El apartamento

13 Abr

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Año: 1960.

Director: Billy Wilder.

Reparto: Jack Lemmon, Shirley MacLaine, Fred MacMurray, Jack Kruschen, Naomi Stevens, Ray Walston, David Lewis, Edie Adams, Hope Holiday, Frances Weintraub Lax, Johnny Seven.

Tráiler

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         En cierta escena, C.C. Baxter, un tipo que como mucho tiene derecho a apodo, Buddy, presenta su caso como una historia de náufragos. El único hombre vivo entre 8.042.783 neoyorkinos, una nómina entre 31.259 trabajadores, el número 861 de la sección W de la Premium Accounting Division, departamento de pólizas ordinarias, piso 19. El apartamento posee una crueldad kafkiana. Por momentos, a pesar de la chispa cómica que todo lo alumbra, su oscuridad llega a ser terrible. Billy Wilder aplasta a un empleado supernumerario en un edificio colosal, sentado en una sala con mesas que se extienden hasta el infinito, padeciendo tics automáticos como los que sufría Charles Chaplin en Tiempos modernos, desquiciado ya en su reducción a pieza de engranaje de la maquinaria fabril. El gran Leviatán no es el Estado omínodo, es el sistema económico donde nuestra categoría existencial se define como unidad de producción y agente de consumo.

         La deshumanización que reduce a Buddy a mera cifra se revela en la toxicidad de su entorno. La mayoría de las relaciones que se establecen en torno a esta empresa de seguros son de depredación, sin atención alguna a las cualidades personales del sujeto. Hay quienes se aprovechan y quienes son víctimas. Además, esta jerarquía vertical, medida en altura, se expresa asimismo en la dominación de la escena. Cuando aparece el señor Sheldrake, macho alfa de lomo plateado, los gallitos subordinados parecen arrugarse. No obstante, Buddy no es ajeno a este sistema podrido. Es más, participa en él con convicción, motivado por un afán de superación con el que aspira a escalar planta por planta hasta alcanzar el techo de los poderosos. A Buddy lo explotan, pero él también se autoexplota, dentro y fuera de la oficina. La humillación que se dibuja en El apartamento es doble, porque es impuesta pero a la vez autoinfligida. Pese a su aspecto común y su carácter apocado -o acaso por ello mismo-, diseñado para contagiar empatía de inmediato por ser uno de los nuestros, Buddy es un asqueroso arribista.

Aunque si la situación de Buddy es demoledora, la de la señorita Kublik es todavía más trágica, ya que, aparte de todo esto, ella, como mujer, es un bien de consumo. Un producto de ocio de usar y tirar. De hecho, la señorita Kublik sí es un personaje enteramente positivo, de moral íntegra aunque arrastrada por los suelos a causa de las malas elecciones sentimentales. El alquiler del piso de Buddy bien puede constituirse en metáfora de la prostitución, pero él lo asume voluntariamente dentro de una estrategia laboral trazada con mucha dedicación. En el caso de ella, recibir un simbólico billete de 100 dólares es la gota que colma el vaso, el elemento precipitante de unas medidas radicales. Que, a su vez, despertarán una reacción también radical en el adormecido Buddy.

         La descripción de El apartamento es la de un drama con todas las letras. Wilder hace de él una comedia deformándolo con diálogos y situaciones ingeniosas, con las que disecciona y eviscera los ritmos vitales de la sociedad. Las lágrimas brotan por la carcajada, si bien su gusto es profundamente amargo. La mueca en el rostro puede ser de risa o de llanto, indistintamente.

En este escenario tan ponzoñoso, expresado en rotundo blanco y negro, el maestro es capaz también de cultivar un romance delicado y frágil, y por todo ello especialmente hermoso. Aun por más que su materialización sea improbable, como saben perfectamente los propios protagonistas. “¿Por qué no me enamoro de alguien como usted?”, admite ella, cuya sonrisa angelical, cuya belleza etérea, está tiznada de tristeza. “Así son las cosas”, responde él, simpático, fiel, pero dolorosamente corriente. Gran analista de la condición humana, Wilder no lleva a engaños. Su comedia es una tragedia disimulada.

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Nota IMDB: 8,3.

Nota FilmAffinity: 8,4.

Nota del blog: 9.

4 comentarios para “El apartamento”

  1. Hildy Johnson 13 abril, 2020 a 14:04 #

    Qué hermosa es esta película.
    Y cuántos detalles para su análisis.
    Tu texto, brillante.
    Es una película que puede describirse a partir de objetos.
    Yo me quedo con ese pequeño espejo roto.

    Beso
    Hildy

    • elcriticoabulico 13 abril, 2020 a 16:17 #

      Es hermosa pero bien triste. Las sensaciones que deja son terribles. El último plano ni siquiera trata de colar un engañoso final feliz plenamente. Ese espejo roto, Hildy, tiene mal arreglo al fin y al cabo… Nunca va a devolver una imagen perfecta, ideal.
      ¡Besos y muchas gracias por tus palabras!

  2. Deckard 13 abril, 2020 a 21:00 #

    En esta película Billy Wilder demostró conocer a fondo las debilidades del alma humana. A mi me pasma que algunos sigan considerando “El apartamento” una comedia. Tiene mordacidad, pero ese rasgo suele ser más grotesco que cómico y esconde aspectos poco divertidos y más bien dramáticos. Porque es una historia sórdida, oscura, triste y melancólica dónde las haya.

    Supongo que sabéis que al director austríaco se le ocurrió la idea mientras veía “Breve encuentro” de David Lean. En concreto, la escena en la que un amigo sorprendía en su piso a Trevor Howard con Celia Johnson, pese a que ambos todavía estaban en una fase de inocente tonteo.

    El majestuoso edificio de oficinas a mi siempre me ha remitido a un espacio muy similar que se podía ver en “Y el mundo marcha” (“The Crowd”) de King Vidor. Como cuenta Wilder, el escenario en realidad era mucho más pequeño de lo que parece, pero trabajando con el decorador Alexandre Trauner, este arbitró una solución ingeniosa, por la cual en las últimos escritorios traseros iba poniendo mesas y atrezzo más minúsculo para dar sensación de amplitud, hasta el punto de que llegaron a utilizar enanos para rellenar las filas del fondo. La brillantez del resultado es muy llamativa.

    Como anécdota, decir que el maquiavélico papel que le dieron a Fred Mac Murray hubo que sudarlo un poco. No estoy hablando de la escritura del guión, sino de que, Mac Murray, que no había trabajado con Wilder desde “Perdición” estaba a punto de cerrar un jugoso contrato con Disney para hacer películas familiares (tipo “Un sabio en las nubes” o “Un sabio en apuros”) cuando el austríaco le puso en un brete ofreciéndole este caramelo de personaje. Pero, claro, ¿qué actor inteligente se hubiera atrevido a decirle que no a esas alturas? Y al final lo hizo, y muy bien, como casi siempre.

    Una obra maestra.

    Un saludo.

    • elcriticoabulico 14 abril, 2020 a 16:17 #

      A eso me refiero con el texto, a que me parece una película demoledora afrontada desde una perspectiva cómica que, por esa contradicción, casi te deja más hecho polvo, porque te has reído con alguna cosa, pero la sensación que te queda es tristísima.
      Un saludo, Deckard.

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