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Detroit

16 Sep

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Año: 2017.

Directora: Kathryn Bigelow.

Reparto: John Boyega, Will Poulter, Algee Smith, Jacob Latimore, Jason Mitchell, Hannah Murray, Jack Reynor, Kaitlyen Dever, Ben O’Toole, John Krasinski, Anthony Mackie, Nathan Davis Jr., Peyton ‘Alex ‘ Smith, Malcolm David Kelly, Joseph David-Jones, Jeremy Strong, Gbenga Akinnagbe.

Tráiler

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          Algo hay que lamentar en los Estados Unidos cuando su cine recupera episodios históricos de la lucha contra el racismo y los movimientos por las libertades sociales para hacerlos dialogar con un presente en el que recobran una descorazonadora vigencia, tanto desde la reconstrucción ficcionada –Selma, Figuras ocultas, El mayordomo, 42, Loving…- como desde el terreno puramente documental –The Loving Story, I Am Not Your Negro, Enmienda XIII (13th)La violación de Recy TaylorBurn Motherf**ker, Burn!…-. Algo ocurre en la realidad del país norteamericano cuando se resquebraja su fachada extraordinariamente propagandística y es precisamente el cine, uno de los mayores contribuidores en la creación y promoción de esta imagen idealizada y falaz, la que reacciona en su contra, intentando erigirse en arma de denuncia y en agitador de la conciencia social frente a un atropello prácticamente endémico, manifestado en violentas explosiones cíclicas que constatan el fracaso, o el mero desinterés, en la búsqueda de soluciones.

          Precisamente, Detroit intercala con fluidez fragmentos de realidad -terribles fotografías, dramáticos segmentos de noticieros- en su recreación de los disturbios raciales desatados en la ciudad del motor en julio de 1967 -que se saldaron con 43 muertos y más de 2.000 heridos- y, en particular, de la tortura y asesinato de tres jóvenes afroamericanos en el hostal Algiers presuntamente a manos de la policía local.

Kathryn Bigelow continúa trazando su crónica de los Estados Unidos en conflictoEn tierra hostil (The Hurt Locker), La noche más oscura (Zero Dark Thirty)-, ya que, como se exponía antes, este capítulo de hace exactamente medio siglo encuentra sonoros ecos en la rabiosa actualidad, sembrada de escenas de brutalidad policial injustificada, en ocasiones mortales, y de la persistencia de un racismo estructural en la sociedad estadounidense, frente al que se alzan movimientos como el Black Lives Matter.

Siguiendo esta línea, el filme arranca con una estética de apariencia urgente e inmediata, próxima de este modo al documental, para condensar la naturaleza quasibélica de los acontecimientos. El planteamiento logra asentar las crispadas e inquietantes bases de lo que, en adelante, se transformará en una película de terror escenificada en el recibidor del edificio en cuestión. Aunque puede que sea una situación un tanto extensa y reiterativa -cabe reconocer que los hechos son los hechos, unos extraídos del acta judicial y otros completados mediante testimonios-, la cineasta demuestra pulso para invocar una sesión inmersiva, para hacer palpable la tensión y el nerviosismo de una asfixiante situación de estricta supervivencia. La indefensión, la injusticia, se siente.

          Pero lo que funciona a la perfección en un aspecto estrictamente cinematográfico, quizás de cara a la composición de este discurso de denuncia no lo haga de forma tan absoluta, probablemente a causa de errores de cásting como el de Will Poulter, un actor cuyos rasgos de por sí caricaturescos redundan en un villano excesivo, un simple psicópata con aspecto de poder unirse incluso a los sádicos allanadores de Funny Games, y que se contrapone a unos melodramas igualmente elementales -en especial el del aspirante a estrella de la Motown-.

Son factores relevantes que, sumados a otros detalles resueltos de forma bastante tosca -el rol de la policía estatal, por ejemplo-, provocan que las posibilidades de un retrato coral pierda complejidad y por ende fuerza y capacidad de convicción, a la par que el resto del metraje -un juicio en el que se desinfla la potencia narrativa e indignante previamente exhibida- se resiente y deja tras de sí cierta sensación de irregularidad.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 6,5.

Anatomía de un asesinato

5 Dic

anatomia-de-un-asesinato

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Año: 1959.

Director: Otto Preminger.

Reparto: James Stewart, Lee Remick, Ben Gazzara, George C. Scott, Arthur O. Connell, Eve Arden, Kathryn Grant, Murray Hamilton, Brooks West, Joseph N. Welch.

Filme

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          En sentido estricto, una película de juicios constituiría uno de los espectáculos cinematográficos más cercanos a lo que el espectador puede experimentar en su realidad cotidiana. Es decir, que puede equivaler a sentar al público en las bancadas de los juzgados y reconstruir ante él unos hechos que desconoce mediante la capacidad evocadora de la palabra, la fuerza persuasiva de los argumentos y la propia intuición observadora del interpelado, además con la ventaja añadida de ahorrarse numerosos tiempos muertos y formalismos intrascendentes gracias al montaje cinematográfico y al trabajo de síntesis narrativa de guionistas y directores.

Otra cosa es que, como a un servidor, sean tramas que tiendan a hacérsele cuesta arriba por la frecuencia de los lugares comunes que transitan, la previsibilidad de sus sorpresas judiciales o la excesiva preponderancia de los diálogos en detrimento de la imagen.

          Anatomía de un asesinato es uno de los ejemplos más célebres de películas de juicios –que no sobre la Justicia, más interesantes por su carga moral, como podría ser Doce hombres sin piedad-. Otto Preminger, que ya se las había arreglado para burlar los preceptos de la censura en comedias chispeantes como La luna es azul (The Moon Is Blue) y dramas crudos sobre la drogadicción como El hombre del brazo de oro, abordaría ahora en pantalla, con una crudeza y un verismo lingüístico desacostumbrado para la época, una causa por homicidio en represalia por una violación previa.

          Es una de las rupturas con el clasicismo que ofrece una película que incorpora el ritmo de jazz en su banda sonora –firmada nada menos que por Duke Ellington, que comparecerá asimismo en la imagen con un cameo-, amén de una realización con la cámara más libre y natural a la hora de seguir las acciones y estados de ánimo de sus protagonistas. E incluso también unas interpretaciones que parecen bordear muchas veces con la improvisación, en especial en lo que respecta a un James Stewart que acomete un personaje hecho a la medida –honesto, comprometido, con un punto despistado, ocurrente y entrañable- pero que, paradójicamente, aparece también como una persona dada de lado, aficionada a costumbres marginales como el alcohol, la soltería impenitente y, precisamente, la música jazz. Además, ha de enfrentarse a la coquetería desinhibida de la esposa de su defendido, la mujer presuntamente ultrajada.

          Rota en cualquier caso la teatralidad y el estatismo formal que en ocasiones afecta al subgénero del cine judicial, Anatomía de un asesinato centra su batalla en el enfrentamiento entre el abogado de provincias, que también asume su última e inesperada oportunidad de reivindicar su talento desaprovechado, frente al tiburón de la gran ciudad, un fiscal criado por el sistema para devorar sin piedad a su presa y que por si fuera poco posee el paisaje facial de George C. Scott, experto en hacerse aborrecer en pantalla.

En un detalle fascinante, el juez que dirimirá el conflicto no será interpretado por un actor profesional, sino por Joseph N. Welch, el jefe del cuerpo de abogados del Ejército estadounidense que se había enfrentado con admirable dureza contra el Comité de Actividades Antiestadounidenses del senador Joseph McCarthy, influyendo decisivamente en su decadencia.

          Recreación de un proceso real ocurrido en 1952 y llevado a la literatura con enorme éxito por el letrado defensor John D. Voelker –bajo el sobrenombre de Robert Traver-, Anatomía de un asesinato maneja bien el pulso de la intriga y la administración de los giros dramáticos, a pesar de que alguno de ellos implica a personajes un tanto desdibujados como el de Kathryn Grant.

          Coinciden en ella la última nominación al Óscar para Stewart con la primera para Scott, aparte de otras cinco más. Perdería en todas.

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Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 8,1.

Nota del blog: 7,5.

Robocop 3

28 Abr

“Hollywood está cada vez más dirigido por contables, no por realizadores.”

Jessica Lange

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Robocop 3

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Robocop 3

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Año: 1993.

Director: Fred Dekker.

Reparto: Robert John Burke, Remy Ryan, Jill Hennessy, Nancy Allen, CHH Pounder, John Castle, Robert DoQui, Judson Vaughn, Daniel von Bargen, Stephen Root, Felton Perry, Bradley Withford, Rip Torn, Mako.

Tráiler

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           Hay ocasiones en las que la primera escena sirve para augurar el porvenir de la película. Robocop 3 se abre con uno de esos anuncios que engrandecían a sus dos precedentes. No obstante, en su contenido no se aprecia su gloriosa ironía destructiva, sino que simplemente se limita a presentar, por contraposición, el escenario de la función, que ha avanzado en su lectura apocalíptica hasta sumergirse en las garras de un totalitarismo plutocrático que, eso sí, es bastante atrevido teniendo en cuenta la época y el lugar de su estreno.

En este sentido, y aparte de por factores logísticos como el hundimiento de la productora Orion, este sustrato contestatario contra los mandamientos del ultraliberalismo en boga sería uno de los motivos por los que, pese a rodarse en 1991, la cinta no llegaría a las salas estadounidenses hasta dos años después.

           Agotada prácticamente la historia y con la intención de obtener las últimas migajas de rentabilidad a bajo coste, Robocop 3 aparece como una producción residual de la que pueden dar buena cuenta la ausencia de Peter Weller en el protagonismo -que había renunciado para embarcarse en un proyecto de mayor prestigio como la adaptación de David Cronenberg de El almuerzo desnudo– y el hecho de que incluso la segunda de a bordo, Nancy Allen, ya bastante relegada en el segundo episodio, acepte comparecer en pantalla solo con la condición de tener un papel breve, apenas testimonial.

El filme tampoco goza de un director de renombre, como Paul Verhoeven o Irving Kershner, puesto que asume las riendas de la realización Fred Dekker, a quien se encarga seguir los pasos de la serie de televisión animada que había surgido en 1988 tras el éxito de la entrega inaugural. El apunte es significativo: Robocop 3 será la única de la trilogía en ser calificada con la categoría PG-13 americana en vez de la más restrictiva R.

           En efecto, aunque sobreviven puntuales chispazos de humor negrísimo en la historia de nuevo pergeñada por el historietista Frank Miller, el papel principal de una niña en la trama revela esta intención de extender el producto hacia un mercado más amplio y familiar, vinculado asimismo a un argumento absolutamente convencional -aparte de la reseñable reivindicación antineocon antes aludida, con una imagen de los desahucios por intereses económicos que de nuevo resulta bastante actual-.

El libreto recupera con indecisión los dilemas morales del héroe para conducirlos a la nada y, además, se perciben en él ciertas intenciones de aprovechar el rebufo de la taquillera y valorada Terminator 2: El juicio final, con su propio T-1000 ‘Made in Japan’.

           Sin embargo, las constantes vitales definitorias de la saga flaquean hasta el desmayo y la película se hunde con el carisma bajo mínimos, carente casi por completo de la personalidad y el encanto gamberro de sus antecesoras.

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Nota IMDB: 3,9.

Nota FilmAffinity: 3,5.

Nota del blog: 3,5.

Robocop 2

27 Abr

“Vivimos en un régimen de ocupación por parte de las multinacionales.”

Víctor Érice

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Robocop 2

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Robocop 2

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Año: 1990.

Director: Irvin Kershner.

Reparto: Peter Weller, Nancy Allen, Dan O’Herlihy, Belinda Bauer, Tom Noonan, Gabriel Damon, Willard E. Pugh, Felton Perry, Jeff McCarthy, Galyn Görg, Stephen Lee.

Tráiler

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           Los villanos de Robocop 2, que son una mezcla de dos de los terrores absolutos de la nación como Charles Manson y Pablo Escobar, cuelgan indistintamente en su guarida pósteres de la Madre Teresa de Calcuta y de Oliver North, uno de los altos mandos del Ejército estadounidense más siniestros de los de por sí siniestramente militaristas años ochenta, implicado en el turbulento escándalo Irán-Contra. Pero el verdadero Malo con mayúsculas es un ejecutivo blindado en su rascacielos de acero y dólares, miembro respetable de la élite de la sociedad, patriota que hace avanzar el país a golpe de iniciativa privada y dueño de una megaempresa que andando el metraje se revestirá con simbología y vestuario corporativos de ecos filonazis. Un campeón de la economía, en definitiva, que luce en el escritorio de su suntuoso despacho una fotografía con Ronald Reagan, adalid del ultraliberalismo de la década.

           Robocop 2 se hace fuerte atrincherada en una de las virtudes de su predecesora: su mala leche, disparada con brutalidad inmisericorde contra todo, y además reflejada en buena medida a través del electrodoméstico entonces hegemónico -el televisor- y de la herramienta definitoria de este sistema de vida -la publicidad-. Robocop 2 es una ciencia ficción que no renuncia a su esencia de serie B, sino que la potencia para no tomarse demasiado en serio a sí misma a la vez que, parapetada desde su posición dominante, dispara mil dardos envenenados contra la sociedad norteamericana coetánea, en este periodo regida por el neoconservadurismo más recalcitrante, aético y violento.

Es decir, un contexto socioeconómico perfectamente aplicable a nuestros días. La justificación de la conveniencia del tráfico de drogas por parte del cabecilla de la organización criminal, amparándose en la cantidad de puestos de empleo que genera, no puede ser más actual, digna de cualquier mandato de la troika, al igual también lo sería ese concepto de privatización total del espacio urbano.

           De este modo, el argumento deja de lado el paradigma de la criatura de Frankenstein que asomaba en la primera entrega, aunque a cambio se detectan rastros de King Kong en la desopilante presentación del segundo modelo del ciborg -por completo satíricos, eso sí-. Y lo hace para, por el contrario, travestida de negra farsa, centrarse en propinar palos a diestro y siniestro: a la tiranía del yuppie y la cultura del éxito económico sobre todas las cosas, a la plutocracia impuesta con mano de seda por las grandes corporaciones, al delirio de la tecnología para fines bélicos o represivos, a la dirigencia política encantada de asociarse cínicamente con hampones de todo pelaje a cambio de un par de monedas de plata, a los males de la revolución digital, a la decadencia industrial norteamericana, a la destrucción del equilibrio medioambiental, a la corrupción del concepto de libertad, al adormecimiento del espíritu crítico por medio de la corrección política radical, al paradigma del macho alfa como vigilante autónomo del orden,…

Nada queda a salvo de la mira láser de Robocop 2. El guion es una bola de demolición anárquica -e incluso un tanto ambigua en ocasiones; al reputado historietista Frank Miller no se le podrá acusar de izquierdista precisamente-, lo que la convierte a mi parecer en una obra muy divertida, más allá de su relativamente convencional trama policíaco-futurística.

           Para que vean que no dan puntadas sin hilo, la resolución empresarial del desenlace no es más que una trasposición de la forma en la que la administración Reagan, acosada por la polémica, se desharía del teniente coronel North.

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Nota IMDB: 5,7.

Nota FilmAffinity: 4,6.

Nota del blog: 6,5.

Un lugar donde quedarse

15 Feb

“Si el hombre simplemente se sentara y pensara en su fin inmediato y en su horrible insignificancia y soledad en el cosmos, seguramente se volvería loco, o sucumbiría a un entumecedor o soporífero sentido de inutilidad. Porque, podría preguntarse: ¿por qué debería molestarme en escribir una gran sinfonía o luchar para ganarme la vida, o incluso amar a otro, cuando no soy más que un microbio momentáneo en una mota de polvo dando vueltas por la inmensidad inimaginable del espacio?”

Stanley Kubrick

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Un lugar donde quedarse

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Un lugar donde quedarse

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Año: 2011.

Director: Paolo Sorrentino.

Reparto: Sean Penn, Frances McDormand, Ewe Hewson, Kerry Condon, Olwen Fouere, Judd Hirsch, Sam Keeley, Shea Whigham, Heinz Lieven, David Byrne.

Tráiler

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            Conociéndome como me conozco (poco y mal), lo natural es que no me gustase la interpretación de Sean Penn en Un lugar donde quedarse, donde reluce un copioso esfuerzo de composición gestual, estudio de pose física y aderezos en forma de tics recurrentes. Sin embargo, contradictoriamente, termino por creerme a su rockero en horas bajas, siempre con una maleta de remordimientos y soledad a rastras. Más aún, me da la impresión de que el actor sí desaparece bajo las capas de laca y maquillaje del personaje y le dota de identidad autónoma, independiente de su marcadísimo carácter y su estatus en la industria.

Algo semejante ocurre con el filme, que dentro de su tremenda irregularidad y sus flagrantes imperfecciones y desmesuras –siempre a un paso de hacer descabalgar la obra- logra hacerme partícipe del viaje existencial del protagonista y resultar en conjunto una obra cálida y entrañable. Paolo Sorrentino, entretenido en crear ‘set pieces’ elaboradísimas, articula así el periplo íntimo de una criatura frágil y avergonzada de sí misma, escondida tras su artificiosa parafernalia y, aun así, incapaz de desprenderse de ese simbólico mechón de pelo que le estorba.

            La evidente artificiosidad que aplica a la función el cineasta napolitano no desentona con la naturaleza y las circunstancias vitales de esta estrella angustiada, aislada en su ensimismamiento. Su estilo en la dirección de actores parece también patente en el trabajo de Penn, que construye una máscara análoga a las que Toni Servillo, histrión fetiche de Sorrentino, lucía en L’uomo in più,  Las consecuencias del amor, Il divo premio del Jurado en Cannes, en el que el intérprete estadounidense era precisamente integrante- y La gran belleza.

Por otro lado, el esquema narrativo de esta última, consagración definitiva del realizador con su Óscar a la mejor película de habla no inglesa, tampoco dista demasiado de la que Un lugar para quedarse desarrolla, donde lo relevante no son tanto los individuos y subtramas que descubre el protagonista en su vagar errático –por tanto, sin importar que puedan quedar un tanto descolgadas o inconclusas-, sino lo que expresa cada encuentro insospechado acerca de su convulsa intimidad –con frecuentes y explícitas verbalizaciones, incluso- y, en consecuencia, lo que aportan respecto a su evolución interior.

En este sentido, la puesta en escena surge potente en su juego con el exceso, el desequilibrio y hasta lo onírico para ilustrar esta búsqueda de silenciosa desesperación, sometida a los sempiternos designios judeocristianos de la culpa y la redención, el imperativo espiritual de encontrarle un sentido a la existencia y la necesidad de amor.

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Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,1.

Nota del blog: 7.

Lost River

11 Jun

“Los artistas de verdad no copian: roban.”

Quentin Tarantino

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Lost River

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Lost River

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Año: 2014.

Director: Ryan Gosling.

Reparto: Christina Hendricks, Iain de Caestecker, Saoirse Ronan, Matt Smith, Ben Mendelsohn, Eva Mendes, Reda Cateb, Torrey Wigfield, Barbara Steele.

Tráiler

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            Es duro que no te tomen en serio. Hay estrellas que tratan de zafarse de su imagen como vulgar objeto de deseo y, por ello, tratan de mostrar al mundo que son artistas de ingenio y talento, y no una simple cara bonita. A botepronto, se me ocurren ejemplos recientes como Angelina Jolie, que ya alcanza los tres largometrajes como realizadora, o Scarlett Johansson, quien en sus declaraciones suele imponer temas intelectuales -un poco de aquella manera- y, además, también trata de fundar una (irregular) carrera musical. Los resultados, en muchas ocasiones, son contraproducentes.

Chico Disney, carne de carpetas adolescentes y actor respetado en un tipo de cine a medio camino entre el indie y el mainstream, Ryan Gosling se empeña en marcarse un sendero un poco a contracorriente en su elección de proyectos y ahora también con el asalto a la silla del director merced a su opera prima, Lost River. Y Gosling apunta alto en sus pretensiones de autor. Otro asunto es que, finalmente, consiga satisfacerlas.

            Lost River propone una experiencia visual donde la fuerza de la imagen prima sobre el argumento, el cual por su parte queda armado sobre una estructura límbica, como una fábula lisérgica u onírica en la que, sin embargo, la tendencia al surrealismo no logra esconder la fragilidad de la estructura, donde abundan las ideas pobremente desarrolladas.

Con simbolismo pueril, el filme traza una correlación entre una situación terrenal –la devastación producto de la crisis económica y el consiguiente sometimiento del individuo a un sistema antropófago- y una proyección sublimada de la misma –un territorio americano de apariencia casi posapocalíptica, poblado de terrores y maldiciones-; entrelazadas ambas en un diálogo que extrae con redundante insistencia una serie de conclusiones acerca de la negación del sueño americano o de la necesidad del soporte de un núcleo familiar constituido a base de emociones sinceras y compartidas.

            Para conformar su pose como cineasta, Gosling asume sin disimulo un ramillete de influencias patentes, no excesivamente maduradas y con cierto sabor a refrito. Lost River encuentra en sus raíces mucho del universo surrealista y experimental de David Lynch –el no lugar a caballo entre los sueños y la realidad que se condensa en un alucinado y macabro cabaret de grand guignol; dos villanos en los que a uno no le costaría imaginar a Dennis Hopper-, sumado a la impronta visual de Mario Bava –el juego con los colores y el empacho en el contraste entre el verde y el rojo, empleado como un niño que acaba de descubrir un truco que le fascina-, a algún contraluz idílico con huellas de Terrence Malick e incluso a rasgos de estilo de Nicolas Winding Refn –la forma como se narran los encuentros entre Bones y Rat, la banda sonora, reminiscencias sueltas de la popular Drive en argumento y personajes-.

El problema es que Gosling cita y saquea sin ironía, distancia ni modestia, lo que convierte a Lost River en una obra con ínfulas de arte contracultural pero con escasa autenticidad y empaque verdadero, a pesar de la fuerza de ciertos fotogramas –en particular, el acertado uso del rostro de Matt Smith-. Un debut, por tanto, en el que Gosling demuestra que, al menos por el momento, su voz de autor surge de la imitación y no por el talento natural.

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Nota IMDB: 5,9.

Nota FilmAffinity: 5,8.

Nota del blog: 3,5.

Brick Mansions (La fortaleza)

1 Jun

“Desde el principio, mi objetivo es que el parkour fuese algo útil, que sirviese para ayudar a los demás.”

David Belle

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Brick Mansions (La fortaleza)

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Brick Mansions

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Año: 2014.

Director: Camille Delamarre.

Reparto: Paul Walker, David Belle, RZA, Catalina Denis, Gouchy Boy, Ayisha Issa, Robert Maillet, Bruce Ramsay.

Tráiler

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           Brick Mansions (La fortaleza) es la primera de las dos películas póstumas de Paul Walker, a la que luego seguirá Fast & Furious 7, cinta que ha sabido aprovechar la combinación entre la fidelidad de los fans a la saga y el tirón por el duelo por el desaparecido actor –un factor promocional en sí mismo-, para alzarse, sorprendentemente, como una de las películas más taquilleras de la historia del cine. Menor fortuna cosechó la presente, que es el remake de la producción francesa Distrito 13, de nuevo con Luc Besson, marca de fábrica, ejerciendo como puente entre el cine de acción europeo y el cine de acción norteamericano.

            Brick Mansions sabe reciclar la visión distópica de los marginales y muticulturales ‘banlieues’ galos trasladando el argumento a los guetos de un Detroit, antiguo bastión del capitalismo estadounidense y definitivamente defenestrado por la crisis económica en el futuro inmediato que especula el filme.

Como en aquella, David Belle repite protagonismo -aunque aquí un escalón por debajo de Walker-, para rendir culto a las habilidades físicas del parkour, disciplina deportiva que había fundado a principios de los noventa y que consiste en la superación de los obstáculos arquitectónicos y mobiliarios del entorno urbano –y, filosóficamente, de la vida- con la única ayuda del cuerpo. En cualquier caso, a pesar de su espectacularidad visual, cinematográficamente hablando, el uso del parkour –popularizado por otras obras como Yamakasi-, no dista demasiado de las coreografías circenses con las que Jackie Chancapaz de patear a los malos pasando entre los peldaños de una escalera de mano-, convertía el cine de artes marciales en un entretenimiento apto para toda la familia.

           De este modo, Brick Mansions se presenta como un divertimento de acción cortado a través de clichés y arquetipos fácilmente identificables –el caballero justiciero al margen de las normas, el agente de la ley ingenuo y motivado por una venganza personal, los compañeros antitéticos condenados a entenderse, el gánster elegante, la princesa vestida de colegiala, la chica mala lesbiana y vestida de dominatrix, el poder corrupto y maquiavélico,…-, los cuales permiten que el espectador no distraiga su atención en la trama y que, en cambio, concentre sus pupilas en una serie de números gimnásticos montados a la velocidad del sonido por la delegada de Besson, Camille Delamarre, quien, cabe señalar, recurre en exceso y de forma manifiesta al viejo truco de acelerar las imágenes para inyectarlas adrenalina artificial. Así, mientras los actores trasgreden las leyes de la física, el guion hace lo propio con las de la narración, donde la simpleza no se molesta en tapar los evidentes agujeros que se van formando en la lógica del relato con el paso del metraje.

           Entre grimpeos, 360º invertidos y saltos de longitud, Brick Mansions, herencia de sus orígenes europeos, se atreve además a posicionarse socialmente de parte del paria de la Tierra y en contra de un status quo elitista y totalitario, lo cual, dentro de la ligereza y la banalidad de su discurso, podría llevar a incluir a la película dentro de esa categoría de cine popular subversivo –cada uno a su modo y con distinto grado de incisión- donde aparecen ejemplos como Iron Man 3 o Plan de escape.

 

Nota IMDB: 5,7.

Nota FilmAffinity: 4,5.

Nota del blog: 3,5.

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