Harakiri (Seppuku)

3 Mar

“Tenía 18 años cuando vi Los siete samuráis. A los 30 segundos me di cuenta de que era una historia universal. Años después, leí el Bushido. Habla de muchas cosas por las que lucho en mi propia vida: lealtad, compasión, responsabilidad, la asunción de nuestra vida pasada,… Me fascinan los samuráis y su código.”

Tom Cruise

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Harakiri (Seppuku)

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Harakiri

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Año: 1962.

Director: Misaki Kobayashi.

Reparto: Tatsuya Nakadai, Rentarō Mikuni, Akira Ishihama, Shima Iwashita, Tetsurō Tanba, Ichiro Nakatami, Yoshiro Aoki.

Tráiler

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          Para el que suscribe, descreído y proclive a la independencia individualista, uno de los pilares más sorprendentes e inexplicables que dominan el folklore japonés –al menos en sus representaciones narrativas de la literatura y el cine- es el del estricto concepto del honor y la correspondiente caída en vergüenza, sobre todo ligadas a cuestiones como la servidumbre y el sacrificio hacia un colectivo que, en la mayoría de casos, queda representado en exclusiva por una figura de autoridad superior a la que se ha de obedecer ciegamente, hasta las últimas consecuencias. De ahí que rituales asociados al ‘arte de la guerra’ como el seppuku o los kamikazes me resulten más ridículos y deleznables que nobles o inspiradores.

Argumentos suficientes, en definitiva, para tener en gran estima el atrevimiento colérico y contestatario de Harakiri, un filme donde Misaki Kobayashi, enconado pacifista, pone en tela de juicio los códigos de honor del samurái, idealizados siempre por parte de corrientes culturales, políticas, nacionalistas o belicistas de dudosa catadura moral.

          Ambientada en el siglo XVII, un periodo de paz posterior a las sangrientas guerras civiles, Harakiri da comienzo cuando Tsugumo Hanshirō (Tatsuya Nakadai), un ronin útil para nada en la paz, acude al palacio del clan Iyi para solicitar un espacio adecuado donde practicarse el ritual del seppuku honradamente y, de este modo, poner fin a la miseria que le supone vivir sin amo. Desconfiado por los abundantes casos de extorsión basados en la piedad hacia suicidas fingidos, el señor de la casa (Rentarō Mikuni) le relata el terrible caso de Chijiiwa Motome (Akira Ishihama), otro ronin procedente del mismo clan extinto y que, descubierto en su engaño, fue forzado a abrirse las entrañas en el jardín sagrado de la residencia.

          A través de las diferentes capas temporales de la película –el diario que rememora la llegada de Tsugumo, a quien se le refiere el episodio precedente de Chijiiwa y quien luego, por su parte, recuerda la historia de su propia vida-, Harakiri profundiza en una devastadora e iconoclasta denuncia de la inutilidad de valores abominables como una noción de orgullo excluyente y una idea honor inquebrantable, torticeramente entendidos y nefastamente aplicados.

El filme comienza con un suicidio que, en realidad, es un asesinato despiadado y obsceno en el nombre de la tradición más irracional y barbárica. Pero no queda ahí su recorrido hacia el horror moral más atroz. Prolongando la estructura de flashbacks, gota a gota, con una infinita paciencia que exacerba la tensión de la cinta, la historia de Tsugumo delimita el contexto dramático desconocido que circundaba este capítulo de inicial. La exposición de esta desoladora tragedia privada agrega leña al fuego de una vergüenza limpiada de la forma más cobarde, deshonrosa e hipócrita por esa historia oficial que abre y cierra la obra, representada por el libro que cumple su papel de diario del clan y crónica histórica.

          El contraste entre la inocencia, bondad y belleza de Chijiiwa y la brutalidad de sus agresores integristas, armados con el látigo del poder y cínicos defensores de unos códigos morales y existenciales desfigurados a su antojo, recuerda a escarmientos ejemplarizantes como los que narraba Herman Melville en Billy Budd, donde la auténtica e inmaculada virtud era pisoteada por el odio puro de unos seres deformes e infectos. Un chivo expiatorio en el nombre de unos códigos morales reducidos al absurdo y la ignominia.

Por su parte, el veterano Tsugumo también ofrece un lacerante contraste el hieratismo del samurái, considerado honorable en su estoica espera de la muerte, frente a la calidez emotiva y aguda desesperación que emana durante el relato de sus desventuras, progresivamente envueltas en unas gélidas tinieblas que resaltan las sombras proyectadas por esos símbolos vacíos de su gloria y su desgracia.

          La cámara se desliza alucinada entre los pasillos del palacio, donde revela estancias pobladas por figuras tan muertas como la vetusta y vacía armadura que preside el sancta sanctorum del lugar. Al mismo tiempo, mediante suaves elipsis –más elegantes en sus movimientos que el puntual recurso del zoom-, se conecta pasado, presente y, tal y como explica la advertencia moralizante del protagonista, también futuro.

          Densa, desafiante en la tensa calma con la que desentraña sus dolorosos enigmas, Harakiri es un huracán necesario que, impelido por su profundo sentido humanista, todo dignidad, contribuye a erosionar el embaucador romanticismo desde el que, en ocasiones, la ficción abriga y nutre detestables principios a desterrar por la razón más elemental.

 

Nota IMDB: 8,6.

Nota FilmAffinity: 8,5.

Nota del blog: 9.

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2 comentarios to “Harakiri (Seppuku)”

  1. antoniomartingarcia 5 marzo, 2015 a 00:20 #

    Espero que la disfrutaras tanto como lo hice yo en su día, hace ahora aproximadamente un par de años. Hace unos meses me compré el dvd y estoy esperando el momento adecuado para volverla a degustar como se merece. Una película impresionante en todos sus apartados (guión, dirección, fotografia, interpretaciones…) y el mejor relato fílmico sobre samurais que he visto nunca.

    • elcriticoabulico 5 marzo, 2015 a 16:36 #

      Mucho. Aprecio esta desmitificación que el cine hace contra el cine (y otras artes).

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