Tag Archives: Western psicológico

Cazador de forajidos

16 Feb

“El western es el género más popular, y otorga más libertad que los otros para poner en escena todo tipo de pasiones y acciones violentas. Creo que es también el género que envejece de forma menos rápida, porque resulta esencialmente primitivo. No tiene ninguna regla y todo es posible. De él, sobre todo, surge la leyenda, y es la leyenda lo que ofrece un cine mejor, lo que excita la imaginación”.

Anthony Mann

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Cazador de forajidos

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Cazador de forajidos.

Año: 1957.

Director: Anthony Mann.

Reparto: Henry Fonda, Anthony Perkins, Michel Ray, Betsy Palmer, Neville Brand, John McIntire, Mary Webster, Lee Van Cleef, Peter Baldwin, Howard Petrie.

Tráiler

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            Un forastero llega a un villorrio arrastrando tras de sí el olor de la muerte, ante la horrorizada mirada de los lugareños.

            Henry Fonda, una de las más fieles encarnaciones de la dignidad sobre la pantalla de cine, se encuentra aquí en el papel de un frío cazarrecompensas enfrentado contra un Oeste que ha dejado de ser salvaje al menos en su apariencia externa. Su Morgan Hickman de Cazador de forajidos se presenta con una impasible amoralidad que bien podría servir de antecedente para el anónimo pistolero de Clint Eastwood de Por un puñado de dólares o, en definitiva, para los oscuros tintes que impregnarán el western crepuscular y el western sucio. Es un hombre que ha reducido la justicia y la muerte -todo uno en las arenas del western-, a simple medio de vida. A negocio, mercancía.

No obstante, se trata de una pose impostada, construida para defenderse contra los agrios y dolorosos embates de la hipocresía que domina la sociedad supuestamente civilizada –principalmente por el impulso de los poderes económicos-, ávida de justicia limpia pero cobarde e insolidaria a la hora de hacerla valer –se reproducen aquí los ecos de Solo ante el peligro, alegoría del mccarthismo y abanderada del western psicológico-.

Una conducta hermética, renegada y descreída aunque en perpetuo desacuerdo con su naturaleza sentimental y con los desafíos de su presente, a través de los cuales se descubrirá su condición de llaga ardiente, mal cicatrizada.

            Cazador de forajidos escudriña la figura del sheriff en su calidad de corporeización de la justicia, con el añadido de que, en este contexto del western, es además el depositario de la potestad privilegiada, y ahora exclusiva, de ejercer la violencia amparado en la legislación de su cargo, cuyos márgenes quedan libres al albur de quien lo ejerza y, por esta misma razón, vulnerables de ser secuestrados y corrompidos.

            El escaso presupuesto no es obstáculo para que Cazador de forajidos junte a uno de los grandes realizadores de western de la historia del cine, Anthony Mann, a un guionista de relumbrón como Dudley Nichols, hombre de confianza de John Ford, una estrella rutilante, Henry Fonda, y otra emergente, Anthony Perkins.

Su comienzo es magistral. Mann imparte lecciones de claridad y concisión expositiva con la citada aparición del protagonista, la perfecta definición del resto de personajes y las relaciones con las que chocan entre ellos –los roles de maestro y alumno con el inexperto y provisional sheriff, la conexión sentimental entre seres igualmente marginales, desarraigados y heridos, el conflicto con el convulso entorno-. La composición de la atmósfera cabalga a la par, a pesar de cierto subrayado verbal: asfixiante, crispada por una potente mezcla de racismo y violencia, con la sombra de la muerte cernida sobre la historia y la realidad de los individuos. Es capital el empleo del silencio, arma primordial con la que el cineasta descerraja la tensión sobre la escena.

            En cambio, el desarrollo del relato transita lugares más conocidos, lo que confiere cierta previsibilidad a la trama y rebaja la turbulenta densidad dramática de la obra. Aun así, Cazador de forajidos mantiene una estimable solidez, afirmada por el firme pulso narrativo de Mann, y consigue legar de nuevo imponentes escenas cargadas de electricidad.

 

Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 8.

Colorado Jim

8 Nov

“Una película del Oeste acepta cualquier tipo historia ¿Cómo no vamos a sentirnos fascinados por el western?”

Lawrence Kasdan

 

 

Colorado Jim

 

Año: 1953.

Director: Anthony Mann.

Reparto: James Stewart, Janet Leigh, Robert Ryan, Ralph Meeker, Millard Mitchell.

Tráiler

 

 

             Los parajes idílicos del western, las altas cumbres nevadas y sus valles con prístinos lagos y praderas henchidas y fragantes de flores, no siempre contemplaron epopeyas de virtud, heroísmo y conquista valerosa. Anthony Mann bien lo sabía, experto en emplear las evocaciones de esos pedazos vírgenes de paraíso según su propia conveniencia. De hecho, ateniéndonos a su trama, Colorado Jim bien podría haberse ambientado en el sótano nauseabundo de un tugurio de Chicago o en las sórdidas calles del San Francisco de los años de la depresión.

             En las sobrecogedoras e inexpugnables Montañas Rocosas aparece de improviso, mientras restalla la música, la espuela de un jinete surgido de la nada y conmemorado a la caza del hombre.

Anthony Mann despliega un western turbio, oscuro, inscrito en la incipiente vertiente psicológica del género. Tres hombres sin piedad escoltan hasta la horca, a cambio de oro, al brutal y sibilino forajido Ben Vandergroat ante los ojos atónitos de la joven compañera de éste, cada uno de ellos con unas pesadas alforjas a cuestas –un corazón traicionado de la peor manera, una mala suerte irreparable, una deshonrosa licenciatura militar apuntillada por una execrable violación-.

             Como observa el mismo Vandergroat, elegir la manera de morir es fácil; elegir la manera de vivir es lo realmente difícil. Colorado Jim describe un camino tortuoso y obsesivo, un proceso interior abierto a la festiva naturaleza de una escenografía de belleza abrumadora.

El guion de los debutantes Sam Rolfe y Harold Jack Bloom emplea frases ásperas, precisas e incisivas como instrumento con el que desenterrar poco a poco los vestigios del atroz pasado de la funesta comitiva, cuyos miembros quedan enzarzados en un combate febril por espantar los voraces fantasmas que hacen presa en un corazón noble –Howard Kemp, transmutado inexplicablemente en ese Colorado Jim epónimo en el doblaje español, encarnado por un James Stewart impecable en su tormento privado- o por conseguir la libertad a cualquier precio, componiendo un teatro de títeres en el que jugar con la mente de sus captores –Robert Ryan, una réplica un tanto deslucida como maquiavélico bandido-.

             Al contrario que en la metafórica partida de ajedrez entablada entre el rudo y honesto Van Heflin y el astuto y educado villano Glenn Ford en El tren de las tres y diez a Yuma, con la que podrían establecerse comparaciones temáticas y atmosféricas, en Colorado Jim es el héroe quien ofrece un arroja en los fotogramas un contenido volcánico y contradictorio –James Stewart, en la tercera de sus cinco colaboraciones con Mann vuelve a demostrar, como en las anteriores Winchester ’73 y Horizontes lejanos, su poder para, desde su aspecto de ciudadano medio, traslucir un trasfondo dudoso en un viaje de redención-, monomaníaco, obstinado con la idea de revertir su infeliz fortuna a costa del cuello de otro hombre con el que se apunta, desde un presente de odio irracional e innegociable, a un pasado común marcado por unas deudas sin saldar de cuyos detalles nunca llegará a hacerse partícipe del todo al espectador.

Kemp es un mar de incertidumbre, rencor y desolación que amenaza con ahogar la bondad que aún se vislumbra en él a cuentagotas, revelado a través puntuales rebrotes de lucidez fecundados por el carácter constructivo y civilizador que caracteriza a la figura de la mujer en el western. En este caso, una puerta de salvación con los rasgos de una Janet Leigh de moral cuestionable, capaz de reparar el juicio y la confianza -una crisis que parecerá ser devuelta por Mann al año siguiente, desde el otro lado del género, en el personaje herido pero más entero interpretado por Ruth Roman en Tierras lejanas– de un individuo con la fe ciega de quien está dispuesto a tropezar dos veces en la misma piedra.

             Otro ejemplo de la nunca suficientemente reconocida calidad de Anthony Mann en el género.

 

Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 8,5.

El tren de las tres y diez

7 Ago

“En los westerns, no hace falta hablar inglés para saber qué sucede en la pantalla. De todas maneras, siempre he dicho que en el cine sonoro se habla demasiado.”

Glenn Ford

 

 

El tren de las tres y diez

 

Año: 1957.

Director: Delmer Daves.

Reparto: Van Heflin, Glenn Ford, Leora Dana, Henry Jones, Richard Jaeckel, Robert Emhardt, Felicia Farr.

Tráiler

 

 

            En la mitad de la década de los cincuenta, el western, territorio receptivo para todo tipo de tragedias y alegorías, reflejaba en sus polvorientos villorrios las heridas causadas por la infamia del mccarthismo.

El héroe se pone en duda: su valor, sus motivaciones, su proceder. Los habitantes del pueblo, hasta ahora poco más que puro decorado, traslucen un sentir colectivo, reflejo acusador de comportamientos contemporáneos. El verdadero duelo no se desarrolla al aire libre, frente al villano, sino en el interior de la mente dubitativa y atormentada del protagonista. La violencia es, como reza la etiqueta, más psicológica que física.

            El tren de las tres y diez es un exponente clásico del western psicológico, quizás menos reconocido que el estandarte oficial que representa Sólo ante el peligro. Aunque comparten una cita temporal como foco de tensión y punto climático hacia el que se dirige el conflicto, en el presente filme, basado en una novela de Elmore Leonard, el protagonista no se embarca en la denuncia meridiana del sheriff Kane -paradójicamente interpretado por el insulso Gary Cooper, quien nunca tuvo el menor problema en delatar a compañeros de oficio- de la exclusión y la cobardía popular de la caza de brujas. El bueno de Dan Evans (Van Heflin, con su rocosa y contundente sobriedad habitual), pacífico granjero, actúa empujado por la simple necesidad, por la ingratitud de una tierra que desprecia el esfuerzo honrado, ávida de dólares como indispensable motor de progreso en la vida.  

Ante él, a la fuerza, como su imagen revertida -quizás solo producto de las circunstancias o la casualidad-, el bandido Ben Wade (Glenn Ford, controlando los matices de su complejo personaje): rico por el dinero expoliado, con amoríos fugaces en cada parada en el camino –un componente sexual que aparece bastante notorio para los cánones de la época- y dueño de un innegable magnetismo. Es un villano que, como el granjero heroico de Heflin, se sale del arquetipo: contradictorio, presentado con extrema crueldad –dispara a sangre fría a uno de los suyos antes de acabar con el cochero que lo mantenía encañonado-, pero también educado, sarcástico, tranquilo, amante de un trabajo bien hecho, en silencio, siempre con la amenaza bajo su mirada dura pero calmada.

         Sin embargo, a pesar de que posee aquello que Evans codicia con obligada desesperación, Wade también envidia en secreto, revelado tan solo en sus ojos, rasgos de la sufrida vida del ranchero.

De ahí el juego mental entre ambos contendientes, un enfrentamiento en el que el revolver poco tiene que argüir.

           Daves, experto en desarrollar una mirada instrospectiva más allá de lo establecido y en las luchas individuales de un mundo anárquico y feroz, y ayudado por la extraordinaria solidez del reparto, maneja a la perfección los tiempos y las dosis de tensión -lo largos que pueden ser diez minutos en una situación de inquietud-, la complicidad y crudeza de un argumento de logrado aire terminal y pesimista, en la que la vuelta de tuerca a las convenciones del género se extienden a algun recurso dramático un tanto forzado y un desenlace sorprendente, acaso cuestionable, pero, al mismo tiempo, libre y consecuente con el alma de sus personajes.

            Como  curiosidad, y según ciertas versiones, este será uno de los títulos por los que el habla popular de Cuba rebautizará a los Estados Unidos como ‘la Yuma’.

 

Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 7,5.

Cita en Sundown

18 Jul

“Antes de embarcarte en una venganza, cava dos tumbas.”

Confucio

 

 

Cita en Sundown

 

Año: 1957.

Director: Budd Boetticher.

Reparto: Randolph Scott, John Carroll, Noah Berry Jr., John Archer, Karen Steele, Valerie French, Andrew Duggan, Ray Teal, Vaughn Taylor, James Westerfield.

Tráiler

 

 

            En el cuarto episodio del Ciclo Ranown, el triplete artístico conformado por el productor Harry Joe Brown, el director Budd Boetticher y el actor Randolph Scott, elementos inmutables del mismo, como el paisaje árido y aislado, como la sensación de ausencia y el aparente círculo irrompible que gobierna estas cintas, relevaría temporalmente al eficaz Burt Kennedy a los mandos del guion a favor de Charles Lang, al igual que sucederá en la posterior Buchanan cabalga de nuevo.

             Sin embargo, permanecen constantes esenciales y recurrentes de la serie. De nuevo, un hombre con un vacío interior en forma de mujer, provocado por una viudez trágica, metáfora de un país que aún sangra por las heridas de la fratricida Guerra de Secesión, que en esta oportunidad, como sucedía en Tras la pista de los asesinos, ha de rellenarse con la venganza, entendida como pura y simple necesidad visceral, contra el hombre que actuó como desencadenante del drama, un playboy venido a más que ejerce de tirano local en la pequeña Sundown, antiguo paraíso y hoy villorrio moralmente desahuciado, con el interior de su ser corrompido por los vicios de la violencia o el silencio.

              El ciclo se aproximaba al western psicológico, convirtiendo una venganza amorosa generada por una deuda que saldar más imaginada que real en un motor de reacción social que despierta al pueblo contra la mano de hierro del cacique con pies de barro, que ve minada su autoridad con la sola presencia desafiante del forastero.

              Es una vendetta cegada por la ira, una maniobra de defensa contra del dolor. Su origen obsesivo se refleja en la aparición del siempre cariacontecido Scott: rauda, atípicamente agresiva, enfrascado en cuerpo y alma en una misión para la está en guardia en todo momento.

La propia naturaleza de la misma, desentrañada poco a poco durante un filme que si bien no es el más tenso de la saga sí es uno de los más intensos, descubre al mismo tiempo el profundo pesimismo que subyace bajo Cita en Sundown, revelado, gracias a la sencilla genialidad de Boetticher, en la mirada de un cantinero escarmentado de la condición humana, en la insobornable firmeza racional del doctor, único superviviente verdadero de los viejos tiempos, en la vergüenza propia de un pueblo de ovejas, en la estupidez o inutilidad, en el mejor de los casos, de los actos de los personajes.

Muy recomendable western.

 

Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,4. 

Nota del blog: 7,5.

Incidente en Ox-Bow

31 Mar

“La masa no piensa. Carece de mente propia.”

Joe Wilson (Furia)

 

 

Incidente en Ox-Bow

 

Año: 1943.

Director: William A. Wellman.

Reparto: Henry Fonda, Dana Andrews, Harry Morgan, Marc Lawrence, Frank Conroy, William Eythe, Harry Davenport, Paul Hurst, Jane Darwell, Leigh Whipper, Anthony Quinn.

Tráiler

 

 

            La noche, un claro perdido en una garganta recóndita, tres acusados, veintiocho jueces furiosos y tres sogas pendiendo de un árbol.

El western se hacía adulto, y no precisamente con buen humor. El homenaje a los pioneros y la epopeya de la génesis de un país dejaba paso a complejos y oscuros valles en los que se ocultan dramas, dilemas y tragedias humanas universales.

Un taciturno proceso de cambio que encontrará en Incidente en Ox-Bow una de sus piedras angulares. En una tierra sin ley, ruda y colérica, que, como sostenía Ángel Fernández Santos en su imprescindible Más allá del Oeste, entraba a tientas en una titubeante civilización y en la que la cotidiana ritualización de la muerte había dejado a esta vacía de significado, se desvelaba por primera vez una de las cartas más negras de esta cosmogonía: la ciega justicia de la masa, el linchamiento, primer y primitivo bosquejo de ley colectiva en el Salvaje Oeste.

La caza del hombre por el hombre.

            William A. Wellman procedía a trasladar a la pantalla la novela homónima de Walter Van Tilburg Clark, confeso objeto de su admiración, para filmar un western que contradice su habitual querencia por los grandes espacios abiertos. Incidente en Ox-Bow es una cinta turbia, nocturna, claustrofóbica y gélida, de tensión contenida pero penetrante.

Fonda –quien ya se había visto, en un papel más activo, frente a turbamultas ávidas de linchamiento en El joven Lincoln, como esta, también escrita por Lamar Trotti– llega a su villorrio natal sin nada en mente, tan solo con el sueño tenue de recuperar a su amor de juventud. En mal momento. La tensión acumulada por los constantes robos de reses se desborda ante el rumor del asesinato de un ganadero local. El populacho se organiza para dar rienda suelta a sus ansias de justicia. Una justicia homicida en la que las endebles instituciones poco pueden decir frente al poder del revolver y la soga.

Una ley impulsada por el valor de la masa, el deseo impotente de venganza, la insatisfacción y el traspaso de pecados de cobardía. La muerte como solución a sus problemas. Y para la muerte cualquier excusa es buena, cualquier desconocido es sospechoso.

            Es este un filme firmemente posicionado a favor del respeto a los valores humanos -quizás de esta postura decidida y firme surja un cierto exceso de explicitud, mucho más matizada en el libro-, con todo lo que ello implica en este juicio tenebroso parido ya infecto por la atroz justificación de una malentendida racionalidad y que se adentra a machetazos en el infierno denso y viciado de la sinrazón colectiva e individual, alentada por los demonios particulares de cada uno.

Intenso western psicológico.

 

Nota IMDB: 8,2.

Nota FilmAffinity: 8.

Nota del blog: 8.

Perseguido

14 Ene

“El destino es el que baraja las cartas, pero nosotros los que las jugamos.”

Arthur Schopenhauer

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Perseguido

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Año: 1947.

Director: Raoul Walsh.

Reparto: Robert Mitchum, Teresa Wright, Judith Anderson, Dean Jagger.

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            Sostenía Sergio Leone, no sin razón, que el western era la traslación a otros espacios y otros tiempos de la mitología y la tragedia griega. Dramas universales que cambiaban el quitón y la máscara por el sombrero y las cartucheras de cowboy.

Raoul Walsh, experto como nadie en el retrato de trágicos colosos, sean héroes, villanos o no se sepa a ciencia cierta, volvía a revolucionar un género en el que ya había dejado huella con  cintas como La gran jornada, superproducción rodada cuando el cine del Oeste aún pertenecía a la serie B de las majors, o Murieron con las botas puestas, inaugurando ahora el denominado western psicológico.

             Compone en Perseguido un filme sobre condenas heredadas de ignotos pecados ancestrales, destinos marcados en la sangre, venganzas inexorables y despiadadas,  envidias y enfrentamientos cainitas, la suerte como instrumento consumador de la fatalidad inapelable y el intento de redención por amores imposibles que frisan con lo incestuoso.

Un pasado que marcará las cartas de la existencia de un niño de padres asesinados al que la muerte solo ha aplazado la fecha de su condena. Una vida que ha quedado, desde su mismo origen, reducida a la ruina. Difícilmente reparable, derruida cada vez más por la preeminencia del odio en torno a él, por la práctica imposibilidad de consumar un amor reparador en los brazos de su hermanastra, un riesgo gravado por la fuerza de rencores sin piedad que la pueden convertir en cura o en definitivo golpe de gracia.

              El cineasta neoyorkino presenta una obra construida a base de flashbacks, en los que el protagonista rememora el camino recorrido hasta el esclarecimiento de los motivos de su desventura, desarrollados en espacios cerrados –los grandes paisajes del Oeste poco tienen que contar en esta historia atemporal y aespacial- en los que conviven unos personajes movidos por las grandes pasiones y emociones del ser humano: el amor, el odio, la envidia, el arrepentimiento, la ira,… Individuos cuyo destino escapa a su voluntad, donde existen infatigables brazos ejecutores de venganzas inmarcesibles, mutilados para siempre en carne y alma, que ni olvidan ni perdonan, armados con paciencia y una crueldad que supera con mucho el frío plomo de una simple bala.

              Además de la trascendencia dramática y la intriga del misterio, Walsh, hábil autor de intensos espectáculos que traspasan ampliamente lo trivial y gratuito, imprime con mano de hierro y guante de seda un ritmo vertiginoso para narrar la sombría odisea de Jeb (Robert Mitchum, taciturno, con un halo de ternura, decepción y, sobre todo, amargo desarraigo), en busca de respuestas y redención al fatalismo irrespirable, por inexplicable, que, sin renunciar a él, representado en un apellido que se niega a repudiar, envuelve su infausta vida.

Un western poderoso y diferente.

 

Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 8,5.

El hombre de las pistolas de oro

28 Dic

“No soy tan puro, supongo que he roto tantos platos como cualquier hijo de vecino. Pero por lo visto mi rostro parece lo suficiente honesto para que la gente lo quiera así.”

Henry Fonda

El hombre de las pistolas de oro

Año: 1959.

Director: Edward Dmytryk.

Reparto: Richard Windmark, Henry Fonda, Anthony Quinn, Dorothy Malone.

            A finales de la década de 1950 el western se confirmaba como un género trascendente y universal rebasando el simple espectáculo de epopeya de la creación de los Estados Unidos, campo de una temática mutante, cada vez más compleja, híbrida, fruto de la presencia de rasgos argumentales forasteros de las inabarcables llanuras del Oeste. Progresivamente, la mirada hacia el género se torna melancólica, nostálgica, retratando la decadencia de unos paisajes y unos estereotipos languidecientes, símbolos de un cine que, por su parte, se encontraba entonces a punto de iniciar su propio declive.

            El hombre de las pistolas de oro aparece en este contexto como un western psicológico e iconoclasta, destinado a remachar las grandes figuras del Oeste –las bandas de forajidos de las tierras salvajes, el justiciero misterioso, solitario, ácrata e individualista, los hombres de negocios florecientes en la anomia o en su propia ley-; a la vez respaldo subrepticio de posibles intenciones políticas de fondo, sobre todo si se tiene en cuenta el gusto de Edward Dmytryk –procesado durante el mccarthismo como parte de los Diez de Hollywood por sus filiaciones comunistas- por analizar en sus obras, a través de alegorías, a la sociedad estadounidense contemporánea.

             En Warlock, un pueblo de allende la frontera sitiado por una banda de sanguinarios malhechores, los personajes surgen y se desenvuelven en la ambigüedad. El pistolero Clay Blaisedell (Henry Fonda, tradicional integrante del lado recto de la ley y la moral) es presentado como héroe salvador pese a las reticencias del representante local, informal e impotente de la justicia. Esculpido en piedra por Fonda, frío e imperturbable, es este un personaje cansado, que se sabe crepuscular y que vive de sus últimas oportunidades enriquecerse como brazo fuerte, subsanando la paz y el orden allá donde la ley no se atreve o no es capaz de actuar mediante el ejercicio simultáneo de las tareas de juez sumario y verdugo.

Su poder se apoya allí donde flaqueaba el del sheriff, esta vez legítimo, aunque técnicamente retirado, de Solo ante el peligro, otra obra de pronunciado simbolismo político. Esto es, en la cobardía de unos ciudadanos débiles por la anarquía; miedos que acostumbra a apagarse con el restablecimiento, por él mismo, del orden. Como decía el ronin Kanbê Shimada, ellos son los que siempre ganan.

Su motivación es la paga, más allá de su cierto regusto por el reinado del bien, y abandona los negocios, cargos de conciencia, tiros por la espalda y decisiones trascendentes en manos de su apoderado, Tom Morgan (Anthony Quinn, alejado de la tosca brutalidad de sus roles prototípicos), un tahúr sonriente y simpaticote, avispado y maquiavélico, tullido física y moralmente por oscuras heridas del pasado que implican amor y muerte y que resurgen con el retorno de Lily Dollar (Dorothy Malone), cuya belleza y virtud, siguiendo con las mismas pautas del filme, tampoco se podrían calificar de canónicas.

Ante ellos, el tercero en discordia de la cinta, de trazos a veces menos convincentes, Johnny Gannon (Richard Windmark), antiguo maleante al que los remordimientos por una vida tumultuosa que marcan su nudoso rostro obligan a representar a la ley oficial y la llamada vigorosa a la conciencia cívica que tanta falta hacen en Warlock.

            Seres equívocos, desengañados, torturados, decadentes, que nadan entre dos aguas, donde el problema menor, reducido a simple precipitante, será el de acabar con el gobierno de terror de los malvados. Los duelos, más al de la pólvora y el plomo, pasan al terreno de la justicia objetiva y la moral –pagos donde posteriormente tomará cuerpo la superior El hombre que mató a Liberty Valance-, resueltos con diálogos rotundos y precisos como armas.

             Después del denso e interesante desarrollo de la cinta, a Dmytryk parecen fallarle las fuerzas y el ingenio para hacer encajar del todo a un final que, pese a ser consecuente en su significación con el mensaje del filme, adolece de falta de contundencia, preso de esas mismas intenciones desmitificadoras que reclaman un desenlace antiépico para sellar uno de los actas de defunción de unos estereotipos en su última cabalgada, destinados ya irremediablemente a perderse en el horizonte.

 

Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 8.

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