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Espías desde el cielo

22 May

“No se puede decir que la civilización no avanza… De hecho, en cada guerra te matan de una manera diferente”

Will Rogers

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Espías desde el cielo

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Espías desde el cielo

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Año: 2015.

Director: Gavin Hood.

Reparto: Helen Mirren, Aaron Paul, Alan Rickman, Phoebe Fox, Barkhad Abdi, Jeremy Northam, Richard McCabe, Monica Dolan, Iain Glen, Babou Ceesay, Kim Engelbrecht, Aisha Takow.

Tráiler

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            Es de los pocos ejercicios académicos de los que tengo un recuerdo medianamente completo, y es porque era el tema principal del primer examen que suspendí en mi carrera de estudiante. Fue en la primera evaluación de Ética de 4º de la ESO y, además, lo suspendí a lo grande. Sin paliativos. El ejercicio en cuestión –éste en concreto, o al menos uno bastante aproximado– pedía elaborar un razonamiento moral a partir de un texto de José Ortega y Gasset, que a su vez tomaba un fragmento de la tragedia Troilo y Cressida de William Shakespeare, y en el que dos figuras mitológicas de la Guerra de Troya, Héctor y Troilo, discutían sobre la posibilidad de entregar a Helena a lo aqueos para salvar a su patria de la destrucción en ciernes.

En síntesis, el eje de la disputa versaba sobre si el valor de una vida humana se podía someter a un juicio subjetivo –es decir, que el valor de esa vida humana sea el que cada cual le otorgue según su entendimiento- o si, por el contrario, la existencia de una persona posee en sí misma una estimación objetiva, ostentada por derecho e inexpugnable frente a los argumentos de las partes implicadas en el debate.

            Espías desde el cielo es la reformulación de este planteamiento del filósofo madrileño, donde  la argiva Helena queda sustituida por una niña keniata con un puesto de pan anexo a la vivienda donde un grupo de terroristas de Al-Shabab preparan un nuevo atentado suicida, de ejecución inminente, y que está siendo vigilado por las fuerzas conjuntas de Reino Unido y Estados Unidos a través de un dron, con orden de eliminar a los objetivos a bombazos.

Estamos por tanto ante un filme de cuartos cerrados, de diálogo y no de acción, al estilo de Doce hombres sin piedad o Punto límite, este último dueño asimismo de una guerra de despachos donde, al igual que en la presente, comparecen importantes dosis de patetismo político-burocrático. Qué lejos queda a estas alturas de Historia la guerra directa y presuntamente heroica, de acuerdo con los cantos épicos tradicionales, a la que reverenciaban desafueros como Black Hawk derribado, por citar un ejemplo en el que se comparta escenario y prácticamente situación geopolítica y, más aún, sobre hechos de apenas hace una veintena de años.

            El suspense de Espías desde el cielo, por tanto, proviene de negociaciones y eventos estáticos, del esfuerzo intelectual en sumarse, quedamente, al debate propuesto por los personajes. A estos efectos, la administración de la tensión y el pulso narrativo que luce Gavin Hood son espléndidos –era la única tarea que prácticamente le competía como director, tratándose como se trata de una película de guion, firmado aquí por el relativamente desconocido Guy Hibbert, escritor más acostumbrado a prodigarse en telefilmes y series de televisión que en largometrajes para la gran pantalla-.

            Este mencionado patetismo puntual de los dirigentes civiles -insuflado sin duda por este periodo de desafección política global-, es quizás uno de los tópicos que maculan ligeramente la por otro lado destacable madurez de la obra, con casos evidentes como la amigable familia de la cría, la izquierdista enfurruñada –a la que sin embargo Monica Dolan acaba otorgando dignidad humana como personaje- o el jefe de Estado norteamericano expeditivo –la óptica del relato es británica, cabe recordar-. Aunque, claro, no olvidemos que los estereotipos del cine se alimentan de un poso de innegable realidad, y viceversa.

Y también es posible que la película tenga ciertas concesiones buenistas para con los militares, dado que los incidentes bélicos recientes inclinan a pensar que, en el campo de batalla extracinematográfico, los remilgos para adoptar decisiones críticas en las campañas de acción no son tan pronunciados -en especial en el terreno de los bombardeos con drones, donde la distancia física parece tender a crear una distancia moral-. Pero incluso así se diría que el libreto quiere introducir un matiz a partir de la extracción y el objetivo estrictamente universitario de este piloto virtual interpretado por Aaron Paul.

            La cinta, pues, presenta un loable equilibrio en los puntos de vista enzarzados en esta polémica terrible, a la que se agregan además elementos que apuntalan las complejidades del fondo de escenario, como los mecanismos jurídicos que se imponen sobre las resoluciones marciales, las consecuencias de la imagen en toda situación que acontezca en estos tiempos -sea como elemento de influencia legítima o amarillista sobre la sociedad occidental, sea como espita que detona la creación de nuevos sublevados estimulados por el trauma vívido y cercano- o la difuminación de los frentes combatientes en una guerra atomizada y casi imprevisible –los occidentales que se unen a la yihad como respuesta a su alienación existencial, los antiguos foráneos asimilados que forman parte integral e indisociable de la metrópolis-.

            De este modo, a la vez que desarrolla un thriller bélico realmente entretenido, Espías desde el cielo provee un poderoso material de debate para la salida de la sala que, a fin de cuentas, redondea las virtudes de su conjunto.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 7,5.

Memorias de África

17 May

“Un filme debe antes que nada sorprender, emocionar y sobre todo llevarte ahí donde no has puesto los pies jamás.”

Brian de Palma

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Memorias de África

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Memorias de África

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Año: 1985.

Director: Sydney Pollack.

Reparto: Meryl Streep, Robert Redford, Klaus Maria Brandauer, Michael Kitchen, Malick Bowens, Joseph Thiaka, Michael Gough, Suzanna Hamilton, Shane Rimmer.

Tráiler

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            “Yo tenía una granja en África”, evoca Karen Blixen, intermediada por Meryl Streep, para inaugurar el relato de uno de los iconos románticos del cine moderno.

Traslación a la pantalla de la novela autobiográfica y homónima de la escritora danesa, que firmaba bajo el seudónimo de Isak Dinesen, Memorias de África contenía de base elementos de descomunal potencial cinematográfico que, de hecho, habían suscitado tiempo atrás diversos intentos de filmar su romanticismo apasionado y exótico por parte de directores como Orson Welles, David Lean o Nicolas Roeg. Sin embargo, no será hasta la década de los ochenta cuando Sydney Pollack consiga sacar adelante el proyecto con Streep en el papel de Blixen y Robert Redford como el cazador y guía de safari Denys Finch Hatton, hombre providencial que encarna el viaje de Blixen hacia su propio paraíso en la Tierra, hacia el amor verdadero y la esperanza. Es decir, su despertar a la vida -a las emociones como esencia de la misma-, denegadas por la férrea estructura patriarcal y nobiliar de su gélido país de origen.

            Memorias de África recoge en definitiva la esencia de la fantasía amorosa, aquí afortunadamente ligada al influjo de la sugerente aventura colonial, una combinación que constituye un género en sí misma y que se encontraba en cierta decadencia en comparación con la enorme popularidad de la que había disfrutado en el Hollywood clásico -si bien en estos tiempos también florecerían fascinantes ejemplos como El año que vivimos peligrosamente-.

La fórmula implica el contacto del protagonista con un sinfín de costumbres extrañas que exigen una edificante ensanchamiento mental y derivan en una beneficiosa ‘contaminación’, así como el constante parentesco entre la belleza y el peligro, una colección de postales africanas damnificadas por los largos años de ver documentales de sobremesa, y una noción épica que por desgracia se confunde asimismo con un contraproducente exceso de metraje, capaz de ahogar buena parte de las virtudes cultivadas.

A su favor, le aleja de caer en el tópico un cuidado dibujo de personajes que se intuye conservado desde su original en tinta y papel, por más que en el fondo también reproduzca a su manera, sin abalanzarse en el efectismo de saldo, la característica sublimación de caracteres y del idilio propia del género, en demasiadas ocasiones recurso imprescindible para contagiar empatía romántica en cierto tipo de lector/espectador. Aquí, cabe disculpar, esta ocasional tendencia a la idealización parece parte del recuerdo subjetivo y nostálgico de la narradora.

            En cualquier caso, la colección de recuerdos de Blixen no se detiene en el triángulo amoroso entre ella, Hatton y el barón Bror von Blixen-Finecke (Klaus Maria Brandauer), esposo en un matrimonio de conveniencia mutua que implicaba para la escritora en ciernes la adquisición de un ventajoso título aristocrático y para él la disposición de un confortable colchón económico desde el que, honestamente, proseguir con sus quehaceres de bon vivant en el África británica. De este modo, la trama amorosa se imbrica y combina con la inspiradora lucha de Blixen por hallar su auténtico lugar en el mundo. Un hogar predestinado que se afirma, como acostumbra a ofrecer el western –pongamos como ejemplo, teniendo en cuenta sus diferentes conclusiones, otra cinta de Pollack como Las aventuras de Jeremiah Johnson-, sobre un territorio huérfano de los vicios de la civilización y, por tanto, donde es posible hacer tábula rasa.

No obstante, la corriente temática más apreciable de Memorias de África, capturada con delicadeza por Pollack con la inestimable ayuda de la conocida banda sonora de John Barry, es esa sensación de finitud que embarga el melodrama dotándolo de un halo trágico, alojado en sus cafetales, en la Kenia ancestral y pura al borde del cambio, en su amor por Hatton, en la naturaleza indómita de éste y, en conclusión, en la existencia misma.

 

Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 6,5.

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