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La luz azul

14 Mar

“El cine es el mito integrado en una fábula. No es la industria del sueño, es la fábrica de mitos.”

Sergio Leone

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La luz azul

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La luz azul

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Año: 1932.

Directores: Leni Riefenstahl, Béla Balázs.

Reparto: Leni Riefenstahl, Mathias Wieman, Beni Führer, Max Holzboer, Martha Mair, Franz Maldacea.

Tráiler

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           En ocasiones el cine salta desde la oscuridad de la sala para imbricarse en la realidad exterior de la calle, como agente partícipe de la Historia. El éxito de La luz azul y, sobre todo, el impacto que provocaría sobre Adolf Hitler, líder del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, le brindaría a la emergente directora Leni Riefenstahl la oportunidad de incorporarse al aparato propagandístico nazi, donde dirigiría el cortometraje La victoria de la fe y coordinaría los noticieros de actualidad.

Sin embargo, serían dos documentales, El triunfo de la voluntad y Olimpiada, los que inscribirían el nombre de Riefenstahl en la posteridad tras convertirse en emblemas paradigmáticos del documental de propaganda gracias a la arrolladora fuerza de sus imágenes, a su atronador poder de sugestión y a la conceptualización de una estética épica y agresiva, rayana en la mitología clásica, que constituía la proyección absoluta de los conceptos políticos, raciales y filosóficos que Hitler y el partido nazi deseaban arrojar contra Alemania y el mundo.

           La luz azul conectaba ya con esta sensibilidad que conducía a la exaltación de los valores ideales germanos. Como mostrará el prólogo, que remite al texto de un enorme libro acerca de la vida de una enigmática joven, la obra se encuentra narrada con un tono y una ambientación apasionada propios de las leyendas románticas decimonónicas, con un argumento de tintes colosales que recoge el tema de la dominación del territorio hostil característico de los bergfilms o cine de montaña y que, debido a estas citadas premisas, se acostumbra a homologar con los westerns estadounidenses de conquista.

Partícipe activa como actriz en este popular género y admiradora de uno de sus grandes exponentes, Arnold Fanck -con quien había compartido ejemplos como La montaña sagrada, El gran salto, Prisioneros de la montaña, Tempestad en el Montblanc o La intoxicación blanca-, Riefenstahl desarrolla un filme de enorme influjo telúrico, determinado, como no podría ser de otra manera, por la presencia monumental, sobrecogedora y terrible de una montaña que para los lugareños del relato es proveedora de riqueza y muerte a partes iguales.

Muy sencilla en su concepción argumental, La luz azul describe el encuentro entre un forastero, representación de una mirada limpia y desprejuiciada por su desconocimiento, con la figura providencial de Junta (la propia Riefenstahl), una delicada muchacha rechazada por los aldeanos porque es la única persona capaz de imponerse a la funesta maldición de la mole indómita –que se cobra una vida cada luna llena-, y a quien se encuentra unida mediante un nexo natural, mágico.

           El personaje de Junta le sirve a la cineasta, eterna devota de lo insólito y excepcional –sea bueno o malo, como se intuye en la introducción-, para rodear las aventuras de la incomprendida Junta de un brumoso velo de ensoñación que, por otro lado, resulta útil para sortear una narración no excesivamente limpia. Una penetrante aura de ‘traumfilm’ que se extenderá también al amor platónico de la protagonista con el recién llegado alemán –rodada en los Alpes Dolomitas, Junta, como la mayoría de aldeanos, solo se comunica en un italiano de gutural acento germánico-. Empero, a medida que el espectador se introduce en el embriagador sueño de la joven, Riefenstahl procede a bañar los fotogramas de un profundo y hermoso sentimiento melancólico que se extrae de la consciencia cierta de que domeñar el secreto de la montaña significa, por desgracia, despojarla de su encantamiento fabuloso y ancestral.

           La luz azul revela la gran ambición de su cineasta, manifestada en el aspecto técnico –la filmación sonora en impresionantes escenarios naturales cuyas dificultades, aunadas con el vigoroso estilo visual de Riefenstahl, provocarán que la cinta posea sin embargo una estética todavía identificable con el silente-, así como en un insólito atrevimiento en la composición de los planos y el empleo del montaje, capaz de legar una notable colección de subyugantes fotogramas.

 

Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 7,5.

127 Horas

21 Jul

“Pobre juventud: ¡Qué fácil es naufragar! Dichoso aquel que estuvo en peligro entre el oleaje del mar y logró llegar a la orilla.”

San Giuseppe Marello

 

 

127 Horas

 

Año: 2010.

Director: Danny Boyle.

Reparto: James Franco, Clémence Poésy, Treat Williams.

Tráiler

 

 

             127 horas tiene mucho de película de náufragos. Esencialmente, ambas se rigen por el mismo concepto, al igual en parte que el coetáneo thriller español Buried. Un hombre queda atrapado por la naturaleza en un reducto inhóspito en el cual ha de escapar o ha de morir. Un hombre solo contra la adversidad en una experiencia extrema que siempre conlleva una carga simbólica, la de la forzada penitencia del individuo en su particular purgatorio, en el que ha de repasar su vida pasada y reconsiderar las actitudes y valores que le han movido hasta entonces, sus errores y aciertos, hasta su última resurrección como hombre renovado.

             Así pues, nada de lo anterior queda fuera de la nueva película del escocés Danny Boyle, su regreso tras el triunfo en los Oscar por Slumdog Millionaire, una cinta ligerita, llevada con habilidad y de cierto encanto horterilla. Aquí escoge la historia real del aficionado al deporte extremo Aron Ralston y su trágico accidente en Blue John Canyon, Utah, presentado como un tipo cool que no duda en recoger los achiperres e irse a practicar mountain bike, escalar riscos y adentrarse en grietas durante todo un fin de semana sin avisar a nada ni a nadie sobre a dónde dirige sus pasos. Lo que provoca que, después de caer por una fosa y quedar aplastado su brazo derecho bajo una enorme roca, nadie sepa de él.

             Son un tipo de películas estas que basan gran parte de su efectividad en la potencia del intérprete principal, generalmente el único que sostiene la acción en la mayoría del metraje, como fue Tom Hanks en Náufrago o Ryan Reynolds en Buried, peso que recae sobre un James Franco hasta ahora con poca relevancia en la industria pese a haber desempeñado papeles ciertamente meritorios en filmes anteriores. Su actuación como Ralston, con quien trabajó buena parte del rodaje para obtener inspiración directa, es fantástica, consiguiendo establecer una gran empatía en el reflejo de su tránsito de joven chulito y seguro a hombre vulnerable y tierno, pasando por la estupefacción y el terror de la situación. La ayuda de Boyle en la dirección es inestimable, marcando el ritmo de la función con su apurada estética videoclipera habitual, que podría parecer aquí un ejercicio de banalidad absoluta, y que, a pesar de ello y de que un par de alucinaciones que sufre el protagonista quedan un poco fuera de lugar, sabe transmitir la sensación de desesperación, de agobio y de claustrofobia que padece Ralston, escenas no aptas para estómagos sensibles incluidas.

Aunque es cierto que bien se podría decir que, finalmente, Boyle se limita a recrear esa angustia física más que la angustia vital del protagonista, más su ansia de vida que una posibilidad de profundidad o trascendencia en su contrición.

No obstante, logra de largo el impacto que busca.  

 

Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 7.

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