Tag Archives: Desaparición

Zootrópolis

5 May

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Año: 2016.

Directores: Rich Moore, Byron Howard, Jared Bush.

Reparto: Ginnifer Goodwin, Jason Bateman, Idris Elba, Nate Torrance, Jenny Slate, J.K. Simmons, Bonnie Hunt, Don Lake, Octavia Spencer, Tommy Chong, Alan Tudyk, Raymond S. Pershi, Shakira.

Tráiler

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            El Óscar al mejor largometraje de animación de 2016 se lo llevó una fábula apegada al rabioso presente político, que debate sobre la diversidad de una sociedad, sobre los prejuicios asociados a ella y sobre la estrategia del miedo hacia el Otro que domina el escenario parlamentario actual, producto de la psicosis de un mundo multicultural, de relaciones cada vez más estrechas, y donde el reduccionista antagonismo de la Guerra Fría ha quedado sustituido por una renovada dicotomía donde el presunto enemigo se encuentra atomizado y ataca desde posiciones indetectables, como un lobo camuflado entre los corderos del rebaño. O, refiriéndonos a un caso aparente más local estadounidense, reflexiona acerca del ensanchamiento de las grietas entre la población caucásica y la afroamericana -e incluso latinoamericana o simplemente foránea, dada la criminalización emprendida por Donald Trump contra el inmigrante-, manifiesta en los episodios de violencia policial registrados recientemente.

            A tal punto, para construir este discurso concienciado de comprensión hacia el diferente, Zootrópolis, que recupera los clásicos animales antropomorfos de la factoría Disney -a los que se homenajea con profusión-, escoge un esquema de ‘buddy movie’ policíaca. Una base que precisamente había sido empleada para evidenciar y reparar el racismo subyacente de la comunidad del país norteamericano -o cuanto menos las confrontaciones de sus distintos estratos sociales- en filmes como En el calor de la noche, Límite: 48 horas, Arma letal, Danko: Calor rojo o, de nuevo desde la metáfora, Alien nación.

            Zootrópolis es menos sutil y algo más verbalizadora en su exposición del mensaje y la moraleja, que desgrana de forma sencilla aunque contundente gracias a una entretenida narración enhebrada a través de una investigación conspiranoica y donde confluye también un subtexto de corte tradicional disneyniano acerca de la libertad y el supuesto potencial de cada uno para materializar sus anhelos existenciales. Posee aciertos universales en la personificación de las especies -los perezosos como rostro del vilipendiado funcionariado público y su dominio del ritmo del gag-, pero por otro lado resulta menos sorprendente estilística y temáticamente que otros ejemplos de la audaz animación cinematográfica y televisiva contemporánea.

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Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 7.

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A propósito de Elly

10 Mar

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Año: 2009.

Director: Asghar Fahradi.

Reparto: Golshifteh Farahani, Shahab Hosseini, Taraneh Alidoosti, Merila Zare’i, Mani Haghighi, Peyman Moaadi, Ra’na Azadivar, Ahmad Mehranfar, Saber Abar.

Tráiler

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           En la vida sucede un poco como en el deporte: basta con sacar al individuo de su zona de confort -la victoria, la tranquilidad- para encontrarse con su naturaleza aplicada, ajena a cualquier discurso teórico preestablecido. En la derrota, en la situación extrema o estresante, se conocen aspectos ignotos, y tremendamente reales, de las personas. La mezquindad como reacción desesperada ante el desconcierto que produce la adversidad parece, además, un rasgo universal que no reconoce razas, culturas o religiones.

           En este sentido, el planteamiento de la iraní A propósito de Elly recuerda a una hábil mezcolanza de una obra referencial de Michelangelo Antonioni, La aventura, con una de las enseñas de Dogma danés, Celebración. La explicación es que el filme somete a un grupo de presuntamente honorables ciudadanos de clase media a un encierro en el que un factor traumático -una acusación de abusos sexuales en la escandinava; aquí una dramática desaparición, al igual que en la italiana- desvencija el marco de relaciones que se daba por garantizado entre estos mismos protagonistas.

           Su estilo narrativo, no obstante, renuncia al ensimismamiento autocomplaciente de Antonioni y rebaja el tono de farsa teatralizada de la película de Thomas Vinterberg para, por su parte, anclarse en mayor medida en el realismo, que además apuesta por una gramática clásica en su plasmación cinematográfica, la cual no descuida tampoco los rasgos más ligados al cine de género, caso del magnífico sostenimiento del suspense o la composición de una atmósfera determinada -la agitada confusión durante el rescate, la claustrofobia de los interiores-. La crueldad de su discurso, pues, no queda enfatizada por el vitrolo que arrojaba la cinta danesa -aunque cierta actitudes parezcan en ocasiones un tanto exageradas-, pero es igualmente venenosa y dibuja con rotundidad, madurez y talento un crescendo asfixiante.

           Asediada por las olas batientes del Caspio, que con su ensordecedora omnipresencia espolean progresivamente la tensión emocional y de la intriga de la función, la descomposición de la burguesía -“clase media universitaria”, especifica el director- se manifiesta en situaciones de violencia implícita y explícita. De miserables intercambios de reproches, de deudas que se aprovechan a saldar en medio del fragor del caos, de juicios apresurados que rellenan con torpeza e injusticia los vacíos insoportables para la mente, de razonamientos egoístas que abogan por el sálvese quien pueda pisoteando los cuerpos que sea necesario.

El elemento del prójimo desconocido no se refiere a la Elly epónima, invitada a una fiesta a la que no pertenece, sino que, a la par que muta el relato, se gira y apunta acusatoria y significativamente contra la comunidad de amigos, impotentes como colectivo. Las citadas pulsiones se vinculan en su mayoría a un sentir particular de cada personaje, pero también desnudan al mismo tiempo una serie de nocivos condicionantes sociales, algunos particulares del lugar y con menor interés fuera de las fronteras persas -la cuestión de la potencial infidelidad, quizás no tanto la persistente subordinación de la figura femenina- y otros reconocibles como pertenecientes a la condición humana.

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Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 7,5.

Dos buenos tipos

28 Dic

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Año: 2016.

Director: Shane Black.

Reparto: Russell Crowe, Ryan Gosling, Angourie Rice, Kim Basinger, Matt Boomer, Margaret Qualley, Yaya DaCosta, Keith David, Beau Knapp, Jack Kilmer.

Tráiler

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            Una gloriosa playmate se hace carne y hueso ante los ojos asombrados de un adolescente pajillero. En la misma postura insinuante que en la revista que sostenía un momento antes, solo que herida de muerte y agonizante.

El Los Ángeles de Dos buenos tipos subvierte el sueño americano gracias a una sencilla introducción que, a su vez, presenta la trama que da lugar al filme: el asesinato de una serie de individuos pertenecientes a la industria californiana del porno de finales de los setenta, enredados en una trama delictiva que, herencia del cine negro tradicional, de tan enmarañada no parece tener más sentido que el de representar a una sociedad que está desquiciada mientras finge comportarse de acuerdo con las coordenadas establecidas por el sistema.

            Desde el blockbuster de apariencia comercial, Shane Black se erige en un nuevo francotirador contra el status quo, equiparable al sádico Paul Verhoeven de los años ochenta y noventa pero con un estilo más apegado a las convenciones del cine taquillero estadounidense, probablemente debido a que es un cineasta nacido y criado en el lugar. Su mejor ejemplo se encuentra en esa Iron Man 3 que, pese a ser dilapidada por los incondicionales del cómic original, arrojaba cáusticos dardos contra la política exterior del país, haciendo del villano -un trasunto indisimulado de Osama Ben Laden– una simple marioneta al servicio de los intereses espurios de la seguridad nacional, Patriotic Act mediante.

            En Dos buenos tipos todo se revela contra el prejuicio de partida. Ese que, basado en los férreos tópicos del conservadurismo rancio, protesta contra una juventud pervertida, tacha de frívolos a los concienciados antisistema y se carcajea hipócritamente de las presuntas desviaciones delimitadas por el moralismo de manual.

Este es el panorama contra el que se amotinan dos individuos marginales, desterrados del país de las oportunidades: un detective privado que carga con su hija preadolescente (Ryan Gosling) y un matón de tres al cuarto (Bud Spencer… digo Russel Crowe). Unidas sus fuerzas, protagonizan la clásica historia del primo que se subleva contra su destino natural y triunfa enfrentándose un sistema corrompido y que además juega con las cartas marcadas, favorecidos en este caso por la influencia redentora de una jovencita (Angourie Rice) que encarna con propiedad la auténtica rebeldía y esperanza del relato.

            Sin desbocarse en el sustancioso absurdo de lo que podría ser la fundamental El gran Lebowski o la sociológica Puro vicio, Dos buenos tipos despliega su arsenal con notable simpatía y solidez, alzada por la vis cómica de Gosling y Crowe allá donde la función amenaza con estancarse en su juego de equilibrios entre su respeto hacia los cánones de la buddy movie -que Black prácticamente reglamentó con el libreto de Arma letal y su innata voluntad subversiva.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 6,5.

El rapto de Bunny Lake

9 Dic

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Año: 1965.

Director: Otto Preminger.

Reparto: Carol Lynley, Keir Dullea, Laurence Olivier, Martita Hunt, Noël Coward.

Tráiler

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          En ocasiones, el cine es víctima de la evolución de la ciencia. El género de la ciencia ficción, gracias a su componente fantasioso, no tiene por qué ser la principal víctima de estos cambios técnicos y teóricos. Su mella se hace más visible cuando ciertos conceptos científicos centran el objeto del filme.

Probablemente, su manifestación más evidente se dé en las intrigas psicológicas debido a los inexorables cambios, actualizaciones y revisiones de los paradigmas que sostienen a un campo tan vasto y complejo como este, en el que las teorías y las prácticas más firmes pueden quedar desacreditadas en apenas décadas. Recordemos, por ejemplo, que estrellas como Frances Farmer o Gene Tierney sufrieron en sus carnes los efectos de terapias psiquiátricas tremendamente erróneas y crueles como el electroshock, entre otras.

De este modo, lo que hace sesenta años podía verse como un retrato crudo y estremecedor de la enfermedad mental, en el presente se percibiría como una aproximación naif en el mejor de los casos o, por desgracia, especialmente sensacionalista e incomprensiva.

          La estrafalaria composición psicológica que resuelve el misterio de El rapto de Bunny Lake es uno de estos ejemplos. Con una interpretación a juego, igualmente extravagante y desorientada, su irrupción en la intriga afea los resultados de una cinta en la que, por otro lado, Otto Preminger había conseguido imprimir un agraciado tono que, desconcertantemente, sumía esta terrible investigación de la desaparición de una niña en el Londres de los sesenta en una especie de cuento infantil donde es difícil discernir entre realidad y fantasía, sordidez criminal e imaginación alucinada.

Hasta parece sumergirse de otro crimen sin crimen londinense, un año anterior: el de Blow-Up (Deseo de una mañana de verano) –aunque sin caer en su sopor narrativo y su afectada ansia de trascendencia-. Como en aquella, el misterio termina por constituirlo una galería de personajes extraños envueltos en circunstancias extrañas y que, cuanto más se cree conocer de ellos, más extraños resultan.

          La atmósfera onírica es por tanto la virtud más destacable de una obra donde el libreto es bastante menos convincente. Un pero que, al menos visto desde la actualidad, perjudica el impacto del desenlace, donde se llega al clímax de esa conflictiva combinación entre el juego inocente y la amenaza violenta con la tensión exacerbada por el cineasta austriaco mediante escenas calculadamente dilatadas; hipnóticas e inquietantes a partes iguales.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 6.

La próxima piel

31 Oct

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Año: 2016.

Directores: Isaki Lacuesta, Isa Campo.

Reparto: Àlex Monner, Emma Suárez, Sergi López, Bruno Todeschini, Igor Szpakowski, Greta Fernández.

Tráiler

           La sinopsis de La próxima piel invita a adentrarse en una estructura de thriller; un formato que serviría para sumarse a la resolución del misterio que da lugar al filme: la desaparición de Gabriel, un chaval de 9 años en un aislado pueblo pirenaico, reconstruida desde su inesperada vuelta a casa ocho años después.

La investigación que se desarrolla, sin embargo, es dramática e introspectiva, y sigue sus pesquisas a través de las relaciones familiares que van aflorando a partir de la presencia perturbadora del recién llegado, quien debido a su amnesia disociativaloable y fidedignamente abordada de acuerdo con expertos consultados, aunque en último término tampoco es un punto excesivamente interesante y deja cierta sensación de reiteración- debe emprender su autorretrato mediante descripciones ajenas, recogiendo fragmentos que o parecen completar partes difusas del cuadro, o parecen no encajar en el puzle, en ambos casos a causa de este sesgo subjetivo –el cual, en definitiva, es lo que resultará revelador sobre la verdad que se intenta recomponer a lo largo de la función-.

           Gracias al calculado sostenimiento de la ambigüedad, la duda sobre la identidad –esa gran cuestión existencial que compete a cada uno de nosotros y que no tendrá respuesta cierta para la mayoría- permanece siempre presente en la narración, tanto para los personajes como para el espectador. La puesta en escena busca profundizar en esta relación igualitaria a uno y otro lado de la pantalla empleando recursos naturalistas como el plano secuencia y una estética de apariencia inmediata en aras de potenciar la autenticidad del relato y la identificación con quien lo protagoniza; también en detrimento de convenciones formales propias de géneros relacionados centrados en una intriga criminal. Los experimentos con el montaje que aparecen en la introducción se desechan pronto, dejándolos un tanto descolgados.

A su vez, las emociones y los encuentros de estas criaturas mutiladas –el olvido, el remordimiento, la deuda, los dilemas, el miedo al ayer y al mañana,…- bullen y colisionan, ardientes, en contraste con el paisaje helado de la montaña, hermoso pero desapacible y azotado por la nieve, el abandono, la desidia y la opresión que mana de una convivencia constreñida por férreas convenciones internas y exteriores. Códigos, tradiciones y constructos que se imponen sobre la naturaleza emocional del ser humano, con sus correspondientes secuelas, y que acostumbran a magnificarse literariamente en comunidades pequeñas y cerradas en sí mismas como la que ejemplifica el pueblecito montés donde se escenifica La próxima piel.

           La evolución intimista del filme queda enhebrada por este juego con la dualidad y el contraste, que va oscilado y decantándose a partir de las inmensas necesidades vitales de los protagonistas, auténtico objeto de estudio de la obra. Y, de este modo, avanza a medida que se descongelan las capas de hielo que mantenían paralizado un trauma pasado en un insostenible instante presente, destinado a estallar en mil pedazos ante el violento cambio que se produce con el retorno de Gabriel -esa evidente metáfora del deshielo que trae el pasado hasta el presente que, por cierto, remite a otra cinta cercana sobre catástrofes sentimentales: la soberbia 45 años-.

           Por encima incluso del desarrollo de las acciones -orientadas a una catarsis de iracundo simbolismo que según cada cual puede percibirse bien inevitable y coherente, bien manido y rudimentario-, la solidez y la credibilidad en el tratamiento de los personajes principales –a partir del terapeuta suizo que acaba sumido en la irrelevancia, los secundarios quedan más desdibujados cuanto más alejados del foco están- permite a la película provocar una notable intensidad emocional sorteando al mismo tiempo su caída en los territorios sensacionalistas del telefilme, aquellos en los que terminaba por abocarse La habitación, otra apuesta reciente por esta premisa del trauma no de una desaparición, sino de una reaparición. De la imposible regeneración de una normalidad inexistente, que se desvela por tanto como puro artificio social.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 7.

Mi hija, mi hermana

25 Jun

“Uno de los dilemas de la humanidad es que está destinada a luchar.”

Clint Eastwood

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Mi hija, mi hermana

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Mi hija, mi hermana

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Año: 2015.

Director: Thomas Bidegain.

Reparto: François Damiens, Finnegan Oldfield, Ellora Torchia, Agathe Dronne, Djemel Barek, John C. Reilly, Mounir Margoum, Iliana Zabeth.

Tráiler

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          Ethan Edwards era hijo de la guerra, transformado en una fiera aberrante después de tres años consumiendo los últimos resquicios de su humanidad en un limbo obsesivo de odio y muerte. Pero Ethan Edwards no era hijo de la Guerra de Secesión estadounidense –o al menos no exclusivamente-, sino de una guerra eterna: la del Nosotros contra el Otro. Aquella que continúa indeleble en este presente donde los periódicos atentados terroristas recuerdan por la fuerza que la sociedad occidental no atraviesa tiempos de paz. Que permanece sumida en una tensión bélica y de amenaza latente que conforma un perfecto caldo de cultivo para individuos que, por pura convicción o a causa de experiencias lacerantes, mantienen vivo el fuego de la separación o del enfrentamiento entre el Nosotros y el Otro.

Mi hija, mi hermana dedica un exagerado –y un poco absurdo- esfuerzo a explicitar su filiación con el territorio del western, donde Centauros del desierto surge como un paralelismo más que obvio. El protagonista también atraviesa un limbo, condensado en una poderosa elipsis, en el que se resuelve, fuera de campo, la transición en la que este padre francés, cuya hija se ha fugado con un joven fundamentalista musulmán, se transforma en una alimaña herida que se embarca en una búsqueda demencial como quien arremete contra el enemigo. También, dirá el guion en un momento determinado -aunque en referencia a su hijo y sucesor, que replica al sobrino Martin de la enseña de John Ford-, es uno de esos hombres que ocupan demasiado espacio como para rehacer su vida en el calor cotidiano del hogar –esa idea que hacía que la puerta se cerrara a la espalda del tío Ethan, mientras éste regresaba a la nada de donde había surgido-.

          En su curso, Mi hija, mi hermana habla de heridas abiertas que nunca sanan, sino que supuran y reabren –Nueva York, Madrid, Londres-; de traumas generacionales que se enquistan y se perpetúan por herencia dentro de una Europa donde se confunden la multiculturalidad y el gueto, donde convive un prejuicio de superioridad moral –la reacción del padre con la familia del chaval- con una ingenuidad pasiva –la confianza de la madre en su hija- frente a quien es vecino y extraño al mismo tiempo. Y, a través de una escena introducida un tanto con calzador, incardina estas cuestiones dentro de una estructura circular, cíclica, sobre la que se reflejan, corresponden y contraponen una historia de obsesión y muerte –el padre- y una historia de redención y vida –el hermano, que desarrolla una búsqueda que adquiere tintes más existencialistas-.

          Debut como director del guionista galo Thomas Bidegain –que recientemente trazaba, en calidad de coautor, otro relato de tormentos internos, regeneraciones familiares y ecos westernianos en Dheepan-, el filme goza de una notable intensidad durante este primer tramo, sostenido sobre los hombros de un colosal François Damiens, que realiza un derroche de presencia en pantalla y expresa con sutiles matices el mar de angustias y paradojas de su personaje. Su segunda mitad, donde Finnegand Oldfield desempeña asimismo un buen papel, se antoja en ocasiones algo más convencional, aunque está filmada con elegancia visual, mantiene el interés y solventa el argumento con coherencia narrativa y densidad emocional.

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Nota IMDB: 6,6.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 7,5.

Lantana

9 Mar

“Nunca nada es tan claro como se ve en el cine. La mayoría de las personas no saben lo que desean o lo que sienten. Solamente en las películas se sabe bien cuáles son los problemas y cómo resolverlos.”

John Cassavetes

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Lantana

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Lantana

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Año: 2001.

Director: Ray Lawrence.

Reparto: Anthony LaPaglia, Geoffrey Rush, Barbara Hersey, Kerry Armstrong, Rachel Blake, Vince Colosimo, Daniela Farinacci, Leah Purcell, Peter Phelps.

Tráiler

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             Son confecciones frágiles las historias cruzadas. De corte popular y al mismo tiempo con apariencia de alta costura, elocuentes o incluso explícitas en las pretensiones de su estilo, en muchos casos resulta fácil que se le descosan las mangas o las solapas de la pechera a poco que se las zarandee para comprobar su solidez, tal es la debilidad de su bordado, espectacular pero en exceso forzado para el complicado encaje de sus componentes.

En Lantana, saltan a la vista las costuras que articulan la creación de Andrew Bovell, autor de la obra teatral original y el posterior guion cinematográfico. La artificiosidad con la que se empalman sus piezas, destinadas a conformar un conmovedor puzle acerca de los males psicológicos y espirituales que aquejan a la sociedad occidental contemporánea, se descompone al ser incapaz de hacer verosímil la entidad de cada uno de ellos como criaturas independientes respecto del discurso global –algunas de ellas son de hecho inservibles y solo acumulan metraje innecesario-.

Encerradas en esa telaraña de relaciones cruzadas, se percibe en efecto la atmósfera viciada y asfixiante en la que penan sus días, pero transitan por ella como monigotes de paja movidos por hilos. Por esos hilos que cuelgan de las costuras a la vista, claro.

             A través del reparto coral y de sus respectivos fragmentos de existencias vacías, Lantana aspira a capturar el miserable marasmo del mundo, al estilo, aunque con menor intensidad, de películas que convergen en un espacio relativamente breve de tiempo y por lo general alabadas todas ellas por la crítica y los galardones –al menos en su momento de estreno-, como Short Cuts (Vidas cruzadas), Grand Canyon (El alma de la ciudad), Happiness, Magnolia, 21 gramos o Crash (Colisión).

             Así, afloran en el libreto un compendio de traumas interiores y unversales, caso de la rutina cotidiana y la desidia del desencanto, la soledad, el fracaso del matrimonio y de la unidad familiar tradicional, las represiones personales, los prejuicios hacia el Otro, la cobardía de cargar las afrentas de la propia vida contra quien se tiene más a mano y es más sumiso respecto a esta crueldad de alcoba. Brotan desbocados toda vez que los muros que los contenían han sido definitivamente dinamitados por un traumático incidente compartido –un factor de demolición que también emplean alguna de los filmes antes citados y, a su modo, otras cintas sobre las oscuridades ocultas tras las idílicas fachadas de la comunidad como Crimen al atardecer o la serie Twin Peaks-.

Son numerosos los enemigos del ciudadano de hoy, advierte Lantana, y las respuestas que trata de ofrecerle, orgullosa ella, no pasan del moralismo elemental o del romanticismo más romo y perezoso, a la manera de un pobre e insulso manual de autoayuda.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 4.

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