Tag Archives: Próximo y Medio Oriente

Tres caras

2 Dic

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Año: 2018.

Director: Jafar Panahi.

Reparto: Behnaz Jafari, Jafar PanahiMarziyeh Rezaei, Maedeh Erteghaei, Narges Delaram.

Tráiler

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          Qué emocionante la militancia del iraní Jafar Panahi. Cineasta clandestino, en estado de arresto en su propio país y objeto frecuente de hostigamiento por parte del régimen por su persistente activismo, Tres caras es el cuarto filme que logra confeccionar bajo la prohibición de rodar que el Gobierno iraní le impuso en 2010, después de Esto no es una película, Closed Courtain y Taxi Teherán. En esta ocasión, Panahi desplaza sus recursos de guerrilla hasta un rincón recóndito de Irán gracias a un esquema de road movie a partir del cual compone un nuevo retrato crítico nacional.

Su estilo, tradicionalmente comparado con el Neorrealismo, adquiere cierta textura documental, debido por supuesto a las precarias condiciones de la grabación pero también porque, en este viaje-investigación, Panahi encarna a una versión de sí mismo acompañando a una estrella popular de la escena local, Behnaz Jafari, que hace lo propio. Juntos se embarcan en un viaje-investigación desencadenado por la recepción de un vídeo en el que una desesperada aspirante a actriz captura su suicidio, motivado por la asfixiante presión familiar y social a la que se enfrenta en su remota aldea.

          El realizador ya se había adentrado anteriormente en la desfavorable situación de la mujer iraní en cintas como El círculo u Offside (Fuera de juego). En Tres caras, este microcosmos rural constituye un ejemplo nuclear del conjunto del país, y en concreto del arraigo esencial de su machismo. Desde esta aparente anécdota personal, Panahi -que está asimismo a cargo del guion- descubre, aunque sin hacer hincapié en severos juicios, un rotundo e incontestado culto a la virilidad en su más dañina expresión, explícitamente manifiesto en los simbólicos y reverenciados machos alfa que van surgiendo en las escenas -un semental de competición, un viril héroe del cine de acción- o en costumbres tan significativas como que el prepucio sirva para determinar el signo de toda una existencia.

          Este entorno, en el que se cruzan tres actrices -una de antes de la revolución de los ayatolás, vetada para el resto de su vida y que aparece expresiva y líricamente en sombras o de espaldas; la intérprete actual, que acapara reacciones entre la admiración y la duda moralista, y la aspirante, frustrada y marcada antes incuso de poder comenzar su carrera-, se va tornando así opresivo, tenso, amenazador. El estilo visual de la obra es acorde a esta inmediatez de trabajo prófugo, si bien el encuadre es siempre hábil para captar las emociones que atraviesan estas personas/personajes y extrae imágenes de sincera belleza -por ejemplo, el escondido, libérrimo y feliz baile que apenas de desvela a lo lejos, por medio de siluetas-. Las tomas son largas y apenas hay cortes de montaje, lo que imprime a la narración una cadencia de engañosa placidez, tan ilusoria como el pintoresquismo y la implacable hospitalidad de las gentes. Con los escasos medios de los que dispone, exprimidos con inteligencia y sensibilidad, Panahi consigue que esta atmósfera llegue a ser inquietante, como demuestra la tensión que aprieta en la penúltima escena, impuesta por una presencia explosiva, la gasolina de una situación violenta y una piedra sostenida en la mano. Desde ahí, resolviendo la transición con una soberbia elipsis, Tres caras desemboca en un plano final repleto de calidad poética, de contenido y de emoción, con una profunda tristeza.

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Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 9.

María Magdalena

26 Mar

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Año: 2018.

Director: Garth Davis.

Reparto: Rooney Mara, Joaquin Phoenix, Chiwetel Ejiofor, Tahar Rahim, Tchéky Karyo, Ariane Labed, Denis Ménochet, Lubna Azabal.

Tráiler

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           “La decisión se inscribe en el contexto eclesial actual, que requiere una reflexión más profunda sobre la dignidad de la mujer, la nueva evangelización y la grandeza del misterio de la misericordia divina. San Juan Pablo II dedicó una gran atención no sólo a la importancia de la mujer en la misión de Cristo y de la Iglesia, sino también, y con especial énfasis, al papel especial de María Magdalena como primera testigo que vio al resucitado y primera mensajera que anunció a los apóstoles la resurrección del señor. La Iglesia, hoy en día, prosigue resaltando esta importancia (…) Santa María Magdalena es un ejemplo de evangelización verdadera y auténtica, es decir, una evangelista que anuncia el gozoso mensaje central de Pascua”. Así explicaba el arzobispo Arthur Roche, secretario de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos del Vaticano, el significado del decreto por el que, desde 2016, María Magdalena es “festejada” litúrgicamente en condición de igualdad respecto de los apóstoles, ya que se considera “seguro” que, además de lo anteriormente dicho, formaba parte del grupo de los discípulos de Jesús, que lo siguió hasta el pie de la cruz y que difundió su palabra.

¿La restitución católica de María Magdalena, otrora simple prostituta redimida, es el signo definitivo de que el siglo XXI será irreversiblemente feminista?

           La nueva revolución feminista es uno de los grandes movimientos ideológicos contemporáneos, potenciada de forma evidente por la visibilización emprendida desde Hollywood -altavoz y difusor por excelencia- de la constante de abusos, desequilibrios e infrarrepresentación motivada por cuestiones de género; una brecha en absoluto inferior a la del racismo. En Hollywood, pues, el grito de basta ya está dado. Al terremoto le siguen ahora secuelas prácticas como la marginación de facto de personalidades implicadas en episodios de abusos sexuales, la tímida adopción de medidas de armonización salarial y la cesión de posiciones de decisión, el reconocimiento del trabajo femenino o la exploración de las posibilidades comerciales de producciones protagonizadas por mujeres -esto último, obviamente, con un sesgo orientado a captar la atención de esa mitad relegada de la población y en sumarse a una corriente de interés generada-.

La película María Magdalena, pues, puede incluirse por pleno derecho en este contexto social, artístico e histórico. Es un filme que se aleja de los fastos tradicionales del cine de reconstrucción histórica y adopta ropajes modestos, en los que no obstante se le presta atención a cierta estética intimista y natural, si bien con una contención apagada, sin especiales muestras de vibración expresiva. Una estética ligeramente contemplativa, si se quiere, que quedaría así aparejada al ritmo narrativo de la función. Porque lo cierto es que Garth Davis confunde profundidad, gravedad o introspección psicológica con languidez.

Desde el drama de liberación y encuentro de María Magdalena, pobre o torpemente planteado, la obra va encadenando secuencias mohínas, bañadas de una especie de afectada pesadumbre, de luz y vigor mortecinos. Entiendo que pretende ser uno de los sellos de personalidad de la película. La consecuencia de esta mal entendida o mal tratada solemnidad es que se despoja de fuerza y por último de emoción al principal rasgo de identidad de la película, la idea original que contiene su fondo: la constitución de este punto de vista insólito, femenino, desde el que aproximarse al mensaje y la pasión de Cristo.

           A través de los ojos de Rooney Mara, Davis intenta transmitir esta sensibilidad de mujer, compasiva y fiel, capaz de ver al hombre en su grandeza y su fragilidad y de comprender el mensaje de amor de sus palabras, sus actos y sus silencios; contrapuesta aquí al estricto pragmatismo de Pedro o al fervor irracional de Judas -quien, una vez más, ofrece una atractiva perspectiva del asunto-. Por si hay hombres en la sala, la interpretación que se realiza desde este sexto sentido femenino se explicitará en el debate-resumen final.

La intención puede ser sugerente; sus resultados, menos. El relato no encuentra el equilibrio entre la plasmación de esta mirada diferencial de María Magdalena y la reconstrucción de los hechos evangélicos conocidos -y cientos de veces filmados-, aquí protagonizados por un Joaquin Phoenix que puede parecer una extraña elección de cásting debido al particular carácter del actor pero que, a decir verdad, termina por aportar el único punto de sorpresa y carisma propio a este nuevo Jesús, a ratos alucinado, a ratos tierno, a ratos abatido.

Hay escenas que consiguen esta confluencia, como el aislamiento de ambos entre la masa del Templo de Jerusalén, pero si las tribulaciones de ella no funcionan de arranque, los encuentros íntimos entre María Magdalena y Jesús tampoco alcanzan intensidad de ningún tipo; ni religiosa, ni dramática, ni romántica. Algunos, de hecho, son sonrojantes, caso de la pueril confesión acerca de los ojos cerrados. Luego, de la curación de la bizquera, mejor no hablar.

           Por cerrar con el tema del feminismo en Hollywood, el estreno de María Magdalena se vería afectado por las acusaciones vertidas contra el productor de la cinta y nombre propio de la protesta #MeToo, Harvey Weinstein.

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Nota IMDB: 5,9.

Nota FilmAffinity: 6,1.

Nota del blog: 5.

El insulto

27 Nov

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Año: 2017.

Director: Ziad Doueiri.

Reparto: Adel Karam, Kamel El Basha, Rita Hayek, Christine Choueiri, Camille Salameh, Diamand Bou Abboud, Julia Kassar, Georges Daoud.

Tráiler

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         A pesar de ser una producción libanesa, y de que además repasa las cicatrices recientes del país levantino, buena parte del contenido de El insulto es extrapolable a España -y supongo que a unos cuantos países más-.

En primer lugar, por su indagación en la presencia cotidiana de la heterofobia -el racismo, la xenofobia, el clasismo…-, problema rampante en la corriente de reconcentración nacionalista que se erige en tendencia dentro de la política mundial contemporánea. Y, en segundo, por su reivindicación de la importancia de la memoria histórica como herramienta con la que sanar las heridas abiertas del pasado, en contra de argumentos interesados o como poco incompetentemente ingenuos acerca de la conveniencia de no remover unas aguas ilusoriamente calmadas -afirmación que en el caso español, no por casualidad, suele proceder de sectores desde los que con frecuencia también se defiende la no eliminación de los homenajes del callejero y los monumentos públicos al franquismo por considerarlos simples y neutros recordatorios de la Historia-.

         A través del enfrentamiento personal, judicial y políticosocial entre sus dos antagonistas -un libanés cristiano y un palestino refugiado en el país, mutuamente agraviados-, El insulto transita de una dimensión a la otra pasando de lo íntimo a lo colectivo, de lo prosaico a lo simbólico, de la calle a la nación. En ambas, el guion captura las falacias habituales, henchidas de demagogia, ignorancia y cerrilismo, que campan a sus anchas, esta vez sí indiferentes a las fronteras. No obstante, su mensaje de contrarréplica, comprometido y bienintencionado, que engarza sometiendo literalmente a juicio la cuestión, tampoco destaca en complejidad y matices.

El libreto apuesta por abordar el conflicto desde el prisma individual y emocional, apelando a los sentimientos de los personajes -dignidad, orgullo, rencor, empatía, redención…- e, identificados con ellos, a los de la propia platea, objetivo para el cual emplea de cuando en cuando, a modo de refuerzo, algún efectismo o algún subrayado evidente.

A la par de los ciertos tópicos dramáticos que se vislumbran en el texto, la realización formal del francolibanés Ziad Doueiri -otrora asistente de cámara de Quentin Tarantino– es convencional, correcta en el mejor de los casos, con un buen manejo del pulso narrativo e interpretaciones entonadas, aunque menos afortunada en el empleo de recursos como la banda sonora, bastante avejentada.

         Pero, sea como fuere, El insulto, instructiva sobre un conflicto aparentemente lejano y antiguo pero terriblemente reconocible y actual, se hace fuerte en la potencia de su discurso conciliador, basado en la exploración, el reconocimiento y el intento de resolución de un pasado problemático y común; así como en su reflejo del poder de la palabra y su uso de uno u otro modo, al nivel que sea, en un escenario tremendamente volátil.

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Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 6.

El reino de los cielos

6 Oct

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Año: 2005.

Director: Ridley Scott.

Reparto: Orlando Bloom, Eva Green, Liam Neeson, Marton Csokas, Edward Norton, David Thewlis, Jeremy Irons, Brendan Gleeson, Alexander Siddig, Ghassan Massoud, Kevin McKidd, Michael Sheen, Martin Hancock, Nathalie CoxNikolaj Coster-Waldau, Iain Glen.

Tráiler

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         Durante la primera década del siglo XXI, las superproducciones de entretenimiento de Hollywood aparecían atravesadas por el trauma que supusieron los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001. Esto se percibe principalmente en la emulación de las imágenes del terror experimentado -la profanación del hogar por un enemigo indetectable, el desplome de los edificios, las huidas desconcertadas entre nubes de polvo…-, pero también, de manera más solapada, en el argumento de filmes como El reino de los cielos, una aproximación a las aventuras de las cruzadas que se lee en clave contemporánea.

En su interacción entre Occidente y Oriente, en su discurso acerca del respeto entre culturas por encima del enquistamiento de dramas históricos heredados, El reino de los cielos dialoga con un presente que, en la fecha del estreno, se encontraba ya inmerso en la invasión estadounidense de Irak como (presunta) represalia a la amenaza del yihadismo global, nuevo oponente destinado a devolver al escenario geopolítico internacional a la polaridad de la Guerra Fría apenas clausurada una década atrás -un escenario sobre el que el director Ridley Scott y el guionista William Monahan reincidirán tres años después en Red de mentiras-. Por seguir con la premisa inicial, El reino de los cielos es la antítesis de la violenta y racista visión que arroja 300, un año posterior.

         El protagonista del filme, que en su tosca y tópica construcción psicológica mezcla los remordimientos familiares junto con un idealismo propio del Príncipe Valiente, se embarca rumbo a Jerusalén para sumergirse en la lucha dual y eterna del ser humano, entre las corrientes destructoras y las corrientes constructoras que anidan en la especie. Esto es, el enfrentamiento entre el Bien y el Mal -eso sí, no repartido entre rivales maniqueos- aplicado a una escala épica, pero humana, no fantástica.

De ahí que, en consonancia de nuevo con esta conexión analítica con los conflictos actuales, se observe con escepticismo todo lo relacionado con el sentimiento religioso. No obstante, sí se puede percibir en la imagen el peso de una noción de divinidad -igualadora, distanciada de las cuitas humanas-, que se manifestaría en los cielos prodigiosos y de exaltado cromatismo pictórico que plasma Scott, en la sobrecogedora monumentalidad de los paisajes desérticos o en algún plano cenital que convierte a los combatientes enzarzados en una masa uniforme de entes insignificantes.

También dentro de esta construcción alegórica puede incluirse la misma idea del reino de los cielos -otra concepción utópica y metafórica, la de erigir el reino de Dios sobre la Tierra- como tierra prometida y de las oportunidades, semejante en sus valores al sueño americano e igualmente acechado por la iniquidad de los villanos materialistas o fanáticos.

         Aparte del poderoso e interesante empleo del escenario natural y los colores de la fotografía, de los notables movimientos de masas y del solvente rodaje de las batallas -contrapuesto por otro lado a la insistencia en el uso del ralentí como marca de la casa del cineasta-, el asunto es que este planteamiento está desarrollado de forma plana e ingenua, con un relato disperso en su extenso metraje -suele advertirse de que la versión del director, que lleva a la función a superar las tres horas, ofrece una narración más sólida, aunque todo lo que puedo decir con el recuerdo lejanísimo del montaje estrenado en cines es que no agrava ninguno de sus defectos-. 

Asimismo, el interés decae por momentos debido a la escasa entidad de su personaje principal, alrededor del cual se difuminan unas circunstancias con potencial de aprovechamiento. Además, es harto difícil sostener una película así sobre los hombros de Orlando Bloom, tan inexpresivo como falto de carisma. No hay más que compararlo con la presencia de su partenaire romántica, la francesa Eva Green, o con alguno de los eficientes secundarios que dan lustre al reparto.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota del blog: 5,5.

Máquina de guerra

20 Sep

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Año: 2017.

Director: David Michôd.

Reparto: Brad Pitt, Anthony Hayes, John Magaro, Anthony Michael Hall, Emory Cohen, Topher Grace, Daniel Betts, Aymen Handouchi, RJ Cyler, Alan Ruck, Nicholas Jones, Will Poulter, Lakeith Stanfield, Scoot McNairy, Meg Tilly, Ben Kingsley, Griffin Dunne, Tilda Swinton, Russell Crowe.

Tráiler

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         La dualidad del cine. Desde ¡Armas al hombro! del genio Charles Chaplin, el séptimo arte lleva clamando contra el absurdo de la guerra a la vez que otras producciones ensalzan la épica del servicio a la patria, exaltan la emoción del combate en este u otros tiempos, o perpetran propaganda belicista directa o indirecta. Patton, por ejemplo, puede pasar bien como un retrato comprensivo y veladamente satírico de un alto mando anacrónico y pintoresco, o bien por una reconstrucción de la Segunda Guerra Mundial fascinada por la cosmovisión y el punto de vista de ese personaje, un poeta-guerrero homérico. Valga como dato que, al parecer, Richard Nixon encontró inspiración en el biopic para decidir el refuerzo de la ofensiva estadounidense en Vietnam

         Inspirado por el megalómano y lenguaraz general Stanley McChrystal, el general Glen McMahon de Máquina de guerra (Brad Pitt, puro y excesivo cartoon) juega a ser George Patton en una Guerra de Afganistán tan ridícula como insalvable. El filme se basa en el libro The Operators, de Michael Hastings, y su lectura del contexto marcial en suelo afgano, así como de los resortes que accionan la política internacional de los Estados Unidos -especialmente en su faceta bélica-, no es en absoluto ambigua, sino denodadamente crítica. La primera imagen del país norteamericano lo encuadra en la cara oscura del planeta, a lo que le sigue un plano de un váter. Sin embargo, un tanto roma en su expresión visual y entumecida en el tempo cómico, el principal potencial argumentativo de la película proviene del discurso, esencialmente de la extensa voz en off.

         De este modo, Máquina de guerra arroja violentas andanadas contra la misión estadounidense en Afganistán y, por extensión, contra su presunta lucha frente a la amenaza terrorista global, la dicotomía que, desde los atentados del 11 de septiembre de 2001, sustituye a la caduca polarización global de la ya agotada Guerra Fría en este cuento de nunca acabar. Pero inserta estas interesantes y pertinentes reflexiones dentro de una obra con una poco lograda vis cómica y descompensada en la construcción del hilo argumental, en los tiempos narrativos de la misma y en el empleo de los personajes, con una galería de secundarios bastante difusos en comparación con la presencia invasiva de McMahon.

Las encomiables intenciones del director y guionista, el australiano David Michôd, se ven mermadas por este desequilibrio de base, que ralentiza demasiado el despliegue ofensivo, ralentiza el ataque y rebaja su efectividad corrosiva, aquella que detrás del humor debería dejar vislumbrar el perturbador horror.

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Nota IMDB: 6,1.

Nota FilmAffinity: 5,1.

Nota del blog: 6.

La última tentación de Cristo

21 Ago

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Año: 1988.

Director: Martin Scorsese.

Reparto: Willem Dafoe, Harvey Keitel, Barbara Hersey, Victor Argo, Michael Been, John Lurie, Leo Burmester, Peggy Gormley, Randy Danson, Tomas Arana, Harry Dean Stanton, David Bowie, Irvin KershnerVerna Bloom.

Tráiler

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          Me divierte pensar qué habría sido de La última tentación de Cristo en esta era de la indignación con altavoces públicos y polémicas de masas. Ya entonces, a finales de los ochenta, fueron sonadas las manifestaciones contra la película en unos cuantos países, y sin necesidad de que ardieran las redes. Sí ardieron, literalmente, tres cines en París y Besançon, incendiados por católicos fundamentalistas. Un calificativo de “blasfema” por parte del papa Juan Pablo II bien avalaba la crispación de los sectores más intransigentes del cristianismo. No obstante, qué obra religiosa no termina por sublevar los ánimos de algún alma piadosa, de una u otra manera…

En La última tentación de Cristo, Jesús aparece desnudo integralmente. Desnudo en cuerpo, pero sobre todo en espíritu, que es la obsesión que compartían el autor de la novela original, el griego Nikos Kazantzakis, y los cineastas Martin Scorsese y Paul Schrader, dos hombres que siempre han dividido su existencia entre las tentaciones de la carne y la inquietud por las represiones de una influencia religiosa ineludible; por el pecado, la culpa y la redención. De hecho, Scorsese suele describir la década de los ochenta como una especie de calvario artístico en el que debió reinventar su carrera. Resucitarla moralmente tras un rosario de encargos movidos por las necesidades materiales fruto del vicio, por así decirlo. Y la moral individual y humana, más que de la fe religiosa, es la preocupación desde la que Kazantzakis aborda sus reflexiones acerca de la figura de Cristo, que ya eran evidentes en otro texto alegórico de su pluma y adaptado anteriormente a la gran pantalla: El que debe morir.

          De entre la dualidad divina y humana de Jesús, La última tentación de Cristo escoge esta última. Se desprende de los textos evangélicos y va un paso más allá del Cristo quijotesco, terrenal y comprometido de El evangelio según San Mateo, rodado por Pier Paolo Pasolini, ateo y comunista. La presencia de lo sobrehumano en el filme aparece solo para acuciar la fragilidad del proclamado Mesías, para zarandear sus dudas, para espolear sus miedos desesperados ante un sacrificio terrible y abusivo.

          Al igual que sucede en otras apropiaciones de esta figura trascendental como El evangelio según Jesucristo, la novela de José Saramago, dentro de la irregularidad de su narración, La última tentación de Cristo destaca cuanto más se separa del relato bíblico y de cualquier incursión teológica. Esto es, cuando el Nazareno abraza su naturaleza terrenal, próximo a las teorías del adopcionismo; cuando no aparece su rostro divino, iluminado de forma sobrenatural y estridente por el director, y de su boca no surgen citas literales de las Sagradas Escrituras. Cuando siente en su piel el calor del amor físico, afectivo, propio del reino temporal por el que se esfuerza en luchar Judas, aquí presentado en su vertiente reivindicativa como elemento decisivo en la tarea mesiánica y salvadora del hijo de Dios. Cuando se siente el peso de la cruz que carga -premonitoria, figurada o literalmente- a lo largo de todo el filme.

Este retrato terrenal redobla la fuerza de su mensaje. Lo acerca y lo hace comprensible y emocionante en su dolor existencialista, a la vez que reconoce el poder trascendental de las ideas -la conversación con Pablo-, la cual parece ser más hija del hombre -o cuanto menos de un sentimiento humanista- que de una deidad elevada por encima de los miserables mortales; una cuestión semejante a la indagada por obras como Ordet (La palabra).

          Scorsese captura con devoción esta Pasión interior y psicológica, en la que se mide la importancia de la carne en comparación con la búsqueda espiritual. Su entrega se muestra a través de una gramática generalmente contenida, de abundante plano subjetivo, que procura mirar a ras de ojos, en la intimidad de la experiencia personal -mística o vital- y no tanto en la proclamación de un discurso o la realización de unos actos providenciales.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 8.

Lawrence de Arabia

15 Ago

El hombre que mira la llama y contempla su destino. T.E. Lawrence, Lawrence de Arabia, el puzle, el enigma sin resolver. Para la sección de cine clásico de Bandeja de plata.

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