Mi hermosa lavandería

7 Mar

“La palabra paquistaní se convirtió en un insulto. Los británicos se quejaban sin cesar de que los paquistaníes no se integraban. Esto significaba que deseaban que los paquistaníes fueran exactamente igual a ellos, Pero, desde luego, incluso si lo hubieran sido los habrían rechazado.”

Hanif Kureishi

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Mi hermosa lavandería

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Mi hermosa lavandería.

Año: 1985.

Director: Stephen Frears.

Reparto: Gordon Warnecke, Daniel Day-Lewis, Saeed Jaffrey, Derrick BrancheRoshan Seth, Rita Wolf.

Tráiler

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            En la escena de presentación de Mi hermosa lavandería, un elegante hombre de negocios de orígenes paquistaníes –luego se conocerá que se trata uno de los personajes principales de la función- desaloja de una de las viviendas que forman parte de su pujante patrimonio a un grupúsculo de desarrapados punkis.

            El obsoleto concepto de lo británico, ya licuado y resbaladizo una vez finiquitadas las certidumbres del glorioso y extinto Imperio británico, queda aquí retratado en su irreparable decadencia gracias a esta simbólica subversión del tradicional escalafón étnico supremacista. En el filme, el hombre blanco aparecerá en el rol de empleado de rango inferior, de parásito interesado, de pura rémora dejada de la mano de Dios (y de la Dama de Hierro). En contraposición con el vetusto maremágnum de orgullo racial, disparidad religiosa, inamovibles clases sociales y sensibilidades políticas, Hanif Kureishi, hijo de paquistaní e inglesa nacido en el Londres suburbial, autor teatral y firmante aquí de su primer guion para largometraje, apostaba por la persona como única responsable de sus virtudes y sus defectos.

El thatcherismo, adalid del emprendimiento privado y del capitalismo como nuevo y exclusivo orden social, ampara en cierta manera esta idea. “En este país, todo se encuentra al alcance de la mano, solo hay que aprender a ordeñar el sistema”, reflexiona Nasser (Saeed Jaffrey), tío del protagonista y firme representante de la renovada clase media insular pese a (o a causa de) su extracción indostaní, próspero dueño de múltiples negocios –muchos de ellos frisando la ilegalidad- y encandilado por su aventura extramatrimonial con una británica de rancio abolengo. “Soy un hombre de negocios profesional, no un paquistaní profesional”, agregará más adelante para excusar cualquier transgresión contra los preceptos de su cultura natal, añorada solo a ratos como un paraíso distante y anecdótico en comparación con ese país extraño al que “nunca podremos considerar nuestro hogar”, repleto de gente “que siempre nos despreciará” y al que “amamos y odiamos”.

            El capitalismo como agente difuminador de las características raciales, religiosas y, cabe decir, morales –los trapicheos con la droga y los hurtos domésticos formarán parte de la actividad laboral de los personajes, sin apenas distinción respecto a otros procedimientos más honorables-. La reconciliación imposible entre Occidente y Oriente, entre colonizados y colonos, como cuestión relegada –que no secundaria, sino todavía tangible y explosiva-. El estatus y la tolerancia social –al menos fingida- como asunto de índole puramente financiera.

Surgen ecos de El padrino, la más perfecta expresión cinematográfica del proceso multicultural de construcción y transformación de una comunidad nacional y de la legitimación del apellido a través del progreso económico. “Creo en Inglaterra”, apuntilla Nasser en lo que parece ser un reflejo exacto de aquel “Creo en América” del enriquecido pero afrentado pastelero Bonasera con el que se oficiaba la apertura de la descomunal trilogía de los Corleone.

            Mi hermosa lavandería dirige su objetivo por un lado hacia el choque cultural entre las minorías residentes en Reino Unido y la población indígena blanca -depauperada por el proceso de desindustrialización y las privatizaciones emprendidas por el gobierno de Margaret Thatcher-, y por otro hacia el conflicto generacional en el seno de estas mismas familias de inmigrantes. Ambas, fuerzas propiciatorias de situaciones de desarraigo y marginación del individuo.

            La película muestra un colectivo desestructurado e insolidario, sumido en el desconcierto del cambio inapelable, de la falta de futuro como factor de conflicto y de la muerte definitiva de los ideales –el socialismo clásico queda representado por el padre de Omar, un anciano arrollado por las circunstancias sociopolíticas y que ahoga la depresión y el fracaso en una botella de vodka-. “Every man for himself”, “sálvese quien pueda”. Un concepto también muy acorde con el ideal thatcherista, con las líneas maestras del capitalismo. En cierto modo, prevalece en la familia de Omar un concepto patriarcal y gregario que, poco a poco, comienza a desgajarse un tanto debido a las rivalidades mercantiles intestinas y, sobre todo, por la presión de la mentalidad cambiante, influida o hibridada con las costumbres locales –“¡Odio las familias!”, exclamará la liberada hija de Nasser, quien desoye y desafía de continuo los mandatos de su progenitor-.

            En este contexto se encuadra el relato de Omar (Gordon Warnecke), un paquistaní de segunda generación, ejemplo meridiano de la descrita Gran Bretaña híbrida y mutante. Un chico que, huérfano de madre por causa indirecta de las tensiones de la evolución cultural del país, con su padre postrado por el alcoholismo y el desempleo y con nulas perspectivas de provenir, intenta de abrirse camino en el mundo de los pequeños negocios, lo que le llevará a regentar la lavandería que da título a la cinta.

Mi hermosa lavandería, concebida para su exhibición televisiva y sufragada en parte por el canal público Channel Four –paradójico, dado su pronunciado influjo crítico y de compromiso social-, se articula en torno a la relación amistosa, laboral y romántica entre Omar y su compañero de la infancia, Johnny (el emergente Daniel Day-Lewis), hijo por su lado de la desarticulada, vilipendiada y descarriada clase obrera.

No obstante, en la película prima el carácter de crónica de actualidad, con el esquema coral y multiangular que ello implica –y que el tándem formado por Stephen Frears y Hanif Kureishi prorrogará en Sammy y Rosie se lo montan-. De ahí la continua ida y venida de personajes en la escena y la miríada de vínculos interpersonales que se establecen en el desarrollo del relato –da la sensación de ser demasiado extensa, en vista de la confusión y la superficialidad que en ocasiones se apodera de la narración-, el cual evita incluso regodearse o dar más importancia de la que corresponde al tabú del amor gay entre sus protagonistas masculinos, a pesar de su enorme y manifiesto simbolismo -en su condición interracial, hecho casi igual de valeroso que su homosexualidad, su comunión en la secuencia final será la perfecta metáfora de la Gran Bretaña que se lava y despoja de su pasado y su presente para buscar nuevos caminos de entendimiento y felicidad-.

            Cabe reconocer que el filme, intencionalmente muy ligado a su época, ha sufrido un evidente desgaste con el paso tiempo. Por supuesto, no ayuda la desmañada realización de Frears -quien con ésta conseguiría el primer gran éxito de su estimable filmografía-, u otros detalles artísticos de menor relevancia como esa banda sonora tan ‘eighties’. Pero la principal razón es, precisamente, la naturaleza en exceso discursiva del guion de Kureishi, proclive a la verbalización meridiana y la sentencia explícita, aparte de la cierta confusión que reina en ocasiones en el tratamiento de unas relaciones entre personajes no siempre bien perfiladas y sometidas a giros de guion compuestos con aparente despreocupación o premura.

Aun con todo y ello, Mi hermosa lavandería permanece como un testimonio válido e interesante acerca de la realidad británica de la década de los ochenta y como una de las más reconocidas obras de un cine de temática situada a ras de suelo y de mirada afilada que aplicaba sin piedad su incisivo bisturí sobre los credos dictados por el longevo y poderoso gobierno conservador de Margaret Thatcher.

 

Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 6.

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3 comentarios to “Mi hermosa lavandería”

  1. antoniomartingarcia 7 marzo, 2014 a 17:57 #

    A mí la realización no me resulta desmañada, muy ochentera (eso sí) pero creo que refleja con acierto la sordidez del entorno marginal londinense, aunque quizás pudo sacar más partido a la historia de amor, en cuanto a intensidad se refiere.
    Por cierto, resulta muy curiosa la forma en que Daniel Day Lewis convenció a Frears para adjudicarse el papel protagonista: enviándole una carta en la que amenazaba con romperle las piernas.

    • elcriticoabulico 8 marzo, 2014 a 04:35 #

      Un método efectivo, a todas luces. Tomo nota para escribir algo por el estilo en los próximos currículos que tenga que mandar.

Trackbacks/Pingbacks

  1. Stephen Frears - MacGuffin007 - 11 septiembre, 2016

    […] a Frears para salir del anonimato artístico, alcanzando su primer éxito internacional con ‘Mi hermosa lavandería‘ (1985), un filme que contaba con el protagonismo de un joven Daniel […]

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