Tag Archives: Neorrealismo

La tierra tiembla

11 Ene

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Año: 1948.

Director: Luchino Visconti.

Reparto: Antonio Arcidiacono, Giuseppe Arcidiacono, Nelluccia Giammona, Agnese Giammona, Antonino Micaele, Salvatore Vicali, Maria Micaele, Rosario Galvagno, Lorenzo Valastro, Raimondo Valastro, Nicola Castorino, Rosa Costanzo.

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          “Pescatori siciliani”, indican los créditos como toda relación del elenco. Gente sencilla que realiza ante la cámara sus tareas cotidianas, comunicándose entre ellos en su idioma, el siciliano, la lengua del pueblo en esta región del Mezzogiorno empobrecido y humillado. La tierra tiembla, emblema del Neorrealismo italiano, se asienta sobre el verismo, si bien para extraer de él una lírica de la miseria, una épica de la marginalidad, un manifiesto políticosocial. Hay escenarios austeros, penosas fatigas, jerseys raídos e inmersión en las profundidades del hogar, al igual que hay composición de imágenes, búsqueda de la plasticidad, de la epopeya humana y de la emoción. Las viudas prematuras que contemplan estremecidas la indiferencia de los farallones, del mar que no cesa, de la naturaleza soberbia e imperturbable.

Financiada en parte por el Partido Comunista italiano, La tierra tiembla es rabia en 24 fotogramas por segundo, la indignación por un grupo humano, los Valastro, a los que el libreto somete a un calvario tremendista, destinado a convertirlos en mártires que inspiren la compasión del espectador y les haga partícipe de su mensaje: los parias de la tierra han de unirse para hacer frente a la explotación de los privilegiados.

          La tierra tiembla nace en una alborada y concluye en un anochecer. Es una historia eterna, proclama la introducción. Los remos que siguen paleando el agua después del rótulo de ‘Fine’, sumergidos en la absoluta oscuridad, parecen dar continuidad a esta idea a priori fatalista. Envuelto en este realismo estético, se rastrea un sentido de tragedia mitológica: cíclopes tiránicos, castigos prometeicos. 

Director y coguionista, Luchino Visconti -de sangre aristocrática norteña pero en aquel entonces comprometido con la izquierda comunista y sobre todo con el cine, hasta el punto de empeñar posesiones familiares para sacar adelante esta obra-, acompaña al mar a los pescadores, casi con el interés antropológico de un Robert Flaherty en las remotas islas de Arán. Aunque ese realismo marinero también lo había ensayado, con una intención más orientada hacia el espectáculo que hacia el retrato social, Howard Hawks en Pasto de tiburones.

          En La tierra tiembla, desde esta apariencia de documental se plantea un relato de ficción abiertamente maniqueo. La suya es una lucha entre dos bandos bien definidos, incluso estereotipados en su constitución para dar cabida a la patente crueldad de los mayoristas, dueños del capital y, por ende, de todo. La austeridad de la casa centenaria de los pescadores, la fastuosidad del banquete de los patrones; la natural belleza de los primeros, los rostros torcidos de los segundos; la generosa y abnegada voluntad de los trabajadores; la arrogancia ociosa de los fascistas apenas disimulados. 

La voz en off, en diáfano y culto italiano, es la que puntúa el discurso de la obra, aportando una dimensión poética a las acciones y subrayando su significado políticosocial. La tierra tiembla sangra las consecuencias de la mentalidad resignada y conformista de los apaleados, de la iniciativa individual y solitaria del emprendedor, de la de una clase sin conciencia de clase, de la dignidad como última e inexpugnable posesión.

          Subtitulado Episodio del mare, a la película deberían seguir otros dos capítulos, sobre la minería y sobre la agricultura, que nunca llegarían a realizarse.

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Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 8.

Nota del blog: 7,5.

Arroz amargo

22 Oct

arroz-amargo

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Año: 1949.

Director: Giuseppe de Santis.

Reparto: Doris Dowling, Silvana Mangano, Vittorio Gassman, Raf Vallone, Checco Rissone, Nico Pepe, Adriana Sivieri, Lia Corelli, Maria Grazia Francia, Dedi Ristori, Anna Maestri, Mariemma Bardi, Maria Capuzzo.

Tráiler

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           El Neorrealismo italiano -una corriente de firmes convicciones morales y artísticas afincada en la búsqueda del realismo para sembrar en la realidad exterior un mensaje de regeneración económica y social- comenzaría su decadencia a partir de producciones que introducían en sus fotogramas historias de corte más escapista y comercial, en las que el drama comprometido se veía hibridado por otros géneros populares, principalmente la comedia –el Neorrealismo rosa- o, en este caso, la intriga criminal, paradójicamente al estilo de una de las obras consideradas como fundacionales del movimiento: Obsesión (Ossessione).

           Al igual que en el hito de Luchino Visconti, que era una apropiación italianizante de El cartero siempre llama dos veces, en Arroz amargo confluyen una estética verista con influencias del documental –el retrato fidedigno de la cosecha en los arrozales del valle del Po, la selección de tipos humanos para los personajes secundarios-, con un decidido mensaje sociopolítico –la unión y la solidaridad como baluartes de la depauperada clase proletaria- y, como punto de inflexión, una trama delictiva, aunque sobre todo moral, que es la que enhebra el argumento de la película, imbuyéndola además de una sudorosa atmósfera de dilemas psicológicos y erotismo palpitante. No en vano, el director Giuseppe de Santis había participado como guionista y ayudante de realización en aquella.

En consecuencia, las trabajadas coreografías de las recolectoras -que convierten la emigración a los campos y la recogida del grano en un auténtico espectáculo visual-, conviven en el filme con detalles cinematográficamente más convencionales –el estilo de actuación de los protagonistas, sus rasgos físicos y su maquillaje permanente en comparación con la autenticidad inmediata de los extras-.

           En este contexto surge la encrucijada existencial a la que se enfrentan Francesca (Doris Dowling, estrella invitada) y Silvana (Silvana Mangano), dos mujeres antagónicas cuyos caminos de futuro quedan personalizados por dos hombres también antitéticos: el seductor ladrón Walter (Vittorio Gassman) y el desengañado sargento Marco (Raf Vallone). La perdición y la redención, condicionadas no obstante por las circunstancias que marcan la vida de cada una de ellas, determinadas en ambos casos por el hambre de la pobreza de posguerra y la carencia de oportunidades para conquistar sus anhelos profundos –la riqueza, la aventura-.

           No es éste un planteamiento sutil –con todo es menos obvio que el mensaje político que el libreto articula en segundo plano de forma discursiva-, pero sí resulta tremendamente poderoso en su expresión, conducido con firmeza mediante un destacable empleo del montaje y ensamblado con rotundidad en esta ambientación tórrida y tormentosa en la que bullen deseos y peligros, tanto de orden material como sexual. La electricidad que mana de los fotogramas es prodigiosa, intensísima por momentos. Mangano exhibe una desaforada carnalidad a través de la cual se exudan también las desatadas ambiciones de su personaje, que no obstante acierta todavía a filtrar un matiz de candor bastante conseguido.

A medida que avanza el metraje, el aliento religioso que anunciaba la apertura radiada y didáctica del filme –cuarenta días y cuarenta noches de sacrificio- se exacerba hasta alcanzar un clímax violento y desesperado que encuentra en su camino escenas de alto voltaje, como la atronadora y enloquecedora recolecta bajo la lluvia, inundada de chaparrones bíblicos, vírgenes extáticas, cantos en trance y registros sonoros ensordecedores.

           Auspiciado por el emergente productor Dino de Laurentiis, que comenzaba entonces a dar los primeros pasos en la construcción de su ambicioso imperio cinematográfico –de la misma manera que Mangano, Gassman y Vallone fundarán a partir de aquí una exitosa carrera-, De Santis continuaría profundizado en los dramas rurales de posguerra, traumáticos y de color noir, con No hay paz bajo los olivos.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 8.

Los inútiles

13 Ago

“Los jóvenes de hoy no parecen tener respeto alguno por el pasado ni esperanza alguna para el porvenir.”

Hipócrates

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Los inútiles

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Los inútiles

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Año: 1953.

Director: Federico Fellini.

Reparto: Franco Interlenghi, Franco Fabrizi, Alberto Sordi, Leopoldo Trieste, Riccardo Fellini, Leonora Ruffo, Jean Brochard, Claude Farell, Carlo Romano, Lída Baarová, Enrico Viarisio, Paola Borboni, Achille Majeroni, Arlette Sauvage, Guido Martufi.

Tráiler

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            Indolentes, aprovechados, descarados, irrespetuosos, egoístas, infantiles,… La juventud de Los inútiles es la juventud de siempre, aquella sobre la que los babilonios ya se quejaban en sus tablillas de arcilla, la juventud ni-ni que trae de cabeza a los adultos de hoy y la juventud que despertará miradas de reproche entre los antiguos jóvenes del ayer.

            Federico Fellini mira a la juventud italiana posterior a la Segunda Guerra Mundial y solo encuentra el marasmo y la desidia focalizados hacia la nada absoluta, lindando con una cierta crueldad hija del aburrimiento –el mujeriego Fausto Moretti, el sarcástico Alberto (enorme Alberto Sordi)-, que sí parece justificar las afirmaciones acerca de la banalidad del mal que pronunciaba Hanna Arendt, comunes además en el espíritu mediterráneo como insistirá Juan Antonio Bardem en Calle mayor, película que toma prestada de ésta cierta atmósfera geográfica y humana. Sin embargo, Los inútiles compone una visión desencantada de la sociedad del país transalpino que se prorrogará con La dolce vita, de nuevo una parranda constante –aquí pueblerina, allí glamurosa- en las cuales, a pesar de la celebración y el libertinaje, el tono de la narración dista mucho de ser festivo.

Los protagonistas de Los inútiles vagan de madrugada por las calles apurando el penúltimo vino, el penúltimo beso rastrero. Pero el escenario que les ofrece Fellini es frío, barrido por el viento, desapacible y lánguido. Triste, muy triste. Como si esta generación de crápulas a la fuerza sintieran ya melancolía por la pérdida de una existencia plena que no han tenido ni tendrán. Fellini transmuta así la raigambre neorrealista de las calles del lugar en cierta ensoñación incómoda, una duermevela rayana en pesadilla cotidiana y patética dictada al compás del theremín.

            Heredero de las experiencias del autor en su Rímini natal –apenas contaba con 33 años en el momento del estreno del filme, pocos más que los protagonistas- y por tanto dueño del punto de vista durante la mayor parte de la narración, el todavía inocente e idealista Moraldo (Franco Interlenghi), camino de marchitarse, enhebra la trama de este retrato costumbrista debatiéndose entre la contaminación o la huida de esa especie de cuna, cárcel y pudridero que es el pueblecito de provincias donde el grupo de amigotes trata de matar los años. Su mirada es limpia, apesadumbrada y taciturna por una consciencia de la situación que no poseen sus compadres, quienes no respetan a propios ni extraños. Pero no es moralista, sino casi comprensiva, o cuanto menos compasiva, como apuntaría asimismo –solo parcialmente, con cierta ambigüedad- el desenlace entre Fausto y Sandra.

A fin de cuentas, Moraldo-Fellini sabe que no es difícil convertirse en un inútil cuando las circunstancias, incluso el destino, confabulan a su favor.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 8,5.

Ladrón de bicicletas

4 Sep

¿Es justificado el estatus inmortal de las obras de referencia? La crítica original de Ladrón de bicicletas, para la sección DVD de CineArchivo.

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El limpiabotas

2 Sep

“La palabra progreso no tiene ningún sentido mientras haya niños infelices.”

Albert Einstein

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El limpiabotas

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El limpiabotas.

Año: 1946.

Director: Vittorio de Sica.

Reparto: Franco Interlinghi, Rinaldo Smordoni, Annielo Mele, Bruno Ortenzi, Emilio Cigoli.

Tráiler

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            Si en I bambini ci guardano la mirada inocente de un niño le había servido a Vittorio de Sica como herramienta con la que revelar la descomposición de los valores familiares, los dos chavales protagonistas de El limpiabotas escrutan de nuevo a los adultos para, por su parte, denunciar las miserias de una sociedad italiana desmoronada en la degradación material y psicológica de los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial.

Un desesperado hervidero del que nace el Neorrealismo italiano, corriente capital en el devenir del séptimo arte y de la que la presente película contribuye a asentar varios de sus cimientos, como el compromiso ideológico con la regeneración moral del país, la prevalencia de los escenarios exteriores frente al estudio, el contacto directo y visceral con la realidad inmediata de la calle o la conversión de la estricta y cruda cotidianeidad en el centro de la narración.

            Rica en vocabulario arrabalero y dialectal romano, el guion de Cesare Zavattini -firmado junto a Cesare Viola, Sergio Amidei y Adolfo Franci-, desarrolla un esquema en el que aparece un conflicto doble sólidamente entrecruzado: la denuncia social a propósito de la miseria que sufren los niños en una Roma empobrecida y el drama emocional derivado de la amistad de los dos protagonistas, amenazada por las execrables circunstancias. La misma estructura que un par de años más tarde fundamentará la inmortal Ladrón de bicicletas.

            Después de casi siete décadas y un sinfín de producciones de saldo asociadas a esta especie de subgénero carcelario infantil, De Sica y Zavattini demuestran su enorme pericia a la hora de dotar de autenticidad a los personajes, su especial punto de vista y sus andanzas por las mugrientas callejuelas de una ciudad humillada y por las cloacas del sistema: un severo correccional donde los niños procedentes de las cunetas de todo el territorio son hacinados a la espera de un juicio que se diría ni siquiera relevante.

Este dibujo destaca por la formidable concisión y precisión de los pequeños detalles que, poco a poco, con discreción, van componiendo a los distintos partícipes de la trama y la atmósfera afectiva que la rodea, reunidos todos ellos dentro de un contexto pesimista en el que la muerte permanece siempre presente, al acecho.

            Gracias a esta habilidad, y sumado a las excelentes interpretaciones de un reparto bien dirigido por De Sica, El limpiabotas desborda intensidad emocional, sin caer en ningún momento en el ternurismo lacrimógeno a pesar de lo terrible de la situación. El estilo sobrio y seco de la realización, patrimonio del Neorrealismo, se quiebra en ocasiones por medio de gotas de comicidad descarnada –un factor también naturalista, ya que hasta en la peor desgracia caben instantes de humor, más aún si hay chavales de por medio- y de ciertos elementos fantásticos –la vidente, la ambientación fabulosa del desenlace, similar a aquella huida desesperada del pequeño Pricò en la citada I bambini ci guardano-.

            Solo queda lamentar en El limpiabotas la falta de contención y el sentimentalismo de un remache perjudicado por el dramatismo forzado y mal entendido, en contradicción con las virtudes anteriormente exhibidas.

 

Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 8,1.

Nota del blog: 7,5.

I bambini ci guardano

31 Ago

“Los niños comienzan por amar a los padres. Cuando ya han crecido, los juzgan y, algunas veces, incluso los perdonan.”

Oscar Wilde

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I bambini ci guardano

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I bambini ci guardano.

Año: 1943.

Director: Vittorio de Sica.

Reparto: Luciano de Ambrosis, Emilio Cigoli, Isa Pola, Adriano Rimoldi, Giovanna Cigoli.

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            En 1943, Vittorio de Sica comenzaría a explorar las posibilidades expresivas y emocionales del naciente Neorrealismo en colaboración con Cesare Zavattini, su guionista de cabecera, con quien firmará obras capitales de esta corriente cinematográfica como El limpiabotas, Ladrón de bicicletas o Umberto D. Como siguiendo la lógica de la naturaleza, De Sica emprenderá esta primera incursión neorrealista desde la perspectiva franca y abierta de un niño.

            Expresión del talante humanista que caracterizará las cumbres de la filmografía de su autor, I bambini ci guarnano –”Los niños nos miran”-, describe desde la inocencia interrumpida del pequeño Pricò (Luciano de Ambrosis) la progresiva descomposición de un matrimonio a causa de la aventura extramarital de la mujer (Isa Pola).

En concreto, la película arroja una agria y rabiosa llamada de atención al mundo adulto, moralmente degradado, desde la límpida pureza que (falazmente) se presume a la mirada infantil, principal víctima de esta decadencia de las costumbres. Más allá de factores como el chismorreo y maledicencia, expuestos a modo de rasgo definitorio de la cultura italiana –y mediterránea por extensión-, las acusaciones se ciernen en especial sobre la voracidad sexual que parece gobernar la vida adulta, donde se diría que los críos en general, y Pricò en particular, son una carga en lugar de una bendición.

            Si bien la captación de la sensibilidad infantil goza de autenticidad, De Sica abusa de moralismos en su defensa de los valores familiares tradicionales. Aunque referida a todos los adultos, la culpabilización recae de manera directa e insistente sobre un solo personaje: el de la madre. La acertada aunque puntual conversión de esa infidelidad en una escena romántica al uso –la traición y la reivindicación del verdadero amor no dejan de ser, al fin y al cabo, una cuestión de punto de vista-, resulta insuficiente para rebajar el maniqueísmo que afecta a este divorcio compartido. Tampoco se fuerza un rechazo diametral hacia ella, eso es cierto, loable e incluso atrevido; al igual que la correspondiente postura comprensiva del progenitor.

No obstante, de discurso excesivamente plano, estereotipado y conservador en su conjunto, y a pesar de que el cineasta italiano luce una gramática limpia y clara de la cual consigue exprimir una notable intensidad a las relaciones paternofiliales –punto fuerte de De Sica, destacado director de actores infantiles-, a I bambini ci guardano le pesa bastante el paso del tiempo.

 

Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 5,5.

Las noches de Cabiria

30 Dic

“El cine estadounidense es muy de hombres, mientras que el de Europa es más femenino. Aquí las actrices ocupamos un lugar más importante, tal vez a causa de la larga tradición en la relación entre el director y su musa.”

Juliette Binoche

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Las noches de Cabiria

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Las noches de Cabiria.

Año: 1957.

Director: Federico Fellini.

Reparto: Giulietta Masina, François PérierFranca Marzi, Amedeo Nazzari, Leo Cattozzo, Aldo Silvani.

Tráiler

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            Los sueños de la clase trabajadora están fabricados en un material frágil, condenado a quebrarse en mil decepciones y desencantos. La idea, palpable durante el crudo Neorrealismo italiano, irá desarrollando nuevos y originales caminos a través la progresiva ruptura de las estrictas barreras veristas propugnadas por el movimiento, atemperado y disuelto por la evolución política, social y cinematográfica del país.

Federico Fellini, adalid del punto de vista personal y subjetivo como modo de entender y realizar el cine, expondrá la cuestión en toda su despiadada brutalidad por medio de Las noches de Cabiria.

            Protagonizada por su mujer, Giulietta Masina, al igual que La Strada –película que abría las puertas del reconocimiento internacional al cineasta de Rímini-, Las noches de Cabiria acompaña a una prostituta de Roma a lo largo de sus sueños y anhelos profundos e insatisfechos, situados en abrupto contraste frente a su castradora realidad cotidiana.

Como también sucedía en La Strada, se trata de un filme íntimamente ligado a su personaje principal, dibujado con dulzura y compasión para el lucimiento de Masina, quien sería recompensada con el premio a la mejor actriz en el festival de Cannes. Las contradicciones entre su impostado orgullo exterior –al fin y al cabo, es consciente de encontrarse más cerca de refugiarse en cuevas y pórticos que de acceder a las lujosas mansiones de la Vía Véneto- y su agrio abatimiento emocional interno, podrían ser los de cualquiera.

Resulta sencillo compartir sus ilusiones, sentir en carne propia los embates de un mundo deformado e inmisericorde, empeñado en recordar lo inapelable de un destino determinado por la clase social, y aun así recobrar las fuerzas gracias a una renovada y seductora quimera, tan cándida como imprescindible como las anteriores.

             En este caso, las humildes ambiciones de la vital y solitaria Cabiria se identifican con sanar las heridas de una existencia marginal, huérfana de amor y parca en porvenir. Los hombres que surgen de esa noche romana hostil y ruinosa ofrecen imágenes idílicas que tientan pero nunca colman las profundas necesidades de la desafortunada y vulnerable mujer –un ostentoso playboy de los escenarios, el buen samaritano piadoso-.

Son por tanto crueles espejismos que más tarde quedarán materializados de manera obvia por medio de un espectáculo de ilusionismo, ejemplo palmario de la influencia de la fantasía, el ensueño, la poesía y la fe en el retrato del complejo universo anímico de Cabiria y llave de paso que permite dar cuerpo y significado al definitivo tercer acto –donde precisamente la previsibilidad servirá de acicate para la amargura-.

Significaría el segundo Óscar a la mejor película de habla no inglesa para Fellini.

 

Nota IMDB: 8,3.

Nota FilmAffinity: 8,2.

Nota del blog: 8,5.

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