La caja de las sorpresas (The Wrong Box)

18 Jun

El primer dossier en español acerca del cineasta británico Bryan Forbes. Dentro de la primera entrega del mismo, The Wrong Box en Cinearchivo.

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“Dejé América porque mi relación con Angelina Jolie se estaba yendo al traste y echaba de menos cosas de Inglaterra, desde cosas simples como los olores cotidianos hasta cosas primordiales, como el humor británico.”

Johnny Lee Miller

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La caja de las sorpresas

(The Wrong Box)

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La caja de las sorpresas.

Año: 1966.

Director: Bryan Forbes.

Reparto: Michael Caine, Nanette Newman, John Mills, Ralph Richardson, Peter Cook, Dudley Moore, Wilfrid Lawson, Peter Sellers.

Tráiler

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            En un primer vistazo, el inicio de la carrera como director del británico Bryan Forbes, también actor y guionista desde tiempo antes, parece una insólita prueba de obstáculos impuesta por él mismo -con la bendición de un contrastado hombre de cine como Richard Attenborough en calidad de productor-. Su debut, Cuando el viento silba, es un drama infantil imbuido de un halo de realismo mágico. Su segunda película, La habitación con forma de L, responde a los parámetros del drama social, cortados con la influencia del floreciente Free Cinema que abogaba por unas creaciones realistas y comprometidas, por la crudeza en su mirada al presente y el futuro y por la decepción hacia la política y los valores nacionales. De ahí, Forbes saltaría a otro género, la intriga, con Plan siniestro. Su siguiente paso, King Rat, una obra de encargo, transitará el cine bélico. Travieso, inquieto, ambicioso y atrevido, La caja de sorpresas, estrenada en 1966 y también conocida por su título original, The Wrong Box, indica que lo que a continuación llamaba la atención exploradora del cineasta británico era la comedia, terreno en el que, no obstante, no concursaría con libreto propio, si no con uno firmado por los estadounidenses Larry Gelbart y Burt Shevelove –pareja artística que ese mismo año se apuntarían otra recordada comedia absurda de época, Golfus de Roma-.

            Sin embargo, por su estilo de humor y sus objetos de burla, resulta difícil no considerar a The Wrong Box una producción de genuino sabor británico. Porque no hay nadie como los británicos para reírse de los británicos. Enfundada en una apariencia de comedia victoriana, The Wrong Box es una farsa absurda que, en lo que a la sociedad inglesa se refiere, no deja títere con cabeza. Si los Angry Young Men del Free Cinema atentaba contra las convicciones cinematográficas, sociales y culturales de Imperio en ruinas con la verosimilitud descarnada a modo de granada de mano, The Wrong Box despelleja estos mismos principios aunque empleando métodos propios de la tortura china, como la pluma y las cosquillas. Hasta que la víctima, literalmente, se troncha de risa. Todos los tópicos nacionales se encuentran ahí, confundidos entre los personajes y las situaciones que propone el argumento: el pudoroso y puritano recato decimonónimo, el engolamiento teatral de los romances victorianos de la gran pantalla, el clasismo social idiosincrático, los desvalidos huérfanos dickensianos, la cordialidad de la campiña, la pomposa pedantería del académico y hombre de mundo británico, la legendaria tradición local de los estranguladores, destripadores y demás asesinos en serie. A propósito de esta indiscutible denominación de origen, comentaba en sus ácidas y entretenidas memorias Michael Caine, protagonista de la cinta, que The Wrong Box “es tan británica que tuvo muy buena acogida en todos los países menos en Gran Bretaña, donde fue un enorme fracaso. Supongo que se debió a que nos muestra exactamente como todo el mundo nos ve –tan excéntricos, simpáticos y correctos-, pero los británicos saben mejor que nadie que no son ninguna de esas cosas y ello les desazona”. Como decíamos, la disolución del otrora glorioso Imperio británico -dueño de las tres cuartas partes del mundo-, la destrucción material y moral producto de la Segunda Guerra Mundial, la miseria aparejada a los sempiternos desequilibrios sociales del país, la falta de certeza acerca del futuro y los profundos cambio sociales en curso traían a las islas vientos de desilusión y escepticismo. Forbes, por su parte, demostraría asimismo a lo largo de su carrera una admirable independencia de pensamiento y una notable conciencia crítica hacia su entorno –autonomía que, por cierto, también procurará aplicar en su heterogénea carrera en el arte-. Valgan aquí los ejemplos de las precedentes Cuando el viento silba y La habitación en forma de L. La primera, que describe con tono de fábula el encuentro de unos niños con un hombre al que creen Jesucristo en su Segunda Venida, es una cinta que habla de la influencia benefactora de los valores cristianos –o humanos, cabría decir-, pero no tanto de la religión –símbolo de la antinatural, deshumanizada e ignorante sociedad contemporánea, en definitiva-. En el caso de La habitación en forma de L, película acerca de una mujer embarazada y abandonada a la intemperie de un Londres hostil, el discurso moral de Forbes se ciñe también a unos principios humanitarios que poco o nada tiene que ver con las estrechas ligaduras de la mentalidad religiosa –la hipocresía sexual, el puritanismo del vecino músico–, ni, por el otro extremo, con el relativismo posmoderno -la ausencia de compromiso en la pareja, la perpetua presunción de los deseos de abortar de la fuerte y liberada protagonista-. Más aún, la visión del capitalismo no puede ser más desengañada y demoledora que la ofrecida por Las esposas de Stepford, despiadada sátira –con guion ajeno, eso sí- sobre los ideales de perfección promovidos y contagiados desde el American Way of Life, definición y descripción ideal de América y Europa dentro de la inefable dicotomía global producto de la Guerra Fría.

            Volviendo a la película, The Wrong Box es hija de su tiempo y se nota. El filme prolonga esa tradición humorística británica que conecta con algunas películas de la factoría Ealing al mismo tiempo que la bulliciosa revolución juvenil, estética, cultural y social del Londres de los sesenta se plasma en la ruptura de cualquier norma preestablecida -como sucede con una sociedad occidental que se acercaba a la revolución de los ideales y el amor libre-. Siguiendo esta premisa, los decorados victorianos de la calle Nash de la ciudad inglesa de Bath, escenario de centenares de producciones, se funden con unos intertítulos sacados del silente y adornados con colores ácidos, formas lisérgicas y mensajes alucinados. Un prólogo al que solo puede igualar en irreverencia una joya del humor negro como El quinteto de la muerte, se combina con influencias del teatro del absurdo y líneas de diálogo con una mordiente descomunal –“La vida es un fraude” o “Si uno no es de las clases dominantes, está obligado a acabar con ellas”, se oye afirmar a los personajes-.

            En todo caso, es este acercamiento tremendamente irrespetuoso a un asunto tan serio y grave como la muerte la principal baza humorística de The Wrong Box –esa caja errónea a la que alude el epígrafe es nada menos que un ataúd-. Así, la narración deja a su paso perlas cuya osadía y, por qué no, brutalidad sin cortapisas todavía son capaces de despertar sonoras carcajadas –con la irregularidad lógica causada por la diferencia de sensibilidad cómica que puede mostrar un filme absurdo de casi medio siglo de edad-. Este gozoso puñado de risas queda finamente engarzado a través de una trama que entremezcla una delirante intriga acerca de una tontina –rifa que se resuelve con la muerte de todos los participantes en ella menos uno- y los enredos amorosos entre Michael Caine, por entonces emergente actor a quien Forbes había conocido en el restaurante Pickwick -uno de los locales de moda en aquella época-, y Nanette Newman, esposa del director, una belleza de pestañas kilométricas y desmesurados ojos almendrados. Uno tiende a pensar que la mirada cínica y el rictus descreído de Michael Caine, pura esencia ‘cockney’, no es la más adecuada para interpretar a un amante atolondrado como el suyo, pero el apoyo en el reparto de actores con tantas horas de vuelo como Ralph Richardson o el desternillante Wilfrid Lawson, que solía comparecer al plató completamente alcoholizado, le arropa de forma tan excelente que el hecho no puede pasar más que desapercibido. Mención aparte, obviamente, merece la exhibición de vis cómica que, durante su breve aparición, regala Peter Sellers por medio de su extraviado doctor Pratt.

Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota del blog: 7.

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