Dog Pound (La perrera)

23 Jun

Reformatorios para la sección DVD de Cinearchivo.

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“Hay miles de maneras de contar una historia, pero el 99 % de las películas opta por hacerlo del modo más convencional.”

Brian de Palma

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Dog Pound (La perrera)

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Dog Pound (La perrera).

Año: 2010.

Director: Kim Chapiron.

Reparto: Adam Butcher, Shane Kippel, Mateo Morales, Slim Twig, Taylor Pouling, Lawrence Bayner.

Tráiler

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           Hay determinados géneros o subgéneros a los que uno se acerca con poca esperanza, de tan destrozados por la fórmula que están. El cine de reformatorios juveniles es uno de ellos. Como las películas carcelarias, a las que se encuentran estrechamente ligadas, el cine de reformatorios nace con un cierto sentido de crítica social. No hay símbolo comparable al de un adolescente incomprendido, vejado y enjaulado para expresar la decepción hacia una sociedad fallida a todos los niveles y por completo carente de futuro. Algo falla si hay que encerrar a un niño como a un animal. La inocencia original, corrompida por la contaminación de un entorno pútrido. Movimientos cinematográficos contestatarios hacia el conformismo social y artístico de su tiempo, como la Nouvelle Vague y el Free Cinema, legaron alguna de estas obras paradigmáticas del subgénero, como Los 400 golpes y La soledad del corredor de fondo, furibundas y conmovidas expresiones de rebeldía y decepción.

           Como el icónico Antoine Doinel y el Colin Smith de la segunda, el protagonista de Dog Pound (La perrera), también encontrará vallas ante su rostro como única respuesta de porvenir. Y, como aportación personal de los autores de la cinta, subrayadas con una paliza de brutalidad innecesaria y un tajante portazo en las narices. En Dog Pound es palmaria y reconocida –faltaría más- la influencia de la violencia enajenada y alienante de Escoria, el filme de Alan Clarke encargado por la BBC pero que finalmente, ante la censura de la cadena televisiva, se estrenaría solo en gran pantalla y bajo la restrictiva calificación X. Una agresividad destinada en buena medida a epatar al espectador y que se ha convertido en el denominador común en unas películas que acostumbran a sufrir en sus carnes, de manera especialmente pronunciada, el paso del tiempo, producto de la adaptación público general a este ensañamiento morboso cada vez más crudo y realista en su expresión formal –no tanto, quizás, en su contexto argumental, víctima de abundantes mitificaciones y leyendas precisamente inspiradas en el séptimo arte-. Ya se sabe, los funcionarios brutales, la paliza al recluso más débil, los abusos del cabecilla de la penitenciaría, las violaciones en el cuarto de duchas, los trapicheos, los códigos de silencio, la propia estratificación de poder de ese mundo en miniatura,… El proceso de estereotipación y degeneración aludido al comienzo del artículo.

           Sin embargo, el empleo de la violencia y la ira de Dog Pound es, al menos en un primer instante, menos impresionista que la de Escoria, más ajustada a una verosimilitud que por momentos se podría asemejar a la descripción documental de la vida cotidiana que experimentan los chavales de estos centros. Es refinada en su plasmación estética, con una banda sonora alejada de los cánones habituales para abrazar cierto estilo indie y una trama, por así decirlo, menos ‘peliculera’ de lo que uno podría pensar al leer la sinopsis de la función.

Por esta razón, sorprende y estimula la mesura con la que Dog Pound aborda en un principio el drama de tres jóvenes condenados por una sociedad que no se sabe a ciencia cierta si emplea los correccionales con ánimo de rehabilitación, como herramienta de venganza y retribución social ante los crímenes, o como simple depósito de desperdicios. Una punzante atmósfera y una credibilidad emocional –el nerviosismo, la tensión, el miedo, la adquisición de habilidades de convivencia en la hostilidad,…- que se obtiene con sobrada eficacia a pesar de que el retrato de caracteres que presenta Dog Pound tampoco destaca por su profundidad, en parte porque ciertos detalles se hurtan para favorecer en teoría la interpretación privada del espectador –los sociofamiliares orígenes del carismático Butch- y en parte porque el libreto no da para más, caso especial de Ángel, compuesto a partir de dos líneas sencillas –inmigrante latino con la familia demasiado preocupada en subsistir como para atender sus necesidades económicas y afectivos-. Aun así, siendo justos, también cabe imputarle algunos tantos a favor -el personaje de Davis, traficante de pastillas que podría formar parte de la patética cuadrilla de niñatos jugando a ser gángsters de Alpha Dog, luego atropellados por el mundo real-, concretados por un notable trabajo de dirección de actores.

           Ahora bien, la inexperiencia como escritores de Jeremie Delon y Kim Chapiron –a la sazón director de la cinta y con la cinta de terror Sheitan como único precedente en su historial- se materializa de forma manifiesta en un desenlace al que se llega por caminos del todo errados. Un giro de guion bastante primario y trapacero enciende la mecha de violencia hasta entonces contenida, lo que desencadena la retahíla de tópicos y clichés hasta entonces sabiamente esquivados. No solo contradice y destruye los logros obtenidos durante el metraje anterior, sino que desarma asimismo la descorazonadora sensación de desaliento que trataba de plasmar en la obra.

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Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota del blog: 5,5.

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