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High Flying Bird

17 Abr

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Año: 2019.

Director: Steven Soderbergh.

Reparto: André Holland, Zazie Beetz, Melvin Gregg, Sonja Sohn, Kyle MacLachlan, Bill Duke, Jeryl Prescott, Justin Hurtt-Dunkley, Zachary Quinto, Caleb McLaughlin, Bobbi A. Bordley.

Tráiler

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          “La gran mayoría de traspasos ocurren por motivos financieros, con el objetivo de liberar espacio salarial para próximas temporadas y hacer honor a la frase: Esto es un negocio. Está claro que la dinámica de traspasos es diferente en ambos casos. En Europa, un traspaso implica un acuerdo entre dos clubes, además del consentimiento del jugador. En la NBA, los traspasos es un tema que compete únicamente a las franquicias sin que el jugador tenga, teóricamente, ni voz ni voto”, explicaba Pau Gasol sobre la rescisión de su contrato con San Antonio Spurs fuera del mercado de fichajes.

El deporte de élite en los Estados Unidos es la expresión del modelo capitalista sobre el que se asienta su sistema económico, social e incluso ideológico -y que ya hace amagos de expandirse al modelo que rige el deporte rey de Europa, el fútbol, a través del insistente planteamiento de una superliga continental prácticamente exclusiva para las grandes potencias, muchas de ellas convertidas en el juguete a tiempo real del propietario millonario de turno-. Películas y series ambientadas en las bambalinas del béisbol, el fútbol americano o el baloncesto –Moneyball, Un domingo cualquiera, Una mala jugada, Ballers…- son el reflejo de que la competición despiadada se libra realmente en los despachos de los tiburones que manejan los distintos poderes que vertebran este show que, como dice el dicho, siempre debe continuar.

          En la NBA, el cierre patronal -lockout- de 2011 por las negociaciones del convenio colectivo se podría medir en términos deportivos -la supresión de la pretemporada y la reconfiguración de una temporada regular que arrancó con tres meses de retraso y tuvo que prescindir de 16 partidos-, pero también financieros -pérdidas de unos 400 millones de dólares para propietarios y jugadores, que en el caso de los deportistas se tradujo en una media de 220.000 dólares por persona, amén de la destrucción de 400 empleos directamente vinculados a la organización de la liga y los equipos-. Muchos de los baloncestistas terminaron emigrando temporalmente a escuadras europeas para capear el temporal. Aunque enfrentados a los magnates al frente de las franquicias y en apuros por la congelación de sus ingresos, no eran la parte más débil de la cadena, como se puede apreciar.

High Flying Bird encuadra su argumento en un ficticio lockout, el cual se aborda desde la mirada protagonista del agente de una empresa de representación de jugadores con el agua al cuello y, además, con remordimientos de conciencia por la tragedia de un primo y representado que se las tuvo que ver con el lado oscuro del éxito. Este es el enfoque que adopta Steven Soderbergh, a través del libreto de Tarell Alvin McCraneyoscarizado junto a Barry Jenkins por el guion adaptado de Moonlight-, para realizar una áspera crítica al ultraliberalismo que domina la sociedad estadounidense, siempre verticalmente -los escalafones de privilegio por el estatus económico, la clase social, la raza…-.

Los paralelismos entre los efectos del lockout y la devastación producida por la crisis económica de 2008 saltan a la vista, y el filme los retrata recorriendo pasillos, juntas de reunión, oficinas y otros lugares de negocio, por lo que sus semejanzas se trazan no con el cine deportivo, por supuesto, sino con dramatizaciones en torno a la recesión tipo Margin Call o La gran apuesta, con el añadido de que, en esta última, también se trataba de ganar por la mano a un sistema legalmente amañado.

          Curiosamente, al igual que en Perturbada, Soderbergh escoge herramientas ultralivianas y baratas para rodar la cinta: un iPhone, que bien puede mover con un trípode y una silla de ruedas, como hacían los kamikazes de la Nouvelle Vague con las cámaras ligeras a pie de calle y los carritos de la compra. Al mismo tiempo, la movilidad del equipo le permite exhibir recursos estéticos elaborados, como los trávelings.

De hecho, a High Flying Bird puede que incuso le sobre atención al detalle de estilo y en cambio le falte intensidad narrativa y emocional, dado que el conjunto posee esa frialdad que en ocasiones se puede achacar la filmografía del director de Atlanta. Se nota la rabia latente en el relato, aunque tampoco termina de aflorar en la maraña de encuentros, de idas y venidas, y de maniobras subterráneas. Pero, en especial, esa pasión vitalista por el juego, por la vocación, que invita a no perder para dar sentido a la existencia, no se percibe en modo alguno. La cólera del rebelde que apuesta todo por el valor de lo inmaterial, en contra de los poderes fácticos, no explota.

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Nota IMDB: 6,3.

Nota FilmAffinity: 5,2.

Nota del blog: 6.

Carne

1 Oct

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Año: 1932.

Director: John Ford.

Reparto: Wallace Beery, Karen Morley, Ricardo Cortez, Jean Hersholt, John Miljan, Herman Bing, Vince Barnett, Greta Meyer, Edward Brophy, Ward Bond.

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         En Barton Fink, el prestigioso novelista W.P. Mayhew, guionista a sueldo de las majors de Hollywood, ofrece (disperso) consejo al atribulado protagonista, bloqueado en su misión de redactar un libreto para una película de lucha libre protagonizada por Wallace Beery, mientras a su vez él mismo naufraga en un alcoholismo con el que mata el hastío y la infertilidad que le produce su cambio de arte. Los hermanos Joel y Ethan Coen, grandes aficionados a la referencia posmoderna, semejan hacer aquí una caricatura -con licencias- del nobel William Faulkner y su trabajo en la industria del cine, dado el parecido físico que con él guarda el actor John Mahoney y la coincidencia con su participación en Carne, una cinta ambientada en el mundillo del wrestling, dirigida por John Ford y protagonizada precisamente por Wallace Beery.

         En cierta manera -como también ocurre en otros casos como El delator-, y a pesar de su condición de encargo -del que incluso terminaría por suprimir su nombre en los créditos de realización- en Carne se diría que Ford le ha entregado el papel principal a uno de esos personajes secundarios tan habituales en su filmografía: sencillos y robustos tabernícolas propensos a la cogorza y a la pelea multitudinaria, que, con el humor de su perspectiva rudimentariamente vitalista, relajan las congojas heroicas o románticas de los líderes tradicionales de la función.

En su presentación ante el público, el gigante Polokai destroza con facilidad a su no menos gargantuesco rival de lucha libre ante el fervor de la concurrencia de un biergärten alemán, para después sumergirse jocosamente en el barril que emplea a modo de tina de baño mientras despacha de un par de tragos una jarra de cinco litros de cerveza y, a continuación, regresar a su trabajo como camarero en esa misma cantina, que atiende con similares modos de Hércules de pueblo.

         Pero Carne no es una comedia, sino un melodrama. Por así decirlo, está a medio camino de El ángel azul -quizás influye esa ascendencia germana- y King Kong, puesto que, al igual que en ambas, la caída y humillación del coloso amable la precipita una rubia, aquí una pícara estadounidense enredada en un tumultuoso romance con un truhán de su misma nacionalidad que camina constantemente entre el presidio y la estafa.

Cariñoso hacia sus criaturas, Ford matiza por tanto esta condición de femme fatale para retratar con elegante desgarro la personalidad confusa de una mujer atrapada en una trampa idéntica a la que ella tiende sobre el noble Polokai, un individuo al que Beery -que venía de ganar un Óscar por El campeón– sabe imprimir un carisma tremendamente entrañable, si bien su honestidad ejemplar termina por acusar esa naturaleza exageradamente ingenua y simplona.

         El triángulo no es solo amoroso, sino moral -y de tormento-. Correlacionado con una mirada crítica a esos Estados Unidos corrompidos por la avidez material del capitalismo -puede que haya un eco capriano en esa rebelión del tipo común frente al putrefacto sistema amañado que trata de someterlo-, este rasgo añade un leve punto de distinción a un relato que, a causa de la estereotipación formulística de sus mecanismos y la abundancia del diálogo propia del periodo e impropia de las mejores obras del cineasta, resulta inevitablemente previsible, por más que Ford aplique una textura de triste lirismo a las imágenes y dote de dinamismo a la narración y de nervio a la acción.

Con todo, Carne le serviría al autor para continuar madurando su talento para dotar al drama de ternura y de pinceladas de ese humor extemporáneo, tan blanco en su concepción como hondo en su sentido humano.

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Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 6,5.

El cabezazo

1 Ago

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Año: 1979.

Director: Jean-Jacques Annaud.

Reparto: Patrick Dewaere, France Dougnac, Jean Bouise, Paul Le Person, Michel Aumont, Maurice Barrier, Gérard Hernandez, Corinne Marchand, Michel Fortin, Bernard-Pierre Donnadieu, Robert Dalban, Dorothée Jemma.

Tráiler

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         En España, se conoce como ‘Ley Beckham‘ a una modificación del año 2005 de la Ley del impuesto sobre la renta ideada para reducir de manera ostensible la carga tributaria a la que el Estado somete a los altos patrimonios de los profesionales extranjeros establecidos en el país. Su dominio popular, como indica el apodo, proviene de su asociación con los multimillonarios fichajes de futbolistas ‘galácticos’, la cual generó también observaciones críticas en torno al grado de consentimiento social y político del que gozan las estrellas de este deporte. Aunque cabe decir que, obviamente, el cambio normativo no era más que un traje a medida para altos ejecutivos.

“Tenemos que ganar el domingo; el resto no me importa. Tengo que tratar con once imbéciles para calmar a 10.000”, advierte el presidente del pequeño club de fútbol de provincias alrededor del cual gira la comedia francesa El cabezazo, estrenada en 1979. Encarnación también de los poderes fácticos de la ciudad, dueño de la principal fábrica de la región y hombre de referencia en los asuntos locales, su procedimiento bien puede servir de ejemplo de esta consideración de favor que la sociedad reserva para sus héroes deportivos -para desconsuelo de los nostálgicos del “odio eterno al fútbol moderno”-… si bien siempre en beneficio último de los potentados.

         Con un libreto firmado por François Veber, El cabezazo, no obstante, tampoco centra su atención en esta dimensión crítica que, aunque a fin de cuentas termina siendo la parte más divertida -“¡se gana a través del odio!”-, quedará desplazada por lo que termina constituyendo una obra de humor cada vez más negro en el que el antihéroe protagonista se apoya en la fugacidad de este estatus privilegiado -obtenido mediante dos goles en un sorprendente partido de la Copa de Francia, inspirado por la hazaña del En Avant de Guingamp en esta competición en 1973- para descerrajar una enconada venganza hacia aquellos que, antes de este episodio, lo mantenían apartado en la marginalidad más absoluta. Esto es, un acto de rebeldía un tanto al modo de La soledad del corredor de fondo; una vendetta que recuerda igualmente a la que llevaba a cabo, de forma por completo involuntaria, el bonachón señor Pignon de La cena de los idiotas, otra obra de la pluma de Veber.

         En su desarrollo, El cabezazo posee unos macabros gags sobre violaciones expuestos con dudoso gusto y de resultados desconcertantes, pero que en cualquier caso anticipan la rabia furibunda hacia la que va tendiendo su desenlace, a cuyo punch cómico le pesan un tanto los años, embotando su filo humorístico en gran medida y que, reconozcámoslo, hacen de su protagonista un tipo bastante antipático.

Además, en su crescendo, el guion tampoco duda en dejar de prestar atención a detalles inverosímiles en los engranajes de fondo de la trama, si bien, por el contrario, destaca el realismo que al menos transmite el partido de fútbol -figura como asesor del filme el legendario Guy Roux y el encuentro lo disputan jugadores de su Auxerre y del Troyes-, un hecho no demasiado frecuente en el cine, dada la mala relación que guardan entre ellas estas dos pasiones de multitudes.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 5,5.

Galatasaray-Dépor (One Day in Europe)

10 Nov

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Año: 2005.

Director: Hannes Stöhr.

Reparto: Megan Gray, Lyudmila Tsevtkova, Andrey Sokolov, Luis Tosar, Florian Lukas, Erdan Yildiz, Péter Scherer, Miguel de Lira, Boris Arquier, Rachida Brakni.

Tráiler

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           No sé hasta qué punto es futbolero el alemán Hannes Stöhr, pero escoger al Galatasaray y al Deportivo de La Coruña para protagonizar una hipotética final de Champions League destinada a cristalizar en sí el sentimiento de unidad europeo, trasciende la alegoría geográfica –el extremo oriental del continente frente al confín occidental- para imbricarse en la estrictamente pasional. Aquella que, en concreto, surge de que el apodo que reciba familiarmente el equipo gallego sea el de ‘turcos’.

           Quizás la fortuna se alía de mejor manera que los cálculos intencionados para simbolizar un mensaje de pertenencia, solidaridad e identidad que, más de una década después del estreno, no cabe mirar sino con ternura, dada la deriva que ha tomado el proyecto común de Europa, reducido al cálculo contable como medida de funcionamiento, el resurgir nacionalista como reacción a la heterofobia renaciente entre vecinos y allegados, y la instrumentalización de un discurso político e ideológico en clave estrictamente economicista y de corte neoliberal.

           La misma blancura emocional –y por extensión política- se percibe en la serie de relatos que, a través de un esquema común –un robo, una investigación, una denuncia al seguro, la perturbación ensordecedora del fútbol-, recorren el Viejo Continente desde el estrecho del Bósforo hasta Finisterre, pasando por Moscú y Berlín. Desde el gol de Valerón hasta el de Hakan Şükür, perdiéndose en el horizonte por el camino de una eterna tanda de penaltis.

Son cuatro pequeñas historias que, con sus metáforas de fondo, cabalgan sobre los tópicos regionales, los prejuicios del desconocimiento, el leve y pintoresco costumbrismo, y una especie de celebración del encuentro desde las diferencias y las dificultades.

           Filmadas con academicismo –el estilo animado de la transición entre capítulos se aprecia además bastante envejecida-, ninguna de ellas posee gran recorrido argumental ni especial trascendencia analítica, más allá del objetivo global de recomponer con dulzura y amabilidad el puzle paneuropeo –hasta extremos improbables, como que un muchacho con la camiseta del Fenerbahçe cante los tantos del Cimbom-.

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Nota IMDB: 6,6.

Nota FilmAffinity: 5,4.

Nota del blog: 5,5.

Mike Bassett: England Manager

21 Oct

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Año: 2001.

Director: Steve Barron.

Reparto: Ricky Tomlyson, Amanda Redman, Bradley Walsh, Philip Jackson, Phill Jupitus, Dean Lennox Kelly, Robbie Gee, Geoff Bell, Martin Bashir, Pelé.

Tráiler

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           Desconfíen de los programas de telerrealidad en los que los famosos abren su vida cotidiana para mostrarse como uno de nosotros, simples plebeyos sin gloria ni millones. La esperanza de la humanidad se desvanecería definitivamente cuando viéramos a Superman sentado en el váter, luchando por evacuar el vientre. La realidad, insobornable destructora de fantasías e ilusiones, es uno de los elementos más corrosivos que existen. No hay apenas personalidades que resistan su embate demoledor; en especial en el cine, campo de sueños, la realidad sublimada. Incluso un superhéroe como el que protagonizaba Big Man Japan caía derrotado bajo sus mamporros, enguantados en una envoltura de falso documental. Pero no hace falta acudir a esta mitología contemporánea, patrimonio de la ficción, pues los dioses que habitan el día a día son otros que, por supuesto, resultan también susceptibles de perder su halo sobrehumano en esta misma batalla, decidida de antemano. Así lo probaba This is Spinal Tap, el mockumentary por excelencia, una cinta en la que se exponía a las claras cuán estúpidos podían ser los divos del rock. Mike Bassett: England Manager viene a confirmar la misma tesis sobre otro gremio endiosado, aunque paradójicamente menos cinematográfico: el de los futbolistas.

           Mike Bassett: England Manager recrea el ascenso a seleccionador inglés de un entrenador de provincias (Ricky Tomlyson), arrastrado por las circunstancias propias, la mezquindad ajena y la pobreza del fútbol de las islas. ‘Uno di noi’, ascendido al cargo que cada ciudadano lleva dentro, al menos en las conversaciones con sus cuñados, con sus amigotes en la barra del bar o en los comentarios de Marca. El deporte rey, pasión de multitudes, opio del pueblo, religión oficiosa, cuestión de estado; algo más importante que la vida o la muerte, que diría Bill Shankly, queda reducido de este modo a miserable carne de sátira.

           A medio camino entre el citado This is Spinal Tap y un episodio de Little Britain –literalmente, ya que la trama se rellena dificultosa e irregularmente hasta completar los casi 90 minutos que equivaldrían a un partido reglamentario-, el filme, dueño de un marcado carácter costumbrista, pasa revista a prototipos de futbolistas nativos –desde émulos de Vinnie Jones, ahora actor, hasta sosias de David Beckham-, a las rústicas maneras que los ingleses tienen de entender la filosofía de juego, al circo que rodea al espectáculo estrictamente deportivo –los tabloides, los hooligans- y, en consecuencia, a la sociedad que sustenta este fenómeno.

No tanto incisiva en su sátira cultural, que hubiera aportado un material de gran tonelaje ácido, Mike Bassett: England Manager es una película más centrada en la caricatura extensiva de personajes y atmósfera y, especialmente, en explotar la vis cómica de la histórica de un tipo corriente que se enfrenta a adversidades por encima de sus capacidades naturales.

Es decir, que, en paralelo a su vertiente sarcástica, la comedia juega paródicamente con los tópicos y estereotipos del cine deportivo, en concreto con las tramas de entrenadores carismáticos que, armando un equipo de despojos, alcanzan la gloria contra pronóstico y cumplen así, vicariamente, el sueño de épica para el que la mayoría de individuos cree que está destinado.

           Se trata por tanto de una línea temática ligera y un tanto superficial, algo repetitiva y localista, pero que ofrece asimismo puntos humorísticos simpaticones y contadas ideas de calado –la puerta de la sede del fútbol inglés dominada por los cubos de basura, el empleo de los versos de Rudyard Kipling, poeta del Imperio-. En el aspecto formal, la obra también se muestra inconstante en el uso de determinados recursos narrativos destinados a romper irónicamente la convencionalidad general –el formato de reportaje televisivo, la infografía-.

           Curiosamente transformado en héroe de culto debido a sus faltas humanas, el buen entrenador Bassett prolongaría su carrera con una serie de televisión y también estaba anunciada una secuela de sus aventuras, Mike Bassett: Interim Manager. No cabe duda que podría hallar nuevo material de inspiración en la realidad, que ofrece episodios superiores como el escándalo protagonizado por Sam Allardyce, de características no muy alejadas a este personaje. ‘Errare humanum est’.

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Nota IMDB: 6,8.

Nota FilmAffinity: 6,6. 

Nota del blog: 5,5.

Fuera de juego (Fever Pitch)

14 Nov

“Algunos creen que el fútbol es una cuestión de vida o muerte, pero es algo mucho, mucho más importante que eso.”

Bill Shankly

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Fuera de juego (Fever Pitch)

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Fuera de juego (Fever Pitch)

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Año: 1997.

Director: David Evans.

Reparto: Colin Firth, Ruth Gemmell, Luke Aikman, Mark Strong, Neil Pearson, Richard Claxton, Ken Stott, Holly Aird.

Tráiler

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            Fiebre en las gradas no es exactamente un libro feliz. O, mejor expresado, es un relato que termina dejando cierto poso de felicidad… pero a pesar de todo. En palabras del propio Nick Hornby, un obseso no es feliz con sus obsesiones. No le hacen sonreír, sino padecer. Y el retrato que Hornby hace de su relación con el Arsenal –ni siquiera con el fútbol-, es el retrato de una obsesión omnipresente y omnímoda.

Con el eje vertebral de su filiación con el equipo londinense, el escritor vuelca sus vísceras sobre el blanco y negro y, en consecuencia, de las páginas brota una colección de claroscuros en los que, en el mejor de los casos, el Arsenal ejerce de argamasa que repara las grietas de una familia desmoronada y que, a duras penas, recompone los fragmentos de un temperamento taciturno y proclive a la melancolía, rayano en la depresión constante. A su vez, el Arsenal de Hornby aparece como un agente envuelto en alargadas sombras, que construye una personalidad muy definida solo que, por decirlo así, a partir de su proyección en negativo, con filias y fobias desbocadas y asfixiantes, frustración inane y aislamiento generacional y social; traidor hacia los afectos profundos e incondicionales, catalizador de una descomposición moral, social y quizás hasta cultural experimentada desde la absorbente y aturdidora masa humana.

Pero, de ahí el regusto final tenuemente optimista, hasta sus proyecciones negativas pueden tornarse luminosas si se encuadran en el contexto apropiado. Ahí surgen el espíritu grupal, la capacidad de sobreponerse a la adversidad y volver a intentar lo imposible, el aprecio hacia la propia identidad, la conexión con el prójimo más elemental, el idealismo, la enriquecedora pasión de unas emociones exaltadas por la sorpresa y el júbilo.

            Un lustro después de su publicación en papel, Hornby, encargado de componer el libreto del filme Fuera de juego, lima las lacerantes asperezas y dulcifica el acre regusto de su relato autobiográfico para amoldarlo a las formas de la comedia romántica y, de esta manera, hacerlo más amigable hacia el espectador medio, que no tiene por qué compartir su monomanía y ni siquiera una afición comedida por el Arsenal –o como poco, por el fútbol-. Por fortuna, el cambio de tono no traiciona negligentemente el espíritu del original –el propio espíritu de Hornby, en definitiva- y, aunque con una carga íntima menos amarga y más humorística, plasma con rigor esos claroscuros que convierten al protagonista -aquí Paul (acertado Colin Firth)-, y a su equipo -por supuesto el Arsenal-, en todo uno, sin destartalarlos en una burda caricatura.

            Casi más que adaptar el libro, esta película inspirada en Fiebre en las gradas sabe asimilar el encuentro entre Paul y Sarah (Ruth Gemmell) al ritmo de un partido de fútbol, con sus ataques y sus contraataques, sus goleadas vergonzosas y sus arranques de épica inconsciente, sus variaciones en función del estado de ánimo y de forma física de los jugadores, sus rivalidades de amor y odio, y sus triunfos y derrotas. Es decir, al ciclotímico compás de la temporada 1988-89 en la que el Arsenal, en el último minuto del último partido, volvería a conquistar la First Division tras dieciocho largos años de travesía por el desierto.

La dirección de David Evans se limita a ser funcional, trufando la cinta de una banda sonora repleta de música, como cabría pensar en una obra surgida de la sensibilidad de Hornby –autor en este campo de la melanomanía de otro libro también llevado al cine, Alta fidelidad-, pero que deja una sensación de molesta convencionalidad en sus elecciones. No obstante, el encanto de la obra aguanta el tipo y ofrece un entretenimiento simpático, con genuino sabor futbolero.

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Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 7.

Garrincha. Estrella solitaria

18 Ago

“En el fútbol las interioridades deben de ser bastante más sórdidas de lo que aparentan.”

Gonzalo Suárez

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Garrincha. Estrella solitaria

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Garrincha, estrella solitaria

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Año: 2003.

Director: Milton Alencar Jr.

Reparto: André Gonçalves, Taís Araújo, Ana Couto, Alexandre Schumacher, Henrique Pires, Chico Díaz, Romeu Evaristo.

Tráiler

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            Garrincha, jugador de fútbol, cargaba en sus entrañas, al modo de los héroes trágicos de la mitología, con su genio y su condena. Sus piernas, desnutridas, desiguales y combadas, eran a su vez un puñal y un pincel imprevisible para los defensas, así como la expresión de un ser deformado a martillazos por las presiones del entorno y el destino. Perteneciente a una estirpe proscrita, la de los futbolistas que aman al fútbol por el fútbol, Garrincha, “la alegría del pueblo”, octavo mejor jugador de la historia -quizás injustamente oscurecido por el fenómeno deportivo y publicitario de Pelé-, nunca encontró la paz en su interior, por más que la buscara inútilmente en el fondo de una botella o en el vientre de una mujer. Su existencia, un combate agónico entre la luz y las tinieblas, se librará entre cetros mundiales, entre nostalgia de una libertad infantil y despreocupada, entre resplandecientes conquistas de papel cuché, entre soledad en medio de múltiples matrimonios y paternidades inconscientes, entre la propia ciclotimia de la sociedad brasileña despeñada en la dictadura militar y, en definitiva, entre una autodestrucción desorientada hacia la cirrosis y la miseria.

Nacido Manuel Francisco Dos Santos en Palo Grande, Brasil, la vida de Garrincha es fábula, gloria, fatalidad. En cambio, Garrincha. Estrella solitaria, equivale a transformar al mejor regateador de todos los tiempos en un tosco lateral carente de talento. Con mañas de telenovela, esta producción brasileña dirigida por Milton Alencar Jr. realiza un recorrido pedestre, tanto en el libreto como en la expresión visual del mismo, por la vida del extremo de Botafogo, escrita para deslumbrar refulgente como un fogonazo y, enseguida, desvanecerse doliente en la nada.

            Mientras es exhibido públicamente, viejo, cansado y desmoronado, envuelto en los brillos, la samba y el confeti del carnaval de Río de Janeiro, Garrincha (el insuficiente André Gonçalves) recrea con pastosa voz en off los principales episodios de su biografía, intermediados también por los recuerdos de sus allegados –el periodista Sandro Moreyra, el defensa Nilton Santos, su segunda esposa Iraci, la cantante Elza Soares, amante-. La colección de imágenes se desvía paulatinamente hacia una poco interesante historia de amor maldito con Soares (Taís Araújo) que cae en el folletín con fotografía vintage, incapaz de desprenderse por el contrario del estatismo en la puesta en escena, las declamaciones desgarradas y las actuaciones limitadas.

            Apuntes como la disociación entre realidad, memoria romantizada por el paso de los años y la pura leyenda creada por el influjo del astro quedan en la nada por la ausencia de imaginación de la producción, que se limita a volcar sobre los fotogramas el texto biográfico de Ruy Castro, sin asomo de la pasión, la chispa y el asombro que, por ejemplo, alberga una sola finta, tan moderna en su antigüedad, de Garrincha. Aquellas que, precisamente, asoman, sin rebajar, en las secuencias rescatadas del documental de 1963 Garrincha – Alegria do Povo, de Joaquim Pedro Andrade, con “el ángel de las piernas torcidas”, mágico y triste, en la cúspide de su fama.

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Nota IMDB: 5,3.

Nota FilmAffinity: 4,9.

Nota del blog: 2.

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