Tag Archives: Western psicológico

Terror en una ciudad de Texas

13 Sep

Un hombre, un arpón, un duelo y una muchedumbre que observa. Los artesanos de la serie B saben cómo gestionar una expectativa. Terror en una ciudad de Texas, Joseph H. Lewis se despide del largometraje para la gran pantalla en la sección de cine clásico de Bandeja de Plata.

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Un revólver solitario

12 May

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Año: 1956.

Director: Harry Horner.

Reparto: Anthony Quinn, Katy Jurado, Peter Whitney, Douglas Fowley, Whit Bissell.

Filme

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          Un hombre comparte su almuerzo con un perro callejero. Mira con desconfianza a los jinetes que se aproximan. “¿Quién es ese que está a las puertas de la taberna?”, pregunta el primero. “Solo un hombre. ¿A quién le importa?”, responde el otro.

Un revólver solitario explora el Oeste desde una perspectiva escéptica y agria, donde los mitos caen derribados por tipos que han aprendido a usar la pistola cinco años atrás y solo con el propósito de vengarse por unos hechos que ni siquiera se revelan, o que el propio finado ni siquiera parece recordar. Es un western donde el sheriff es un pobre diablo que carga con la placa a su pesar, donde los villanos crepusculares son tenderos ambiciosos y fanfarrones, y donde los pistoleros de ágiles muñecas solo aspiran a matarse ahogándose en whiskey. Un western donde el héroe, mexicano errante, naufraga entre la simplicidad, la timidez y la ebriedad, pues ni es pistolero ni es civil. Incluso aparecen ciertas alusiones temáticas a Los siete samuráis en el papel que desempeñan los aldeanos del villorrio decandente donde tiene lugar la acción, incapaces de afrontar sus miedos y desconfiados hacia quienes sí logran blandir un arma en su defensa.

          Lindante con la vertiente psicológica del género, en boga en la desquiciada década de los cincuenta -Katy Jurado bien lo sabía tras participar en la enseña de la corriente, Solo ante el peligro-, el de Un revolver solitario es, pues, un Oeste sumido en sombras de desencanto, desmitificación, amargura y desesperación. Después de la extraña presentación del protagonista, el linchamiento del sheriff lo confirma de la peor de las maneras con una escena de enorme agresividad por su sinrazón y por el patetismo de sus participantes.

          Película de serie B, el realizador de origen bohemio Harry Horner -padre del compositor James Horner y cuya carrera en el séptimo arte está más ligada al diseño de producción, cargo desde el que participa en otras obras turbulentas como El buscavidas o Danzad, danzad malditostraslada estas penumbras psicológicas al escenario ayudado por el director de fotografía Stanley Cortez, quien había creado un cuento expresionista con ellas en La noche del cazador. Un escenario que, además, filma generalmente mediante planos enteros y americanos.

          La estrechez de recursos y la distancia hacia los personajes confiere a la obra un aire un tanto estático o teatral. Un ambiente seco, hostil y aislante donde comparecen los conflictos internos de los personajes, relacionados también con estas sensaciones. El contrapunto lo ofrece el personaje de Jurado en un papel de mujer madura, fuerte y potencialmente redentora que, a pesar de esta solidez de base, posee una evolución un tanto más desdibujada. Aunque no es la mejor interpretación de Quinn, la bastedad, la ternura y la desorientación que despierta su rostro, sus gestos, su tozudez y su determinación, sustentan un argumento que en ocasiones echa en falta mayor firmeza narrativa, pues parece caer en redundancias y vacíos a pesar de sus breves 80 minutos de función.

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Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 5,7.

Nota del blog: 6,5.

El rastro de la pantera

28 Mar

El rastro de la pantera

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Año: 1954.

Director: William A. Wellman.

Reparto: Robert Mitchum, Teresa Wright, Diana Lynn, Tab Hunter, Beulah Bondi, Philip Tonge, William Hopper, Carl ‘Alfalfa’ Switzer.

Tráiler

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          La comunión entre la literatura de Walter van Tilburg Clarke y el cine de William A. Wellman se traduce en la conversión del Oeste de los espacios abiertos y los héroes morales y épicos en un escenario estrecho hasta límites teatrales, donde los personajes quedan enclaustrados junto a sus dudas, sus complejos y sus temores existenciales. Westerns psicológicos en toda regla.

Si Incidente en Ox-Bow reflexionaba acerca del embrutecimiento de la sociedad cuando esta se torna simple masa, en El rastro de la pantera el colectivo a examinar es más reducido, pero no menos crucial. El filme explora las cicatrices de una familia que representa a los pioneros fundadores de la nación, a los conquistadores del territorio por medio del esfuerzo, el arrojo y la sangre, que tras la adrenalina de la colonización se encuentran ahora sedentarios en un rancho que, de tan basto que ha logrado ser, ejerce sobre ellos un efecto aislante y reconcentrador.

          Empleando como precipitante dramático la perturbación de la amenaza exterior -la pantera, que a la postre asume características alegóricas, históricas e incluso esotéricas- el argumento procede a la destrucción sistemática de los principios regidores del género -el territorio abierto encajonado por macizos inexpugnables, la unidad familiar como centro de conflicto y no de refugio, la dominación del país a costa de depredar a los pueblos nativos, el hombre intrépido como ser frágil y atormentado tras su fachada impetuosa y bravucona-.

          Decididamente trágico, El rastro de la pantera posee una puesta en escena de marcada ascendencia dramatúrgica. En la representación, centrada prácticamente en las estancias de una casa -vértice donde convergen las tumultuosas relaciones de los protagonistas-, cobra una gran relevancia el fuera de campo y la información que procede de él mediante el sonido -las risas, los rugidos, el viento incesante-, así como el uso de la palabra a través del diálogos e incluso el monólogo -el macho alfa enfrentado a sus flaquezas íntimas en la cruda soledad de la montaña-.

Sus intenciones de profundización, no obstante, quedan en parte restringidas por este excesivo estatismo teatral, al igual que por su cierta tendencia a la verbalización o a la redundancia conceptual -el insistente plano sobre la cordillera nevada-.

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Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 6,5.

Los malvados de Firecreek

26 Nov

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Año: 1968.

Director: Vincent McEveety.

Reparto: James Stewart, Henry Fonda, Inger Stevens, Gary Lockwood, Dean Jagger, Ed Begley, Jay C. Flippen, Jack Elam, James Best, Barbara Luna, Brooke Bundy, Robert Porter, Jacqueline Scott.

Tráiler

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            Si una cinta merecía que los distribuidores españoles la renombrasen como Infierno de cobardes, esa era Los malvados de Firecreek. Seña de identidad del western psicológico donde se adscribe, el filme podría pasar por otra variación de Solo ante el peligro -quintaesencia del subgénero- en su exposición de una violencia que no se produce tanto de forma física, sino sobre todo moral; más terrible en sus consecuencias y más perceptible por un espectador que, despojado de la ficticia fantasía del cine del Oeste, corre el riesgo de encontrarse en los fotogramas con su propio y crudo reflejo.

            Este nuevo antisheriff que protagoniza la obra –un ‘shariff’ de hecho, debido a un expresivo error ortográfico- profundiza en el enfrentamiento del estereotipo y del constructo histórico contra sus naturales flaquezas humanas. En consecuencia, el apacible pueblecito donde transcurre la acción se revela como un pudridero de cobardes y tullidos emocionales, y en el que la irrupción de un grupo de villanos tan solo es la excusa que destapa la miseria del lugar. Desde los más apocados hasta los más terribles, todos los personajes que concurren en Los malvados de Firecreek ocultan algo, ya sea una sombra del pasado, desencanto rampante, melancolía terminal, remordimientos insospechados, vicios inconfesables, codicia corruptora o simple estupidez.

Paradójicamente, las dos caras de esta dudosa moneda, encargados de personificar el enfrentamiento entre opuestos semejantes, son una pareja de actores ejemplares, cada uno a su manera encarnación de los valores ideales del país: James Stewart, representación del estadounidense medio que interpreta a un sheriff honorario atormentado por la disyuntiva entre la obligación y el temor, y Henry Fonda, sublimación del idealismo comprometido que aborda aquí a un pistolero a sueldo que atraviesa un doloroso vacío existencial, consciente de su anacronismo y de su caducidad en marcha –balazo incluido en forma de anticipo-.

            Afín al carácter de ambos, y a pesar de puntuales pero significativas intromisiones –la estética descuidada de los forajidos, la presencia de Jack Elam entre ellos, algún rasgo de agresiva fisicidad en la violencia-, el estilo visual de la producción parece procedente de otra época, ignorante bien por incapacidad, bien por testarudez de los cambios que había atravesado ya el western hasta quedar irreconocible por la vía de la crepuscularidad visceral, el realismo contestatario o la caricatura exótica.

            La violencia y la tensión del argumento, decíamos, es implosiva y palpita a través de estos sentimientos exacerbados, donde atruena el combate entre el deber ético y la pusilanimidad de superviviente. La humillación y la dignidad, la renuncia y la culpa; tan reconocibles y paladeables para cualquier ser humano. No hay aquí un John Wayne que tenga claro a quién disparar para arrancar de raíz el presunto o el potencial Mal que acecha a las buenas gentes, como tampoco aparece un Lee Marvin que materialice esta iniquidad abstracta que merece ser aniquilada sin perder el sueño.

Los malvados de Firecreek padece otro de los rasgos idiosincrásicos del western psicológico: la tendencia discursiva del relato, evidente en algunos diálogos que caen en la verbalización evidente de unos conceptos que ya retumbaban con descomunal fuerza en el interior del espectador. Mensajes que, además, siempre ofrecen la tentación de medirlos con el contexto histórico exterior a la sala de cine, en este caso a unos Estados Unidos envueltos en una tremebunda crisis de identidad donde el comienzo del fin del verano del amor anunciaba una turbia pesadilla que amenazaba la salud de las libertades sociales y democráticas de la nación, hundida además en una guerra en Vietnam cada vez más sanguinolenta e inexcusable. ¿Es así la obra una llamada en contra de esa inacción bélica, disfrazada de pacifismo, frente a los despiadados malvados que amenazan este mundo antagónico de la Guerra Fría? Quizás pudiera leerse de esta manera.

            De un modo u otro, la película conserva pasajes dotados de una intensidad admirable, hasta la explosión de unos personajes que tratan con ira de sacudirse su patetismo, probablemente en vano y con independencia del desenlace al que conduzcan sus decisiones.

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Nota IMDB: 6,8.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 7,5.

Fort Massacre (El fuerte de la matanza)

4 Mar

“He matado más indios que Custer, Beecher y Chivington juntos.”

John Ford

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Fort Massacre

(El fuerte de la matanza)

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Fort Massacre (El fuerte de la matanza)

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Año: 1958.

Director: Joseph M. Newman.

Reparto: Joel McCrea, John Russell, Forrest Tucker, George N. Neise, Robert Osterloh, Denver Pyle, Anthony Caruso, Francis McDonald, Susan Cabot.

Tráiler

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            Después de una suicida y feroz batalla por conquistar un mísero pozo de agua, el líder de la expedición apache, último hombre vivo de la partida, arroja su rifle al suelo y alza los brazos en señal de rendición. Desde lo alto del promontorio desde donde defendía su posición, el sargento Vinson observa meditabundo al enemigo derrotado, levanta la mira de su arma y le descerraja un tiro certero en el pecho.

            Después de alcanzar la plenitud de su madurez, el western iba a experimentar un envejecimiento hosco y desencantado. En la década de los cincuenta, variantes malencaradas y tortuosas como el western sucio y el western psicológico comenzaban a emerger entre las otrora verdes praderas vírgenes del territorio de la utopía y la épica.

Desapercibida bajo la sombra de producciones más rutilantes y prestigiosas, Fort Massacre (El fuerte de la matanza) guarda en secreto una abrumadora antología de sentencias que atentan violentamente, con idéntica falta de piedad a la del sargento Vinson, contra el espíritu de la conquista y contra bastiones fundamentales del país como el ejército, la religión e incluso las propias estrellas del género cinematográfico.

Cosido a la piel del dudoso Vinson, sorprendente en su atinada creación de matices, Joel McCrea subvierte su imagen heroica y amable dentro de una estrategia muy semejante a la que, en las turbias Winchester ’73, Horizontes lejanos, Colorado Jim, El hombre de Laramie y Tierras lejanas, el director Anthony Mann empleaba con el estereotipo de bonancible americano medio que encarnaba James Stewart, de quien aprovechaba su mirada ensombrecida a causa de su paso por los horrores de la Segunda Guerra Mundial. John Ford lo sacará partido asimismo en la pesimista Dos cabalgan juntos.

             “Se ha muerto sin pedirle permiso a Washington”, ironiza el recluta irlandés McGurney (Forrest Tucker) como toda deferencia hacia su teniente caído en combate. “Solo cavaré un metro: no era más que medio hombre”, contesta el encargado de vaciar para el muerto una tumba en el desierto. Es manifiesto el desprecio que siente hacia el uniforme militar la horda de desarrapados que componen el pelotón de caballería del filme –más bien lo que queda de él tras ser destrozado por los indios-. Sin embargo, no es éste un desprecio sin fundamento; ni ellos personajes censurables destinados a sufrir un merecido escarmiento por parte de una autoridad superior en mando y moralidad a sus tristes figuras carentes de honor, valor o sentido patriótico. Órdenes tiránicas, misiones absurdas y pulsiones psicóticas. Temblores en la batalla, ineficiencia en su desorientado cometido y crueldad fuera de cualquier justificación.

Fort Massacre desnuda las vergüenzas de la leyenda y las expone ante la pantalla, enfangadas con destemplado e iconoclasta realismo.

             Enraizándose con la tripulación de la tormentosa y colosal aventura marina del Moby Dick de Herman Melville, la patrulla de Fort Massacre, abandonada en la inmensidad salvaje y sobrehumana del desierto, barrunta que Vinson, en su rol de capitán Ahab, heredero del trasunto de Custer que era el coronel Thursday de Fort Apache y antecesor directo del James Lassiter de Río Conchos y el Ethan Edwards de Centauros del desierto, les conduce a la perdición presa de la locura monomaníaca que sangra en su interior malherido.

El espectador, asimilado en su innegociable neutralidad al joven y recién llegado recluta Travis (John Russell) –“que no ve, no oye y no habla”-, se mantiene expectante ante la pavorosa e inescrutable ambigüedad que se cierne entorno a él, distanciado como lo estaba Ismael en la vorágine que gobernaba el ballenero Pequod. Quizás este personaje, detentador del punto de vista del relato, posea un dibujo más rudimentario y una evolución previsible a medida que la narración adopta un tono un tanto más discursivo -que, además, culminará con una conclusión de apariencia algo precipitada-. Pero no por ello deja de resultar una composición interesante. Con ciertos paralelismos también con el Marlow de El corazón de las tinieblas, otra antiepopeya tétrica y terrible, Travis se encuentra enfrentado a sus miedos y odios cervales, amenazado por una oscuridad contagiosa como una peste, capaz de penetrar implacable hasta el tuétano del hombre.

A descubrir.

 

Nota IMDB: 6,2.

Nota FilmAffinity: 6,1.

Nota del blog: 8.

Cazador de forajidos

16 Feb

“El western es el género más popular, y otorga más libertad que los otros para poner en escena todo tipo de pasiones y acciones violentas. Creo que es también el género que envejece de forma menos rápida, porque resulta esencialmente primitivo. No tiene ninguna regla y todo es posible. De él, sobre todo, surge la leyenda, y es la leyenda lo que ofrece un cine mejor, lo que excita la imaginación”.

Anthony Mann

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Cazador de forajidos

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Cazador de forajidos.

Año: 1957.

Director: Anthony Mann.

Reparto: Henry Fonda, Anthony Perkins, Michel Ray, Betsy Palmer, Neville Brand, John McIntire, Mary Webster, Lee Van Cleef, Peter Baldwin, Howard Petrie.

Tráiler

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            Un forastero llega a un villorrio arrastrando tras de sí el olor de la muerte, ante la horrorizada mirada de los lugareños.

            Henry Fonda, una de las más fieles encarnaciones de la dignidad sobre la pantalla de cine, se encuentra aquí en el papel de un frío cazarrecompensas enfrentado contra un Oeste que ha dejado de ser salvaje al menos en su apariencia externa. Su Morgan Hickman de Cazador de forajidos se presenta con una impasible amoralidad que bien podría servir de antecedente para el anónimo pistolero de Clint Eastwood de Por un puñado de dólares o, en definitiva, para los oscuros tintes que impregnarán el western crepuscular y el western sucio. Es un hombre que ha reducido la justicia y la muerte -todo uno en las arenas del western-, a simple medio de vida. A negocio, mercancía.

No obstante, se trata de una pose impostada, construida para defenderse contra los agrios y dolorosos embates de la hipocresía que domina la sociedad supuestamente civilizada –principalmente por el impulso de los poderes económicos-, ávida de justicia limpia pero cobarde e insolidaria a la hora de hacerla valer –se reproducen aquí los ecos de Solo ante el peligro, alegoría del mccarthismo y abanderada del western psicológico-.

Una conducta hermética, renegada y descreída aunque en perpetuo desacuerdo con su naturaleza sentimental y con los desafíos de su presente, a través de los cuales se descubrirá su condición de llaga ardiente, mal cicatrizada.

            Cazador de forajidos escudriña la figura del sheriff en su calidad de corporeización de la justicia, con el añadido de que, en este contexto del western, es además el depositario de la potestad privilegiada, y ahora exclusiva, de ejercer la violencia amparado en la legislación de su cargo, cuyos márgenes quedan libres al albur de quien lo ejerza y, por esta misma razón, vulnerables de ser secuestrados y corrompidos.

            El escaso presupuesto no es obstáculo para que Cazador de forajidos junte a uno de los grandes realizadores de western de la historia del cine, Anthony Mann, a un guionista de relumbrón como Dudley Nichols, hombre de confianza de John Ford, una estrella rutilante, Henry Fonda, y otra emergente, Anthony Perkins.

Su comienzo es magistral. Mann imparte lecciones de claridad y concisión expositiva con la citada aparición del protagonista, la perfecta definición del resto de personajes y las relaciones con las que chocan entre ellos –los roles de maestro y alumno con el inexperto y provisional sheriff, la conexión sentimental entre seres igualmente marginales, desarraigados y heridos, el conflicto con el convulso entorno-. La composición de la atmósfera cabalga a la par, a pesar de cierto subrayado verbal: asfixiante, crispada por una potente mezcla de racismo y violencia, con la sombra de la muerte cernida sobre la historia y la realidad de los individuos. Es capital el empleo del silencio, arma primordial con la que el cineasta descerraja la tensión sobre la escena.

            En cambio, el desarrollo del relato transita lugares más conocidos, lo que confiere cierta previsibilidad a la trama y rebaja la turbulenta densidad dramática de la obra. Aun así, Cazador de forajidos mantiene una estimable solidez, afirmada por el firme pulso narrativo de Mann, y consigue legar de nuevo imponentes escenas cargadas de electricidad.

 

Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 8.

Colorado Jim

8 Nov

“Una película del Oeste acepta cualquier tipo historia ¿Cómo no vamos a sentirnos fascinados por el western?”

Lawrence Kasdan

 

 

Colorado Jim

 

Año: 1953.

Director: Anthony Mann.

Reparto: James Stewart, Janet Leigh, Robert Ryan, Ralph Meeker, Millard Mitchell.

Tráiler

 

 

             Los parajes idílicos del western, las altas cumbres nevadas y sus valles con prístinos lagos y praderas henchidas y fragantes de flores, no siempre contemplaron epopeyas de virtud, heroísmo y conquista valerosa. Anthony Mann bien lo sabía, experto en emplear las evocaciones de esos pedazos vírgenes de paraíso según su propia conveniencia. De hecho, ateniéndonos a su trama, Colorado Jim bien podría haberse ambientado en el sótano nauseabundo de un tugurio de Chicago o en las sórdidas calles del San Francisco de los años de la depresión.

             En las sobrecogedoras e inexpugnables Montañas Rocosas aparece de improviso, mientras restalla la música, la espuela de un jinete surgido de la nada y conmemorado a la caza del hombre.

Anthony Mann despliega un western turbio, oscuro, inscrito en la incipiente vertiente psicológica del género. Tres hombres sin piedad escoltan hasta la horca, a cambio de oro, al brutal y sibilino forajido Ben Vandergroat ante los ojos atónitos de la joven compañera de éste, cada uno de ellos con unas pesadas alforjas a cuestas –un corazón traicionado de la peor manera, una mala suerte irreparable, una deshonrosa licenciatura militar apuntillada por una execrable violación-.

             Como observa el mismo Vandergroat, elegir la manera de morir es fácil; elegir la manera de vivir es lo realmente difícil. Colorado Jim describe un camino tortuoso y obsesivo, un proceso interior abierto a la festiva naturaleza de una escenografía de belleza abrumadora.

El guion de los debutantes Sam Rolfe y Harold Jack Bloom emplea frases ásperas, precisas e incisivas como instrumento con el que desenterrar poco a poco los vestigios del atroz pasado de la funesta comitiva, cuyos miembros quedan enzarzados en un combate febril por espantar los voraces fantasmas que hacen presa en un corazón noble –Howard Kemp, transmutado inexplicablemente en ese Colorado Jim epónimo en el doblaje español, encarnado por un James Stewart impecable en su tormento privado- o por conseguir la libertad a cualquier precio, componiendo un teatro de títeres en el que jugar con la mente de sus captores –Robert Ryan, una réplica un tanto deslucida como maquiavélico bandido-.

             Al contrario que en la metafórica partida de ajedrez entablada entre el rudo y honesto Van Heflin y el astuto y educado villano Glenn Ford en El tren de las tres y diez a Yuma, con la que podrían establecerse comparaciones temáticas y atmosféricas, en Colorado Jim es el héroe quien ofrece un arroja en los fotogramas un contenido volcánico y contradictorio –James Stewart, en la tercera de sus cinco colaboraciones con Mann vuelve a demostrar, como en las anteriores Winchester ’73 y Horizontes lejanos, su poder para, desde su aspecto de ciudadano medio, traslucir un trasfondo dudoso en un viaje de redención-, monomaníaco, obstinado con la idea de revertir su infeliz fortuna a costa del cuello de otro hombre con el que se apunta, desde un presente de odio irracional e innegociable, a un pasado común marcado por unas deudas sin saldar de cuyos detalles nunca llegará a hacerse partícipe del todo al espectador.

Kemp es un mar de incertidumbre, rencor y desolación que amenaza con ahogar la bondad que aún se vislumbra en él a cuentagotas, revelado a través puntuales rebrotes de lucidez fecundados por el carácter constructivo y civilizador que caracteriza a la figura de la mujer en el western. En este caso, una puerta de salvación con los rasgos de una Janet Leigh de moral cuestionable, capaz de reparar el juicio y la confianza -una crisis que parecerá ser devuelta por Mann al año siguiente, desde el otro lado del género, en el personaje herido pero más entero interpretado por Ruth Roman en Tierras lejanas– de un individuo con la fe ciega de quien está dispuesto a tropezar dos veces en la misma piedra.

             Otro ejemplo de la nunca suficientemente reconocida calidad de Anthony Mann en el género.

 

Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 8,5.

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