Tag Archives: Sheriff

Un revólver solitario

12 May

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Año: 1956.

Director: Harry Horner.

Reparto: Anthony Quinn, Katy Jurado, Peter Whitney, Douglas Fowley, Whit Bissell.

Filme

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          Un hombre comparte su almuerzo con un perro callejero. Mira con desconfianza a los jinetes que se aproximan. “¿Quién es ese que está a las puertas de la taberna?”, pregunta el primero. “Solo un hombre. ¿A quién le importa?”, responde el otro.

Un revólver solitario explora el Oeste desde una perspectiva escéptica y agria, donde los mitos caen derribados por tipos que han aprendido a usar la pistola cinco años atrás y solo con el propósito de vengarse por unos hechos que ni siquiera se revelan, o que el propio finado ni siquiera parece recordar. Es un western donde el sheriff es un pobre diablo que carga con la placa a su pesar, donde los villanos crepusculares son tenderos ambiciosos y fanfarrones, y donde los pistoleros de ágiles muñecas solo aspiran a matarse ahogándose en whiskey. Un western donde el héroe, mexicano errante, naufraga entre la simplicidad, la timidez y la ebriedad, pues ni es pistolero ni es civil. Incluso aparecen ciertas alusiones temáticas a Los siete samuráis en el papel que desempeñan los aldeanos del villorrio decandente donde tiene lugar la acción, incapaces de afrontar sus miedos y desconfiados hacia quienes sí logran blandir un arma en su defensa.

          Lindante con la vertiente psicológica del género, en boga en la desquiciada década de los cincuenta -Katy Jurado bien lo sabía tras participar en la enseña de la corriente, Solo ante el peligro-, el de Un revolver solitario es, pues, un Oeste sumido en sombras de desencanto, desmitificación, amargura y desesperación. Después de la extraña presentación del protagonista, el linchamiento del sheriff lo confirma de la peor de las maneras con una escena de enorme agresividad por su sinrazón y por el patetismo de sus participantes.

          Película de serie B, el realizador de origen bohemio Harry Horner -padre del compositor James Horner y cuya carrera en el séptimo arte está más ligada al diseño de producción, cargo desde el que participa en otras obras turbulentas como El buscavidas o Danzad, danzad malditostraslada estas penumbras psicológicas al escenario ayudado por el director de fotografía Stanley Cortez, quien había creado un cuento expresionista con ellas en La noche del cazador. Un escenario que, además, filma generalmente mediante planos enteros y americanos.

          La estrechez de recursos y la distancia hacia los personajes confiere a la obra un aire un tanto estático o teatral. Un ambiente seco, hostil y aislante donde comparecen los conflictos internos de los personajes, relacionados también con estas sensaciones. El contrapunto lo ofrece el personaje de Jurado en un papel de mujer madura, fuerte y potencialmente redentora que, a pesar de esta solidez de base, posee una evolución un tanto más desdibujada. Aunque no es la mejor interpretación de Quinn, la bastedad, la ternura y la desorientación que despierta su rostro, sus gestos, su tozudez y su determinación, sustentan un argumento que en ocasiones echa en falta mayor firmeza narrativa, pues parece caer en redundancias y vacíos a pesar de sus breves 80 minutos de función.

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Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 5,7.

Nota del blog: 6,5.

Comanchería

7 Dic

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Año: 2016.

Director: David Mackenzie.

Reparto: Chris Pine, Jeff Bridges, Ben Foster, Gil Birmingham, Marin Ireland, John-Paul Howard.

Tráiler

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           Existe una cierta consciencia catastrófica a propósito de los efectos que, sobre los Estados Unidos, ha tenido la crisis económica oficializada en 2008; probablemente el acontecimiento más grave sufrido por el país norteamericano -y el mundo por extensión- durante el siglo en curso. En el cine, la Nueva Orleans arrasada por el huracán Katrina de Mátalos suavemente sería la representación más literal de este fenómeno. El fin del sueño y el despertar de pesadilla, la degradación del país de las oportunidades; una constante recurrente, por otro lado, en la ficción estadounidense, de aparición tan cíclica como las sucesivas debacles del sistema capitalista y sus posteriores regeneraciones -de hecho, siguiendo con el ejemplo, el filme de Andrew Dominik se basa en una novela de George V. Higgins publicada en 1970, en pleno desencanto tras el fracaso del idealismo de los contraculturales años sesenta-.

El escenario de Comanchería es todo polvo y ruinas, agonía y humillación; poblado de cartelones de crédito fácil que, como aves carroñeras, rondan el cadáver putrefacto de un pueblo caído en desgracia. Arroja prácticamente un territorio posbélico, asolado por una derrota en la que, esta vez, el papel de los indios desterrados de su hogar lo encarnarán los lugareños blancos que desde entonces dominaban la pradera; mientras que el rol del invasor, ataviado ahora con traje ejecutivo y atildados modales comerciales, queda en manos de las entidades bancarias, quesaquean hasta el último terrón de tierra disponible a través de hipotecas inversas y otras artimañas equiparables al contrabando de alcohol y las mantas infectadas de viruela de aquellas viejas guerras contra el piel roja.

           El título original del filme -conservado curiosamente para su distribución en España- explicita la filiación westerniana de la obra, que recorre en sus fotogramas la iconografía material -el forajido, el sheriff, el arma de fuego, la llanura libre, las manadas errantes- e inmaterial -los códigos éticos inquebrantables, la poética estoica, el duelo personal como forma de dirimir el conflicto- idiosincrásica del género.

En ocasiones, en su insistencia en la revisión y acumulación de símbolos de una época perdida, Comanchería se asemeja a un paseo melancólico por el museo de Historia del Oeste, en el que su aliento doloridamente terminal queda un tanto exagerado si se tiene en cuenta que el western asumió ya su propia crepuscularidad hace más de cincuenta años.

           Es en este punto de nostalgia irreparable donde el argumento del filme se apoya para rebelarse contra el presente, proclamando así un mensaje de orgullo que sirve tanto para alzarse contra el ultraliberalismo convertido en bandolerismo de guante blanco, como para reclamar el ‘Make America Great Again’ que enarbolaba en su campaña por la presidencia de los Estados Unidos el republicano Donald Trump -percibido por muchos electores como el verdadero candidato antisistema frente a los protegidos de Wall Street-, y mediante el cual el  magnate conservador invocaba a los valores fundacionales del país.

Ese credo que, en Comanchería, también representan los dos hermanos protagonistas, quienes deciden renunciar a las leyes de un sistema corrompido para, desde su iniciativa individual -la cual responde tan solo a su conciencia particular, su noción del Bien y el Mal y la relación de esta hacia su objetivo-, resolver la injusticia pagando al malhechor con su misma moneda. Esto es, asaltando bancos para saldar la deuda con los bancos. Combatir la anarquía amoral desde la anarquía presuntamente moral. Por ello, uno no sabe si se enfrenta a un círculo histórico irrompible, destinado a reproducirse una y otra vez, o a una espiral de constante depredación desregulada.

           Comanchería propone en definitiva una relectura contemporánea del romántico Jesse James y su hermano Frank que, irreductibles, asaltaban a la compañía ferroviaria que extorsionaba sin piedad a los pioneros de los territorios vírgenes, de acuerdo con la escritura para la leyenda que efectuaban dípticos como Tierra de audaces y La venganza de Frank James -un ente expoliador supraindividual, no lo olvidemos, tras la que se guarecía el Estado, la gran figura opresiva en el imaginario colectivo estadounidense-. “La pistola es la única ley que protege a los pobres”, sentenciaban en la segunda.

De igual manera, el obsoleto marshall que emprende la caza del hombre, botas en lo alto de la balaustrada y pesaroso fatalismo en la mirada, podría considerarse una reencarnación del pensativo Wyatt Earp de Pasión de los fuertes, con un toque de cinismo desencantado sustituyendo al taciturno ensimismamiento del original.

           En cualquier caso, el guion de Comanchería es inteligente, y cuestiona constantemente a sus antihéroes, sus acciones e incluso la propia visión novelera del Viejo Oeste que plantea la obra, sin que ello perjudique la carga de lirismo elegíaco que baña un relato que se sabe herido de muerte.

Es más, consigue que se convierta en una película con sabor y personalidad autónoma, desarrollada por personajes con cuerpo y carisma, y que por tanto no quede reducida una simple y vacía imitación de unas constantes antiguas, en lamentable desuso.

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Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 7,5.

Los malvados de Firecreek

26 Nov

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Año: 1968.

Director: Vincent McEveety.

Reparto: James Stewart, Henry Fonda, Inger Stevens, Gary Lockwood, Dean Jagger, Ed Begley, Jay C. Flippen, Jack Elam, James Best, Barbara Luna, Brooke Bundy, Robert Porter, Jacqueline Scott.

Tráiler

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            Si una cinta merecía que los distribuidores españoles la renombrasen como Infierno de cobardes, esa era Los malvados de Firecreek. Seña de identidad del western psicológico donde se adscribe, el filme podría pasar por otra variación de Solo ante el peligro -quintaesencia del subgénero- en su exposición de una violencia que no se produce tanto de forma física, sino sobre todo moral; más terrible en sus consecuencias y más perceptible por un espectador que, despojado de la ficticia fantasía del cine del Oeste, corre el riesgo de encontrarse en los fotogramas con su propio y crudo reflejo.

            Este nuevo antisheriff que protagoniza la obra –un ‘shariff’ de hecho, debido a un expresivo error ortográfico- profundiza en el enfrentamiento del estereotipo y del constructo histórico contra sus naturales flaquezas humanas. En consecuencia, el apacible pueblecito donde transcurre la acción se revela como un pudridero de cobardes y tullidos emocionales, y en el que la irrupción de un grupo de villanos tan solo es la excusa que destapa la miseria del lugar. Desde los más apocados hasta los más terribles, todos los personajes que concurren en Los malvados de Firecreek ocultan algo, ya sea una sombra del pasado, desencanto rampante, melancolía terminal, remordimientos insospechados, vicios inconfesables, codicia corruptora o simple estupidez.

Paradójicamente, las dos caras de esta dudosa moneda, encargados de personificar el enfrentamiento entre opuestos semejantes, son una pareja de actores ejemplares, cada uno a su manera encarnación de los valores ideales del país: James Stewart, representación del estadounidense medio que interpreta a un sheriff honorario atormentado por la disyuntiva entre la obligación y el temor, y Henry Fonda, sublimación del idealismo comprometido que aborda aquí a un pistolero a sueldo que atraviesa un doloroso vacío existencial, consciente de su anacronismo y de su caducidad en marcha –balazo incluido en forma de anticipo-.

            Afín al carácter de ambos, y a pesar de puntuales pero significativas intromisiones –la estética descuidada de los forajidos, la presencia de Jack Elam entre ellos, algún rasgo de agresiva fisicidad en la violencia-, el estilo visual de la producción parece procedente de otra época, ignorante bien por incapacidad, bien por testarudez de los cambios que había atravesado ya el western hasta quedar irreconocible por la vía de la crepuscularidad visceral, el realismo contestatario o la caricatura exótica.

            La violencia y la tensión del argumento, decíamos, es implosiva y palpita a través de estos sentimientos exacerbados, donde atruena el combate entre el deber ético y la pusilanimidad de superviviente. La humillación y la dignidad, la renuncia y la culpa; tan reconocibles y paladeables para cualquier ser humano. No hay aquí un John Wayne que tenga claro a quién disparar para arrancar de raíz el presunto o el potencial Mal que acecha a las buenas gentes, como tampoco aparece un Lee Marvin que materialice esta iniquidad abstracta que merece ser aniquilada sin perder el sueño.

Los malvados de Firecreek padece otro de los rasgos idiosincrásicos del western psicológico: la tendencia discursiva del relato, evidente en algunos diálogos que caen en la verbalización evidente de unos conceptos que ya retumbaban con descomunal fuerza en el interior del espectador. Mensajes que, además, siempre ofrecen la tentación de medirlos con el contexto histórico exterior a la sala de cine, en este caso a unos Estados Unidos envueltos en una tremebunda crisis de identidad donde el comienzo del fin del verano del amor anunciaba una turbia pesadilla que amenazaba la salud de las libertades sociales y democráticas de la nación, hundida además en una guerra en Vietnam cada vez más sanguinolenta e inexcusable. ¿Es así la obra una llamada en contra de esa inacción bélica, disfrazada de pacifismo, frente a los despiadados malvados que amenazan este mundo antagónico de la Guerra Fría? Quizás pudiera leerse de esta manera.

            De un modo u otro, la película conserva pasajes dotados de una intensidad admirable, hasta la explosión de unos personajes que tratan con ira de sacudirse su patetismo, probablemente en vano y con independencia del desenlace al que conduzcan sus decisiones.

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Nota IMDB: 6,8.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 7,5.

Cut Bank

28 Mar

Cut Bank: un thriller que apunta a farsa de tintes coenianos para la sección de estrenos en dvd de Cinearchivo.

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No es país para viejos

15 Jun

“La diferencia entre la comedia y la tragedia es que en la comedia sus personajes encuentran la forma de sobreponerse a la tragedia.”

Woody Allen

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No es país para viejos

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No es país para viejos

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Año: 2007.

Directores: Joel Coen, Ethan Coen.

Reparto: Tommy Lee Jones, Javier Bardem, Josh Brolin, Woody Harrelson, Kelly Macdonald, Garret Dillahunt, Tess Harper.

Filme

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            El absurdo no entiende de códigos ni de clímax, ni respeta los mitos románticos, puesto que son infundados y él es despiadadamente real –o cuanto menos, desoladoramente verosímil-. No entiende de costumbres y procedimientos literarios o cinematográficos, puesto que el absurdo va a su aire, armado de nihilismo para completar su misión de destruir sin miramientos cualquier certeza a la que el hombre, o el público expectante, pretenda agarrarse en su anhelo de otorgarle al menos una pizca de tranquilizador sentido al caos más absoluto.

            Sobre los insondables pliegues que recubren su rostro, salvaguardados inútilmente tras dos solemnes bolsas de piel, los viejos ojos del sheriff Tom Bell (Tommy Lee Jones) escrutan la Texas fronteriza y no encuentra sentido a lo que ven. Hombre de moral intachable y anacrónica, nostálgico en su imperturbable pose de sereno justiciero del Salvaje Oeste y en sus constantes elegías a los tiempos y los héroes perdidos, ya nadie comprende sus rústicas parábolas que cree cargadas de sensatez, como él, en correspondencia, no comprende el mundo que le rodea, asolado por villanos fugitivos de toda razón.

De igual manera, el soldador jubilado Llewelyn Moss (Josh Brolin), pobre diablo enredado en una trama criminal que le supera, corretea de un lado a otro del estado de la estrella solitaria zarandeado por los caprichos del azar, que según le plazca puede convertirle en un millonario como indistintamente puede arrojarlo a hostias contra la cuneta para ejecutarlo fríamente, sin motivos personales.

Y entre medias, como agente del Destino irracional –hasta que éste así lo quiera-, Anton Chigurh (Javier Bardem) sigue el rastro de Moss para demostrarle de forma práctica, pistola para sacrificar ganado mediante, la idea de que cada uno de nosotros vive atado a la rueda de tortura de la Fortuna, pendiente de un hilo con el que juega despreocupada una Suerte ajena a méritos morales o reglas de conducta personal.

            No es país para viejos no toma como inspiración la obra de un cualquiera, sino que parte de la prosa apocalíptica y de resonante trascendencia de Cormac McCarthy. Pero los hermanos Coen tampoco son cualquiera y, desde su labor como adaptadores, atraen hacia su propio terreno de juego los conceptos que retumban en las profundidades del texto. El individuo común sometido a los empujones de unos acontecimientos que no consigue desentrañar y que exceden en mucho sus capacidades; la imposibilidad de rebelarse y de plantarse derecho contra un cosmos tiranizado por el sinsentido; el acoso y derribo de la mitología nacional como risible falacia.

            Inmersos en una atmósfera enrarecida, de sorda inquietud, rayana en pesadilla lúcida y apacible –lo que incluye que los actos de mayor violencia queden fuera de campo, o inusualmente alejados del punto de vista de la cámara-, desde el primero hasta el último de los personajes se hallan sometidos a la característica e irónica crueldad de los hermanos, entregados a conciencia en su rol de perversos sicarios del nihilismo. Su realidad, por tanto, es la misma que sufren los arquetipos noir de Sangre fácil que en verdad vivían en una comedia y no se daban cuenta; el entrañable Nota de El gran Lebowski, refugiado a duras penas en los bolos, los Creedence y los rusos blancos; el Ed Crane que nunca estuvo allí y quien solo deseaba ser tintorero en seco; el Larry Gopnik de Un tipo serio, que no encuentra la paz ni en el cumplimiento ni en la transgresión de las leyes de un Dios burlón, o en las andanzas sin rumbo del cantautor Llewyn Davis, atrapado por el eterno retorno de la estupidez.

Y, como ellos, el espectador palpa los fotogramas en busca de un asidero al que aferrarse. Pero no lo hay. Al caos eterno, insistimos, le traen sin cuidado las convenciones narrativas. El relato transcurre críptico y en tensa calma, como en duermevela, e instigado por la presencia amenazadora de Chigurh, uno de los monstruos más recordados de las últimas décadas, hasta desencadenar los peores temores que acechaban la tranquilidad mental del sheriff Bell, desorientado y abrumado en un país que no es para viejos. Estamos solos y desprotegidos en medio de una nada hostil y patética.

            En una decisión que resulta insólita conociendo los cánones de la Academia, No es país para viejos obtendría los Óscar a Mejor película, Mejor director, Mejor guion adaptado y Mejor actor secundario para Bardem.

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Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 8,1.

Nota del blog: 9.

Cometieron dos errores

10 Ago

“Si hiciera siempre caso a la gente, seguiría haciendo películas del Oeste en Italia.”

Clint Eastwood

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Cometieron dos errores

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Cometieron dos errores.

Año: 1968.

Director: Ted Post.

Reparto: Clint Eastwood, Pat Hingle, Inger Stevens, Ed Begley, Bruce Dern, Ben Johnson.

Filme

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            Como el típico amigo que se va de puente a Roma, Clint Eastwood retornó a casa desde Italia trayendo como regalo un puñado de spaghetti.

Le costaría trabajo a Eastwood deshacerse de su sombre vaquero y su astroso poncho en su regreso a Hollywood. Su primer filme de nuevo en América sería Cometieron dos errores, que bebe de las contagiosas influencias del western de Sergio Leone y de algunos rasgos de sus personajes prototípicos, si bien eliminando sus puntuales pinceladas caricaturescas. En este caso, destaca esa marcada propensión al uso del revolver como herramienta para solucionar sus cuitas –justificado aquí por su amoralidad y la necesidad de venganza-, así como su aura fantasmagórica –el pistolero que resurge de entre los muertos, prototipo que retomará en sus posteriores incursiones como realizador-.

            Es decir, que Cometieron dos errores, una cinta impulsada financieramente en parte por la recién fundada productora del actor, Malpaso, conforma un vehículo de lucimiento destinado a promocionar y explotar la estrella de Eastwood en los Estados Unidos. Así las cosas, el filme no deja de ser una obra modesta, encomendada a un limitado pero funcional artesano televisivo, Ted Post, quien había dirigido al intérprete californiano en algunos episodios de la serie Cuero crudo.

No obstante, dentro de su categoría, Cometieron dos errores aún encuentra algún elemento de interés en la particular relación del protagonista con la violencia, la venganza y el perdón –en una secuencia que enorgullecería a los rebeldes del movimiento hippie en curso, el personaje de Eastwood, asqueado por las ejecuciones públicas, decide evitar su contemplación encamándose con una prostituta-.

            A su manera, la película describe la progresiva conquista de la justicia pública frente a la justicia personal que se produce tanto en las fronteras del Oeste como, de forma paralela, en el interior del protagonista. De este modo, el argumento termina por componer una especie de sorprendente alegato contra la pena de muerte, inusual en un territorio, el western, donde la ejecución del villano es una simple formalidad resuelta con la mayor sencillez y, por lo general, ausencia de énfasis.

El Oeste de Cometieron dos errores ya posee la inmundicia física y moral del spaghetti, aunque no alcance su tono en ocasiones farsesco. La mugre que se apodera de los rostros es una extensión de la ambigüedad ética de los personajes, representada por un cruento juez, Adam Fenton (Pat Hingle), con una idea muy particular de la Justicia. Inspirado por una figura legendaria de Isaac Parker, conocido como ‘el juez de la horca’, Fenton tan solo se sitúa un escalón por encima del delirante Roy Bean, cantinero y magistrado autoinvestido en la Texas salvaje.

También adopta la cierta tosquedad italiana, manifiesta en un montaje algo brusco, con tropiezos en la continuidad y algún que otro detalle de escasa elegancia formal, además de en piezas del guion como ese romance encastrado.

            El decepcionado desenlace aporta otro interesante punto de lectura a una obra menor aunque con más dobleces de las que a priori se diría.

 

Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 6,5.

Cazador de forajidos

16 Feb

“El western es el género más popular, y otorga más libertad que los otros para poner en escena todo tipo de pasiones y acciones violentas. Creo que es también el género que envejece de forma menos rápida, porque resulta esencialmente primitivo. No tiene ninguna regla y todo es posible. De él, sobre todo, surge la leyenda, y es la leyenda lo que ofrece un cine mejor, lo que excita la imaginación”.

Anthony Mann

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Cazador de forajidos

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Cazador de forajidos.

Año: 1957.

Director: Anthony Mann.

Reparto: Henry Fonda, Anthony Perkins, Michel Ray, Betsy Palmer, Neville Brand, John McIntire, Mary Webster, Lee Van Cleef, Peter Baldwin, Howard Petrie.

Tráiler

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            Un forastero llega a un villorrio arrastrando tras de sí el olor de la muerte, ante la horrorizada mirada de los lugareños.

            Henry Fonda, una de las más fieles encarnaciones de la dignidad sobre la pantalla de cine, se encuentra aquí en el papel de un frío cazarrecompensas enfrentado contra un Oeste que ha dejado de ser salvaje al menos en su apariencia externa. Su Morgan Hickman de Cazador de forajidos se presenta con una impasible amoralidad que bien podría servir de antecedente para el anónimo pistolero de Clint Eastwood de Por un puñado de dólares o, en definitiva, para los oscuros tintes que impregnarán el western crepuscular y el western sucio. Es un hombre que ha reducido la justicia y la muerte -todo uno en las arenas del western-, a simple medio de vida. A negocio, mercancía.

No obstante, se trata de una pose impostada, construida para defenderse contra los agrios y dolorosos embates de la hipocresía que domina la sociedad supuestamente civilizada –principalmente por el impulso de los poderes económicos-, ávida de justicia limpia pero cobarde e insolidaria a la hora de hacerla valer –se reproducen aquí los ecos de Solo ante el peligro, alegoría del mccarthismo y abanderada del western psicológico-.

Una conducta hermética, renegada y descreída aunque en perpetuo desacuerdo con su naturaleza sentimental y con los desafíos de su presente, a través de los cuales se descubrirá su condición de llaga ardiente, mal cicatrizada.

            Cazador de forajidos escudriña la figura del sheriff en su calidad de corporeización de la justicia, con el añadido de que, en este contexto del western, es además el depositario de la potestad privilegiada, y ahora exclusiva, de ejercer la violencia amparado en la legislación de su cargo, cuyos márgenes quedan libres al albur de quien lo ejerza y, por esta misma razón, vulnerables de ser secuestrados y corrompidos.

            El escaso presupuesto no es obstáculo para que Cazador de forajidos junte a uno de los grandes realizadores de western de la historia del cine, Anthony Mann, a un guionista de relumbrón como Dudley Nichols, hombre de confianza de John Ford, una estrella rutilante, Henry Fonda, y otra emergente, Anthony Perkins.

Su comienzo es magistral. Mann imparte lecciones de claridad y concisión expositiva con la citada aparición del protagonista, la perfecta definición del resto de personajes y las relaciones con las que chocan entre ellos –los roles de maestro y alumno con el inexperto y provisional sheriff, la conexión sentimental entre seres igualmente marginales, desarraigados y heridos, el conflicto con el convulso entorno-. La composición de la atmósfera cabalga a la par, a pesar de cierto subrayado verbal: asfixiante, crispada por una potente mezcla de racismo y violencia, con la sombra de la muerte cernida sobre la historia y la realidad de los individuos. Es capital el empleo del silencio, arma primordial con la que el cineasta descerraja la tensión sobre la escena.

            En cambio, el desarrollo del relato transita lugares más conocidos, lo que confiere cierta previsibilidad a la trama y rebaja la turbulenta densidad dramática de la obra. Aun así, Cazador de forajidos mantiene una estimable solidez, afirmada por el firme pulso narrativo de Mann, y consigue legar de nuevo imponentes escenas cargadas de electricidad.

 

Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 8.

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