Tag Archives: Detective privado

El beso mortal

9 Jul

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Año: 1955.

Director: Robert Aldrich.

Reparto: Ralph Meeker, Maxine Cooper, Gaby Rodgers, Cloris Leachman, Albert Dekker, Nick Dennis, Wesley Addy, Paul Stewart, Mort Marshall, Jack Lambert, Jack Elam, Strother Martin, Marian Carr, Fortunio Bonanova, Percy Helton.

Tráiler

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         En El beso mortal, el detective privado Mike Hammer no se atiene a los viejos códigos de honor que, tras su mueca de hastiado cinismo, respetaban Sam Spade o Philip Marlowe. Mike Hammer (perfecto Ralph Meeker) avanza con sonrisa suficiente y métodos canallescos en una Los Ángeles enrarecida, a la que saca provecho desde sus contactos con las alcantarillas de la ciudad y a través de estratagemas y acciones por momentos inmorales. Desde el filo mismo de la muerte, la chica a la que rescata lo describe como un tipo pagado de sí mismo, que en las relaciones se limita a recibir y nunca a dar. Mantiene a su secretaria y amante prácticamente prostituida para sacar adelante bochornosos casos de adulterio, en realidad negociados como un chantaje.

Este dudoso antihéroe es, en manos de Robert Aldrich, un cuerpo extraño dentro de un cine negro que evoluciona a la par, entre escenarios crudos, planos cerrados sobre los rostros, picados y contrapicados, imágenes oblicuas, entorpecidas, oscuras o acechantes, y otras rupturas formales como unos títulos de crédito montados a la inversa enmarcados en una desapacible combinación de líricos lamentos musicales y descarnados gimoteos.

         Los rótulos, decíamos, avanzan al revés, como también equivocados parece que están los arquetipos femeninos, con la anticanónica belleza de Maxine Cooper como contrapunto de lucidez y sacrificio del protagonista; la femme fatale con la aparente estupidez -¿intencional, involuntaria?- que proporciona la interpretación de Gaby Rodgers, o la víctima inocente que, independiente y contestataria, escruta con afilado tino el alma de su fortuito compañero de desventura. El erotismo que despiertan es físico, basado en el contacto directo, en las feromonas irresistibles del sudor.

El villano es, igualmente, una sombra refinada sometida a un desenlace desarmante. Pero el mayor revés lo recibe el detective, cuya fantasía de tipo duro se derrumba superado por los acontecimientos, que lo convierten en un agente mortífero para propios y extraños, y por el contexto, que lo minimiza. 

Desbocado ya en la frontera del cine de terror, el desenlace estrenado originalmente en los Estados Unidos -opuesto al que se enviará a otros países y revisado definitivamente en 1997- era todavía más inclemente hacia él. La Comisión Kefauver tacharía El beso mortal como una película “diseñada para corromper a los jóvenes espectadores”.

         Llevando el argumento desde el submundo mafioso hasta el periodo del temor rojo y la paranoia maccarthista -de donde surgían asimismo otras piezas del género alegóricas o directas como Pánico en las calles, Manos peligrosas o su anterior World of Ransom-, Aldrich desmontaba el noir clásico para entregar una película de un hipnotismo febril, pesadillesco, tremendamente sugestivo. Está trenzado por medio de una narración enrevesada en la que en ocasiones resulta arduo trazar las líneas de las relaciones entre personajes y trama, y a partir de ahí se compone el retrato de una sociedad desorientada y moralmente degradada, de ambiciones narcisistas, espurias y violentas. Mike Hammer, pues, no era más que el mejor de entre ellos. Y, a la vez, un don nadie impotente ante las fuerzas destructivas hacia las que conduce la leviatanesca dinámica que lo rodea.

Desde el mismo título, El beso mortal desprende un hedor apocalíptico que afecta a la historia, primero, y a la lectura metacinematográfica después. Estamos a solo tres años de que Orson Welles entregue Sed de mal, célebremente señalada por Paul Schrader como el fin de los tiempos del cine negro.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 8,5.

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Dos buenos tipos

28 Dic

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Año: 2016.

Director: Shane Black.

Reparto: Russell Crowe, Ryan Gosling, Angourie Rice, Kim Basinger, Matt Boomer, Margaret Qualley, Yaya DaCosta, Keith David, Beau Knapp, Jack Kilmer.

Tráiler

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            Una gloriosa playmate se hace carne y hueso ante los ojos asombrados de un adolescente pajillero. En la misma postura insinuante que en la revista que sostenía un momento antes, solo que herida de muerte y agonizante.

El Los Ángeles de Dos buenos tipos subvierte el sueño americano gracias a una sencilla introducción que, a su vez, presenta la trama que da lugar al filme: el asesinato de una serie de individuos pertenecientes a la industria californiana del porno de finales de los setenta, enredados en una trama delictiva que, herencia del cine negro tradicional, de tan enmarañada no parece tener más sentido que el de representar a una sociedad que está desquiciada mientras finge comportarse de acuerdo con las coordenadas establecidas por el sistema.

            Desde el blockbuster de apariencia comercial, Shane Black se erige en un nuevo francotirador contra el status quo, equiparable al sádico Paul Verhoeven de los años ochenta y noventa pero con un estilo más apegado a las convenciones del cine taquillero estadounidense, probablemente debido a que es un cineasta nacido y criado en el lugar. Su mejor ejemplo se encuentra en esa Iron Man 3 que, pese a ser dilapidada por los incondicionales del cómic original, arrojaba cáusticos dardos contra la política exterior del país, haciendo del villano -un trasunto indisimulado de Osama Ben Laden– una simple marioneta al servicio de los intereses espurios de la seguridad nacional, Patriotic Act mediante.

            En Dos buenos tipos todo se revela contra el prejuicio de partida. Ese que, basado en los férreos tópicos del conservadurismo rancio, protesta contra una juventud pervertida, tacha de frívolos a los concienciados antisistema y se carcajea hipócritamente de las presuntas desviaciones delimitadas por el moralismo de manual.

Este es el panorama contra el que se amotinan dos individuos marginales, desterrados del país de las oportunidades: un detective privado que carga con su hija preadolescente (Ryan Gosling) y un matón de tres al cuarto (Bud Spencer… digo Russel Crowe). Unidas sus fuerzas, protagonizan la clásica historia del primo que se subleva contra su destino natural y triunfa enfrentándose un sistema corrompido y que además juega con las cartas marcadas, favorecidos en este caso por la influencia redentora de una jovencita (Angourie Rice) que encarna con propiedad la auténtica rebeldía y esperanza del relato.

            Sin desbocarse en el sustancioso absurdo de lo que podría ser la fundamental El gran Lebowski o la sociológica Puro vicio, Dos buenos tipos despliega su arsenal con notable simpatía y solidez, alzada por la vis cómica de Gosling y Crowe allá donde la función amenaza con estancarse en su juego de equilibrios entre su respeto hacia los cánones de la buddy movie -que Black prácticamente reglamentó con el libreto de Arma letal y su innata voluntad subversiva.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 6,5.

Puro vicio

18 Dic

“Para mí, el cine es vicio. Lo amo íntimamente. Siempre he creído que es el arte de nuestro siglo.”

Fritz Lang

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Puro vicio

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Puro vicio

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Año: 2014.

Director: Paul Thomas Anderson.

Reparto: Joaquin Phoenix, Josh Brolin, Katherine Waterston, Joanna Newsom, Hong Chau, Owen Wilson, Jena Malone, Reese Witherspoon, Benicio del Toro, Martin Short, Maya Rudolph, Martin Donovan, Serena Scott Thomas, Eric Roberts.

Tráiler

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            Paul Thomas Anderson tiene la costumbre de retorcer los géneros a su antojo, en muchos casos para adecuarlos a un retrato íntimo, desde un prisma absolutamente particular, de la sociedad americana y por extensión de la naturaleza de los Estados Unidos. En esta línea, se intuye cierto análisis de la construcción histórica del país en sus tres últimos proyectos: Pozos de ambición, The Master y Puro vicio. Son retrospectivas fundadas a partir de tortuosas relaciones de combate y antagonismo épico entre dos corrientes que, personalizadas en personajes contrarios e iguales al mismo tiempo, colisionan, se funden y se desgajan para finalmente, en cierto modo, transformar el paisaje que les circunda.

            La última de esta terna, Puro vicio, supone la primera adaptación cinematográfica del esquivo escritor de culto Thomas Pynchon, así como el retorno de Anderson a la comedia después de aquella iconoclasta ‘screwball comedy’ que era Embriagado de amor. A través de la mirada psicodélica del detective privado ‘Doc’ Sportello, el autor se retrotrae al comienzo de los setenta californianos y, de nuevo, se encuentra con una dualidad irreconciliable: la del amor libre y el libertinaje sexual, la de las drogas recreativas y los caídos por la aguja, la de la paz cósmica y los asesinatos de La Familia, la de las reivindicaciones sociales y la represión parafascista del advenimiento de Richard Nixon. Es decir, el detective privado ‘Doc’ Sportello (el perfectamente narcotizado Joaquin Phoenix) y el detective de la policía de Los Ángeles ‘Big Foot’ Bjornsen (el perfectamente tenso Josh Brolin).

Las dos Américas, ambas jodidas y ambas dependientes de sustancias estupefacientes, sea la marihuana, sea el whiskey. Ambos atrapados en una trama criminal embrollada al estilo chandleriano cuyas ramificaciones, intrincaciones y desequilibrios bien podrían formar parte de la mente alterada del bueno de Sportello, hasta el punto de tornarla voluntariamente incomprensible, encadenada y zarandeada por los conceptos de muerte y redención, constantes en el metraje.

Conspiración o paranoia hippie, se trata en cualquier caso de la misma América delirante, de utopías derrotadas y donde todo –la droga y la rehabilitación, el triunfo y el fracaso, los ideales y el trabajo, el conservadurismo y el progresismo,…- es un producto que subastar convenientemente empaquetado y etiquetado para hacerse rico con los beneficios y, por ende, cumplir el propagandístico sueño que define a la nación.

            Puro vicio es, además, una investigación en los días del ácido. La atmósfera iguala en alucinación al argumento que la alberga, sumergiéndose en una densa niebla de humo de canuto tan sabrosa y fascinante como aturdidora. La textura de su imagen, corrompida y deslumbrada, remite a fotogramas caducados, similares a la perspectiva con la que el protagonista, hasta el culo de maría, debe observar las particularidades de este caso circular y sin sentido que, de la mano de una aparición espectral, la seductora Shasta (Katherine Waterston), y bajo la mirada omnisciente de otro espíritu femenino, Sortilège (Joanna Newsom), le impulsa a recorrer de arriba abajo la viciada Los Ángeles de la época, desde las amplias y lujosas mansiones hasta los estrechos y sórdidos callejones del lumpen, a lo largo de un viaje de una extensión desmesurada y desafiante –tanto o más cuando se trata de una comedia lisérgica-.

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Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota del blog: 8.

Un largo adiós

6 Oct

“Los años setenta fueron un renacimiento. Tuve la suerte de estar allí.” 

Al Pacino

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Un largo adiós

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Un largo adiós

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Año: 1973.

Director: Robert Altman.

Reparto: Elliott Gould, Nina van Pallandt, Sterling Hayden, Mark Rydell, Henry Gibson, David Arkin, Jim Bouton.

Tráiler

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            Es un mundo de locos, zarandeado por los conflictos étnicos y sociales, azorado por la liberación sexual y abrumado por la incierta seguridad de sus aceras. Pero el detective privado Philip Marlowe no tiene problema con nada de ello. “It’s ok with me”, le suelta con pasota indiferencia a la extraña fauna que puebla este Los Ángeles enfebrecido y enrarecido de comienzos de los setenta.

            El Philip Marlowe de Un largo adiós es un Philip Marlowe para una época, a la que su desengaño y su cinismo se ajusta como anillo al dedo -por mucho que, en lo que a él respecta, solo sea una pose defensiva para contrarrestar su naturaleza extemporánea-. Ahora, sus vecinas son hippies nudistas, los maleantes visten a la moda del momento y la decrepitud de Hollywood es más visible que nunca; una caricatura de sí misma en la mejor de las formas.

En cambio, permanece su vida desastrosa y su madriguera desastrada, un Lincoln Continental Cabriolet del lejano 1948, sus réplicas cargadas de sarcasmo y sus intrincados casos, rebuscados entre la mugre de una sociedad decadente, violenta y amoral; todo ello no desprovisto de visos paródicos. Y, sobre todo, pervive su esencia marginal y perdedora, deshilachada y aislada en un universo de corrupción y degradación en el que es imposible salir a flote y en el que, hasta la más mínima sonrisa de (temporal) alivio, queda igualmente pringada de mierda.

            El Marlowe del Nuevo Hollywood baja a la realidad de unas calles sucias para asimilarse a sus personajes antimaniqueos, cuya ambigüedad manifiesta dificulta todavía más las investigaciones criminales  que el bueno de Marlowe, corbata innegociable y pitillo colgando de la comisura, debe resolver. Su físico, incluso, se ha vuelto más accesible, amoldado a los rasgos comunes de Elliott Gould –un actor a quien se achacaba entonces un comportamiento errático que lo había dejado fuera de juego durante dos años-. Un físico menos fabuloso que el del Humphrey Bogart de El sueño eterno o, en este periodo, menos fotogénico que el del James Garner de Marlowe, un detective muy privado y menos imponente que el del Robert Mitchum de Adiós, muñeca y Detective privado. Menos cinematográfico, si se prefiere.

Por su parte, sus contrincantes se revelan más humanos que literarios, dentro de su extravagancia inoculada por el entorno que habitan, desmitificados por sus taras: lamentablemente alcoholizados, egoístas, gorrones, patéticos,… El escritor titánico encarnado por Sterling Hayden queda a merced del tempestuoso intérprete, anárquico como él, contradictorio, vitalista, romántico, agresivo e impredecible.

            En paralelo, la realización de Robert Altman permanece libre, ignorante de convenciones genéricas, en constante movimiento, al ritmo de los diálogos de apariencia improvisada que van desgranando el caso que centra la trama pero que, en especial, hacen palanca en los ratos muertos del detective, igual de reveladores acerca del contexto y las circunstancias donde se cultiva la situación. De ahí que, en ocasiones, el tempo narrativo se resienta en parte y que asimismo, debido a este anclaje artístico e histórico tan particular, los años también deje su huella sobre la obra. No excesiva, empero.

El libreto, por supuesto, toma a su aire la novela original de Raymond Chandler y, entre otras cuestiones, decide hacer suyo el desenlace, acorde a su atmósfera dramática, su estilo un tanto distanciado y a las transformaciones de una América irreconocible para los estándares de los años cincuenta a los que pertenece el original, desfigurada y noqueada por sus explícitos vicios.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 7,5.

Besos robados

18 Jul

“El cine no es un arte que retrata la vida: el cine es algo intermedio entre el arte y la vida.”

Jean-Luc Godard

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Besos robados

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Besos robados

Año: 1968.

Director: François Truffaut.

Reparto: Jean-Pierre Léaud, Claude Jade, Delphine Seyrig, Michael Lonsdale, Harry-Max.

Tráiler

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            Nueve años después de Los cuatrocientos golpes, película fundacional de la Nouvelle Vague, y seis tras el fragmento Antoine y Collette de la obra coral El amor a los veinte años, François Truffaut reencuentra a su incomprendido alter ego Antoine Doinel leyendo ensimismado El lirio del valle de Balzac durante su encierro en un calabozo militar.

Las mismas rejas de las que huía casi una década antes, aún seguían ahí.

            En esta nueva fusión entre cineasta y cine, la mirada se torna colorida y el tono más amable, humorístico. Por ello, el seguimiento de los insólitos, absurdos y embarullados avatares laborales y amorosos de Doinel tienen mucho de ironía y ternura, a pesar de que éste conserva todavía su querencia por la inestable marginalidad del inadaptado y su oposición, más bien pasiva, dejándose llevar en buena parte, a una sociedad francesa envuelta en revoluciones estudiantiles, descomposición posimperial y decadencia de las tradicionales instituciones políticas y familiares.

Una Francia satírica, con su grotesca fauna de farsantes, cornudos, homosexuales por horas, empresarios sin cariño,… donde el único destello de realismo cotidiano parece provenir paradójicamente del desempeño de un oficio tan cinematográfico como el de detective privado.

            Besos robados posee la ligereza y la visión caricaturesca del mundo distintiva de la fase existencial que atraviesa su protagonista, un personaje que, desde la honesta renuncia de Truffaut a la justificación directa de sus actos, sigue siendo tan digno de condescendencia como irritante en ocasiones.

            La absoluta ausencia de ampulosidad permite el disfrute con media sonrisa de este vitalista filme por el que transcurren, sin argumento definido o lineal, con el caos informe y atropellado de la realidad misma, las aventuras y desventuras penosas, hilarantes, terrenales, intrascendentes y decisivas de un joven que, como todos los jóvenes del mundo en todas las épocas de la historia, trata de sobrevivir atrapado en su propia desorientación.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 7.

Secret Reunion

10 Mar

“No existe nada bueno ni malo; es el pensamiento el que lo hace aparecer así”.

 William Shakespeare

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Secret Reunion

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Secret Reunion

Año: 2010.

Director: Jang Hoon.

Reparto: Song Kang-ho, Kang Dong-won, Jeon Gook-hwan, Park Hyuk-kwon, Yoon Hee-seok, Ko Chang-seok.

Tráiler

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             Nada como una buddy movie policíaca para conocer y respetar al Otro, al vecino desconocido. La contaminación mutua asegurada: un largo día de trabajo encerrados en un coche, compartiendo los grandes sinsabores y pequeñas victorias del día a día, la discusión saludable de métodos de actuación y de los matices que aporta una óptica divergente de ver la vida y la necesidad del compañerismo y la tolerancia para alcanzar un objetivo común, generalmente contra un adversario también común.

De entre el millar de ejemplos, algunos de ellos de un nivel argumental capaz de alcanzar las más altas cotas de la miseria, cabe señalar su valía a la hora de dirimir conflictos raciales y culturales –En el calor de la noche, Black Rain, Alien nación llevándolo a un extremo interplanetario-; políticos –Danko, calor rojo, colaboración rusoestadounidense pos Guerra Fría-; sexuales, pese a su definición inicial como filme de amistad entre personas del mismo sexo –Harry el ejecutor, uno de esos deplorables epígonos destinados a diluir el hosco carácter del Harry Callahan original-; de enfrentamientos entre personalidades encontradas –Starky & Hutch, Límite: 48 horas, Arma letal– o, simplemente, estableciendo una relación de maestro y alumno que acaba entremezclándose.

             “¡Cuánto podríamos hacer uniendo nuestras posibilidades!”, exclama en cierto punto de Secret Reunion el protagonista (Song Kang-ho, uno de los rostros más reconocibles del nuevo y exitoso cine del país asiático), exagente del servicio de inteligencia de Corea del Sur y ahora casposo detective matrimonial, en dirección a su subordinado, un habilidoso y repudiado aunque todavía leal espía norcoreano (Kang Dong-won).

Y es que el filme propone una apuesta decidida y clara por la reunificación y la cauterización de las heridas aún abiertas entre el norte y el sur del paralelo 38; conflicto iniciado en 1950 y en estado relativamente letárgico, que no resuelto, desde el Armisticio de Panmunjong de 1953, si bien, de hecho, se ha recrudecido en las últimas fechas a causa de la ruptura unilateral por parte de Pyongyang de los pactos de no agresión.

             Como refleja la cita, Secret Reunion se decanta por el discurso sencillo y evidente, envuelto en una ligerita y amable trama policíaca con detalles de comedia que, como es obvio, desemboca en el necesario trabajo conjunto de dos hombres igualados por una misma nación dividida y por una desesperación conjunta –la separación traumática de su familia, una unidad de convivencia que representa a escala a la propia Corea-, unidos para hacer frente a un enemigo tan malvado, cruel y falaz como la fractura del país asiático.

             A fuerza de ser rutinario y previsible, el filme no funciona en su vertiente melodramática a nivel político y personal mientras que, en cambio, resulta más simpático y disfrutable en esa faceta ingenua e intrascendente de buddy movie, en el duelo de personalidades, pactos tácitos, desprecios y amistades de los protagonistas durante sus más bien lastimosos quehaceres diarios.

Desde luego son loables sus buenas intenciones, pero en modo alguno necesitaban tanto aditivo, en especial si estos son edulcorantes. El balance global sobrevive porque al fin y al cabo Secret Reunion es una película entretenida, narrada con un notable sentido de la acción y buen pulso por parte de Jang Hoon, paradójicamente antiguo ayudante de dirección de Kim Ki-duk.

            Para explorar los posibles procesos de reencuentro entre las dos Coreas, mejor visionar la agridulce, emotiva y atinada Joint Security Area (JSA), cinta que daría a conocer el nombre de Park Chan-wook.

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Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 5.

El crack

24 Sep

“El cine negro es mi género favorito entre mis géneros favoritos.”

José Luis Garci

 

 

El crack

 

Año: 1981.

Director: José Luis Garci.

Reparto: Alfredo Landa, Miguel Rellán, Manuel Tejada, Raúl Fraire.

Tráiler

 

 

           Primero como crítico, después como guionista y más tarde como director, José Luis Garci demuestra en todas sus creaciones una enorme huella cinéfila y una cultura cinematográfica de excepción, de origen autodidacta, procedente de la pasión.

           En 1981, ya como una de las principales figuras del cine de transición del país pero aún sin el reconocimiento internacional que le vendría con su Oscar por Volver a empezar, Garci se disponía con El crack a rendir pleitesía a su género favorito con un spanish noir que trataría de recoger las esencias de un cine de denominación de origen estadounidense.

De este modo, convertirá a Alfredo Landa con cara de pocos amigos y a un Madrid gris y mugriento en su Humphrey Bogart y su Nueva York particulares, una ciudad opresiva en la que el detective privado Germán Areta (Landa) deberá encontrar y rescatar a la hija de un acaudalado viudo de entre el lumpen y los garitos de mala muerte, de la sórdida fauna urbana con argot cheli y la corrompida y amoral alta sociedad, mientras trata de sobrevivir a oficinas insalubres, gimnasios con pósters de Rocky Marciano y olor a linimento, partidas de mus nubladas por humo de tabaco y barberos añorantes de una Nueva York casi de leyenda y una relación con una madre abandonada por su marido y la suerte.

Un antihéroe que recibe una presentación al más puro estilo Harry Callahan, observando impertérrito, con su figura achaparrada, bigote viril y gesto adusto, cómo dos quinquis perpetran el atraco a un bar de carretera mientras él da debida cuenta de un plato combinado y oye pontificar a Butanito para más tarde, inmutable, patear las pelotas a los malhechores.

El género negro, versión ibérica.

           Garci, prolijo en conocimientos del Séptimo Arte, construye una cinta que sí sabe conservar y hacer palpables esos elementos del noir, ya entonces irremisiblemente perdidos, pero retorciéndolos para hacerlos encajar y adaptarse a un ambiente y dimensión propia, la de un país y una ciudad que ni tienen la resonancia de decadencia épica de ciudades como San Francisco y Nueva York, y un protagonista lejos del poder de seducción y la clase agotando el pitillo de Bogart o Mitchum, pero que lleva, en lo que es una gran interpretación de Alfredo Landa, el papel de marginal rescoldo de obediencia a un código moral, aunque sea propio e intransferible, con idéntico temple y convicción e igual respeto hacia sí mismo.

           Un buen ejercicio de intriga que resulta mucho mejor cuando, a partir de esos códigos originales, toma rutas originales e independientes, más auténticas, con un libreto sólido y contundente en su desarrollo, quizás más precipitado en su parte final, que cuando se queda en la imitación-homenaje nostálgico y el guiño autocomplaciente metido con calzador, lo que desencadena excesos de guion innecesarios como el a todas luces sobrante desenlace en un Manhattan al que se ofrenda un admirado canto de postal turística

Muy meritoria recuperación de un género perteneciente a otros tiempos y otros lugares.

Habría segunda parte dos años posterior.

 

Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 7,5.

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