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Yo anduve con un zombie

3 May

“No conviene cabrear a los críticos de Nueva York. De hecho, les va a resultar muy difícil conceder una buena crítica a algo llamado Yo anduve con un zombie.”

Val Lewton

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Yo anduve con un zombie

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Yo anduve con un zombie

Año: 1943.

Director: Jacques Tourneur.

Reparto: Frances Dee, Tom Conway, James Ellison, Edith Barrett, Christine Gordon, Darby Jones.

Tráiler

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            En estos tiempos en los que está de moda esa máxima falaz del “hacer más con menos”, bien vale acudir al legendario productor Val Lewton para intentar averiguar cómo –si es que es acaso posible- crear productos con calidad y sello propio con la calderilla que cae por los bolsillos agujereados de las cicateras majors hollywoodienses.

            Máximo exponente de la producción serie B dentro de la RKO, Val Lewton, originario de Ucrania pero naturalizado estadounidense, contribuiría a reformar el cine de terror fantástico rodeándose de experimentados profesionales, capaces de hacer que el pírrico presupuesto y los escuetos medios técnicos de las películas quedaran compensados por medio de la creación de una atmósfera de textura y sabor inconfundible, un incitante marco de pequeñas pero efectivas obras artesanales.

            Para su desafiante cometido, Lewton contaría como mejor aliado con Jacques Tourneur, director de raíces también extranjeras, en concreto francesas, pero criado en Norteamérica. Un auténtico maestro en cuestión de narrativa visual y puesta en escena con el que Lewton compartiría créditos en filmes más tarde convertidos en clásicos del género, como La mujer pantera, El hombre leopardo o la presente Yo anduve con un zombie.

            Elemento recurrente en estas tres producciones, el exotismo de la ambientación juega un importante papel a la hora de crear inquietud en el espectador, identificado en este caso con una protagonista occidental, enfermera de profesión -Frances Dee, puntal de un solvente reparto, potenciado por la habilidad de Tourneur como director de actores-, contratada por una pudiente familia de terratenientes de las Antillas británicas para cuidar a una mujer en estado de catatonia a causa de una extraña enfermedad.

El evocador impacto del vudú -religión derivada de las creencias animistas de los esclavos africanos transportados al Caribe y del cual esta película contribuiría a potenciar su mística a nivel popular- descubre al hombre blanco un mundo ignoto, magnético y amenazador al mismo tiempo, un estrato más de una realidad multiforme en la que se entremezcla sin distinción lo cotidiano y cognoscible con lo fantasioso, lo esotérico y lo irreal.

            Yo anduve con un zombie se sustenta en buena medida sobre el inteligente guion –pese a cierto abuso de la voz en off– rubricado por Curt Siodmark, hábil escritor, aunque completado tras su abandono prematuro por Ardel Wray, quien, dado los buenos resultados de su trabajo, tendría la oportunidad de repetir colaboración con Lewton y Tourneur en la posterior El hombre leopardo.

Tomando como punto de partida un artículo periodístico, incorporado a una estructura melodramática en la que se vislumbran gotas de Jane Eyre, el libreto distribuye con pausa el suspense a la vez que controla el funcionamiento y coherencia interna de sus mecanismos y sienta con delicadeza las bases de la atmósfera y la sugerencia -factores clave del filme- a través expresivas líneas, como aquellas alusiones a la decadencia que se oculta en el reverso de toda belleza o la sensación de la desgracia familiar como parte de un ciclo de fatalismo irrompible, condenado a una reparación trágica.

            De este modo, dentro del microcosmos de la isla -un universo aparte, de pasado y presente a espaldas al mundo conocido-, el vudú supone tan solo un ingrediente que acentúa el desasosiego de la trama dado su carácter primitivo y barbárico, cristalizado por el uso de una percusión ensordecedora, que desborda y hace vibrar la escena para generar así un poderoso efecto hipnótico. El enigma, el verdadero mal, se intuye residente en la familia de respetables colonos, enquistado en forma de un inefable pecado de sangre.

             El hechizo queda completo gracias a la estilizada realización de Tourneur, repleta de sombras de inspiración expresionista y trazos de estética gótica, con la que logra hacer palpable con suma elegancia el clima turbio, misterioso y fascinante de una película que resiste con garantías y vitola de clásico el pernicioso paso del tiempo.

 

Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 7,5.

Muertos y enterrados

26 Feb

“Cada vida hace su propia imitación de la inmortalidad.”

Stephen King

Muertos y enterrados

Muertos y enterrados

Año: 1981.

Director: Gary Sherman.

Reparto: James Farentino, Jack Albertson, Melody Anderson, Robert Englund.

Tráiler

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            Aunque no lo parezca, se puede hacer cine de terror sin limitarse a acumular sustos gratuitos en medio del absoluto vacío, sin calcar modelos pornográficos adaptándolos a la banal sed de hemoglobina falsa, sin recurrir al impacto simplón de efectos visuales y de sonido que funcionan más por arrollamiento que por inteligencia, sugestión o conocimiento del lenguaje visual. Ni siquiera es necesario un presupuesto amplio; sí, al menos, buena voluntad y respeto por el interlocutor al otro lado de la pantalla, unos sólidos fundamentos sobre narración cinematográfica y ganas de divertir contando una historia de miedo.

             En Muertos y enterrados no encontramos, para empezar, un guion firmado por los escritores de Alien, el octavo pasajero y que recorre la investigación del sheriff de un pequeño pueblo costero a propósito de una serie de atroces asesinatos de forasteros ocurridos un breve lapso de tiempo y sin motivo aparente, perpetrados en realidad a modo de deportiva caza del hombre a fin de mantener sana y unida la hermética comunidad de vecinos.  

Una premisa inicial llena de desparpajo y sibilinas trazas de humor negro que puede leerse, a su vez, como denuncia del arraigo y la fascinación por la violencia en la sociedad americana, el culto a los muertos derivado hasta casi la necrofilia e, incluso, el mismo miedo a la supresión de la conciencia y la libertad individual en favor de un ente superior y omnímodo que tantas películas de terror había dado durante los años del red scare y la Guerra Fría como representación metafórica del sistema comunista.

             Es, de hecho, el personaje del amortajador interpretado por el entrañable Jack Albertson sobre el que inconscientemente va girando todo el asunto: un autoconsiderado artista de la muerte, un esteta del cadáver, un creador de souvenires para la eternidad, acaso también imagen simbólica de esos constructores de ficciones ‘ultrarrealistas’ que son los creadores del cine de terror. Si el lema de la Tyrell Corporation de Blade Runner para sus replicantes era “más humanos que los humanos”, el de la funeraria que regenta tan insólito individuo podría ser perfectamente “más vivos que los vivos”.

Trasladándolo al contexto de la producción, sería aquí Stan Winston quien, precisamente, bien merecería equipararse con el citado sepulturero; un clásico del maquillaje y los efectos especiales que entrega aquí unas cuantas muestras de artesanía pura de tiempos en los que los ordenadores tan solo eran capaces de generar cifras en verde sobre pantallas negras.

             Un aspecto gore que más que del director, Gary Sherman, quien prefería centrarse en el subrepticio y ácido sarcasmo oculto bajo la trama, provendría de parte de la productora, que a la postre dedicaría además una buena ración de tijera a las partes más mordaces de la película.

Sea como fuere, Sherman exhibe todavía en el corte final un templado manejo de la tensión narrativa, que logra hacer bueno el suspense del libreto dibujando un ascenso progresivo en la intriga y el desasosiego gracias a la modulación de los sorprendentes giros en el relato –cada vez más desvergonzadamente tramposos, eso sí, según nos adentramos en el desenlace-, al mismo tiempo que controla con mano férrea el ritmo interno de cada escena, sus momentos de ansiedad y espera y sus correspondientes sobresaltos.

             En suma, Muertos y enterrados proporciona un grato divertimento incluso para aquellos que, como un servidor, están lejos de ser fanáticos del cine de terror. Un filme, por tanto, muy entretenido, impactante y sangriento cuando precisa serlo y dotado además de cierto sustrato de mala leche que lo hace aún más disfrutable.

            Con escaso éxito en taquilla, pasaría a ostentar esa sobada y difusa calificación de ‘película de culto’. E, irónicamente, sería la despedida del veterano Albertson de la gran pantalla, fallecido poco después a causa de un cáncer.

Nota IMDB: 6,6.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 7.

Heavy Metal

29 Sep

“Cada vez que ellos hacen una película porno, yo hago dinero.”

Walt Disney

 

 

Heavy Metal

Año: 1981.

Director: Gerald Potterton.

Reparto (V.O.): Percy Rodrigues, Richard Romanus, John Candy, Eugene Levy, Alice Playten, Vlast Vrana.

Tráiler

 

 

            No todo va a ser Disney. La animación occidental para adultos –el manga siempre tuvo más desparpajo- existe. Es un medio válido para relatar tanto historias profundas –Cuando el viento sopla, Vals con Bashir, Persépolis, Arrugas,…- como para la diversión intrascendente o gamberra, como Heavy Metal.

            Heavy Metal presenta una recopilación de seis historias cortas, paridas por la mente de otros tantos grupos de historietistas y las manos de más de mil dibujantes de varios países, y que encuentra como nave nodriza una revista de cómics independiente canadiense –de origen francés- titulada de la misma manera. Tan solo dos, Harry Canyon y Taarna son creaciones originales.

También se percibe, no obstante, la influencia del cine fantástico de la naciente década de los ochenta, marcada por La guerra de las galaxias y Conan el bárbaro. El lejano espacio exterior y la espada y brujería. Espacios perdidos en el tiempo; tiempos perdidos en el espacio.

              En realidad, el hilo conductor, más que ese leitmotiv del Mal absoluto encarnado por el Loc-nar -una esfera extraterrestre de color verde, narrador oficioso de la cinta-, es la irreverencia de sensibilidad orgullosamente masculina. Es éste el cajón de sastre que da cabida a relatos de noir futurista, dimensiones paralelas, ciencia ficción espacial, steampunk con zombis de la Segunda Guerra Mundial, chicas voluptuosas, robots salidos, extraterrestres morfinómanos y aventuras barbáricas con un toque de spaghetti-western.

            De este modo, la coherencia en el ensamblaje de las piezas tampoco importa mucho, y algunos de estos episodios ni siquiera están demasiado elaborados –se dirían simples apuntes de una historia que no se concreta finalmente en nada, ni lo pretenden- y no logran pasar de un entretenimiento juvenil y desenfadado sin mayor pretensión que una juerga de sexo, drogas y rock & roll en dos dimensiones.

            Pero, al mismo tiempo, además del buen ritmo que asegura la variación constante y la diversidad de estilo y temática sus relatos, es ese carácter heterodoxo y libérrimo, con el espíritu de su matriz en papel, alejado de toda pomposidad e ínfula, lo que convierte a Heavy Metal en una obra refrescante y divertida, con un adorable encanto.

 

Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 6,5.

Ovejas asesinas

20 Dic

“No la quiero buena, pero la quiero para el martes.”

Jack Warner

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Ovejas asesinas

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Año: 2006.

Director: Jonathan King.

Reparto: Nathan Meister, Peter Feeney, Danielle Mason, Tammy Davis

Tráiler

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           Todavía un año antes del festival nostálgico, entregado y, en ocasiones, naftalínico del tándem TarantinoRodríguez con Planet Terror y Death Proof en sesión doble, la productora Manga Films organizaba de manera visionaria su propia sesión grindhouse emparentando en pantalla a dos productos como la británica Desmembrados y Ovejas asesinas, revisión actual de la exploitation más trasnochada y (literalmente) visceral desde un punto de vista refrescantemente humorístico.

            En el caso de Ovejas asesinas, fruto de la poco prolífica industria neozelandesa, se trataba de un ecoterror que recupera las claves y esencias más populares de la ozploitation que había conquistado la América del cambio de década entre los sesenta y setenta: el ambiente y los elementos típicamente australes aplicados a la exploitation de molde americano o europeo.

Como no podía ser de otra manera, es aquí la oveja, el animal más abundante y emblemático del país –dejando fuera el más enclenque y esquivo kiwi– el que ofrecerá la excusa de improbable terror apocalíptico. Un animal que, desde el atorreznamiento y el gregarismo de masa, podría funcionar como excelente metáfora del ser humano.

Obviamente, es la mano de este último quien rompe la armonía bucólico-pastoril natural desencadenando la desgracia por medio de maldades cainitas y pecados bíblicos –el vástago envidioso que atenta contra su santurrón hermano ganadero- y la no menos tradicional experimentación científica deshumanizada, en esta ocasión en con la poco ortodoxa búsqueda de la oveja perfecta, la cual resulta, por la torpe intervención de los siempre risibles (en estos filmes) ecologistas abraza-árboles, sanguinaria y carnicera y, en su grado último, una currada especie de bovinántropo.

            Toda la película es una constante de sorna y destrucción desde el absurdo del terror más casposo, bastante irregular, con bastante menor reverencia de lo que harán Tarantino y Rodríguez -lo que no es ni mucho menos malo-, con menores pretensiones, pero también con mucho menos poderío. Si bien Jonathan King, cabeza pensante del producto, trata de llevar la cinta a su terreno, su dirección no pasa de lo académico, demasiado funcional respecto al contexto de la cinta –se aprecia en esa cristalina fotografía digital o, incluso, en una banda sonora que parece compuesta para otros propósitos-, lo que le hace padecer una relativa falta garra a la hora de abordar el slapstick más cruel, que, aunque con cierta (o considerable) gracia, basa su arrojo en el simple chorreo de ketchup.

            Aún así, Ovejas asesinas es un divertimento sangriento, descerebrado y simpaticón.

 

Nota IMDB: 5,9.

Nota FilmAffinity: 4,8.

Nota del blog: 5,5.

Terror en el espacio

11 Dic

“Me encantan las películas de Bava; no hay prácticamente historia, solo atmósfera, con toda aquella niebla y aquellas mujeres recorriendo pasillos… Son una especie de terror gótico a la italiana. Bava parece propio del siglo pasado.”

Martin Scorsese

 

 

Terror en el espacio

 

Año: 1965.

Director: Mario Bava.

Reparto: Barry Sullivan, Norma Bengell, Ángel Aranda, Evi Marandi.

Tráiler

 

 

            Una vez que la serie B y Z fantástica y de ciencia ficción estadounidense daba muestras de agotamiento absoluto –poco después encontraría como principal espacio de renovación el terror de ínfimo presupuesto-, su nicho en las pantallas vino a ser ocupado por todo tipo de producciones europeas, en especial italianas, que poseían los mismos principios de base: el bajo coste y la rapidez de producción contrarrestado con una forma y fondo destinado a un impacto sencillo pero enormemente sugestivo para el espectador -resultante a veces de la imitación con desparpajo de las corrientes de moda del momento-, ateniéndose a unos modelos estereotipados para las situaciones y los personajes, ahora más libres para el desquiciamiento de su imaginación y puesta en escena gracias a la progresiva relajación de los sistemas de censura en el cine. Es el boom de la exploitation.

            Mario Bava, quien desde sus comienzos como director de fotografía ya se había hecho un nombre en el cine con la inauguración del terror gótico italiano con La máscara del diablo y la fundación de los cánones del giallo en La muchacha que sabía demasiado y Seis mujeres para el asesino, hará su debut en la ciencia ficción con Terror en el espacio, donde se mezcla la temática de aventura espacial con sus característicos rasgos de terror, que había aplicado incluso en campos tan poco asociados al mismo como el peplum (Hércules en el centro de la Tierra). Tradicionalmente, se considera como la inspiradora directa del clásico Alien, el octavo pasajero.

            Como sucederá con la Nostromo, la nave de Terror en el espacio recibe una misteriosa llamada desde un planeta perdido, donde naufraga. El errático comportamiento posterior de la tripulación y diversos sucesos sobrenaturales hace pensar que los habitantes del sistema poseen la capacidad de suplantar los cuerpos –al igual que los extraterrestres de La invasión de los ladrones de cuerpos, pero sin vainas-.

            Bava aplica toda su capacidad de ambientación para recrear una atmósfera irreal, enigmática y terrorífica de un planeta envuelto en inquietantes brumas y e intensos colores crepusculares, de amenazantes carmesíes, a lo que se suma un buen manejo de la tensión y la sensación de claustrofobia y desasosiego de los personajes, para los cuales se cuenta con un heterogéneo reparto conformado por el típico actor norteamericano secundario, televisivo y decadente a la cabeza (Barry Sullivan), la nota de exotismo con Norma Bengell, estrella del Cinema Novo brasileño, y un sustrato de intérpretes nacionales y españoles. Todo ello compensa en parte unas limitaciones de presupuesto que resultan en el relativo cutrerío general, con personajes como simples monigotes embutidos en trajes de cierto encanto retro subordinados a la sencilla historia de guion esquemático, no preocupado en demasía por la lógica y en el que sobreabunda la cháchara pseudocientífica inventada –justificada, eso sí, por un final cuanto menos sorprendente-.

Película de culto.

 

Nota IMDB: 6,2.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota del blog: 6.

La noche de los muertos vivientes

17 Ago

“ – Gracias a Dios que no nos convertimos en zombis descerebrados.

  – Sssh… la Tele.

  – …Hombre. Cae. Gracioso.”

Homer Simpson (Los Simpson, Especial noche de brujas III)

 

 

La noche de los muertos vivientes

 

Año: 1968.

Director: George A. Romero.

Reparto: Duane Jones, Judith O’Dea, Karl Hardman, Marilyn Eastman, S. William Hinzman.

Tráiler

 

 

           El poder de la televisión como principal medio de ocio del americano medio provocará que la década de 1960 sea un tiempo de experimentación, renovación u ocaso de la mayoría de los géneros cinematográficos, que habrán de procurarse nuevos códigos y formas capaces de atraer la atención de unos espectadores seducidos por la gratuidad y fácil disponibilidad de la pequeña pantalla.

La ciencia ficción y el terror tenderán, como ya habían anticipado las producciones de la factoría Hammer, a buscar el impacto en el público tornando lo repugnante y desagradable, todo lo que anteriormente se había omitido para salvaguardar la integridad moral del ciudadano, en espectáculo. La sangre y las vísceras.

De este modo, la serie B enfocará su atención en un público sobre todo joven y difícil de sorprender, ávido de morbo sangriento, de muertes descritas hasta el último detalle. La noche de los muertos vivientes será uno de los hitos de este proceso.

            George A. Romero revolucionaba la serie B americana y el cine en general con un presupuesto pírrico que tomaba como elemento terrorífico un recurso hasta entonces no demasiado explotado como son los muertos vivientes, más bien tratados hasta entonces como instrumento de terrores a mayor escala como la brujería y el vudú, si bien a su vez se puede rastrear una gran influencia de un monstruo del Hollywood clásico como la momia, que en el fondo no deja de ser el mismo concepto de criatura, mezclado con otras películas entonces recientes e innovadoras a su manera como El carnaval de las almas o El último hombre sobre la Tierra, como reconocerá su propio creador, que ahora daba un papel central a estos seres venidos del Más Allá, cuyo único poder, en cierto modo de gran capacidad sugestiva y metafórica, proviene tan solo de que forman mayoría. Son en realidad seres de apariencia grotesca, torpes, eminentemente estúpidos y, en definitiva, sin nada especial (por ahora). Es decir, muy normales, muy propios de la sociedad de masas.

            Como suele suceder, estas obras transgresoras, modernas, son las primeras en caducar, imitadas hasta la saciedad, superadas ampliamente en aquellos puntos en los que basaban su capacidad de sorpresa, en este caso dejadas atrás para unas nuevas generaciones que sobrevivirán a mil y un holocaustos gore en sus múltiples variantes y a no pocas parodias sobre el tópico en cuestión, dentro de lo que será uno de los principales y más sólidos subgéneros dentro del mundo del horror.

            Claro que, revisitando estas nuevas versiones, uno se da cuenta de la habilidad de Romero para crear la inquietud de casi la nada, para saber conjugar la atmósfera de tensión latente y el espanto antropófago exhibicionista con un pulso narrativo envidiable, no perdiendo de vista en ningún caso su propia identidad de serie B y sus limitaciones, sin renunciar a ese agradable regusto trash ni a la capacidad satírica típica de estos pequeños productos artesanales, patente en un final tan irónico como acertado.

            Una cinta que fundaría todo un subgénero, aportando todas las claves y arquetipos que perviven en la actualidad, y en el que su director quedaría encasillado a voluntad propia.

 

Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 6.

El último hombre sobre la Tierra

14 Jun

“Fueron, pues, desatados los cuatro ángeles, los cuales estaban prontos para la hora, el día, el mes y el año en que debían matar la tercera parte de los hombres…”

Apocalipsis

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El último hombre sobre la Tierra

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Año: 1964.

Director: Sidney Salkow, Ubaldo Ragona.

Reparto: Vincent Price, Franca Bettoia, Giacomo Rossi-Stuart, Emma Danieli.

Tráiler

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           El último hombre sobre la Tierra es la primera de las muchas adaptaciones cinematográficas de la novela corta Soy leyenda de Richard Matheson, a la vez fuente de inspiración de multitud de revisiones apócrifas, sobre todo en el terreno del cine de zombis, que toman su idea original del único superviviente del Apocalipsis como representante de la civilización frente a un planeta dominado por perversiones de la raza humana.

           Tras esta primera versión y un desconocido cortometraje español fechado en 1967, aparece en 1971 su adaptación más popular, El último hombre… vivo, deplorable título para el The Omega Man de Boris Sagal protagonizado por Charlton Heston. La película varía sustancialmente el sentido de la película, trasladándola a un contexto de Guerra Fría –experimento interesante, en mi opinión-, en la que un arma bacteriológica transforma a los humanos en psicópatas fotófobos congregados en una secta religioso-ludita –no vampiros, como en la novela-. A excepción, claro, del sobreviviente Robert Neville, aquí investido como doctor y descubridor de una cura que, por circunstancias del caos del momento, ha de inyectarse a sí mismo, lo que le obliga a sobrevivir, portándola en su sangre y experimentando con los mutantes que pueda recoger sin matar. También, The Omega Man trastoca el final del libro, esta vez sin demasiado acierto aunque sí tratado con efectividad, arrebatando todo sentido filosófico original que poseía la obra de Matheson.

            Ni siquiera conservará ese atractivo tono de aventura y horror setentero la adaptación de Soy leyenda de 2007, que mantiene, sin merecerlo, el título original. Una cinta totalmente olvidable consagrada al lucimiento de Will Smith en el papel de Neville, de nuevo doctor. Una película que elimina cualquier intención reflexiva para sustituirla por pretendido y fallido espectáculo, con unas criaturas reducidas a monstruos violentos prácticamente irracionales y con el final más estúpido, hollywoodiense –en el peor sentido de la palabra- y opuesto a las intenciones de Matheson que se podía conferir a la historia.

Aún menor mención merece el habitual y oportunista mockbuster de turno a cargo de la inefable factoría The Asylum, protagonizado por Mark Dacascos, un actor propio de la acción más casposa, y comercializado como I Am Omega, es decir, la mezcla de los títulos de las dos versiones más famosas precedente y entonces en vísperas de estreno para arañar unos cuantos dólares a aquellos incautos que no tengan demasiada memoria para retener nombres.

            El último hombre sobre la Tierra, estrenada en  es una coproducción italoamericana, rebotada de la productora inglesa Hammer, quien decidió descartarla, y que cuenta con la particularidad de la participación del propio Richard Matheson en la elaboración de parte del guion, aunque bajo seudónimo a causa de sus diversos problemas con la productora, entre ellos por la contratación de un clásico del terror como Vincent Price, con su bigotito y arqueo de ceja, en el papel de Neville y por el descontento con el resultado final de la obra.

De nuevo, y a diferencia de la novela, donde es un hombre sin estudios académicos que estudia y reflexiona sobre a las criaturas por pura curiosidad y aburrimiento, el personaje de Robert Neville es un doctor que busca la cura para una plaga apocalíptica que transforma a los humanos en algo parecido a los legendarios vampiros -esta vez sí como en el original-, hasta que queda finalmente como único superviviente, representante de la civilización humana, y cazador de las inmundas criaturas que lo acosan.

A pesar de que El último hombre sobre la Tierra es la adaptación fílmica más fiel de todas al texto de la novela, se trata de una película que no consigue transmitir con la debida intensidad la sombría vida de Neville, su psicología entre cínica y angustiada como último ser humano y su obsesión por aniquilar a los vampiros, si bien reflejada en parte en una secuencia breve que refleja su indiferencia hacia las criaturas que elimina por el día. Una cinta a la que le falta tensión y garra, quizás por una espectacularidad desde luego incomparable con la del cine actual, pero también defecto en el hacer de los director, Sidney Salkow, hasta entonces ligado a realizaciones televisivas, y Ubaldo Ragona, con poco legado cinematográfico posterior, incapaces de sumergir a fondo al espectador en una historia de por sí apasionante y opresiva y que, pese a acertar manteniendo el final ideado por Matheson, una reflexión sobre la relatividad del bien y del mal, lo desarrolla con acelero y torpeza, lo que afecta en mucho a la calidad final de una película que, con sus dificultades de realización, daba y da para mucho, muchísimo más.

Como dice el tópico, sigue siendo mejor el libro.

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Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 5,5.

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