Tag Archives: Delincuencia

Los delincuentes

28 Sep

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Año: 1957.

Director: Robert Altman.

Reparto: Tom Laughlin, Peter Miller, Richard Bakalyan, Rosemary Howard, Helen Hawley, Leonard Belove, Lotus Corelli, James Lantz, Christine Altman, George Kuhn, Pat Stedman, Norman Zands, James Leria, Jet Pinkston.

Tráiler

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        En los años cincuenta, los filmes sobre temibles pandillas de adolescentes y sobre rebeldes con o sin causa adquieren por derecho propio un estatus de subgénero, en muchas ocasiones desparramados entre un amarillismo tópico vestido con infernal música rock.

        Dentro de esta vertiente, Los delincuentes, debut de Robert Altman en el largometraje, se proclama como filme-denuncia desde un prólogo -y posterior epílogo- donde la voz en off enfatiza con un desgarro un tanto ridículo la decadencia moral de la juventud de sus días, consecuencia de la decadencia moral del conjunto de la sociedad estadounidense, bastante al estilo de lo que ocurría con las películas de gángsteres de la década de los treinta.

        Los delincuentes está ambientada en la Kansas City natal del cineasta en ciernes, y muestra cierta cercanía al cine underground que trasladaba las cámaras al pie de la calle con un realismo también ligado a presupuestos pírricos y con afición por el jazz de club nocturno, aunque en cambio su construcción argumental es melodramática y estereotipada -Altman declararía que redactó el libreto en apenas una semana y ejecutó el rodaje en dos-. Igual ocurre con el cásting, donde un muchacho de aspecto noblote y su chica de ademanes remilgados han de hacer frente a la influencia perniciosa de un grupo de descarriados el cual lidera un tipo con mueca de degenerado y su secuaz con cara de pendenciero.

No obstante, algún detalle se sale del canon, como la ferocidad de los padres que arrastran a sus pequeños crápulas escaleras abajo de los juzgados, lo que desmiente asimismo la marginalidad del retrato social.

        En cualquier caso, Alfred Hitchcock apreciaría suficiente fuerza y talento en los resultados como para reclutar a Altman para su show de televisión.

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Nota IMDB: 5,6.

Nota FilmAffinity: 5,5.

Nota del blog: 4.

Kansas City

19 Sep

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Año: 1996.

Director: Robert Altman.

Reparto: Jennifer Jason Leigh, Miranda Richardson, Harry Belafonte, Dermont Mulroney, Michael Murphy, Brooke Smith, Steve Buscemi, Jeff Feringa, Ajia Mignon Johnson, Jane Adams.

Tráiler

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          Hay una querencia de los autores del Nuevo Hollywood por situar la construcción de los Estados Unidos en los clubes nocturnos. Más allá de los garitos de gángsteres que pueda recrear Martin Scorsese, ahí están La noche del escándalo Minsky’s, de William Friedkin; Cotton Club, de Francis Ford Coppola, o Kansas City, de Robert Altman. Estas dos últimas, además, desvelan una pasión melómana y cinéfila en la que el jazz guía la cadencia de una película, a su vez, embebida de cine.

          Bondie, una empleada del telégrafo, imita a Jean Harlow mientras trata de rescatar a su amado de las garras del mafioso al que ha robado. La improvisación de los músicos desvela multitud de personajes y de tramas que se alternan y entrecruzan, en virtud de un montaje torrencial y sincopado que incluso va adelante y atrás en el tiempo y aun así deja espacio para intensos solos de piano, duelos de saxo y tercetos de cuerda.

A partir de este esquema rítmico, Robert Altman recorre la ciudad, desde las casas de la alta burguesía hasta los bajos fondos, en el contexto convulso de la Gran Depresión. El racismo, la pobreza, la incomunicación entre clases, la corrupción, la doble moral… elementos sociales que se entremezclan con pasiones -la música, el cine- para conformar en paralelo el retrato humano, con sus contradicciones y complejos, de los personajes que pueblan el relato, igual de paradójicos que esa mezcla de jazz, humor y violencia seca que puede darse en algunas escenas sin concesiones.

          El filme aguanta el pulso de la noche toledana y la inhóspita mañana en la que se suceden los acontecimientos, a pesar de la ligera irregularidad que comporta un estilo tan marcado y arriesgado. Algunas interpretaciones, en especial la de una caricaturesca Jennifer Jason Leigh, parecen dejarse llevar por el exceso en la emulación de sus modelos, y contrastan con la fuerza y la presencia de la actuación del mito Harry Belafonte en un papel cosido a medida, con sus propios diálogos libres a la improvisación.

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Nota IMDB: 6,3.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 7.

Siempre llueve en domingo

1 Nov

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Año: 1947.

Director: Robert Hamer.

Reparto: Googie Withers, Patricia Plunkett, Edward Chapman, Susan Shaw, David Liney, John Slater, Sydney Tafler, Betty Ann Davies, Jimmy Hanley, John Carol, Alfie Bass, Jack Warner, John McCallum.

Tráiler

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          ‘Kitchen sink films’, películas del fregadero de la cocina. Este será uno de los sobrenombres que recibe la corriente del Free Cinema, que irrumpirá a finales de los años cincuenta clamando por la restauración de la realidad, la autenticidad y el compromiso en un cine británico adocenado y burgués. Sin embargo, este grupo de Angry Young Men no partía de la nada. El documental de corte social poseía un profundo arraigo en las islas y, además, algunas producciones de décadas anteriores se habían afirmado ya sobre el empedrado húmedo de las aceras del país, entre sus pubs y sus fábricas, para trazar historias con las que el ciudadano común pudiera identificarse. Siempre llueve en domingo, por ejemplo, transcurre precisamente en buena medida en la cocina de una ama de casa que atiende la comida dominical, friega y zurce los calcetines de su esposo al mismo tiempo que oculta en el dormitorio a un preso fugado en recuerdo de su antiguo amor.

          Es decir, que en este modulado melodrama social y criminal de loes estudios Ealing -propulsores de un estilo realista-, heredado de una novela de Arthur La Bern -también escritor del Frenesí que adaptará Alfred Hitchcock-, se combina la ambientación cruda con el cliché cinematográfico para componer una especie de retrato coral, entre el costumbrismo y el ‘spiv film’ -el cine criminal del estraperlo de posguerra, de alientos tan crudos como líricos-, del que se extrae unas conclusiones que aspiran al verismo en su pesimista galería de personajes resignados a la rutina, escarmentados por el hecho de que elementos arquetípicos que acostumbran a engendrar las historias del cine -la pasión del romance, la adrenalina de la delincuencia- son en verdad desalentadoramente corrientes e improductivos. El contexto podría equipararse, a su manera, al neorrealismo menos estricto de Vittorio de Sica.

          Pese a estos recursos clásicos de la ficción -el forajido a la huida, el idilio dramáticamente mutilado, los triángulos amorosos-, la película ofrece, paradójicamente, un relato siempre apegado a la cotidianeidad de la clase trabajadora que puebla en East End londinense posterior a la Segunda Guerra Mundial, con sus aprietos ordinarios y sus relajos triviales, tan mundanos, intrascendentes o hasta decepcionantes como que, en efecto, siempre llueva en domingo. Al contrario que otros ejemplos más noir de la época, como Larga es la noche, más próxima al realismo poético francés, la participación del prófugo en los acontecimientos es prácticamente un mcguffin destinado a impulsar los sentimientos reprimidos del principal personaje femenino. Atenta a los ritmos y a la vida de las calles, la esencia romántica del séptimo arte solo pertenece a los pósters que cuelgan en la pared de las habitaciones de las jovencitas.

          A partir de ahí, Siempre llueve en domingo desarrolla una narración coral en la que trata de exponer un discurso moralista que se configura mediante una gradación ética de los personajes -la ambigüedad, la hipocresía, la atracción por la vida fácil como recurso de escape de la pobreza, la honestidad y el esfuerzo…- que se plantea incluso en el seno de una familia alrededor del cual gravita la acción y de otros núcleos secundarios -los judíos Hyams-. Hay una irregularidad en el recorrido y una previsibilidad de este cúmulo de subtramas, que no obstante queda suplido por su madura falta de condescendencia, por esa notable atmósfera general, en definitiva, adolorida y fatigada por la dura labor de la semana, desengañada por las crudezas de una vida que en absoluto es de cine.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 7.

Rufufú

18 Sep

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Año: 1958.

Director: Mario Monicelli.

Reparto: Vittorio Gassman, Carlo Pisacane, Renato Salvatori, Tiberio Murgia, Marcello Mastroianni, Memmo Carotenuto, Rossana Rory, Carla Gravina, Claudia Cardinale, Totó.

Tráiler

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          La gravedad del drama goza de una reverencia que, en cambio, le es esquiva a la comedia. Y, a pesar de alguna crítica que la acusa de rebajar el pundonor moral y combativo del neorrealismo entonces agonizante, la commedia all’italiana también supo, al igual que la anterior, diseccionar el cuerpo de la Italia de posguerra, aparentemente relanzada por el milagro económico o en visos de serlo, y eviscerar todos los tumores sociales que aún escondía bajo la piel. En ocasiones con una ferocidad inusitada, por mucho que contrariase el ruido de las carcajadas.

          Mario Monicelli fue el cirujano jefe de esta corriente en la cual la caricatura costumbrista deformaba, para hacer más visibles, las injusticias subyacentes en un país donde la miseria persistía a pesar de todo signo de recuperación. Como evidencia el carpantesco viejecito Capannelle, siempre con un bocadillo en la mano o en pos de él, Rufufú -infame retitulación paródica del original I soliti ignoti, algo así como “Los desconocidos habituales”- es una comedia sobre el hambre. Sobre gente hambrienta que lucha con las armas de las que dispone -la picaresca mediterránea, como se manifestará en ecos posteriores como la española Atraco a las tres– para tratar de torcer a su favor un sistema corrupto en su desigualdad consustancial.

          El problema es que, además de jugar en inferiores condiciones, los actos de estos “héroes”, como irónicamente los ensalzan los intertítulos -que añaden a la narración una reminiscencia chaplinesca, herencia de otro cómico del hambre-, son tan mezquinos y reprobables como los de la estructura de poder social contra la que combaten. Solo les libra de mayores responsabilidades la pizca de ingenuidad que se entrevé en sus actos y, sobre todo, la constatación de que, contra la delincuencia de Estado, no poseen ni pueden poseer una alternativa a la pequeña delincuencia -las mejores guarderías que se encuentran en los penales, el latrocinio como salida laboral colectiva-, del mismo modo que se tiene la certeza de que su condición de perdedor es insalvable, puesto que los trucos y trampas del status quo -aparte de la crueldad implacable de sus procedimientos- superan en mucho sus capacidades personales.

Su rebeldía desesperada, trabada por las limitaciones de su habilidad natural, solo les alcanza para trabajar deslomándose como burros. De ahí la mirada entrañable con la que se percibe su torpeza coeniana e hilarante, la conciencia de clase que se despierta ante sus padecimientos, los ánimos resignados que suscita su empresa sisífica.

          Monicelli narra directo, conciso y cortante, sin insensibilidad ni sentimentalismos, con el tempo humorístico engrasado como si se tratase del mismo thriller del que se apropia y elevado por la labor de los grandes nombres de la escena italiana: Gassman, Mastroiani, Totò… Solo las imitaciones posteriores, que beben compulsivamente de sus fuentes, mellan las afiladas aristas de su penetrante humor.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,9.

Nota del blog: 8.

T2: Trainspotting

4 Mar

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Año: 2017.

Director: Danny Boyle.

Reparto: Ewan McGregor, Jonny Lee Miller, Ewen Bremner, Robert Carlyle, Anjela Nedyalkova, Shirley Henderson, Kelly Macdonald, James Cosmo.

Tráiler

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            En una escena de esta segunda parte de Trainspotting, Renton, Spud y Sick Boy homenajean la memoria del finado Tommy. Y este último, que siempre fue el cínico del grupo y en ese momento afirma no sentir nada con el acto de recuerdo, le termina reprochando a Renton que haya regresado a Edimburgo para hacer una visita turística de su infancia; vana nostalgia. Pero se lo recrimina a Renton por delegación, evidentemente, porque el destinatario es el espectador cobijado en su butaca. Ese que, probablemente, haya reverenciado la primera Trainspotting como un hito generacional de su juventud noventera y haya repetido el monólogo inicial y final del propio Renton asumiéndolo como una declaración vital propia, mientras de fondo atruena el Lust for Life de Iggy Pop.

            Los revivals acostumbran a esperar ciclos de veinte años con el fin de que se caldeen las pertinentes evocaciones y el cliente cultive su propio patrimonio para gastarlo en los juguetes que le retrotraigan a tiempos pasados, como en el cine podría ejemplificar esas películas emparentadas que son American Graffiti -rodada en los setenta para exaltar a la juventud de los cincuenta- y Movida del 76 (Jóvenes desorientados) -rodada en los noventa para exaltar a la juventud de los setenta-, así como, en estos años de atrás, la sobreexplotación comercial de todo lo relacionado con los ochenta en una réplica que, como dijo aquel, parece durar más que la década original.

Pero, al contrario de lo que sugiera su promoción y momento de estreno, T2: Trainspotting no es tanto una obra nostálgica como una obra sobre la nostalgia.

            La secuela se escruta a sí misma ante el espejo y entonces aflora todo el desencanto que en la anterior quedaba sepultado bajo la autocondescendencia pop, alimentado ahora además por el derrumbe económico y sobre todo social y moral posterior a la crisis de 2008, y por el aislamiento derivado de la sobreabundancia de información y la preeminencia de las redes sociales en las relaciones.

No sé si T2: Trainspotting es una cinta más madura -a mi juicio no termina de serlo-, pero sí es más honesta al admitir que las elecciones existenciales, sean amoldarse a los deseos/imposiciones pequeñoburguesas de la sociedad de consumo, sean embarcarse en una rebeldía marginal propulsada por psicotrópicos prohibidos, tienen unas posibilidades parecidas de conducir a la misma sensación de vacío y alienación.

A lo largo del metraje no cesan de entrometerse imágenes no solo de la posadolescencia, sino de la niñez de los protagonistas, para expresar este lamento por los sueños rotos, en un naufragio del que, quizás, tan solo emerjan los lazos personales -los que se entrecruzan entre los personajes, los del público hacia ellos, viejos amigos-.

           Supongo que es una postura que puede descolocar a algún incondicional, dado que traiciona en buena medida el espíritu de la apertura del díptico de Trainspotting para, en cambio, cerrarlo desde una mirada más alejada de los personajes, con un halo dominado con mayor contundencia por el pesimismo vital. Es una cierta mirada externa que, por ejemplo, puede detentar la scort Veronika -quien precisamente desaprueba el culto al pasado- o incluso Spud, que en su función de cronista improvisado va transformándose en una encarnación de Irvine Welsh, creador literario de este universo -y que de nuevo realiza un cameo como el traficante Mickey Forrester, venido a más-.

En este sentido, Spud, el yonki más querido por su propensión -aquí prolongada- a meterse en humillantes líos escatológicos, profundiza en la transgresión del simple guiño cómplice, puesto que a través de sus escritos la película narra y comenta a su antecesora, complementándola con un epílogo en el que, gracias a esa visión autoreflexiva, se abunda en los matices de algunos de los protagonistas, tornándolos más complejos y, acaso también, menos aceptables -el rol de víctima de Spud, la agresividad de Begbie, a quien aun así se le concede una pequeña oportunidad de redimirse de cara a la galería-.

           Son ideas loables, interesantes. Porque, por más que el relato todavía se guarde en la manga unas cuantas ocurrencias de pícaros encantadores y desesperados, renuncian a aprovecharse de esa nostalgia de la juventud para enfrentarse a ella con arrojo.

Por desgracia, la adaptación de John Hodge -o el Porno de Welsh, que no he leído- no sabe desarrollarlas con solvencia, ni Danny Boyle logra encontrar el tono adecuado para exponerlas. De este modo, la trama criminal ligada a Begbie, destinada a romper y llevar a un desenlace las divagaciones psicológicas, afectivas y empresariales de Renton y Sick Boy, no tiene claro a qué aferrarse en medio de la tragicomedia y termina por hundirse en el ridículo, además con un ritmo bastante empantanado.

“¿Cuándo se jodió todo, George Best?”, sobrevuela T2: Trainspotting como interrogante alegórico y omnipresente.

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Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 6.

Quadrophenia

15 Abr

“La gente trata de menospreciarnos / (hablando de mi generación) / Simplemente porque vamos donde queremos / (hablando de mi generación) / Las cosas que hacen parecen horriblemente frías / (hablando de mi generación) / Espero morir antes de hacerme viejo / (hablando de mi generación)”

The Who (My Generation)

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Quadrophenia

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Quadrophenia

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Año: 1979.

Director: Franc Roddam.

Reparto: Phil Daniels, Leslie Ash, Philip Davis, Mark Wingett, Sting, Ray Winstone, Garry Cooper, Gary Shail, Toyah Willcox.

Tráiler

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            Mirar atrás sin ira hacia la propia adolescencia supone ya de por sí un esfuerzo contra la vergüenza ajena y particular al constatar la patética aunque necesaria lucha que uno emprende contra los demás y contra sí mismo, arrastrado por unas hormonas alzadas en armas y con el cerebro derrotado por un ciclotímico estado de enajenación mental transitoria. Si esta mirada se vuelve hacia generaciones anteriores, es posible percibir el carácter cíclico, eterno e irrompible de esta saludable rebeldía, si bien en cada época domina una seña de distinción característica que, por lo general, se puede percibir en aspectos exteriores como la moda o la música.

            Quadrophenia es un himno a esa generación a la que cantaban The Who en su sexto álbum de estudio, publicado seis años antes, en 1973. Aunque, en realidad, es un acto calculado de nostalgia en acción a mayor gloria de la banda inglesa, productora e ideóloga del proyecto, y con el que se trata de capitalizar la estrecha fusión entre cine y música que se operaba desde finales de la década de los sesenta, muy propicia para capturar la atención y el dinero de los jóvenes en un periodo de entusiasta mitomanía melómana, especialmente en un territorio británico donde se asistía a la decisiva irrupción de grupos como The Beatles y The Rolling Stones, los cuales también aprovechaban entonces para traducir su ascendencia popular en fotogramas.

            Así pues, Quadrophenia se vertebra como una suerte de ópera rock enhebrada por las letras de The Who, que ya habían practicado el género en la precedente Tommy, donde incluso su vocalista, Roger Daltrey, lideraba frente a las cámaras el heterogéneo elenco de la función. Parte de las angustias existenciales y sociales del torturado Pete Thownsend se manifiestan de nuevo en la presente obra, protagonizada por Jimmy (Phil Daniels), un ‘mod’ encargado de encarnar el espíritu inconformista y contestatario de esta juventud coetánea en el filme a la ensalzada por los Angry Young Men de los estertores del Imperio y que, en el séptimo arte, habían representado iconos como el Arthur Seaton de Sábado noche, domingo mañana, cuyas victorias contra el sistema asfixiante se conquistaban con la libertad hedonista del fin de semana, o el Colin Smith de La soledad del corredor de fondo, capaz de carcajearse a mandíbula batiente de las grandes preocupaciones del Reino Unido vomitadas por la pantalla de la televisión.

Quadrophenia pretende interpretar con vivacidad el día a día cotidiano de estos chavales ahogados todavía por los valores decrépitos que otrora sustentaban la grandeza británica: las imposiciones de unas familias desestructuradas, la decrepitud de la jerarquía militar como símbolo del clasismo indestructible de la sociedad local, la negación del futuro prometido por los poderes fácticos inmutables. Contra ello, se erige el estilo impecable en el vestuario, el pop rabioso, la evasión por las drogas de diseño, el aire en la cara a los mandos de la scooter, las peleas absurdas con los ‘rockers’ y la policía, y, por supuesto, factor común de cualquier tiempo, la conquista de la chica deseada.

            Más interesante como idealizada retrospectiva histórica y estética que como drama íntimo  -compuesto éste por apenas retazos eléctricos que ponen en serios aprietos la consistencia interna de la narración-, la película muestra con pasión ese halo romantizado de la época de los ‘mod’ y los ‘rockers’ asimilándose a la perspectiva de sus protagonistas, a pesar de la deriva hacia el desencanto que podría identificarse con el inevitable proceso de maduración del atribulado Jimmy. Y, por tanto, puede resultar tan arrebatadora como ridícula o insoportable, según cada cual. Pero, sea como fuere, el paso del tiempo, que ha ido despegando progresivamente a Quadrophenia de la inmediatez de su concepción y su sensibilidad original, la hace tender más hacia lo segundo.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 5.

The Tribe

26 Dic

“Hay dos cosas que la gente cree que, como persona con discapacidad, tú no puedes hacer: pelear y tener sexo. Yo soy cinturón negro y tengo un polvo cojonudo.”

Mat Fraser

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The Tribe

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The Tribe

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Año: 2014.

Director: Miroslav Slaboshpitsky.

Reparto: Grigoriy Fesenko, Yana Novikova, Rosa Babiy, Alexander Dsiadevich, Yaroslav Biletskiy, Ivan Tishko, Alexander Osadchiy, Alexander Sildenikov, Alexander Panivan.

Tráiler

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            Asalta una pregunta cuando uno ve The Tribe. ¿Sería una película muy distinta a cualquier otra del subgénero adolescentes en un internado si emplease lengua hablada y/o subtítulos en vez de estar protagonizada por chavales sordomudos y expresada en exclusiva con lengua de signos (ucraniana, además)? Pues probablemente no, puesto que el meollo del asunto no es enfrentar los recursos propios de las personas con discapacidad contra una realidad hostil de espaldas hacia esta particularidad. Aquí, la lengua de signos es el vehículo común de expresión, compartido por todos los personajes sobre el escenario. Así que, en definitiva, sí, The Tribe es una película donde, a priori, el único factor de distinción, extraño al espectador, es la utilización por parte de los personajes de una lengua incomprensible.

No obstante, es entendible que esto forma parte del juego propuesto: dentro de un arte propenso a tratar a las personas con discapacidad con un paternalismo reconfortante para la platea general, The Tribe, decimos, no hace distinción entre adolescentes conflictivos con o sin discapacidad. Los jóvenes de The Tribe son cabrones, se pelean con violencia, quieren follar, abusan los unos de los otros y se emborrachan. Situaciones extremas –prostitución, alcohol, delincuencia de todo pelaje- que, por fortuna, no llega al extremo de las patochadas de, pongamos, un Larry Clark y sus intentos infantiles de ‘épater le bourgeois’ -aunque quizás no se ve así porque, desde occidente, se tiene en muy poca estima la capacidad de Ucrania para garantizar la ley y los derechos de sus ciudadanos; un poder también cuestionado por la cinta con su reflejo de la desprotección de este colectivo especialmente vulnerable-. Más bien, debido a la casi absoluta ausencia de adultos –más decisiva en cambio andando el metraje-, este internado recordaría a la isla de El señor de las moscas.

            Así pues, teniendo en cuenta la naturaleza universal de los personajes, se retorna de nuevo a la discusión acerca de la comunicación humana y su universalidad primaria, así como, por extensión, acerca de otro lenguaje, el del cine, y sus convenciones o tópicos. A lo largo de la función, resulta sencillo identificar cada tipo humano de un vistazo: el inocente, el graciosete, el listillo, el bruto, el macho alfa, los secuaces, la femme fatale,…

Miroslav Slaboshpitsky, director y guionista, compone de esta forma una obra que pertenece por pleno derecho a este citado subgénero de internados problemáticos y que, más aún, no se sale nunca de sus límites habituales. En consecuencia, si dejamos de lado estos debates antes aludidos y si ‘traducimos’ mental y automáticamente la lengua de signos, nos quedamos con un filme no exento de  clichés –lo que abarcaría también el algo tosco desenlace catárquico- y donde el dibujo de personajes se desinfla un tanto, en especial cuando aflora la igualmente roma relación de amor imposible, deseo irrefrenable, celos y ansia de liberación entre el protagonista –un recién llegado, como el espectador- y una veterana de mil guerras del lugar.

En compensación, Slaboshpitsky ofrece una realización poderosa, donde las escenas se organizan a partir de una sucesión de vigorosos y veristas planos secuencia que, combinados con la crudeza física y sin cortapisas de la narración –así en la vida como en la muerte-, convierten al público en uno más de esta tribu de sordomudos ucranianos, tan salvaje como cualquier otra.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 7.

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