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Columbus

11 May

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Año: 2017.

Director: Kogonada.

Reparto: Haley Lu Richardson, John Cho, Parker Posey, Michelle Forbes, Rory Culkin.

Tráiler

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           La trayectoria de Kogonada es de video-ensayista, de un estudioso de referentes del cine, hasta llegar a Columbus, donde se atreve a convertirse él mismo en cineasta por pleno derecho. No puedo evitar pensar que, con esa inseguridad del debutante, trata de justificar el estilo que escoge -marcado por una pausa y una contemplación del espacio que están directamente vinculados al fondo de la obra, encaminado hacia el adentramiento íntimo e introspectivo- a través de un par de escenas que parecen disgresiones un tanto arbitrarias. En una, el joven bibliotecario expone una reflexión acerca de la subjetividad del interés y de cómo condiciona ello cuestiones como la capacidad de atención y la propensión al aburrimiento. En otra, la protagonista debate con su madre sobre una receta que ha preferido plasmar de forma “sutil”, sin dejarse llevar por la tentación de lo especiado, de lo picante. Es decir que, tal y como ella defiende, es una apuesta no por el impacto inmediato en el paladar, sino por las sensaciones que proceden de saborear el regusto que deja tras de sí el plato. Lo cierto es que Columbus sí consigue dejar prendidas en el aire unas sensaciones que, no por delicadas o vaporosas, son menos intensas o estimulantes. Precisamente lo contrario.

           Kogonada manifiesta a las claras que, de su exhaustiva disección de los maestros, ha aprendido dónde colocar la cámara. Bien se podría calificar a Columbus como una película esteticista, en busca constante de unas composiciones de plano milimétricamente calculadas, influenciada por la hipnótica arquitectura modernista de la localidad de Indiana donde se ambienta. Columbus, Indiana, es un escenario que coquetea con un cierto sentido de lo fabuloso, el cual el director aplica al cruce de caminos entre dos personajes que no tienen demasiado claro hacia donde tirar, enganchados en el vértice que representa la relación paternofilial de cada uno, al mismo tiempo opuesta y semejante. Hay armonía en su asimetría, como parece sugerir en otra pista el coreano-estadounidense.

Si Eliel Saarinen diseñó una iglesia, su hijo Eero lo sucedió con un banco. Y, a pesar de todo, parece trazarse una conexión, una coherencia genética, entre sus obras. Kogonada es insistente en subrayar el antagonismo, y hasta el enfrentamiento simbólico, entre el protagonista y su padre, siempre ausente, ahora literalmente a causa de una enfermedad que lo mantiene inconsciente. Su ocupación del espacio vacío, la presencia de su ropa, su chaqueta en la silla de enfrente durante la partida, la relación con la arquitecta… Un regreso al padre, en definitiva.

En cambio, para la protagonista, el impulso exterior es divergente. Hay una presión para que abandone el nido, para que se mueva, para que se independice, incluso a costa de sacrificar esa apreciación de la maravilla cotidiana -la convivencia y la entrega hacia la madre necesitada, el disfrute de las pequeñas cosas- que puede encontrarse lejos de los grandes objetivos que impone la sociedad. Mientras se embebe de las evocadoras estructuras del entorno -casi impropias o impensables en una ciudad tan pequeña y recóndita, cuyo apodo, “la Atenas de la pradera”, se diría que está por encima de sus posibilidades-, a las que ella parece llamada por vocación, la chica vive junto a su progenitora, de problemático pasado, en una fea barriada marginal. Un viaje hacia el futuro aplazado, pues.

           Columbus explora los rincones de esta encrucijada. Su esteticismo no resulta frío, sino que se halla integrado en una emoción natural, auténtica. La va descubriendo con paciencia, como dejándose llevar por los paseos, las conversaciones y las contemplaciones de unos personajes a los que respeta y quiere. Las comparaciones con Yasujirō Ozu, a quien Kogonada había dedicado una de sus piezas un año antes, no son ociosas.

Y, a la par, reflexiona sobre la incidencia que puede tener el arte en la vida, con la manera de relacionarnos con el entorno, con nuestros semejantes y con nosotros mismos. De nuevo, sin arrogancia ni discursos cerrados, con humildad y matices, atendiendo a los sentimientos y la dimensión humana que representan Jin y Casey.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 8.

La gran prueba

30 May

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Año: 1956.

Director: William Wyler.

Reparto: Gary Cooper, Dorothy McGuire, Anthony Perkins, Phyllis Love, Richard Eyer, Peter Mark Richman, Robert Middleton, Joel Fluellen, Walter Catlett.

Tráiler

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         La gran prueba se estrenaría en tiempos de la crisis del canal de Suez y de la invasión soviética de Hungría, y apenas tres años después del armisticio entre las dos Coreas. Por su parte, el filme se ambienta históricamente en tiempos de la Guerra de Secesión estadounidense. El conflicto bélico, pues, es el tema que circunda y acosa una obra que posee un engañoso aspecto de comedia familiar costumbrista, centrada en los avatares de una familia de cuáqueros de la Indiana meridional.

De hecho, el primer filme comercial en color de William Wyler se abre en una granja casi idealizada, donde la voz en off de un niño relata su humorística enemistad contra el ganso de su madre. Y, a continuación, se traza el retrato de los Birdwell y sus preocupaciones cotidianas: robar los dulces de la despensa, conseguir la atención de los chicos, las carreras de caballos con el vecino, el liderazgo espiritual de la comunidad… Será este el punto de vista desde el que afronte la guerra La gran prueba, una retitulación española de fuertes reminiscencias religiosas e ideológicas, análogas no obstante a las que ya tenía Friendly Persuasion -“persuasión amistosa”, en traducción literal-, referencia a la actitud con la que los cuáqueros abordan los conflictos.

         De este modo, la intriga acerca de esta gran prueba de fe se mantiene permanentemente de fondo, si bien el relato parece estar más centrado en el drama familiar e intimista, en la descripción de sus circunstancias existenciales y psicológicas, y en su confrontación frente a la sociedad que la rodea. En una constante de la película, este último punto no es monolítico, como se aprecia en una comparativa amable -la iglesia vecina, desbordante de música y color frente al silencio y las tonalidades apagadas de los cuáqueros- y en otra algo más turbia -la feria de las vanidades, donde habitan maravillas y vicios a partes iguales-.

La narrativa textual y visual de La gran prueba demuestra una notable inteligencia expresiva para exponer las dudas, contradicciones e impulsos de los protagonistas, con por ejemplo en el acertado empleo de la elipsis para sugerir referencias sexuales -en la finca de las amazonas Hudspeth, en la noche en el granero de los Birdwell, en su ático…-. Ayudados además por un reparto bien dirigido -desde la vis cómica de clásicos como Gary Cooper hasta la actuación más moderna de Anthony Perkins, promocionado como parte de la nueva ola que personalizaba James Dean-, se trata de detalles, rugosidades y contrapuntos que contribuyen a dotar de complejidad a los personajes y a su historia, siempre de camino al dilema último que antecede a las conclusiones. Unas reflexiones que, como decíamos, enfilan directamente hacia una interrogación acerca de la naturaleza bélica o pacífica del ser humano, acerca de la discusión entre el deber social y la convicción moral, acerca de la firmeza de la doctrina y la flexibilidad de actuación frente al mal mayor -con un escobazo como clave resolutiva-.

         Dentro de este estilo, hay contadas situaciones que, por otro lado, a día de hoy se perciben como más naifs -el gag del órgano y el consejo de ancianos-, lo que se extiende a determinadas extracciones morales del relato. Ocurre por ejemplo con la simplista manifestación de la diferencia entre teoría y práctica de un fundamentalista religioso y su comparación con la comprensión de otros individuos alejados en principio de estos sólidos preceptos de fe y humanísticos, o con su lectura a propósito del perdón y la reconciliación, aun así de potente impuso emocional. Según cada cual, serán rasgos entrañables o reconfortantes en el mejor de los casos; reblandecidos o avejentados en el peor.

Pero todo ello forma parte igualmente del intento de matización del conflicto, que posee otros puntos más rotundos a través de determinados aldabonazos del guion firmado por el interesante ‘blacklisted’ Michael Wilson -“los rebeldes son gente como nosotros”, reflexiona el soldado; “¿y aun así los disparas?”, inquiere sorprendido el niño-; de la plasmación de la batalla como un cúmulo de horrores sin heroismo dominado por el miedo y la lástima; de los poderosos clímax interpretativos que entrega Perkins en estas estruendosas aunque antiépicas escenas, o del silencio en el que se dirime la disyuntiva que atenaza al cabeza de familia, un Cooper que, a pesar de haber rodado años atrás Solo ante el peligro -o quizás por ello-, no estaba demasiado convencido sobre el perfil de su personaje, para el que se había barajado otros nombres de virilidad menos tajante, como el de Montgomery Clift.

         Una de las películas favoritas de Ronald Reagan, se la regalaría en VHS al jefe de Estado de la Unión Soviética Mijaíl Gorbachov en las postrimerías de otro conflicto, la Guerra Fría. Además, cosecharía la Palma de oro en el festival de Cannes.

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Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 8.

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