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Life Aquatic

18 Mar

“Me encanta la forma en la que escribe Wes Anderson. Me gusta mucho la manera que tiene de rodar, y me gusta ÉL. Me encanta la forma en la que trabaja y la pasión que pone en su vida. Es una lección para todos: coger lo se ama y trasladarlo de la forma en la que se vive consigue repartir amor por el mundo.”

Bill Murray

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Life Aquatic

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Life Aquatic.

Año: 2004.

Director: Wes Anderson.

Reparto: Bill Murray, Owen Wilson, Cate Blanchett, Anjelica Huston, Willem Dafoe, Jeff Goldblum, Michael Gambon, Seymour Cassel.

Tráiler

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            No cuesta imaginar a Wes Anderson como alguien que, a través de una ficción diseñada a medida, intenta proteger su inocencia infantil frente a una realidad exterior hostil y malencarada, ávida destructora de su bondadosa (y un tanto engreída) ingenuidad de buen salvaje. No por nada, el entusiasta y obcecado protagonista de Academia Rushmore poseía una carga autobiográfica en absoluto desdeñable.

            Confirmado oficialmente como una de las grandes promesas surgidas del cine indie de los noventa gracias a la nominación a mejor guion original por Los Tenenbaums. Una familia de genios -firmado junto a su amigo y colaborador Owen Wilson-, Wes Anderson buceaba en su universo naif, surreal y colorista en búsqueda de Steve Zissou, documentalista marino en franco declive, torturado por la sangrienta muerte de un fiel amigo durante su último proyecto y supuesto padre inesperado de un señor de Kentucky aparecido de improviso.

            En cierta escena, el atribulado Zissou (Bill Murray, encarnación del estoicismo) exclama “¡Es un documental! ¡Todo esto está sucediendo en realidad!” a propósito de una toma cochambrosa y desde el obvio decorado que constituye su estrafalaria fusión de submarino y barco científico. Con Life Aquatic, Anderson se sumerge el cine de aventuras pasado por el filtro de su particular sensibilidad de autor, lo que le sirve para componer un discurso acerca de las mentiras e imposturas que dominan la vida cotidiana, factores de alienación y desencanto ante los que conviene imperiosamente despertar y liberarse –aunque sea por medio de una caída por las escaleras, al igual que el protagonista-.

Son, en definitiva, fingimientos tan burdos como esos documentales atados a un guion tan repleto de dramatismos; tan patéticos como el caricaturesco Zissou, trasunto de Jacques Cousteau, naturalista estrella con desprecio por los animales y encantado de conocerse.

Códigos sociales y convenciones cinéfilas convertidas en traviesos y melancólicos juegos y peripecias -un tono lúdico que recuerda por cierto a los safaris del ¡Hatari! de Howard Hawks-, alrededor de los cuales se reúne una galería de personajes inmersos en una obra de teatro autoconsciente, escrita con fotogramas de radiantes colores sólidos, criaturas sorprendentes, tramas estrambóticas, versiones bossa-nova de David Bowie y abundante ‘product placement’. Sujetos que necesitan aferrarse imperiosamente a su punto de vista subjetivo de la existencia para sobrevivir a la deriva en esa indiferente, aséptica y cruel realidad que se cierne entorno a ellos. Lo existencial y lo metalingüístico quedan así entreverados de manera indisociable.

            El asunto es que, por momentos, uno no sabe si sentir ternura o, una vez empalagado por tanto infantilismo artificial y redicha reflexividad cinematográfica, ensayar una imitación de lo que hiciera Gene Hackman durante el rodaje de Los Tenenbaums, agarrar por las solapas a Anderson e instarle a que deje de creerse Peter Pan y se haga adulto de una maldita vez.

 

Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 6.

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