Tag Archives: Washington D.C.

Capitán América: El soldado de invierno

14 Jul

.

Año: 2014.

Directores: Anthony Russo, Joe Russo.

Reparto: Chris Evans, Scarlett Johansson, Anthony Mackie, Samuel L. Jackson, Robert Redford, Sebastian Stan, Maximiliano Hernández, Frank Grillo, Cobie Smulders, Emily VanCamp, Toby Jones, Hayley Atwell.

Tráiler

.

         En la tercera entrega de las aventuras de Iron Man, el superhéroe que configuró la marca cinematográfica de Marvel, el correspondiente villano, un terrorista iluminado y oriental que respondía al nombre de El Mandarín, se revelaba finalmente como un truco de distracción promovido por poderes fácticos en la sombra, más reales y terribles. Aunque la remodelación de este personaje desconcertaría e irritaría a los fanáticos del cómic original -espacio artístico secundario a estas alturas de la industria-, la maniobra de Shane Black serviría para dotar al blockbuster de un acidísimo contenido crítico respecto de la política exterior estadounidense.

Siguiendo esta línea subversiva, Capitán América: El soldado de invierno sitúa al protagonista, que no deja de ser un veterano de la Segunda Guerra Mundial, en un thriller de espionaje ambientado en la paranoia posterior al 11-S, el espionaje masivo de la Agencia Nacional de Seguridad y la vulnerabilidad de la información privada de los usuarios de internet y las redes sociales en todo el mundo. Sus lecturas, a pesar de cierta ambigüedad final en la comisión de investigación -un apunte hacia las posibilidades de corrección del sistema, el reciclaje parcial de las manzanas sin pudrir en las viejas instituciones a las que precisamente se aludía, la defensa del superhéroe vigilante que no obstante queda desterrado al margen de lo establecido-, son tremendamente contundentes: el siglo XXI como un libro digital abierto al poder y del que éste se sirve para espolear el fascismo que se esconde en medidas presuntamente patrióticas que defienden, cueste lo que cueste, conceptos como la seguridad nacional. Y, frente a ello, propone recuperar el espíritu honesto y entregado de la mitificada ‘mejor generación’, cuya memoria, como parece indicar la enfermedad de la anciana agente Carter, pende al borde de su desaparición definitiva.

         De este modo, Capitán América: El soldado de invierno trasciende el sencillo espectáculo superheroico de su primer capítulo para combinar un entretenido ejercicio de intriga -de giros bastante previsibles, en cualquier caso- con una mirada crítica que aporta discurso y mensaje a la diversión palomitera, la cual esta vez queda ligada a unas escenas de acción que no poseen el corte clasicista de Capitán América: El primer vengador, sino que toman la cinética dinámica y el nervio inquieto del estilo coreográfico de las artes marciales mostrado, como ejemplo popularizador, en El caso Bourne.

Por tanto, la cinta conecta con esa sensación de desencanto y conspiranoia, capaz de emparentar los turbulentos años setenta con este comienzo del milenio, que también barniza otro producto Marvel como es la serie The Punisher. Se podría decir que, en cierta forma, Capitán América: El soldado de invierno está casi más cerca de Los tres días del Cóndor -sirva de conexión la presencia en el reparto de Robert Redford, uno de los adalides de la izquierda hollywoodiense- que de una película de superhéroes al uso, tal es la desprotección que muestra el supersoldado Steve Rogers frente a una compleja trama que, a priori, sobrepasa sus capacidades, como si se tratase prácticamente de otro individuo común.

Y, al igual que en Los tres días del Cóndor, el aspecto íntimo de la película -la deuda, la redención y la duda-, aporta un elemento dramático menos interesante que lo anterior.

.

Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 7.

Los archivos del Pentágono

29 Ene

.

Año: 2017.

Director: Steven Spielberg.

Reparto: Meryl Streep, Tom Hanks, Bob Odenkirk, Sarah Paulson, Tracy Letts, Bradley Whitford, Bruce Greenwood, Matthew Rhys, Allison Brie, Carrie Coon, Jesse Plemons, David Cross, Michael Stuhlbarg.

Tráiler

.

         No semeja casualidad que, en un presente en el que el presidente de los Estados Unidos ha encontrado en la prensa uno de los principales objetivos de sus invectivas públicas, Steven Spielberg reivindique el papel y la dignidad del periodismo como cuarto poder del Estado retrotrayéndose a otra administración, la de Richard Nixon, que estuvo igualmente caracterizada por su tendencia a la autocracia y su confrontación con los medios de comunicación, cuyas investigaciones, de hecho, destaparon tramas ilícitas que terminaron conduciendo al fin de su mandato en medio de un escandaloso proceso de impeachment.

         Con guiño final incluido al caso Watergate -conservado en fotogramas para la posteridad por Todos los hombres del presidente-, Los archivos del Pentágono se sumerge en una caza periodística -la salida a la luz de unos informes confidenciales acerca de la preparación, la declaración y el desarrollo de la traumática Guerra de Vietnam– que el libreto va enhebrando a través, por un lado, de la persecución de dicha información y, principalmente, del dilema personal de la directora de The Washington Post, Katharine Graham, a partir del cual se aborda otro tema por desgracia hoy candente como es el de la sumisión femenina en un mundo estrictamente masculino, cuyas conclusiones también concienciadas llegan incluso a subrayarse.

         A menudo, el director dispondrá y hasta contrapondrá estas dos vertientes por medio de un montaje paralelo, lo que refuerza el vigor de una intriga y una tensión que posee múltiples facetas: la historia periodística pura en su sacrosanta labor de control del poder, la disputa entre la verdad oficial, las presuntas obligaciones de Estado y la necesidad de transparencia; la discusión entre la dimensión de servicio público de la cabecera y su dimensión economicoempresarial; la intromisión de lo privado en el deber público de la profesión…

Aparte de contribuir a que el ritmo, propio de un thriller, nunca decaiga, son elementos que ayudan a componer un retrato amplio, atento a la significación histórica pero también a las personas que forman parte e influyen decisivamente el episodio -de nuevo la fuerza del individuo como agente activo del cambio social, una premisa manifiesta en las anteriores La lista de Schindler, Amistad o El puente de los espías, si descontamos la posición privilegiada de Abraham Lincoln en Lincoln-. Todo ello permite asimismo trascender su ubicación temporal concreta para, como decíamos, hacerse tangible en la actualidad, si bien sin abonarse tampoco a lecturas catastrofistas del sistema, por más que este tipo de fallas y corruptelas parezcan ser endémicas en la estructura y procedimiento político del país.

         Spielberg maneja con gran habilidad el pulso narrativo, exponiendo el relato desde un estilo clásico que, no obstante, no cae en la excesiva corrección o academicismo que, por ejemplo, lastraba el potencial de la premiada Spotlight, otra reivindicación reciente de la importancia de una prensa libre, comprometida y de calidad. La realización es discreta, fielmente apegada a lo que cuenta, pero el cineasta sabe expresarse con enorme elocuencia y transmitir mediante la puesta en escena y la construcción de atmósfera las sensaciones, vibraciones y conflictos que experimentan sus personajes -que como en Lincoln dependen más del verbo y lo intelectual que de la acción-, aunque también deja en el desenlace soluciones más manidas en su afectado entusiasmo, cuyo envejecimiento se acentúa además por el uso de la meliflua banda sonora de John Williams.

.

Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 8.

El caso Sloane

23 May

.

Año: 2016.

Director: John Madden.

Reparto: Jessica Chastain, Mark Strong, Gugu Mbatha-Raw, Alison Pill, Michael Stuhlbarg, Sam Waterston, David Wilson Barnes, Chuck Shamata, John Lithgow, Jake Lacy.

Tráiler

.

           El guion de El caso Sloane se cuida mucho de mencionar en sus líneas de diálogo las ansias de victoria que mueven a la protagonista: la estratega de un lobby que se comporta como una auténtica yonki de su trabajo -una yuppie de finales de los ochenta, una ‘workaholic’ en términos más recientes-. Miente, manipula y actúa compulsivamente para obtener aquello que desea, aquello que es lo único por lo que se siente gratificada.

El caso Sloane, pues, es principalmente la historia de una adicción y de los intentos de una adicta por regenerarse, enmarcados además en una batalla política que es en esencia moral: el enfrentamiento entre estos grupos de presión que habitan las cloacas aéticas y amorales -un eufemismo para referirse a conductas  inéticas e inmorales- de la política estadounidense, la más influyente del mundo, para desde esa larvada oscuridad reconducir las decisiones de los representantes del pueblo en dirección a sus intereses privados. En concreto, para regular o mantener intacta la permisiva normativa de adquisición de armas de fuego en el país, fuente de numerosas muertes violentas en los Estados Unidos –donde la tasa de mortalidad por esta causa equivale a 27 personas al día, según señalaba The New York Times en junio de 2016– y, al mismo tiempo, principio nacional defendido por la Segunda Enmienda a la constitución.

           Desde una mirada exterior, que es la de un director y sobre todo un guionista británicos -este último abogado de profesión y debutante en la escritura de libretos-, El caso Sloane se sumerge en tres fenómenos problemáticos de la idiosincrasia estadounidense. Un arco temático tripartito -la cultura del éxito convertida en obsesión, el soterrado poder de los lobbies, la adoración del arma de fuego- que mediante una equilibrada exposición garantiza la agilidad y el ritmo de una película de notable metraje -cerca de dos horas y cuarto- y que se desarrolla fundamentalmente a través de conversaciones. Éstas se encuentran marcadas por un perfil elaborado y torrencial que recuerda al de los guiones de Aaron Sorkin, aunque la estructura de la obra, que es puro thriller criminal, parece extraída -si bien con menor carga de ácida ironía- de un ‘heist film’ de otro guionista estrella, también posicionado intelectual y políticamente, como David Mamet, al estilo de una cinta enrevesada y llena de anticipaciones, giros y contragiros como El último golpe.

De hecho, tanto Sorkin como Mamet ya habían explorado la tramoya política estadounidense. El primero, con series como El ala oeste de la Casa Blanca -referencia fundamental en la materia- y The Newsroom -dos de sus actores aparecen aquí: Alison Pill y Sam Waterston-, así como con películas como La guerra de Charlie Wilson o El presidente y Miss Wade -simple base, eso sí, para una comedia romántica entre opuestos, esta vez una lobbista de la ecología y el mismísimo presidente del país-. El segundo, con largometrajes como Hoffa, un pulso al poder o La cortina de humo.

           El caso Sloane se une a esta corriente y presenta un argumento equiparable al que planteaba Lincoln con su discusión entre los medios y el fin respecto de una causa eminentemente justa -allí, la abolición de la esclavitud en el contexto de la Guerra de secesión-. Sin embargo, los resabios de optimismo capriano que pudieran albergar potencialmente las premisas que maneja El caso Sloane -ese concepto de redención del sistema a partir de la redención del individuo que lo sostiene- quedan empañados por la descripción de un entorno irremediablemente corrompido, donde, en lo tocante al lobby, el texto no se ahorra establecer comparativas un tanto efectistas con la prostitución.

De igual manera, la realización clásica de John Madden, eficiente y sin caer en una funcionalidad académica, ajusta el mecano articulado por Jonathan Perera para conferir credibilidad a las sorpresas que, en un gesto de honestidad con el espectador, anticipaba la protagonista con una declaración de intenciones inicial que interpelaba directamente al patio de butacas, mirando a la cara al público. Por ello, más rechinan otros elementos discursivos como la siempre evitable alegato final de conclusiones.

           Teleología, deontología y bien mayor, enzarzados en una vibrante intriga que orquesta y conduce, en solitario, una mujer de retrato complejo y ambiguo, y cuyos matices quedan excepcionalmente incorporados por Jessica Chastain, una de las mejores actrices de su generación -es llamativa la hornada de pelirrojas talentosísimas de Hollywood, en la que se encuentran también Amy Adams y Emma Stone-. La interpretación de Chastain devora la pantalla cuando habla, cuando maquina -únicamente rivalizada por el Mark Strong, otro actor de talla-. Pero destaca aún más por lo que calla, por cuando tiembla y se muestra frágil. Recordemos la marcada línea expiatoria de fondo.

.

Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 7,5.

Encrucijada de odios

24 Jun

La guerra tras la guerra, el odio que no cesa. Encrucijada de odios para la sección de cine clásico de Bandeja de Plata.

.

Sigue leyendo

El presidente y Miss Wade

7 Mar

“Siento un profundo respeto hacia los guionistas. De ellos admiro esa inspiración divina que les hace ser como Miguel Ángel o Leonardo da Vinci. Son la base para absolutamente todo.”

Stephen Frears

.

.

El presidente y Miss Wade

.

El presidente y Miss Wade

.

Año: 1995.

Director: Rob Reiner.

Reparto: Michael Douglas, Annette Bening, Martin Sheen, Michael J. Fox, Anna Deavere Smith, Samantha Mathis, Shawna Waldron, David Paymer, Richard Dreyfuss.

Tráiler

.

            Siempre me ha llamado la atención que un guionista estrella como Aaron Sorkin, capaz de desnudar con apasionante lucidez e inteligencia los entresijos de la política, la cultura y la sociedad americana de nuestro tiempo, también sea probablemente el peor escritor de comedia romántica que he tenido la desgracia de padecer en pequeña pantalla.

Esa cursilería naif propia del romance de Disney más añejo y empachoso, repartida a través de líos y entuertos propias de una burda telenovela venezolana y aderezada con un sentido del humor bastante elemental, es la responsable de que me costase un mundo remachar la atractiva inmersión en las bambalinas de los late shows que es Studio 60 on the Sunset Strip, de apenas una temporada; que tenga estancada en su primer año y sin visos de continuación esa hermosa defensa del periodismo comprometido e idealista que es The Newsroom, y que algo semejante ocurra con el ya dilatado parón con el que tengo pausada la cuarta temporada de El ala oeste de la Casa Blanca, compendio de las inquietudes políticas de Sorkin y relectura antitética de El príncipe de Nicolás Maquiavelo, donde el deber moral prima sobre esa cínica e inflexible teleología que, según el ensayista italiano, debe caracterizar la labor del jefe de estado.

            El presidente y Miss Wade es, por el momento, el único libreto de comedia romántica firmado por Sorkin para el cine. Estrenada en 1995, en ella se advierte ya el pulso entre lo ‘grande’ –el ejercicio del poder por parte de un presidente de los Estados Unidos- y lo ‘pequeño’ –la descripción de su intimidad humana, aquí ligada a un amorío entre el líder del mundo libre y una representante del lobby ecologista-, o viceversa.

De ahí que, por temática y ambientación, El presidente y Miss Wade se erija como un antecesor directo de El ala oeste de la Casa Blanca. De hecho, algunas de las líneas argumentales expuestas en la película serán retomadas en la serie, otras tramas aquí descartadas tendrán asimismo cabida en ella y buena parte del elenco interpretará papeles de mayor o menor importancia también en la producción de la HBO –entre ellos, por supuesto, destaca la extrañeza que produce ver a Martin Sheen y que no domine el Despacho Oval como su futuro Jed Bartlet, ese presidente utópico que posee el privilegiado intelecto de un premio Nobel de economía y la entrañable sabiduría campesina de un Will Rogers-.

            De este modo, el filme desarrolla los dilemas que acarrea la alta política –el combate entre idealismo y pragmatismo; el desacuerdo entre imposiciones políticas e imperativos éticos y en este caso sentimentales- entreverándolos con un romance que, a partir de sus implicaciones electorales, denuncia la guerra sucia de los partidos y, en especial, la manifiesta hipocresía –bien ingenua, bien malintencionada- que exhibe la sociedad estadounidense acerca de cuestiones como los valores familiares, el derecho a la intimidad de las figuras públicas o el patriotismo mal entendido. La pertinencia de la acusación está fuera de toda duda. Su discurso posee puntos de presión madurados e interesantes, más logrados en comparación con la superficialidad en su ataque a los medios de comunicación.

Y en cuanto al (por lo menos eficiente) capítulo del corazón, la ligereza, los tópicos y la plana realización de Rob Reiner quedan compensados por el buen hacer de los protagonistas, Michael Douglas y Annette Bening. Obviamente, que se trate de un filme de duración limitada a los algo más de cien minutos contribuye a que no emerjan los deplorables defectos descritos en el párrafo introductorio, cabe decir que latentes aunque, por fortuna, todavía bastante controlados, quizás a causa del menor peso del guionista en los resultados finales de la obra.

 

Nota IMDB: 6,8.

Nota FilmAffinity: 5,3.

Nota del blog: 6,5.

Lincoln

7 Ene

“Un estado en el que coexisten la libertad y la esclavitud no puede perdurar.”

Abraham Lincoln

.

.

Lincoln

.

Lincoln.

Año: 2012.

Director: Steven Spielberg.

Reparto: Daniel Day-Lewis, Sally Field, Tommy Lee Jones, David Strathairn, Joseph Gordon-Levitt, James Spader, Hal Holbrook, John Hawkes, Peter McRobbie, Lee Pace, Jackie Earle Haley, Jared Harris.

Tráiler

.

            ¿Puede ser el honesto Abraham Lincoln uno de los más firmes representantes del cínico Nicolás Maquiavelo?

Después de la lacrimógena War Horse, Steven Spielberg retorna al cine adulto para explorar los laberínticos caminos de dilemas éticos y renuncias privadas que se extienden en los campos de la alta política. Para tal fin, empleará a modo brújula una las figuras decisivas y más inspiradoras de la historia de los Estados Unidos, Abraham Lincoln, artífice de la liberación de los esclavos negros -conflicto racial en el seno de los en teoría idealistas Estados Unidos que Spielberg, comprometido humanista aparte de sacacuartos a escala industrial, había abordado ya, con mayor o menor fortuna, en películas como El color púrpura y Amistad-.

            Lincoln plantea la disyuntiva entre la deontología y la teleología en el ámbito político a propósito de la duda del Presidente entre asestar el golpe definitivo a la cruenta Guerra de Secesión o, haciendo uso ilegítimo de los poderes extraordinarios conferidos a su persona por el contexto marcial, acometer la trascendente empresa que dicta su conciencia: reformar la Constitución norteamericana para abolir la oprobiosa esclavitud.

Una decisión azarosa y personalista que parece contradecir la estricta prudencia que definía el retrato compuesto en El joven Lincoln por el maestro John Ford, admirador del ‘honesto Abe’. No obstante, es imposible no reconocer en la presente etopeya otros rasgos definitorios del auténtico héroe popular fordiano, como la capacidad del presidente para conmover, convencer y seducir gracias a su abrumador e incontestable sentido común, lógica y filantropía. De hecho, en cierta manera, la excelsa interpretación de Daniel Day-Lewis -que basta por sí misma para sostener sobre sus hombros la colosal arquitectura de la obra-, recuerda no tanto a la actuación de Henry Fonda en aquella, sino más bien a los entrañables personajes de Will Rogers –en especial el doctor Bull y el juez Priest, quintaesencias del humanismo fordiano, erigidos en referentes morales de una pequeña comunidad que condensa el espíritu del país- a causa de la sencillez de su carácter, propenso a las anécdotas ejemplificantes y a la sabiduría campesina, la humildad de su talante e incluso las flexiones de su voz.

            Así pues, la devastadora crueldad del conflicto bélico se limita a aparecer de manera tangencial, dejando asomar de vez en cuando sus sangrientas consecuencias. De igual modo que Los idus de marzo y Moneyball –ésta en el terreno deportivo-, Lincoln reduce la política de estado a un desordenado juego de despachos y negociaciones en el que prima el posibilismo, el artificio, la persuasión –apoyada o no en mecanismos de corrupción- y el sacrificio privado físico e idealista, el cual se extiende también, con sus propias bajas de guerra, al núcleo familiar –vertiente más sobada del precio del poder que evita ahogarse en el melodramatismo gracias a su carácter puntual y a la credibilidad que Sally Field confiere a su personaje-.

Ni siquiera se realizan grandes y evocadores discursos: Lincoln se limita a sacar breves prédicas del fondo de su chistera –significativo- mientras que, por otro lado, uno de los alegatos climáticos del filme, pronunciado por el igualitarista radical Thaddeus Stevens (Tommy Lee Jones), el verdadero humanista adelantado a su tiempo, constituye simplemente una demostración de cómo comerse un sapo con incomparable elegancia.

            Es la apasionante partida de ajedrez, desbordante de encrucijadas morales y disputada alrededor de la hostil Cámara de Representantes, la que posee un dinámico y fascinante sentido de la intriga, beneficiado por el buen hacer de Spielberg en la construcción de atmósfera y el manejo de los tiempos del metraje.

No es justo ni conveniente extraer lecciones de práctica política a partir de un hecho del siglo XIX, pero bien podrían establecerse ciertos paralelismos con el secuestro en el congreso que, en la actualidad, sufre la ambiciosa Ley de Protección al Paciente y Cuidado de Salud Asequible (el célebre “Obamacare”), un programa de cobertura médica universal a cargo del Estado: como la erradicación del esclavismo, una medida de solidaridad necesaria y fundamental a ojos de todo mundo civilizado menos para el ala republicana y parte de las filas demócratas estadounidenses y por la cual el presidente Barack Obama ha recibido idénticos epítetos de tirano.

 

Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 8.

Nixon

3 Dic

“Están tratando de crucificar sin piedad a Richard Nixon, pero cuando se escriba la historia de este periodo, el caso Watergate no será más que una nota al pie de página.”

John Wayne

.

.

Nixon

.

Nixon.

Año: 1995.

Director: Oliver Stone.

Reparto: Anthony Hopkins, Joan Allen, James Woods, J.T. Walsh, Paul Sorvino, E.G. Marshall, Mary Steenburgen, Bob Hoskins, Powers Boothe, Dave Hyde Pierce, Ed Harris.

Tráiler

.

             Nixon, el hombre obsesionado con presentarse ante Dios como ‘Honest Dick’ –Dick, el honesto, sobrenombre que la Historia atribuye a otro presidente, Abraham Lincoln– y que finalmente sería recibido a las puertas de Pedro Botero con el menos laudatorio ‘Tricky Dicky’ –Dicky, el tramposo-. Un año después de su muerte, Oliver Stone, cineasta del compromiso político, firmemente orillado en su discurso hacia posiciones antiimperialistas y críticas con la historiografía oficial, recuperaba la figura de Richard Nixon, uno de los presidentes más controvertidos de la historia de los Estados Unidos, para realizar un nuevo ensayo acerca de las relaciones entre el individuo y el poder.

            El hijo de una familia pobre y piadosa, el enconado anticomunista de su irrupción en la arena política, el hombre hecho a sí mismo que caía derrotado ante el niño bonito porque le sudaba demasiado el bigote por televisión, el cadáver político que resucita a fuerza de voluntad, el realista pragmático que gobierna con feroz determinación durante una de las épocas más tumultuosas del país, el líder oscurantista y viciado que sucumbirá por el mayor escándalo político de la Historia contemporánea estadounidense.

            Nixon escruta y se sumerge en las sombras del personaje público y de la persona, del político y del ser humano, al mismo tiempo que trata de denunciar las aberraciones enquistadas en la sociedad y la política norteamericana. Lo que podría ser la confirmación del sueño americano en el ámbito de la política, un ascenso heroico a la cúspide cimentado sobre el puro esfuerzo y la superación personal, se convierte en cambio en un descenso a los infiernos en virtud de un desgraciado pacto con el diablo. Un diablo que, opina Stone, es el corazón mismo del sistema: la democracia más poderosa del mundo desfigurada hasta ser una fiera salvaje y desbocada, construida sobre la muerte y no sobre la felicidad de sus integrantes.

Estamos entonces ante Richard Nixon, un individuo torturado por sus complejos íntimos que solo desea redimirse y ser amado en la victoria pero que ni siquiera es el vencedor cuando gana las elecciones presidenciales, preso y esclavo de facto de poderes superiores, intangibles y despiadados. Estamos también ante Richard Nixon, una figura trágica que cae en el pecado de la soberbia desmedida –la hybris griega que nublaba a los poderosos y les conducía irremisiblemente a la perdición- y que, de tanto caminar por su borde, al final es tragado por el abismo.

            El retrato, monumental y minucioso, alcanza momentos de gran intensidad –personalmente encuentro muy atractivo el estilo de montaje de Stone para desgranar la biografía del personaje y hacer aflorar de manera vibrante la tensión emocional de ciertas escenas climáticas-, si bien, en contrapartida, esa desmesura característica provoca que en ocasiones la película caiga en la caricatura.

Aparte de dudosas elecciones como la superficial semblanza de J. Edgar Hoover y de algún que otro célebre secundario, la leve cursilería en la recreación de los dramas de la infancia del protagonista, la materialización de sus fantasmas personales o esa especia de viaje astral reservado para su colapso político, físico y mental; el principal daño que aqueja al filme es que la inconmovible postura ideológica de Stone implica en algunos momentos reducir a Nixon a poco más que una especie de Ricardo III contrahecho y paranoide.

Por otro lado, la desmesurada extensión del metraje provoca la progresiva pérdida de dinamismo del filme, debido así mismo a que el polémico cineasta neoyorkino acaba por resultar un tanto machacón en la exposición de su idea acerca de la acción destructora que el poder ejerce sobre el individuo.

            Además de por medio de esta película tan interesante como irregular, Stone registrará los avatares políticos de Nixon y del gigante norteamericano con mayor densidad de datos, mayor concreción y agilidad e idéntico punto de vista dentro de su recomendable serie documental La historia no contada de los Estados Unidos, recientemente estrenada.

 

Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 7.

A %d blogueros les gusta esto: