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Querido diario (Caro diario)

12 Abr

“El cine es como un diario personal, un portátil o un monólogo de alguien que intenta justificarse ante una cámara.” 

Jean-Luc Godard

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Querido diario (Caro diario)

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Querido diario (Caro diario)

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Año: 1993.

Director: Nanni Moretti.

Reparto: Nanni Moretti, Renato Carpentieri, Carlo Mazzacurati, Jennifer Beals, Alexandre Rockwell.

Tráiler

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           Nanni Moretti llega a la cuarentena y, ante la hoja en blanco, prolonga el recurso italiano de mirarse a sí mismo, ‘un po’ alla Fellini’, y decide volcar en fotogramas, debidamente dramatizadas, las inquietudes que le sobrevienen en esta edad de desconciertos, tribulaciones y caprichos. Y, además, se lleva el premio como mejor director en el festival de Cannes.

           Narrado en primerísima persona, despojado de los alter egos que protagonizaban alguno de los filmes precedentes de Moretti, Querido diario (Caro diario) es una comedia-ensayo de aires allenianos –la difuminación entre persona y personaje, la admiración hacia la megalópolis, la observación crítica e irónica de la sociedad, el tercio humorístico concerniente los problemas de salud, el erudito ascético que descubre con devoción los vulgares culebrones televisivos- en la cual, a través de tres capítulos, Moretti dialoga con la Italia del momento, con sus quehaceres artísticos, con el cine y consigo mismo y sus circunstancias.

En especial durante su odisea por las Eolias, donde el cineasta parece caracterizar y aislar cada tipo de sensibilidad nacional, Querido diario trata de responder al conformismo diluido en autocompasión que acecha a su generación, nacida en unos tiempos convulsos de idealismo y lucha política y ahora acomodada en el confort burgués y la frivolidad berlusconiana que comenzaba a apoderarse la vida política y cultural del país trasalpino. Sin embargo, en un gesto de honestidad, Moretti no se regala una glorificación onanista y sabe guardar la distancia también hacia sí mismo, aplicándose un idéntico tratamiento sarcástico que se vislumbra en el hecho de que sus interpelaciones hacia el resto de los habitantes del escenario acostumbren a quedar sin contestación, que se les siga la corriente con indisimulada indiferencia o, como en el cameo de Jennifer Beals, que sean directamente descalificados como idiotez.

           En cualquier caso, este tipo de cine marcadamente personal siempre arroja preguntas a propósito de que si realmente es pertinente aquello que el autor nos cuenta, si es un simple y artero truco de artificio para romper un incómodo vacío creativo o, en definitiva, si a uno le importa acaso esta serie de reflexiones y vivencias particulares, apenas ensambladas como relato. Quizás no alcance una gran intensidad en su discurso y su exposición particular, pero Querido diario se confirma como una obra más libre que antojadiza, y más independiente y rebelde de lo que aparenta. Esa citada distancia respecto al contenido autobiográfico del guion aleja a la película de la autocomplacencia para afirmarse en la sinceridad, respaldada por otro lado en su calidad cinematográfica por el hipnotismo que producen los paseos veraniegos en Vespa por las calles de una Roma atípica pero cautivadora o la imponencia y las resonancias expresivas del paisaje que ofrecen las islas sicilianas.

 

Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 7.

Harakiri (Seppuku)

3 Mar

“Tenía 18 años cuando vi Los siete samuráis. A los 30 segundos me di cuenta de que era una historia universal. Años después, leí el Bushido. Habla de muchas cosas por las que lucho en mi propia vida: lealtad, compasión, responsabilidad, la asunción de nuestra vida pasada,… Me fascinan los samuráis y su código.”

Tom Cruise

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Harakiri (Seppuku)

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Harakiri

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Año: 1962.

Director: Misaki Kobayashi.

Reparto: Tatsuya Nakadai, Rentarō Mikuni, Akira Ishihama, Shima Iwashita, Tetsurō Tanba, Ichiro Nakatami, Yoshiro Aoki.

Tráiler

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          Para el que suscribe, descreído y proclive a la independencia individualista, uno de los pilares más sorprendentes e inexplicables que dominan el folklore japonés –al menos en sus representaciones narrativas de la literatura y el cine- es el del estricto concepto del honor y la correspondiente caída en vergüenza, sobre todo ligadas a cuestiones como la servidumbre y el sacrificio hacia un colectivo que, en la mayoría de casos, queda representado en exclusiva por una figura de autoridad superior a la que se ha de obedecer ciegamente, hasta las últimas consecuencias. De ahí que rituales asociados al ‘arte de la guerra’ como el seppuku o los kamikazes me resulten más ridículos y deleznables que nobles o inspiradores.

Argumentos suficientes, en definitiva, para tener en gran estima el atrevimiento colérico y contestatario de Harakiri, un filme donde Misaki Kobayashi, enconado pacifista, pone en tela de juicio los códigos de honor del samurái, idealizados siempre por parte de corrientes culturales, políticas, nacionalistas o belicistas de dudosa catadura moral.

          Ambientada en el siglo XVII, un periodo de paz posterior a las sangrientas guerras civiles, Harakiri da comienzo cuando Tsugumo Hanshirō (Tatsuya Nakadai), un ronin útil para nada en la paz, acude al palacio del clan Iyi para solicitar un espacio adecuado donde practicarse el ritual del seppuku honradamente y, de este modo, poner fin a la miseria que le supone vivir sin amo. Desconfiado por los abundantes casos de extorsión basados en la piedad hacia suicidas fingidos, el señor de la casa (Rentarō Mikuni) le relata el terrible caso de Chijiiwa Motome (Akira Ishihama), otro ronin procedente del mismo clan extinto y que, descubierto en su engaño, fue forzado a abrirse las entrañas en el jardín sagrado de la residencia.

          A través de las diferentes capas temporales de la película –el diario que rememora la llegada de Tsugumo, a quien se le refiere el episodio precedente de Chijiiwa y quien luego, por su parte, recuerda la historia de su propia vida-, Harakiri profundiza en una devastadora e iconoclasta denuncia de la inutilidad de valores abominables como una noción de orgullo excluyente y una idea honor inquebrantable, torticeramente entendidos y nefastamente aplicados.

El filme comienza con un suicidio que, en realidad, es un asesinato despiadado y obsceno en el nombre de la tradición más irracional y barbárica. Pero no queda ahí su recorrido hacia el horror moral más atroz. Prolongando la estructura de flashbacks, gota a gota, con una infinita paciencia que exacerba la tensión de la cinta, la historia de Tsugumo delimita el contexto dramático desconocido que circundaba este capítulo de inicial. La exposición de esta desoladora tragedia privada agrega leña al fuego de una vergüenza limpiada de la forma más cobarde, deshonrosa e hipócrita por esa historia oficial que abre y cierra la obra, representada por el libro que cumple su papel de diario del clan y crónica histórica.

          El contraste entre la inocencia, bondad y belleza de Chijiiwa y la brutalidad de sus agresores integristas, armados con el látigo del poder y cínicos defensores de unos códigos morales y existenciales desfigurados a su antojo, recuerda a escarmientos ejemplarizantes como los que narraba Herman Melville en Billy Budd, donde la auténtica e inmaculada virtud era pisoteada por el odio puro de unos seres deformes e infectos. Un chivo expiatorio en el nombre de unos códigos morales reducidos al absurdo y la ignominia.

Por su parte, el veterano Tsugumo también ofrece un lacerante contraste el hieratismo del samurái, considerado honorable en su estoica espera de la muerte, frente a la calidez emotiva y aguda desesperación que emana durante el relato de sus desventuras, progresivamente envueltas en unas gélidas tinieblas que resaltan las sombras proyectadas por esos símbolos vacíos de su gloria y su desgracia.

          La cámara se desliza alucinada entre los pasillos del palacio, donde revela estancias pobladas por figuras tan muertas como la vetusta y vacía armadura que preside el sancta sanctorum del lugar. Al mismo tiempo, mediante suaves elipsis –más elegantes en sus movimientos que el puntual recurso del zoom-, se conecta pasado, presente y, tal y como explica la advertencia moralizante del protagonista, también futuro.

          Densa, desafiante en la tensa calma con la que desentraña sus dolorosos enigmas, Harakiri es un huracán necesario que, impelido por su profundo sentido humanista, todo dignidad, contribuye a erosionar el embaucador romanticismo desde el que, en ocasiones, la ficción abriga y nutre detestables principios a desterrar por la razón más elemental.

 

Nota IMDB: 8,6.

Nota FilmAffinity: 8,5.

Nota del blog: 9.

Redacted

12 May

“Los paralelismos entre lo que hicimos en Vietnam y lo que hacemos en Irak son asombrosos.”

George Lucas

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Redacted

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Redacted

Año: 2007.

Director: Brian de Palma.

Reparto: Izzy Díaz, Rob Devaney, Patrick Carroll, Daniel Stewart Sherman, Kel O’Neill.

Tráiler

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            La sensación de un círculo irrompible. Brian de Palma, adscrito al ideario de izquierdas desde su irrupción en los años sesenta, experimentaba en sus carnes la sensación de que la realidad supera la ficción. En medio de otro bache de su irregular historial, este posicionamiento político comprometido y esta decepcionante sensación de déjà vu fructifican en una “nueva” película. Y conviene entrecomillar “nueva” porque Redacted pasaría por un auténtico remake de la anterior Corazones de hierro, la primera incursión pura del realizador en el cine bélico –descontando por tanto las reivindicativas Greetings y Hola, mamá, en las que la guerra conformaba tan solo un elemento de fondo-. Intercambiables hasta en el subtítulo “aun en la guerra, el asesinato es el asesinato” y “la verdad es la primera víctima de la guerra”.

Es por tanto una película que repite un argumento ya tratado con anterioridad porque reproduce un execrable hecho que, a su vez, repite casi paso por paso otro acontecimiento precedente. En Corazones de hierro y Redacted, la Guerra de Vietnam y la Guerra de Irak se miran en el espejo, y se encuentran reflejadas la una en la otra.

            De este modo, el eje vertebrador vuelve a ser la terrible violación y asesinato de una joven nativa por un grupo de soldados americanos. Los participantes del crimen también podrían pasar por los descendientes de aquellos combatientes del sureste asiático: un instigador con el miedo de toda una vida de desgracias exudado en forma de zafiedad y violencia inconsciente e incontenible, un acólito palurdo que se deja llevar, el observador neutral que en su confusión acaba tomando parte más o menos activa del suceso y un antagonista con los ideales aún intactos pero impotente o incapaz de impedir la perpetración de una monstruosidad que lo horroriza y reconcome.

Jóvenes desorientados y abandonados en medio de un ambiente hostil, con una primaria solidaridad grupal como único y frágil asidero de humanidad.

            Como nota de distinción, de Palma se deja llevar en Redacted por su pasión formalista. A modo de continuación de una trayectoria sustentada en buena medida sobre el estudio, apropiación, reformulación y homenaje de estilos y expresiones de narrativa visual ajenos, Redacted supone la inmersión del veterano director en el análisis de diversos formatos de rabiosa actualidad: la cámara digital con el video-diario de uno de los militares, el documental, los noticiarios, las websites islamistas y occidentales, las cámaras de seguridad,…

Diferentes modos de registrar hechos y que sirven para introducir una reflexión sobre el acercamiento a la verdad en unos tiempos contemporáneos ultratecnologizados y de cómo, a pesar o a causa de esa sobreinformación reinante, aún prevalece la censura como medio de control del pensamiento colectivo e individual.

Porque a pesar del punto de vista distanciado y en teoría objetivo del documental, del énfasis dramático y espectacularizado de los informativos de televisión, de la cruda inmediatez de la videocámara o la frialdad mecánica de las cámaras de vigilancia, lo que Redacted sostiene en sus conclusiones es la preeminencia de la mentira, la ocultación y la desinformación al servicio de unos intereses o, lo que es peor, la banalización de la verdad como entretenimiento intrascendente.

            Aunque apropiada a la hora de confeccionar el mensaje del filme, esa mirada caleidoscópica y metalingüística no logra aportar sensación de realismo y además falla ampliamente en lo emocional, superada por varios cuerpos por el efectivo estilo documental al servicio de historias de ficción con mensaje explotado por otros realizadores como Paul Greengrass.

            Así las cosas, Redacted, dentro del interés de su propuesta, está lejos de despertar la reacción que pretende.

 

Nota IMDB: 6,1.

Nota FilmAffinity: 6,1.

Nota del blog: 6.

Las montañas de la luna

20 Ene

“Los viajeros son como los poetas: se trata, en su mayoría, de una raza airada.”

Richard Francis Burton

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Las montañas de la luna

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Las montañas de la luna

Año: 1990.

Director: Bob Rafelson.

Reparto: Patrick Bergin, Ian Glen, Paul Onsongo, Delroy Lindo, Fiona Shaw, Richard E. Grant.

Tráiler

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             Acaso en un proceso paralelo al western, el cine de aventuras atravesaba momentos difíciles a finales de los ochenta, perdido en una década ruinosa para numerosas productoras, en el encarecimiento exponencial de las películas destinadas al gran público, los albores del auge del indie norteamericano producto del inesperado éxito de Sexo, mentiras y cintas de video y el fracaso de crítica y público de productos nostálgicos como Piratas, de Roman Polanski.

             Carolco, una de las firmas independientes más pujantes del momento gracias a sus fundadores Mario Kassar y Andrew Vajna, productores ejecutivos de taquillazos como Acorralado, Terminator o Desafío total, apostaban entonces por recuperar el espíritu más clásico del género con Las montañas de la luna, recreación de la búsqueda de las legendarias fuentes del río Nilo por los exploradores Richard Burton y John Speke a mediados del siglo XIX.

Es decir, un material de base excelente en el que reproducir la epopeya de aquellos arrojados hombres lanzados a pecho descubierto a la revelación de los sobrecogedores misterios ocultos en vastos continentes desconocidos y, además, en la mejor línea de la aventura tradicional, explorar a su vez las complejidades íntimas de aquellos fascinantes personajes, todo vitalismo, pasión y coraje.

              Es por esta razón por la que no se comprende cómo Bob Rafelson entrega entonces un producto que se queda en el envoltorio, muy bien presentado, con notables caracterizaciones y ambientación y preciosos escenarios naturales, pero carente de alma.

La odisea en sí, introducida después de una aletargante presentación con demasiado celuloide localizado en la Inglaterra victoriana y posteriormente desarrollada como una simple relación de desdichas a superar, carece de épica y de entusiasmo aventurero.

Tras el innecesario gasto de metraje -que bien se podía haber destinado a una profundización en el periplo en sí y en sus protagonistas- y de entre el acartonamiento general, tan solo se vislumbran chispas cuando la cinta se relaja y, como proclama Burton -figura por cierto retratada desde una total complacencia-, vive y disfruta del viaje y de su relato, tal y como ejemplifican algunas secuencias ubicadas en el exótico reino del soberano Ngola o el encuentro entre Burton y Livingstone.

             Del mismo modo que sucede con la epopeya, la exposición de la amistad entre ambos expedicionarios, su hermanamiento en una pasión común a partir de arquetipos opuestos –el erudito independiente y osado hacia los desafíos y la sociedad, comprensivo con las culturas del mundo, encarnado por un buen Patrick Bergin, y el estirado señorito inglés, representante del Rule Britannia! por la gracia de Dios y la Reina, interpretado por un menos intenso Ian Glen-, resulta también fría y superficial, especialmente patente en un desenlace -el enfrentamiento de los dos amigos en nimias rivalidades de salón de té, de nuevo en suelo inglés-, que acaba por interesar más bien poco cuando debía rebosar tanta emoción como el camino recorrido hasta llegar a él.

             Lamentablemente, la decepción hace que uno añore todavía más a los viejos pícaros Daniel Dravot y Peachy Carnehan, auténtica y diáfana exaltación de la vida como aventura.

 

Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 4.

Robinson Crusoe

26 Jun

“Yo soy un hombre solitario, muy solitario. Me gusta la soledad porque la puedo romper cuando quiera.”

Luis Buñuel

 

 

Robinson Crusoe

 

Año: 1954.

Director: Luis Buñuel.

Reparto: Dan O’Herlihy, Jaime Fernández.

Tráiler

 

 

            A primera vista, pocos puntos de unión parecía albergar un clásico inmortal de la aventura como Robinson Crusoe con Luis Buñuel, quizás el mejor representante del surrealismo en el Séptimo Arte y, a su vez, realizador recuperado para el mismo por una obra asentada sobre un fondo de desgarrador realismo como Los olvidados.

En cualquier caso, la experiencia hollywoodiense de Buñuel en décadas anteriores, relacionada sobre todo con la dirección de la versión doblada al español de los éxitos del momento, la localización del rodaje en la costa del Pacífico mexicana, donde se encontraba afincado, y la producción de Óscar Dancigers, quien había subvencionado el retorno a la dirección del de Calanda, le servirán para obtener el encargo del filme en esta coproducción mexico-estadounidense.

             Así, Robinson Crusoe se presenta como una obra alimenticia en la carrera del realizador aragonés y una de las dos únicas películas filmadas en inglés de la misma –la otra es La joven-.

Buñuel pone a un bastante respetuoso servicio de la historia su estilo directo, añadiendo  puntualmente, unas cuantas muestras de su genio personal, sepultadas en parte por ese cierto clasicismo en el tratamiento y de continuidad frenada, probablemente a causa de su tendencia a lo provocativo.

Con todo y ello, destacan como fulgurantes y fugaces chispazos rasgos surrealistas y subversivos como las veladas pulsiones sexuales del protagonista, ligadas a un vestido de mujer –sea sobre un espantapájaros, sea por medio de un travestido Viernes, interpretado por un pintarrajeado Jaime Fernández-, la iconoclastia religiosa, la subrepticia mordacidad en la representación de ese burgués que es Crusoe -encarnado con solvencia por Dan O’Herlihy, nominado por la Academia a mejor actor-, ávido de reproducir su cómodo estatus de clase en la tabula rasa de su isla, o una interesante ensoñación febril, único momento de estricta irrealidad en una situación de por sí delirante, incursión en un mundo interior que, por las posibilidades del relato y las capacidades de Buñuel, bien valía la pena haber explorado más a fondo en vez de centrarse en esa descripción más académica y un tanto superficial de la supervivencia y la soledad del náufrago.

            Y es que, por lo demás, Buñuel procura ajustarse a los cánones exigidos –que en buena parte será el objetivo de experimentar las posibilidades del Eastmancolor para la renovación del atractivo del cine de aventuras-, componiendo una cinta efectiva en sus pretensiones, sin revolucionarios alardes ni aspiraciones de grandeza y a la que el tiempo, como suele suceder en este tipo de producciones, ha hecho mella.

 

Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 6,5.

Motín a bordo

17 Sep

“No hay viento favorable para el barco que no sabe adónde va.”

Séneca

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Motín a bordo

Año: 1984.

Director: Roger Donaldson.

Reparto: Anthony Hopkins, Mel Gibson, Tevaite Vernette, Daniel Day-Lewis, Bernard Hill, Liam Neeson, Laurence Olivier.

Tráiler

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            Hasta en cuatro ocasiones había sido ya llevado al cine el motín del buque armado de su majestad Bounty, acontecido en 1789, desde una versión silente australiana en 1916, pasando por el debut en pantalla de Errol Flynn en In the Wake of the Bounty en 1933, hasta las dos cintas más populares, La tragedia de la Bounty, dirigida en 1935 por Frank Lloyd y protagonizada por Charles Laughton y Clark Gable¡sin bigotito!– como el capitán Blight y el primer oficial Christian respectivamente, y Rebelión a bordo, de 1962, con Lewis Milestone en la dirección -como reemplazo del agotado Carol Reed– y papeles principales para Trevor Howard y Marlon Brando, que convirtió el rodaje en un ejercicio de egomanía.

            Motín a bordo, la versión que nos ocupa, supone el salto a las producciones hollywoodienses de Roger Donaldson, australiano procedente del cine de Nueva Zelanda, donde había sido uno de los miembros fundadores del New Zealand Film Commision, el principal organismo del Séptimo Arte del país.

Con un presupuesto holgado, Donaldson se hace cargo de esta quinta versión con el objetivo de conseguir una película más ajustada a la realidad histórica que las anteriores, lo que se pretende obtener, aparte de superando el cartón piedra, los decorados tropicales de estudio y los actores disfrazados de indígenas, reduciendo la carga maniquea y melodramática del relato a través de suavizar los personajes del capitán Blight, no presentado ya como un auténtico déspota de cubierta, y un primer oficial Christian al que por su parte se lima su carácter de héroe romántico, incluso con relación de amistad en un inicio, personajes entregados al británico Anthony Hopkins y a la principal estrella en ciernes procedente del país austral, Mel Gibson, también debutante en el cine estadounidense.

En cambio, no varía la tensión y lucha psicológica y moral entre ambos, insoportable en un espacio tan febril y claustrofóbico como el de un barco, como se escenifica en otras obras desarrolladas en ambientes marineros como el Billy Budd, marinero de Herman Melville, llevado a la gran pantalla en La fragata infernal. Un enfrentamiento entre el ambicioso e inflexible Bligth y el valeroso y pasional Christian, acaso representantes del choque paralelo entre los corsés de lo civilizado y la libertad del buen salvaje, que despertará con el contacto entre la tripulación y los nativos de Tahití, uno de los puntos clave en su ruta, un encuentro en el que se intercambian saludos de amistad, cuerpos esculturales semidesnudos y flores y frutos tropicales por lujuria y salvas de cañones.

Como en la obra de Melville, con el rencor del reprimido y tiránico suboficial Claggart hacia el libre y bondadoso Billy Budd, la civilización, altanera y rígida, teme y rehuye, escondido tras una eufemística “fuerza de carácter”, la felicidad que se obtiene por los sentimientos, por vivir la vida sin el prejuicio y las ataduras de los valores creados por ella. Porque qué ser humano en sus cabales, en plena posesión de los sentimientos más básicos y naturales al hombre, podría resistirse a esa oferta de Paraíso.

            En mi opinión, Motín a bordo sabe conservar el sabor de los clásicos a través del buen hacer de Donaldson, con un sentido de aventura marinera que explota, para mayor realismo, las posibilidades técnicas alcanzadas ya en aquel entonces y unas hermosísimas localizaciones, y un guion aceptable al que en todo caso se le puede achacar que sus protagonistas, sobre todo Christian, algo desdibujado en ocasiones, hayan cedido parte de su profundidad en esa búsqueda de verosimilitud histórica y huida de lo melodramático, quizás, al mismo tiempo, también de lo cinematográfico.

Destaca un reparto en el que, pese a no ser ni Laughton, ni Brando, el duelo Hopkins-Gibson mantiene un notable nivel.

 

Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 8.

Lolita

2 Ago

“En otras palabras, todos somos hijos de D.W. Griffith y Stanley Kubrick.”

Martin Scorsese

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Lolita

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Año: 1962.

Director: Stanley Kubrick.

Reparto: James Mason, Sue Lyon, Shelley Winters, Peter Sellers.

Tráiler

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            En 1962, fecha del estreno de Lolita, la carrera de Stanley Kubrick se encontraba ya imparablemente lanzada gracias al éxito de crítica y público que había conseguido con Espartaco, en la que, a pesar de su condición de película de encargo, por la que posteriormente el director renunciaría a su autoría, había dado nuevamente muestras de su genialidad y versatilidad, influyendo de manera decisiva en otro nuevo género como antes lo había logrado con sendas obras maestras en el cine negro (Atraco perfecto) y en el cine bélico (la imprescindible Senderos de gloria).

Ahora, el director neoyorkino procedía a adaptar Lolita, la polémica novela de Vladimir Nabokov que narraba la obsesión sexual de un hombre de mediana edad por una adolescente. Kubrick convencería personalmente al propio escritor para que elaborase él mismo el guion, el cual modificaría más tarde para reducir su extensión y, al mismo tiempo, tratar de sortear posibles problemas con la censura, aumentando la edad de la protagonista de 12 a 14 años y sustituyendo los deseos puramente lujuriosos de Humbert Humbert por algo parecido a amor.

            Lolita es una película que no tiene concesiones hacia ninguno de los personajes que la pueblan. Una sátira cruel cuyo poder perturbador proviene, al igual que esa niña protagonista que mezcla inocencia y seducción, puerilidad y manipulación sexual, de la contradicción y el contraste entre el tema –una obsesión pedófila enfermiza-, y su tratamiento, disfrazada casi de comedia romántica en muchas ocasiones, en la que el héroe viene a ser un tipo patético, tan mojigato como subrepticiamente depravado, y eminentemente pusilánime, incapaz de tomar la iniciativa para nada excepto para la ridícula e impotente venganza despechada que abre el filme (actuación perfecta de James Mason para un papel difícil y desagradecido), frente a una heroína romántica adolescente (Sue Lyon, que en el futuro quedaría anclada en su personaje), hija de una madre depresiva y envidiosa de lo que ella fue y ahora es Lolita, que disfraza su frustración con un liberalismo deliberadamente superfluo y que se revela en cierto modo hipócrita (buen trabajo también de Shelley Winters); una ninfa que se mueve entre el capricho y la manipulación morbosa de la rivalidad de sus dos pretendientes adultos, Humbert Humbert y su odiado, por esa mezcla de competición y autodesprecio al verse en él, guionista y dramaturgo –directamente pornógrafo en el original- Clare Quinty, un hombre encantado de conocerse y que ve a la vida y a las personas como un juego (el camaleónico Peter Sellers, que exprime al máximo su carta blanca para improvisar).

             Así pues, Kubrick despliega toda su inteligencia cinematográfica y su refinado y minucioso talento artístico para cebarse con sus personajes y, de paso, con el atónito espectador, volcando sobre ellos toda su despiadada ironía y mala baba. 

 

Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 8. 

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