13 asesinos

2 Mar

“Convertirse en un héroe es la profesión más breve de la tierra”

Will Rogers

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13 asesinos

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13 asesinos

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Año: 2010.

Director: Takashi Miike.

Reparto: Koji Yakusho, Takayuki Yamada, Goro Inagaki, Masachika Ichimura, Yusuke Iseya, Hiroki Matsukata, Tsuyoshi Ihara, Masataka Kubota, Arata Furuta.

Tráiler

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           La sombra de los clásicos es alargada. Al igual que El padrino o la cosmología criminal de Martin Scorsese ejercen como agujeros negros que devoran el cine de mafia contemporáneo o The Wire absorbe… -bueno, The Wire puede absorber cualquier tipo de argumento-, Los siete samuráis fagocita la mayor parte de las producciones actuales acerca de samuráis heroicos, si bien, quizás en este caso, más por desconocimiento de otros referentes sólidos que por otra cosa.

           Sí es cierto que 13 asesinos posee trazos comunes con Los siete samuráis –los aquí ligeros estereotipos del líder de moral incorruptible, el espadachín técnico y silencioso, el aprendiz inexperto o el descastado iconoclasta-, de los que siempre sale malparado, como es natural. Pero su trama también podría dibujar puntos de encuentro con otras como Los leales 47 ronin –la honorable misión que atenta contra el orden establecido a quien a priori deben servidumbre, por injusto que éste sea, concepto que sí acatará el estoico antagonista Hanbei Kito- y tantos otros relatos clásicos de samuráis, puesto que en ellos laten una serie de códigos similares –el fatalismo, la muerte como hado inevitable, la observancia de un estricto reglamento ético y vital-.

Sea como fuere, 13 asesinos, del estajanovista Takashi Miike, posee un antecesor directo: The Thirteen Assassins, de Eiichi Kudo, ya perteneciente a una época todavía más oscura y violenta que la de los idealistas héroes de Kurosawa. De este clima hostil emana directamente el tono espiritual de esta sucesora, pesimista y sangrientamente rabiosa al gusto de su realizador. No obstante, cabe decir que su estilo se mantendrá siempre firme en una rocosa sobriedad, sin abandonarse al delirio y la locura como podría intuirse partir de la variopinta trayectoria cinematográfica del director nipón, a pesar de rasgos como la redundancia en la presentación del psicótico villano o la escasa sutileza simbólica del desenlace, tampoco especialmente dolorosa en cualquier caso.

           Envueltos en un preámbulo de tormenta, los rasgos crepusculares se alientan con la consciencia de la marginalidad agónica del samurái, añorante del periodo de las guerras civiles y a un solo paso de la revolución Meiji –la cinta se ambienta en unos altamente fabulados 1844-, la cual situaría al aislacionista país nipón en la órbita del mundo moderno y, en consecuencia, aboliría los privilegios de esta casta militar medieval.

Así pues, 13 asesinos es la última de las epopeyas tanto para sus protagonistas –doce samuráis y un bandido que deciden erradicar el mal del poder, encarnado por el depravado Naritsugu, hermano y heredero del shogun- como para su ya de por sí moribundo estamento social. El canto de cisne, la muerte noble que anhelan y que el destino histórico parecía haberles hurtado ladinamente. El Destino es, por tanto, el concepto que gobierna el relato, al que se someten unos personajes entregados a él con devoción y, ahora, con agradecimiento.

El sacrificio postrero de estos trece rebeldes es en paralelo un acto de nobleza suicida, puesto que ese Naritsugu a quien combaten representa la exaltación integrista de los ideales del samurái: el culto por la batalla, la obediencia ciega de los designios del señor, dueño hasta de su existencia misma. De ahí la comparación posterior con el líder alzado Shinzaemon Shimada (excelente Koji Yakusho), que indica a sus seguidores que empleará sus vidas a su antojo.

           Dentro de su clasicismo, aparecen asimismo en 13 asesinos detalles de reminiscencias cercanas al fantástico –la fantasmagórica hija mutilada del jefe de los campesinos, el salteador Kiga Koyata- y uno siente lamentar la ferocidad de unos efectos especiales empleados en escenas un tanto extravagantes, como los muros corredizos, los toros embolados o unos estallidos de pólvora. Son estos últimos elementos expresivos poco agraciados en comparación con la virulencia, la hemoglobina y la energía que escupe la extenuante lucha a katana, furibundo punto y final que pone merecido término a ese quedo y flemático estertor que dominaba la cadencia narrativa de la primera mitad del metraje.

 

Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 7.

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