Tag Archives: Siglo XVII

Dies Irae

23 Mar

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Año: 1943.

Director: Carl Theodor Dreyer.

Reparto: Lisbeth Movin, Thorkild Roose, Preben Lerdorff Rye, Anna Svierkier, Sigrid Neiiendam, Olaf Ussing, Albert Hoeberg.

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          En una Europa sumergida en el horror absoluto del nazismo, la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto, Carl Theodor Dreyer, exiliado en Suecia, rastrea el pasado del viejo continente y, con la intermediación de una pieza teatral preexistente, recupera otro episodio terrible, el de las cazas de brujas que se sucedieron a lo largo de los siglos, para reflexionar sobre la intolerancia, la hipocresía, la heterofobia y la paranoia que dominan la sociedad humana de ayer y hoy, por más que el autor danés -con unas razones probablemente fundadas que se empeñan a contradecir unas golosas analogías para un texto crítico- negase cualquier vinculación entre su filme y la situación de delaciones, secuestros y asesinatos en masa que, por entonces, tenía lugar en territorio ocupado, incluido su país de origen.

El argumento y las imágenes, a mi entender, tampoco comparten esta correlación entre procesos inquisitoriales, pero en cualquier caso Dies Irae percibe y captura una maldad que, atendiendo a la sobriedad cotidiana con la que se retrata la consecución de unas confesiones “voluntarias” y “buenas”, o cuanto menos a la aceptación social de estos tortuosos procedimientos judiciales, bien podría asimilarse a la industrialización funcionarial de la muerte perpetrada por sujetos como Adolf Eichmann.

          Ambientada en el siglo XVII, Dies Irae es una inmersión en las sombras, metafórica y literalmente. Como La pasión de Juana de Arco, es la crónica de un proceso de crueldad justificada por la religión. Y, de nuevo, se establece una colisión abrupta entre las emociones manifestadas en el rostro humano y la austeridad espartana del escenario, que las ensalza. Pero la nívea crudeza que enmarcaba las facciones de Maria Falconetti en los planos más célebres de aquella, entra aquí en contraste con las tinieblas que perturban la composición, destacan ademanes feroces o siniestros, y coartan parcialmente la expresión de los personajes o los sumergen en una inquietante ambigüedad. Incluso las escenas bucólicas y soleadas están condenadas a romperse por la aparición de un símbolo disruptor, como la leña destinada a alimentar la hoguera ejecutoria.

El trabajo con la iluminación y la sombra, prácticamente expresionista, resulta espectacular, sobrecogedor. Y afecta principalmente a dos mujeres capitales en el relato: Marte Herlofs (Anna Svierkier), acusada de tratos con el maligno, y Anne Pedersdotter (Lisbeth Movin), la joven esposa del reverendo, sobre la que sobrevuela una difusa herencia del mal. El conmovedor patetismo, la subversiva rabia y la desasosegante perversidad que alterna la gestualidad de Svierkier desencadena sensaciones encontradas e intensas, que se repiten con la posterior transformación de la segunda, condicionada por el prejuicio de quien la mira -los personajes, el espectador-. Aunque asimismo, es necesario reconocerlo, por la propia interpretación de Movin y sus ensayos de femme fatale.

          En esta línea, Dreyer plantea el conflicto y la tensión que deriva de él -la posesión íntima, la amenaza fatal- como una maldición que, en realidad, mana de cada individuo implicado en ella. Los personajes, pues, son apenas siluetas en manos o a ojos del otro, como parecen indicar escenas de estremecedora potencia visual como el encuentro de los amantes en los campos tras la tragedia. Marionetas sin capacidad sobre su propio destino, a merced de la iniquidad, la misericordia o el simple interés del prójimo. De un prójimo que, además, es masa. Por presumibles cuestiones de producción, pero con afortunado provecho expresivo, su presencia en la escena se reduce al tumulto, al ruido.

          La angustia latente medra a cuentagotas, fruto de una narración pausada hasta lo contemplativo, interesada no por la acción o, desde luego, por el morbo de lo escabroso, sino por las convulsiones que avanzan en el interior de unos protagonistas que son observados con cierta objetividad, que no frialdad, pues los primeros planos, decíamos, muestran sus emociones con recogimiento y devoción. La realización tampoco se concentra en el plano fijo de instinto pictórico, puesto que Dreyer también emprende trabajados movimientos de cámara en escenas como la huida de Merte o la presentación del lecho mortuorio de Laurentius. Aunque también sería hipócrita por mi parte si no admitiese que, a ratos, uno le pedía más viveza a la película.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 8,2.

Nota del blog: 7,5.

A Field in England

6 Jun

“Lo inexplicable es una parte esencial de la metáfora. Decodificar un misterio equivale a destruirlo.”

Theo Angelopoulos

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A Field in England

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A Field in England

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Año: 2013.

Director: Ben Wheatley.

Reparto: Reece ShearsmithPeter FerdinandoMichael SmileyRichard GloverRyan Pope, Julian Barratt.

Tráiler

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            La influencia de Amy Jump como guionista –ya había actuado como editora en el cortometraje Rob Loves Kerrysobre la filmografía de Ben Weathley parece conducir a esta hacia una mayor abstracción y hermetismo a partir de su acreditación en la escritura de Kill List, elaborada a cuatro manos con su pareja artística y sentimental. De ahí que se pueda afirmar que, precisamente, el ya iconoclasta debut en la dirección de largometrajes del británico, Down Terrace, es hasta la más clásica -y sin duda accesible- de sus películas.

            De tal modo, la ambientación de A Field in England en la Guerra Civil inglesa del siglo XVII, la anodina fotografía en blanco y negro –hasta aquí se la podría emparentar con el falso documental Culloden– e incluso su neutro título –“un campo en Inglaterra”-, actúan como simples contrastes con la naturaleza alucinada, surrealista y críptica de la obra, influida por la injerencia de la magia, la psicodelia y la metafísica.

Elementos que sirven para empujar el argumento hacia los terrenos del ocultismo y hacia una idea de renacimiento a través de un proceso sobrenatural y circular que, precisamente, parecía encontrarse ya presente en Kill List. La colisión de esta dualidad se dará, de hecho, en una especie de clímax enajenado que se traduce en fotogramas mediante una extensa secuencia de imágenes especulares y estroboscópicas.

            Al igual que ocurre con esas búsquedas cinematográficas y extrasensoriales de Alejandro Jodorowsky, resulta complicado -y probablemente desaconsejable- racionalizar el argumento del filme, no exento de desconcertantes toques de humor –los patéticos arrebatos pictoricistas, de voluntaria obviedad-.

La principal objeción de A Field in England, por tanto, provendría de que no consiga suscitar el necesario trance hipnótico con el que asimilar el estado mental propio a la experiencia de los personajes al otro lado de la pantalla. Quizás ese juego de contradicciones formales y temáticas se vuelva contra ella, al contrario de lo que sucedía con la contraposición entre estética realista y acciones surrealistas que se daba en las precedentes Kill List y Turistas (Sightseers).

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Nota IMDB: 6,3.

Nota FilmAffinity: 5,3.

Nota del blog: 5.

La kermesse heroica

18 May

“Quien nos hace reír es un cómico. Quien nos hace pensar y luego reír es un humorista.”

Edgar Watson Howe

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La kermesse heroica

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La kermesse heroica

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Año: 1935.

Director: Jacques Feyder.

Reparto: Françoise Rosay, André Alerme, Micheline Cheirel, Bernard Lancret, Jean Murat, Louis Jouvet, Lyne Clevers, Ginette Gaubert, Alfred Adam, Pierre Labry, Arthur Devère, Delphin.

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            Ante los horrores de la Primera Guerra Mundial, el cine consideró adecuado cuestionar sin pudor el ardor heroico del combate, tan querido históricamente por la ficción épica. Así, cineastas como Charles Chaplin, King Vidor, George Wilhelm Pabst o Lewis Milestone plantarían la semilla de un fructífero subgénero gracias a obras como Armas al hombro, El gran desfile, Cuatro de infantería (Westfront, 1918) o Sin novedad en el frente; el primero de ellos especialmente atrevido además al abordar el asunto desde una perspectiva que no por satírica resultaba menos demoledora gracias a un puñado de escenas en absoluto inocuas y excepcionalmente precisas y expresivas. También en el periodo de entreguerras podría encontrar acomodo dentro de este cine pacifista La kermesse heroica, otra comedia aunque esta vez punteada asimismo con incursiones en el territorio romántico.

            Bajo la apariencia de entremés clásico y ligero, escenificado en los Países Bajos del siglo XVII bajo dominio del rey Felipe IV y su valido el conde-duque de Olivares –el esfuerzo artístico en la ambientación es notorio, con soberbios decorados y abundantes inspiraciones pictóricas de la época-, La kermesse heroica va perfilando su apreciable y actual discurso a través de un juego de oposiciones en el que, el posicionamiento maniqueo que plantea travieso su comienzo –los apacibles flamencos contra los bárbaros españoles-, se revierte de improviso para poner patas arriba estos conceptos prejuiciosos que se fundan sobre la idea del Nosotros y el Otro.

Una revolución conceptual que no solo se aplican al encuentro traumático entre nativos e invasores españoles, sino que también, y con todavía mayor relevancia, se traza en la relación entre el hombre y la mujer. Y, aparte de ello, la dicotomía se desarrolla en paralelo a la oposición entre la cultura y la ignorancia, la presupuesta pesadilla y el sueño real, la vitalidad y la muerte –no es casual por tanto que el cobardón alcalde de Boom considere que fingir su muerte es la solución para sus males, a diferencia de la antagónica alternativa que escogerá su aguerrida esposa-.

            De este modo, en equilibrada complementariedad, el humor contenido en el argumento experimenta una agradable progresión pareja al desarrollo de la lectura moral de la película, que evita con habilidad recargar las líneas del mensaje sin que quede mermada la pertinencia y el coqueto talante subversivo de esta en su apuesta por la comprensión cultural y genérica. No obstante, fue interpretada por muchos en su momento, con razones justificables en vista de las premisas de la trama, como una invitación al colaboracionismo ante la creciente amenaza de la Alemania nazi, lo que siembra una turbia duda sobre ella –especulaciones que, cabe decir, no evitarían que su director, el belga Jacques Feyder, y su esposa y protagonista del filme, Françoise Rosay, tuvieran que exiliarse en Suiza tras la invasión de París en la Segunda Guerra Mundial-.

            Sea como fuere, la inversión absoluta del status quo –la esencia del carnaval que celebra la ciudad, estimulada además por la presencia perturbadora del extranjero exótico-, y que como decimos afecta aquí al desajuste de poderes entre varones y féminas, ofrece en La kermesse heroica una salida para un torrente de gags basados en la guerra de sexos, el intercambio de papeles y los enredos eróticos que consiguen sobrevivir el siempre ingrato paso del tiempo a pesar de su naturaleza tradicionalLisístrata podría erigirse como un referente válido– y la ligera ingenuidad con la que hoy se percibe alguno de ellos –dejando de lado una carnalidad mucho más generosa de la que se tenía acceso al otro lado del Atlántico-.

Igual ocurre con su retrato costumbrista y con el decidido empleo de estereotipos en su formulación dramática, matizados por las variaciones que experimenta sobre ellos el guion, que termina por desmontarlos definitivamente pese al (de nuevo aparente) retorno a la normalidad que, inevitablemente, implica el término de esta festividad extraordinaria.

            Si bien conserva hoy buena parte de su prestigio, quizás su conocimiento popular se deba por otro lado a su elección por François Truffaut, por entonces aún crítico solamente, como la concatenación de ese cine francés que, afirmaba, convenía superar, complaciente en su carácter agradable, artificial en su corrección formal y caduco por todo ello.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,6.

Nota del blog: 7,5.

El hombre que ríe

12 May

“Confío en el poder de una sonrisa.”

Will Smith

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El hombre que ríe

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El hombre que ríe

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Año: 1928.

Director: Paul Leni.

Reparto: Conrad Veidt, Mary Philbin, Olga Baclanova, Cesare Gravina, Brandon Hurst, George Siegmann, Stuart Holmes, Josephine Crowell.

Filme 

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           Es curiosa la querencia del cine mudo por el Extraño, por el fenómeno como encarnación melodramática de las emociones humanas. El payaso triste, el bufón enamorado, el histrión que mora en un circo cuya carpa abarca el mundo al completo, con sus esperanzas y desilusiones, sus alegrías y sus tormentos; arrollados todos ellos por el Destino caprichoso. Valgan como muestra las colaboraciones circenses entre Tod Browning y Lon Chaney, o la elección del estudio Metro Goldwyn Mayer de El que recibe el bofetón para constituir su primera producción de prestigio con la que comenzar a cosechar laureles en el séptimo arte.

           El hombre que ríe sigue esta misma línea de obra de altura, basada en un relato de Víctor Hugo y ambientada en la Inglaterra a caballo entre los siglos XVII y XVIII donde un hombre, brutalmente desfigurado para mostrar una sonrisa de burla permanente –inspiración para el Joker que diseñaron Bill Finger, Bob Kane, y Jerry Robinson como archivillano para hacer frente a Batman-, lucha por recobrar el respeto y la dignidad patrimonio de toda persona. Una batalla plasmada, cómo no, por medio de la conquista romántica, redentora en su pureza e inocencia. Los puntos de encuentro con otra creación del literato francés, Nuestra señora de París, son así manifiestos.

           De orígenes expresionistas, Paul Leni impone un arranque de poderosas imágenes, conformando un cuento grotesco desbordado de crueldad y muerte –la dama de hierro, la mutilación de un niño, madres muertas bajo árboles de ahorcados, los cuervos que todo lo dominan,…-. A continuación, se oponen contra ello las imágenes apacibles, incluso idílicas, de una familia encontrada –el protagonista aceptado por marginales como él, un filósofo metido a dramaturgo, la doncella ciega capaz de ver lo que los demás ignoran al percibir desde el corazón-.

A pesar de ser una cinta predominantemente silente, aparece ya la irrupción primaria del sonido que, voluntaria o involuntariamente, ayuda a componer un entorno que resulta igualmente perturbador en su caos abarrotado e ininteligible. No obstante, los fotogramas, como evidenciaba esa citada apertura, son todavía los que llevan la batuta expositiva, lo que quedará de nuevo patente en la presentación de la duquesa Josiana, toda lubricidad desinhibida bajo el cuerpo y la mirada insinuante de la Olga Baclanova más madonniana.

En este universo, la tiranía, el sadismo, la tortura, el engaño y la lujuria son las monedas con las que se negociará la tragedia, y contra las que se enfrenta este Gwynplaine dotado con la expresividad, esta vez clavada con la fuerza de una prótesis, de uno de los iconos del periodo: el alemán Conrad Veidt.

           El hombre que ríe, no obstante, muestra cierta descompensación narrativa, evidente por ejemplo en el peso inicial que se le concede a Baclanova, que termina por parecer una simple estratagema para explotar comercialmente la sexualidad que irradia la actriz. Quizás Leni trate de compensar ese estancamiento o de ese desequilibrio a través una media hora final que es puro frenesí, donde la desesperación de los personajes se exuda con ese estilo tan físico y emocionante que solo se lograba alcanzar en el cine mudo.

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Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 7.

Ceddo

8 May

“Mis películas son una herramienta de educación. Quiero devolverles el orgullo y la dignidad a los africanos.”

Ousmane Sembène

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Ceddo

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Ceddo

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Año: 1977.

Director: Ousmane Sembène.

Reparto: Tabata Ndiaye, Mustapha Daye, Ismaila Diagne, Matoura Dia, Omar Gueye, Mamadou Dioumé, Nar Modou, Ousmane Camara.

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            Con el proceso de descolonización e independencia en África, los nuevos Estados del continente alumbraban, con timidez o como una simple irrupción puntual, símbolo de su a priori recobrada autonomía en todo caso, una industria del cine propia. Marruecos, Argelia o Senegal serían unos de los primeros países que tratarían de igualar la estabilidad y la constancia de homólogos de la región como Egipto. En concreto, en Senegal destacará la figura de Ousmane Sembène, escritor y activista político afiliado al Partido Comunista que iniciará su incursión en el séptimo arte durante la década de los sesenta para alcanzar luego tal grado de influencia que, en cierta manera, se le considera hoy uno de los padres próceres del cine africano.

            Ceddo es una de sus obras más populares, en la que se condensan, por otro lado, muchas de las constantes temáticas e ideológicas que caracterizarán su filmografía, en especial durante esta etapa. Ambientada en las revueltas protagonizadas por el pueblo epónimo en el siglo XVII, su argumento ostenta así un espíritu nacionalista, reivindicativo de las raíces culturales senegalesas, en el que se plasma la lucha del colectivo frente a los poderes exteriores que amenazan su libertad, en esta ocasión materializados en la presencia del hombre blanco –en calidad de comerciante o de misionero-, del Islam en plena expansión –crítica religiosa por la cual la película soportaría durante años la carga de la censura en el país- y la estructura feudal de la sociedad, dominada por reyezuelos, aristócratas y líderes guerreros.

            Sembène, que había dejado meridianamente claro su fuerte compromiso en la también alegórica Xala –palabra alusiva a la impotencia sexual que se traducía en clave política-, prosigue con este cine en el que el relato se vincula estrechamente a un mensaje con relevancia capital en el presente de la obra. Autodidacta y refractario del lenguaje ‘importado’ de Hollywood, el cineasta busca un estilo cinematográfico apegado a la tradición y la simbología narrativa africana.

Por una razón o por la otra, esto desemboca en una función de fuerte talante discursivo que, en cambio, queda enhebrada a través de un libreto tan sencillo como caótico en su desarrollo, plasmado en el aspecto formal bastante estático, que apenas escapa del teatro filmado gracias a agresivos zooms que, curiosamente, recuerdan a esa estética peleona más propia de la ‘exploitation’ estadounidense, campo de acción precisamente de numerosas producciones de orgullo afroamericano.

El diálogo funciona con idéntica rabia revolucionaria, arrojando proclamas concienciadas que encadenan pasado y actualidad, prácticamente con independencia de una historia montada a machetazos y donde personajes y tramas se agolpan –o desaparecen, como el sobrino y heredero legítimo del monarca- al son de las conclusiones que Sembène pretende esculpir en fotogramas.

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Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 5.

El cuento de los cuentos

20 Nov

“El cine…Es extraño. La gente compra una entrada. Esa entrada es su puerta a una fantasía que tú creas para ellos. La tierra de la fantasía, eso es todo, y tú das vida a sus fantasías. Fantasías de amor, de odio o de lo que sea.” 

Marlon Brando

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El cuento de los cuentos

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El cuento de los cuentos

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Año: 2015.

Director: Matteo Garrone.

Reparto: Salma Hayek, Vincent Cassel, Toby Jones, John C. Reilly, Christian Lees, Jonah Lees, Shirley Henderson, Hayley Carmichael, Bebe Cave, Stacy Martin, Guillaume Delaunay, Franco Pistoni.

Tráiler

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            Con ciertas similitudes a lo que en su día hizo su compatriota Pier Paolo Pasolini en cierta fase de su por otro lado libérrima carrera, el italiano Matteo Garrone abandona cualquier espacio de confort que pudiera haberse asentado en su obra y ensaya un giro radical en la temática de su filmografía. Desde la lectura rabiosa y actual de la realidad de su país que ofrecía en Gomorra y Reality, Garrone emprende un viaje hacia el universo fabuloso, hechizante y terrible de los cuentos tradicionales en El cuento de los cuentos, en el que además rueda por primera vez en lengua inglesa y respaldado por actores de renombre internacional como Salma Hayek, John C. Reilly, Vincent Cassel o Toby Jones.

            Inspirado por el Pentamerón de Giambattista Basile, poeta campano del siglo XVII, Garrone propone al espectador aventurarse en tres relatos sobre la vida y la muerte, el juego de contrarios y el sentido del equilibrio en el universo y el destino de la existencia humana. Uno, acerca de los celos posesivos de una reina hacia su hijo nacido de grandes sacrificios; otro, sobre la lujuria incontenida de un rey y las ambiciones materiales de dos ancianas tintoreras; un tercero, protagonizado por otro monarca, únicamente interesado en criar a una pulga hasta límites sobrenaturales, y su hija ilusionada por los romances principescos.

            El cineasta romano arropa este tríptico, embebido de arquetipos clásicos y legítimo dueño del sabor de los cuentos, con una deslumbrante puesta en escena de impresionantes escenarios naturales y arquitectónicos, exóticos, mágicos y evocadores –y todos ellos extraídos de la convulsa variedad de la Italia histórica, en realidad-, ensalzados además por la preciosista fotografía, rica en colorido, de Peter Suschitzky. En contraste, destacan las nostálgicas sensaciones que despierta esa fisicidad artesanal, ya olvidada en los tiempos del CGI, que poseen las criaturas fantásticas que aparecen puntualmente en el filme.

Asimismo, en lugar de optar por la exposición lineal de estas tres historias, su constante intercalación en el montaje funciona con acierto en su cometido de mantener viva la expectativa del público y, por otra parte, también para difuminar las posibles carencias de profundización en la construcción narrativa, la simbología y las lecturas argumentales de cada uno de ellos.

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Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 7.

Harakiri (Seppuku)

3 Mar

“Tenía 18 años cuando vi Los siete samuráis. A los 30 segundos me di cuenta de que era una historia universal. Años después, leí el Bushido. Habla de muchas cosas por las que lucho en mi propia vida: lealtad, compasión, responsabilidad, la asunción de nuestra vida pasada,… Me fascinan los samuráis y su código.”

Tom Cruise

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Harakiri (Seppuku)

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Harakiri

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Año: 1962.

Director: Misaki Kobayashi.

Reparto: Tatsuya Nakadai, Rentarō Mikuni, Akira Ishihama, Shima Iwashita, Tetsurō Tanba, Ichiro Nakatami, Yoshiro Aoki.

Tráiler

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          Para el que suscribe, descreído y proclive a la independencia individualista, uno de los pilares más sorprendentes e inexplicables que dominan el folklore japonés –al menos en sus representaciones narrativas de la literatura y el cine- es el del estricto concepto del honor y la correspondiente caída en vergüenza, sobre todo ligadas a cuestiones como la servidumbre y el sacrificio hacia un colectivo que, en la mayoría de casos, queda representado en exclusiva por una figura de autoridad superior a la que se ha de obedecer ciegamente, hasta las últimas consecuencias. De ahí que rituales asociados al ‘arte de la guerra’ como el seppuku o los kamikazes me resulten más ridículos y deleznables que nobles o inspiradores.

Argumentos suficientes, en definitiva, para tener en gran estima el atrevimiento colérico y contestatario de Harakiri, un filme donde Misaki Kobayashi, enconado pacifista, pone en tela de juicio los códigos de honor del samurái, idealizados siempre por parte de corrientes culturales, políticas, nacionalistas o belicistas de dudosa catadura moral.

          Ambientada en el siglo XVII, un periodo de paz posterior a las sangrientas guerras civiles, Harakiri da comienzo cuando Tsugumo Hanshirō (Tatsuya Nakadai), un ronin útil para nada en la paz, acude al palacio del clan Iyi para solicitar un espacio adecuado donde practicarse el ritual del seppuku honradamente y, de este modo, poner fin a la miseria que le supone vivir sin amo. Desconfiado por los abundantes casos de extorsión basados en la piedad hacia suicidas fingidos, el señor de la casa (Rentarō Mikuni) le relata el terrible caso de Chijiiwa Motome (Akira Ishihama), otro ronin procedente del mismo clan extinto y que, descubierto en su engaño, fue forzado a abrirse las entrañas en el jardín sagrado de la residencia.

          A través de las diferentes capas temporales de la película –el diario que rememora la llegada de Tsugumo, a quien se le refiere el episodio precedente de Chijiiwa y quien luego, por su parte, recuerda la historia de su propia vida-, Harakiri profundiza en una devastadora e iconoclasta denuncia de la inutilidad de valores abominables como una noción de orgullo excluyente y una idea honor inquebrantable, torticeramente entendidos y nefastamente aplicados.

El filme comienza con un suicidio que, en realidad, es un asesinato despiadado y obsceno en el nombre de la tradición más irracional y barbárica. Pero no queda ahí su recorrido hacia el horror moral más atroz. Prolongando la estructura de flashbacks, gota a gota, con una infinita paciencia que exacerba la tensión de la cinta, la historia de Tsugumo delimita el contexto dramático desconocido que circundaba este capítulo de inicial. La exposición de esta desoladora tragedia privada agrega leña al fuego de una vergüenza limpiada de la forma más cobarde, deshonrosa e hipócrita por esa historia oficial que abre y cierra la obra, representada por el libro que cumple su papel de diario del clan y crónica histórica.

          El contraste entre la inocencia, bondad y belleza de Chijiiwa y la brutalidad de sus agresores integristas, armados con el látigo del poder y cínicos defensores de unos códigos morales y existenciales desfigurados a su antojo, recuerda a escarmientos ejemplarizantes como los que narraba Herman Melville en Billy Budd, donde la auténtica e inmaculada virtud era pisoteada por el odio puro de unos seres deformes e infectos. Un chivo expiatorio en el nombre de unos códigos morales reducidos al absurdo y la ignominia.

Por su parte, el veterano Tsugumo también ofrece un lacerante contraste el hieratismo del samurái, considerado honorable en su estoica espera de la muerte, frente a la calidez emotiva y aguda desesperación que emana durante el relato de sus desventuras, progresivamente envueltas en unas gélidas tinieblas que resaltan las sombras proyectadas por esos símbolos vacíos de su gloria y su desgracia.

          La cámara se desliza alucinada entre los pasillos del palacio, donde revela estancias pobladas por figuras tan muertas como la vetusta y vacía armadura que preside el sancta sanctorum del lugar. Al mismo tiempo, mediante suaves elipsis –más elegantes en sus movimientos que el puntual recurso del zoom-, se conecta pasado, presente y, tal y como explica la advertencia moralizante del protagonista, también futuro.

          Densa, desafiante en la tensa calma con la que desentraña sus dolorosos enigmas, Harakiri es un huracán necesario que, impelido por su profundo sentido humanista, todo dignidad, contribuye a erosionar el embaucador romanticismo desde el que, en ocasiones, la ficción abriga y nutre detestables principios a desterrar por la razón más elemental.

 

Nota IMDB: 8,6.

Nota FilmAffinity: 8,5.

Nota del blog: 9.

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