On the Road

7 May

Como los directores más cabezotas, procedo a publicar la versión extendida de la crítica literario-cinematográfica que hice para cinearchivo de En la carretera, obra de culto por excelencia. Esta no es más que la versión en bruto, la buena es la que aparece en aquella, con ambos textos compensados y resumidos. Pero bueno, como ya lo tenía escrito en largo, pues lo publico como desahogo. Como El rollo mecanografiado original que subtitula la última edición del inmortal relato de Jack Kerouac.

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“Ha honrado la vida.”

Epitafio de Jack Kerouac

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On the Road

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On the Road

Año: 2011.

Director: Walter Salles.

Reparto: Sam Riley, Garrett Hedlund, Kristen Stewart, Kirsten Dunst, Tom Sturridge, Viggo Mortensen, Amy Adams, Elizabeth Moss, Danny Morgan, Alice Braga, Steve Buscemi.

Tráiler

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            No recuerdo a ciencia cierta si En la carretera -en la versión clásica y no en la recientemente publicada transcripción del rollo original-, mantenía en su comienzo la errata “Conocí conocí a Dean Moriarty” (“I first met met Dean Moriarty”), calificada con gran fortuna por Howard Cunnell como “la evocación del sonido de un coche que arranca varias veces en falso antes de partir para un largo viaje”.

En cualquier caso, en su hasta ahora única adaptación cinematográfica, la primera frase de la obra maestra de Jack Kerouac, emblema –a su pesar, casi inintencionadamente- de la esa contestataria, frustrada y marginal generación beat que se desmarcaba de la sociedad norteamericana en triste tránsito del horror de la guerra a la paranoia de una paz gélida, aparece en con un pulido y pulcro “Conocí a Dean Moriarty”.

Un detalle significativo que sirve para extrapolar el resultado global del filme.

            Ofrecida en primer lugar a Marlon Brando por el propio autor y largamente acariciada después por Francis Ford Coppola, ostentador de sus derechos para la pantalla desde 1979, En el camino parecía sufrir el mismo malditismo que su autor.

            En cambio, las señales de su vigencia como obra universal -no solo restringida, como señalábamos, a la extinta generación beat, de cuya involuntaria paternidad el mismo Kerouac solía renegar-, quedaban palpables además de por la recurrencia del viaje iniciático como poderosa materia de creación, en la persistencia de En la carretera obra de culto, en el renacer del hipsterismo como influyente cultura urbana –con su correspondiente codificación comercial- y, en lo que respecta al cine, por la aparición de películas de éxito con elementos temáticos y tonales similares, con ejemplos recientes como Hacia rutas salvajes (Into the Wild). Incluso Allen Ginsberg, otro de los grandes profetas beat, estrenaba biopic en 2010 con el filme indie Howl, encarnado por James Franco, uno de los actores más in del momento.

De hecho, el escogido para dirigir la película, Walter Salles, triunfaba a nivel internacional hace no demasiado con uno de estos filmes, Diarios de motocicleta, la recreación de la odisea continental por Sudamérica en el que el estudiante argentino Ernesto Guevara tomaba conciencia para convertirse en el Ché, revolucionario global.

            Así las cosas, con la preocupante sensación de que la productora ha orientado más la publicitación del filme hacia la explotación del estrellazgo de Kristen Stewart, ídolo adolescente que afronta un papel más maduro en comparación con sus insulsos roles habituales –con topless incluido- en vez de intentar captar a los devotos seguidores del libro, On the Road se presenta como una película no del todo despreciable si bien, por otro lado, compone tan solo una pálida adaptación de su original en papel.

             Por fortuna, On the Road dista al menos de ser el producto prefabricado y con estética de la MTV que la promoción y la selección de elenco parecía aventurar.

En primer lugar, On the Road presenta un libreto respetuoso con la escritura de Kerouac –firmado por José Rivera, también guionista de Diarios de motocicleta– y que, en una decisión acertada en aras de acomodar el texto a una duración asequible –que, no obstante, alcanza los 150 minutos-, reduce el registro de personajes para centrarse en especial en el auténtico eje vertebrador del relato: la relación entre Jack Kerouac –en forma de su alter ego, Sal Paradise- y su admirado Neal Cassady –en su rebautización como Dean Moriarty-.

Siguiendo esta línea de fidelidad, el guion no esquiva las partes más controvertidas de la novela –drogas, sexo descarnado, homosexualidad, infidelidad,… ya superadas a estas alturas, no obstante (o no)-, ni rehúye su soterrado pesimismo, detalle minimizado por la ulterior mitificación de la aventura en pos de la libertad, del eterno movimiento en búsqueda de uno mismo de la obra.

En segundo lugar, la realización de Salles muestra ciertas virtudes, como la aceptable puesta en escena y la belleza del escenario natural y la fotografía –con cierta tendencia al esteticismo en la representación más epidérmica de las odiseas americanas de Kerouac y Cassady, todo sea dicho-, mientras que el joven reparto se muestra solvente –que no brillante- en su cometido, lo que atañe también a la criticada Stewart. Probablemente más bonitos y un tanto menos turbios, Sam Riley y Garrett Hedlund saben extraer cierta empatía de su interpretación, aunque sin alcanzar el extraordinario magnetismo de sus originales literarios y reales.

            Sin embargo, como se comentaba al comienzo, la citada corrección del “Conocí conocí a Dean Moriarty” es un síntoma revelador del principal defecto de On the Road: la falta de alma, el conservador exceso de planificación. Donde el relato de Kerouac caligrafiaba a golpe de máquina de escribir, a tumba abierta, las impetuosas, espontáneas y veloces formas del bop jazzístico, Salles ofrece una narración un tanto más plana y convencional, tendencia paralela al hecho de que el torrencial Neal Cassady quede convertido en un personaje más asequible, menos excesivo, pero a su vez mucho menos carismático.

Acaso por falta de atrevimiento o por haberse visto intimidado ante la presión -¿qué hubiera hecho en su lugar el hipersensible, detallista e independiente a ultranza Terrence Malick?-, Salles ha maquillado parte de las arrugas y cicatrices del libro y, con ello, ha difuminado su perturbadora vibración, ha rebajado su fuerza taciturna y evocadora, ha licuado el sangrante ardor de sus emociones. La principal damnificada es la relación de amistad platónica de sus protagonistas, un deterioro que se manifiesta de manera evidente en un tercio final que, a causa de la precipitación del cineasta brasileño por dar finiquito a la película, queda sin fuelle emocional alguno.

            On the Road no aburre pese a su abultado metraje y es agradable de ver, pero no respira con independencia del libro, lo que le hace un filme muy fácil de olvidar en comparación, ni tampoco agita las vísceras, ni conmueve. Incumple por tanto la pretensión fundamental e innegociable a la que aspiraba Kerouac. Y no hay peor acusación posible que se le achaque falta de vida a una película que recoge el legado de un desesperado canto a la vida por la vida.

 

Nota IMDB: 6,1.

Nota FilmAffinity: 5,4.

Nota del blog: 6.

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En la carretera

            Hay novelas que merecen ser disfrutadas en crudo, con su pureza sin rebajar, en su jugo natural, puesto que sus pelos, sus lunares, sus arrugas y sobre todo sus cicatrices forman una parte tan indisociable e indispensable de la misma como sus mejores hallazgos expresivos o su iluminación más trascendente. Redondean y completan su impulsiva genialidad.

En la carretera es una de ellas.

Por ello, la nueva edición publicada por Anagrama, transcripción del rollo mecanografiado original de Jack Kerouac, se presenta como un regalo imprescindible para todo aquel que quiera sumergirse en la idolatrada opus magna del pope literario de la generación beat. En sus páginas, Kerouac aún no ha concluido su transmutación en el soñador Sal Paradise, ni Neal Cassady se ha convertido en Dean Moriarty, auténtico protagonista de la obra, ni Allen Ginsberg en Carlo Marx  o William Burroughs en el viejo Bull Lee.

La autobiografía adquiere entonces cartas de verdadera autobiografía, sin dejar que el recuerdo edulcorado, la timidez, el remordimiento, la lealtad sentimental o las deudas de amistad limen unas asperezas o una explicitud que no debía ser alterada –especialmente sensible aquí en lo que respecta al cariz de la relación entre Cassady y Ginsberg y a alguna que otra alusión sexual-.

En la carretera merece pues ser descubierta así, en cueros, ya que se trata de un relato que emana como una espontánea reacción fisiológica de su autor, un impulso de su desencadenada vitalidad equiparable a respirar, comer, beber, colocarse, follar, enamorarse, desencantarse o explorar los límites de sus sentidos y de sus convicciones.

Pese a sus sarcásticas intenciones, no andaba desencaminado Truman Capote cuando calificó a la obra como “un ejercicio de mecanografía”. Esa transcripción natural, franca y audaz de sucesos y sensaciones es, en definitiva, otro medio con el que Kerouac festeja y homenajea la sacralidad de la vida.

            Es un lugar común acudir a la referencia del estatus de En la carretera como Biblia de esa ya mencionada generación beat, la reacción marginal, bohemia, taciturna y libérrima contra una sociedad estadounidense que saltaba del horror de la Segunda Guerra Mundial a las gélidas brasas de la paranoia de la  Guerra Fría, plasmadas en la codificación de unos estándares de vida muy concretos como única vía de entender y ejecutar –en sentido literal- la propia existencia.

Si bien es cierto que se podría encontrar su eco lejano en la situación social contemporánea, esta tópica alusión a una generación aprisionada en tiempos de esperanzas maltrechas prefigura una manera bastante restrictiva de entender una obra que, bien vale decirlo, es fundamentalmente la Biblia de un estado de ánimo que se perpetúa más allá de ese contexto concreto, más aún toda vez que el propio Kerouac rechazaba la paternidad –y muchos de los principios- de esos contestatarios beatniks.

En la carretera es en realidad la guía para esa edad universal de miedo, desorientación, ansiedad y decepción que toda persona atraviesa durante el difuso y traumático tránsito de la enérgica e ilusionada juventud a las promesas de grisura y desengaño que revisten la adultez.

Aunque es una afirmación triste –sensación que se extraería del mismo tono con el que Kerouac narra sus aventuras y desventuras, condenadas a ser dejadas atrás en el tiempo y la memoria-, quizás en relación con esta premisa inicial sea también válida la acusación de que  En la carretera no resiste bien las relecturas una vez superada una determinada fase vital.

            Sea como fuere, Kerouac reta al “todo fluye, nada permanece” de Heráclito para dejarse llevar por su extraordinaria sensibilidad y registrar a conciencia los dictados de sus entrañas, que claman desesperadamente por la vida. Kerouac reivindica entonces el derecho a continuar sorprendiéndose, a continuar derribando desafíos, a continuar experimentando sensaciones novedosas e insólitas por medio del viaje por carretera, a pecho descubierto, a lo largo y ancho de los vastos territorios de Norteamérica.

Un viaje que son cuatro en realidad, todos ellos parte del mismo impulso existencialista.

            El viaje es así símbolo y representación de la vida, concepto que se extiende a la conexión con el germen original de todo relato literario, una plasmación abstracta o literal de un viaje interno o externo.

En el caso de Kerouac, este viaje iniciático nace como pulsión irreprimible en un instante dominado por “la espantosa sensación de que todo había muerto”. Su conciencia despierta después del letargo de una vida -–sus menciones al pasado son escuetísimas a pesar de haber probado ya el infortunio de un matrimonio fracasado y el horror de la guerra-. Una llamada orgánica, como decíamos, que empuja a Kerouac a escapar de la amenaza castrante de lo convencional, de ‘lo que debe ser’ –las imposiciones de un estilo de vida que se citaban anteriormente-, para lanzarse a la carretera en una aventura a contracorriente corporeizada en la figura inspiradora y romántica de Neal Cassady, centro de gravedad, hilo conductor y cicerone improvisado a lo largo del camino de autodescubrimiento del protagonista.  

Cassady consume la existencia a tragos largos, sin filtros, prejuicios o inhibiciones, agarrándola con arrojo por las solapas y besándola en la boca con ardorosa pasión, sin pedir explicaciones, ni detenerse en sopesar las cosas superfluas que dominan una existencia ‘estándar’. Encarnación pura y torrencial de la vitalidad, Cassady posee el don de entusiasmarse. Sabio y santo desapercibido o despreciado en una sociedad de locos que se creen cuerdos. A priori excesivo y extenuante, de apariencia alocada y superficial, el estudio absorto y admirado de Kerouac es capaz de hacer partícipe al lector de la deshilachada clarividencia y la insospechada genialidad de su compañero de vivencias dentro del marco de un poderoso, sincero y conmovedor canto a la amistad.

Al lado de este Cassady profético, comienzo y final de la narración –desde el mítico I first met met Neal, la “evocación del sonido de un coche que arranca varias veces en falso antes de partir para un largo viaje”, según la feliz expresión de Howard Cunnell, hasta el pienso en Neal Cassady…-, Kerouac intenta encontrar su senda, su espacio particular. Dice no rechazar, sino desear, un estilo de vida tradicional con esposa, hijos y estabilidad económica a pesar de que, al mismo tiempo, demuestra un evidente desinterés o rechazo por los acomodos de la inmovilista y pacata sociedad estadounidense e investiga y experimenta con entusiasmo de antropólogo las diferentes perspectivas y costumbres del crisol de gentes que componen un país de aluvión: un escenario que se diría próximo y vulgarizado pero que es en realidad ignoto, intrigante e inabarcable, bullente de misterios y estímulos.

           Sin embargo, siguiendo el paralelismo entre viaje y vida, el periplo de Kerouac conforma un volátil maremágnum de emociones encontradas: excitación e irritación, ilusión y confusión, éxtasis y desencanto. En el final del camino no suele hallarse la felicidad anhelada. La imagen recurrente de la idealizada San Francisco choca de frente con su prosaica realidad, lo que confiere a la narración un poso de melancolía que, avanzando las páginas, cala en el espíritu del escritor y se aprecia como incurable a través del quebradizo lirismo elegíaco que impregna numerosos pasajes del texto.

Los sueños desaparecen para renovarse y volver a florecer en una nueva andadura en la carretera, cerrando así un ciclo inmutable.

No es casual que el descenso al México atávico, el recorrido último y el que más se acerca a las virtudes ideales de autenticidad, libertad, pureza y humanidad, sea también el más breve en su extensión.

            La prosa de Kerouac es en todo momento empática y consecuente con su desbordante sensibilidad. Es una prosa no pensada, sino sentida, que vibra al compás de las emociones, brinca en el tiempo, retrocede, avanza, siempre con frases cortas, rítmicas, impulsivas, chispeantes, desordenada pero coherente, como el bop que suena a todo volumen entre sus letras, captado y reproducido desde la enfebrecida percepción de sus briosos partícipes.

Es una narración en perpetuo movimiento, fluida, inexorable tanto para lo bueno como para lo malo.

Como puntual excepción, aparte de aquellas que revelan el halo de misticismo que sería constante en la literatura del autor, las etopeyas con las que se salpica el relato se reservan para indagar con intensidad en unos personajes que, en cierta manera, componen el retrato mismo del país. Kerouac revela gracias a ellas una incuestionable pericia para desnudar los resortes emocionales y las motivaciones –impuestas o naturales, legítimas o erradas- del alma de sus acompañantes, observados siempre con mirada delicada y comprensiva.

Es la habilidad intransferible de quien no desea cesar de maravillarse, de quien posee la imperiosa necesidad de descubrir constantemente algo –todo- a la vuelta de la esquina.

            “Ha honrado la vida”, el epitafio que reza la tumba de Jack Kerouac, no es sino la constatación de un sentir satisfecho. En la carretera es la obra que así lo atestigua.

2 comentarios to “On the Road”

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  1. “…la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes” (On the road) | Entre Castillo y Castroviejo -

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    […] resulta emocionante cuando vuelvo a encontrar la sombra de On the road en un anuncio, en la música o en el cine (independientemente de las odiosas comparaciones que puedan hacerse entre la película y la […]

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