capitalista frente al idealismo, la moraleja ecologista contra el estilo de vida occidental del individualismo, el egoísmo, el materialismo, la inmediatez y el usar y tirar…

Y, como destructiva contrapartida, unos seres mezquinos, ocurrentes, irreverentes y jaraneros, similares a una jauría de adolescentes alcoholizados, libres a su antojo para emplear la ciudad como patio de juego para sus maldades.

De hecho, si se atreve, remoje en alguna bebida espirituosa –como al mogwai en agua– a un joven tipo pasadas las doce uvas y observará cómo el simpático y afable individuo se transforma en un ser primario y alegremente vandálico.

             Gracias a la caótica presencia de los gremlins –excelente trabajo en el diseño de los muñecos, todo un ejemplo de credibilidad y carisma frente a las insulsas creaciones digitales que imperan en la actualidad-, la cinta no ahorra en sarcasmo cruel y jocosa autorreferencialidad –tanto al Séptimo Arte en general como a la factoría Spielberg en particular; las criaturas son cinéfilos empedernidos en ambas fases de su vida- para dar lugar a una aventura divertidísima, favorecida por su saludable espíritu de serie B con generoso presupuesto, y no exactamente apta para los más pequeños de la casa, aunque sí perfecta en su gamberrismo iconoclasta (y nada velado criticismo, no lo olvidemos) para quienes deseen contrarrestar el empacho de azúcar y consumismo que supone la Navidad.

Hito generacional.

 

Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 7.

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