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La noche del cazador

13 Dic

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Año: 1955.

Director: Charles Laughton.

Reparto: Billy Chapin, Sally Jane Bruce, Robert Mitchum, Lillian Gish, Shelley Winters, Evelyn Varden, Don Beddoe, James Gleason, Gloria Castillo, Peter Graves.

Tráiler

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         Un grupo de críos juega en un patio de recreo. Hay elementos del escenario que están ocultos por el encuadre del plano pero que ofrecen sugerencias perturbadoras. Los pequeños entonan a coro una cancioncilla “Hing hang hung. See what the hangman done. Hing hang hing hang hing hang hung. See what the hangman done. Hung hang hing. See the robber swing. Hing hang hing hang hing hang hing hang. Hing hang hung. Now my song is done. Hing hang hung. See what the hangman done. Hung hang hing. See the robber swing. Hing hang hing hang hing hang hing hang. Hing hang hung”. Mira lo que ha hecho el verdugo, mira retorcerse al ladrón. Estridente y repetitiva, se clava en los oídos de los niños protagonistas, cuyo padre acaba de ser ejecutado en la horca, y en los oídos del espectador.

Personalmente, considero que esta es una de las escenas más terribles de La noche del cazador, entre otras cosas por su manifestación de uno de los elementos capitales de la obra: la crueldad que todo lo domina, la vileza presente en el ser humano desde su misma infancia, por más que se idealice ingenuamente su presunta inocencia.

Porque La noche del cazador está narrado como si se tratase de un cuento tradicional. Y los cuentos tradicionales son relatos que, pese a su lavado de cara contemporáneo -en buena medida gracias al cine-, entrañan una enorme violencia, con tragedias funestas, abandonos innombrables, latencias sexuales y acciones sanguinolentas; por lo general en marcos históricos definidos por la desesperación y la brutalidad. En este particular, el periodo en el que se ambienta la narración, desbordado de familias depauperadas, inanición rampante y niños expósitos que vagan en pos de su supervivencia, es la Gran Depresión.

         La primera y última película dirigida por Charles Laughton es un cuento de terror formulado en imágenes barrocas y expresionistas -el poder de la sombra, la geometría de la composición, las figuras en escorzo, el lirismo de lo aberrante-, en las cuales explosiona un contraste abrupto entre la cruda realidad del escenario y la imaginería fantástica -bíblica, popular- que aplican sobre ella los hermanos protagonistas, perseguidos por un ogro o un barba azul disfrazado de predicador si bien, de nuevo, asentado sobre los hechos verdaderos -el asesino en serie Harry Powers, ajusticiado en los años treinta por el asesinato de dos mujeres viudas y tres menores-. La pesadilla de una América gótica.

El trazo onírico y exagerado del cineasta permite asimilar la agresividad de los acontecimientos con un halo poético -la naturaleza romántica- hasta en sus últimas consecuenciaslas ondas del cabello mecidas en armonía con las corrientes del río-. Laughton y Mitchum también lo aplican, esta vez con un tono entre alucinado y cartoonesco, a la esencia de este aterrador predicador errante; un ente por momentos sobrenatural pero que, al mismo tiempo, entre saltos, muecas y alaridos, puede transformarse en un guiñol de barraca o en un dibujo animado. Los tatuajes en los nudillos (HATE, “odio”, y LOVE, “amor”), su caracterización estrafalaria, su retórica antiguotestamentaria, el corpachón, el bramido atronador y la gestualidad desbordada de Mitchum. El carisma del predicador Harry Powell es abrumador, lo que lo erigirá en uno de los grandes monstruos del cine.

         Decía François Truffaut de La noche del cazador que era un filme experimental que realmente se atrevía a experimentar. La herencia del expresionismo alemán se evidencia en una plasmación en fotogramas que bebe en abundancia del cine mudo, de su sus imágenes profundamente físicas y expresivas -potenciadas por la fotografía del experto Stanley Cortez-, e incluso de recursos gramaticales como el ‘iris shot‘ y de sus estrellas olvidadas, en este caso Lillian Gish. Aunque, sin perjuicio de lo anterior, la obra necesita del sonido para redondear sus tétricas vibraciones. El perfil lejano pero ya identificable del villano al acecho, recortado en el horizonte, resulta espeluznante por sí mismo. Aun así, la voz cavernosa de Mitchum mientras canta su himno -que de hecho antecede a su aparición- refuerza los efectos inquietantes de la composición visual.

         El argumento, no obstante, trasciende la mirada infantil para desarrollar un retrato perverso del ser humano, tanto en su individualidad como, especialmente, en su agregación como masa irracional. En La noche del cazador existen figuras maternales benefactoras, pero de su exposición se extraen, particularmente, pronunciados alientos misóginos que, en paralelo, conectan con las citadas pulsiones sexuales del cuento, que aquí pueden entreverse en el simbolismo de la navaja automática, penetrante herramienta ejecutora que, en un detalle significativo, reacciona ante el erotismo femenino desatado, sea en un antro de striptease, sea ante las inclinaciones amorosas de una adolescente.

La influencia de la cosmovisión religiosa es patente en este sentido. Las nociones de pecado, castigo y redención dominan unos acontecimientos en los que participan falsos profetas que representan una idea abstracta del Mal, adoradores hipócritas que navegan entre dos aguas al albur de sus apetencias y una protectora ‘mamá oca‘ que, de forma casi metalingüística, interpreta y reconduce la narración en curso.

         Tras su fracaso en taquilla, quizás demasiado turbadora y extraña para la época, La noche del cazador sería posteriormente reivindicada como gran clásico del séptimo arte.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 8,2.

Nota del blog: 9.

Loving

23 Ene

loving

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Año: 2016.

Director: Jeff Nichols.

Reparto: Joel Edgerton, Ruth Negga, Nick Kroll, Jon Bass, Christopher Mann, Terri Abney, Chris Green, Sharon Blackwood, Marton Csokas, Bill Camp, David Jensen, Michael Shannon.

Tráiler

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          Hecho insólito en los modos del cine contemporáneo -a no ser que uno sea el laborioso Takashi Miike– coinciden prácticamente en la cartelera española Midnight Special y Loving, las dos últimas películas de Jeff Nichols, uno de los nuevos autores más estimulantes del panorama cinematográfico estadounidense. Aparte de compartir buena parte del equipo técnico e interpretativo, ambas prolongan la cohesión de la trayectoria del director y guionista arkansés, donde la familia ejerce de elemento nuclear, sometido por lo general a distintas tensiones procedentes del entorno social que la circunda.

          En esta ocasión, Loving reflexiona acerca de los conflictos en torno a la imposible conciliación entre las normas sociales -artificiosas por definición y en algunos casos flagrantemente injustas- y la pureza de los sentimientos compartidos, inalienable fuente de realización y dignidad del ser humano. Para ello, recoge la decisiva batalla legal de los Loving, una pareja interracial en la Virginia de los años cincuenta y sesenta, contra el Estado que los oprime a través de un sistema legal que interpreta de manera retorcida la providencia divina para ajustar sus supuestos designios a un esquema ideológico excluyente y clasista, sintetizado en la atroz prohibición del matrimonio entre distintas razas.

Pese a fundar la obra sobre este episodio real -intermediado de hecho por el documental The Loving Story, del que se toman incluso algunas líneas para el libreto-, Nichols no está tan interesado en exponer una relación de hechos a través de un hilo cronológico como en desarrollar a los personajes y componer el arco emocional que recorren a lo largo de su traumática experiencia.

Gracias a esta sensibilidad para crear una historia con alma propia, autónoma respecto de estos acontecimientos que refiere, Loving se despega del envaramiento y la insipidez tradicional del biopic para elevarse como un sereno y elegante relato de amor y dignidad. La grandeza de estos actos inspiradores, determinantes para eliminar una inefable ignominia, proviene esencialmente de las trascendentales emociones de la que manan. Y la autenticidad, pues, no depende de recrear didácticamente estos actos ciertos, sino de la captura de estas emociones que lo sustentan todo.

          El realizador dedica gran atención y cariño a sus protagonistas, incluso a costa de perder profundidad en los márgenes de la narración -el sheriff, por ejemplo, poseía material suficiente como para profundizar en él o irle incorporando aristas, así como ese particular microuniverso del pueblo virginiano donde se mezclan las gentes-. Mientras que Ruth Negga complementa su elocuente mirada con el verbo para dar forma a su Mildred Loving, destaca el talento con la que, desde el gesto y el atoramiento oral, se retrata al esposo, Richard, encarnado por Joel Edgerton. Su ternura, que aparece en su relación con su esposa, queda reforzada mediante la delicadeza y la meticulosidad con la que se emplea en la construcción de casas; su desazón por depender de externos en la creación de su propia familia se manifiesta en silencios torpes, miradas elusivas y posturas reconcentradas.

          Abundando en este simbolismo de la vivienda, la noción de hogar es una de las piedras angulares del argumento, que es al fin y  al cabo lo que comporta el derecho al matrimonio por el que litigian los Loving. El derecho a formar un hogar; ese núcleo familiar como eje vital al que se aludía en la introducción del artículo. De ahí la hostilidad con la que Nichols expone el destierro en la ciudad, la persistente incomodidad que se percibe en Mildred o el hecho de que Richard solo pueda dedicarse a levantar hogares ajenos; detalles expresivos que se incorporan sin caer en clichés o desgarramientos melodramáticos, acordes por tanto con el maduro tono del filme. Quizás este estilo atemperado y pudoroso pudiera identificarse como un desperdicio de potencia dramática y discursiva; a mi juicio es una elección que consolida la credibilidad de los personajes y sus vivencias.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 7,5.

Quemar después de leer

3 Abr

“La estupidez es infinitamente más fascinante que la inteligencia. La inteligencia tiene sus límites, la estupidez no.”

Claude Chabrol

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Quemar después de leer

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Quemar después de leer

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Año: 2006.

Directores: Joel Coen, Ethan Coen.

Reparto: Frances McDormand, George Clooney, John Malkovich, Brad Pitt, Tilda Swinton, Richard Jenkins, Elizabeth Marvel, Oleg Krupa, J.K. Simmons.

Tráiler

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            “¡Aquí parece que follan todos con todos!”, exclama perplejo un oficial de la CIA cuando trata de explicarle a su superior el tremendo embrollo en el que se ha convertido la trama de Quemar después de leer. “Vuelve a informarme cuando algo de esto tenga sentido”, le responde su jefe, todavía más desconcertado ante estos hechos y la conexión que, aparentemente, parece encadenarlos a lo largo de una espiral delirante.

Da cuerpo a Quemar después de leer ese recurrente efecto bola de nieve coeniano que, a partir de una mezquindad nimia, desencadena una tormenta de consecuencias que sobrepasa en mucho las capacidades de aquellos que se ven arrastrados por ella. Es decir, esa misma situación que, entre otros, en Sangre fácil convertía un supuesto ejercicio de suspense criminal en comedia absurda con una venganza por cuernos como semilla, que en Fargo conducía a la perdición a un inútil vendedor de coches que intentaba librarse de la asfixia de su suegro secuestrando inocentemente a su propia cónyuge o que en El gran Lebowski zarandeaba al pobre Nota de un lado a otro de Los Ángeles, en medio de una trama hitchcockiana, en busca de una alfombra que daba ambiente a la casa.

Un artefacto que, en definitiva, va rotando paulatinamente hasta apuntar ese mismo absurdo desmitificador hacia la esencia de los Estados Unidos, en esta ocasión concentrados bajo la sombra de otro icono más: las oficinas de la Agencia Central de Espionaje en Langley, Virginia. Y, a la par, los cáusticos hermanos se embarcan en el desmantelamiento del thriller de espías empleando para ello sus propias armas –la ambientación, la música, los retorcidos giros de guion-.

            Esta vez, el precipitante que incendia por completo la anodina vida de los personajes es la obsesión de Linda Litzke (Frances McDormand), la solterona empleada de un gimnasio local, por realizarse varias operaciones de cirugía estética. Un deseo trabado por la falta de dinero que choca de frente con la frustración y el alcoholismo del recién despedido agente de codificación en el sector balcánico Osborne Cox (John Malkovich), plasmado en unas memorias sobre sus misiones en la CIA que, caprichos del destino y de los cineastas, acaban en manos de una panda de merluzos.

En el núcleo de Quemar después de leer residen por tanto conceptos como el culto al cuerpo, el infantilismo del pensamiento positivo, la avidez materialista, la egolatría burguesa, la falacia del matrimonio o el desengaño frente a la cultura del éxito,… a través de los cuales se caricaturiza este modelo de sociedad americana construida sobre la idiocia, tan peligrosa para uno mismo como para sus semejantes –como ejemplifica el apocado responsable del gimnasio (Richard Jenkins), a priori el más sensato, impulsado incluso por ideales nobles como el amor, y a la postre el más patético de todos, por ser el más apegado a la realidad y en el que más se puede reconocer el espectador medio-.

            Aunque también trabajados al detalle, sus resultados, en cualquier caso, distan mucho de la pluscuamperfecta El gran Lebowski, donde todo funcionaba con precisión de relojería. La comedia de enredo se enreda en el exceso y se mete en un atolladero de donde sale con muchísimas dificultades, provocando que el equilibrio humorístico y argumental del filme se resienta a pesar de los esfuerzos de su estelar elenco. El incendio desatado se enfría en las idas y venidas de los personajes y el punch cómico de la película pierde fuelle, ahogado un tanto por el cúmulo de locuras e insensateces soportado. Incluso el humor negrísimo del cierre irrumpe ya demasiado a contrapié, dadas las circunstancias.

             “¿Qué coño hemos aprendido, Palmer?”, se termina interrogando el alto mando de la CIA, también abrumado por la violencia vitriólica y descontrolada de la trama.

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Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 6.

Bill, qué grande eres

21 Dic

“Yo creía en la América de John Wayne. Mi padre era republicano y me enseñó que el Vietnam era una guerra buena porque los comunistas eran los malos y teníamos que luchar contra ellos. Por otra parte, yo tenía la imagen romántica de la Segunda Guerra Mundial a través del cine. Nada más lejos de la realidad.”

Oliver Stone

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Bill, qué grande eres

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Bill, qué grande eres

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Año: 1950.

Director: John Ford.

Reparto: Dan Dailey, Collen Townsend, Corinne Calvet, William Demarest, Evelyn Varden, Jimmy Lydon, Lloyd Corrigan.

Tráiler

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           Confluyen dos curiosas corrientes en Bill, qué grande eres.

Por un lado, John Ford, cuyo patriotismo norteamericano no puede ponerse en tela de juicio –acudiría a zona de combate durante la Segunda Guerra Mundial para rodar documentales propagandísticos e incluso recibiría heridas bélicas en su transcurso-, entrega una reivindicación inspiradora en tiempos de la gestación de la Guerra Fríala Unión Soviética había probado la bomba atómica y la Guerra de Corea estallaría pocos meses después del estreno- a propósito del necesario heroísmo del hombre común, argamasa de América, quien impulsado por sus ardorosas entrañas y sus convicciones morales hijas de la tierra de la Libertad, decide alistarse en valerosa defensa de su nación amenazada –lo que incluye números musicales con la aparición estelar del Tío Sam-.

Por el otro, su visión de este heroísmo está tiznada de cierto desencanto –a pesar de la dulzura que impregna el tono narrativo y del obligado desenlace del discurso, claro-. Las increíbles aventuras de Bill Kluggs (apropiado Dan Dailey), un muchacho algo simplón de un pueblecito cualquiera de los Estados Unidos -casi un prototipo de Forrest Gump-, son crueles hasta extremos hilarantes, marcados por esa comicidad extemporánea de Ford, cándida, nostálgica y costumbrista.

           Nacido para la gloria –el primero de su municipio para alistarse en el ejército-, condenado a la infamia –destinado a su pueblo natal, se ve reducido a promocionar constantemente por buena conducta como adiestrador de tiro en la academia de formación-, el libreto no se reserva ningún golpe sarcástico en su burla hacia el desesperado muchacho –la colección de galones que acumula, la comparación entre la peligrosidad de pilotar con reclutas frente a los avatares de la guerra en el Pacífico-. Hasta que le llega la hora de los elegidos, donde su contribución a la causa es de nuevo tan humorística como sádica, paródica en su épica, épica en su parodia.

           Bill, qué grande eres se presenta como una película cálida y divertida aunque también tenuemente hosca y apesadumbrada. Una obra relatada con el firme pulso y la elegancia melancólica del cineasta norteamericano y donde los gags despiertan una simpatía que, a causa de su juego de contrastes, deja a su vez un interesante y muy particular poso agridulce, rebosante del escepticismo humanista que caracteriza la filmografía de Ford.

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Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 7.

El silencio de los corderos

28 Oct

“A mí no me interesan los corderos. Solo me los como.”

Hannibal Lecter (Hannibal)

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El silencio de los corderos

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El silencio de los corderos

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Año: 1991.

Director: Jonathan Demme.

Reparto: Jodie Foster, Anthony Hopkins, Ted Levine, Scott Glenn, Brooke Smith, Anthony Heald.

Tráiler

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            En 1988, dos años después del estreno de Hunter -adaptación de la primera novela de la saga de Hannibal Lecter-, Thomas Harris, consciente del carisma del psiquiatra caníbal, publicaba una segunda entrega, El silencio de los corderos, de la que, en el futuro, será una tetralogía. En 1991, se estrenaría su versión en fotogramas, la cual catapultará definitivamente al personaje hasta convertirle en uno de los iconos del Mal en el séptimo arteen 2003 sería elegido por el American Film Institute como el mejor villano del cine– y sentará las bases junto a Seven del thriller psicopático de la década –no por casualidad, David Fincher será luego uno de los candidatos a dirigir Hannibal, secuela de ésta-, influyendo asimismo en otros relatos del FBI con componente de terror psicológico-esotérico como Expediente X, Copycat, El coleccionista de huesos o Fallen.

Además del descomunal reconocimiento público, la crítica encumbrará una obra que se coronará como la tercera en la historia –después de Sucedió una noche y Alguien voló sobre el nido del cuco– en conquistar el Óscar en las cinco categorías principales del galardón: película, director, actor y actriz principal, y guion adaptado.

            Sin duda, el mérito de la cinta de Jonathan Demme reside en la confluencia del arrollador magnetismo del Mal con mayúsculas –refinado, elegante, seductor, mortal- con un solvente relato policial protagonizado por un personaje perfilado con idéntica atención y presencia, la novata Clarice Starling, espíritu inocente encargado de bailar con el demonio a la luz de la luna y descubrir de su mano las sombras que proyecta su propio interior –la determinación, la ambición, la tentación-.

Anthony Hopkins y Jodie Foster, en definitiva; envueltos en una rotunda atmósfera tétrica –buen trabajo de fotografía y de banda sonora a cargo de Tak Fujimoto y Howard Shore respectivamente- bastante más tradicional que la propuesta por Michael Mann en Hunter aunque desde luego efectiva. El cado idóneo donde cultivar apropiadamente el caso de Buffalo Bill (Ted Levine), un Ed Gein redivivo, esencia del negro reverso de América. No obstante, la tensión apenas estallará de forma explícita, prescindiendo de golpes de efecto fáciles, y en cambio permanece siempre soterrada, aferrada a las entrañas de los personajes, bajo su piel, en los sótanos de su alma, ocultos en esa lectura angustiosa y tenebrosa de la esencia del país y de la especie humana.

Lecter, por tanto, se erige tan solo en libertador de las inclinaciones innatas, aquellas que ya discutía íntimamente con el agente Will Graham en El dragón rojo, constituido casi en su doble al otro lado del espejo –o del cristal de la celda-.

            Desde la realización, Demme estelariza acertadamente al doctor –la iluminación sombría o deslumbrante, las figuras que se arremolinan atemorizadas en su presencia al contrario que las que se ciernen masculinas y amenazadoras sobre Starling-, ensalzado asimismo por la justamente recordada interpretación de Hopkins.

El pulso narrativo dosifica con precisión la intriga, equilibrando en un espectáculo de grata intensidad y entretenimiento ese ramillete de duelos íntimos –Lecter y Starling; Starling contra sí misma debido a la capacidad de Lecter de desnudar y cuestionar la naturaleza de sus oponentes– y el derivado y por tanto secundario duelo policíaco e ilusoriamente redentor –Starling contra Buffalo Bill, contra su deuda del pasado-.

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Nota IMDB: 8,6.

Nota FilmAffinity: 8,2.

Nota del blog: 8,5.

Sin ley (Lawless)

28 Abr

“El cine es tanto el arte de buscar un hermoso rostro para poner en el celuloide como el de encontrar el dinero para la compra del celuloide.”

Jean-Luc Godard

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Sin ley (Lawless)

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Sin ley (Lawless)

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Año: 2012.

Director: John Hillcoat.

Reparto: Shia LaBeouf, Tom Hardy, Jason Clarke, Jessica Chastain, Guy Pearce, Mia Wasikowska, Dane DeHaan, Bill Camp, Gary Oldman.

Tráiler

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            Difícil interpretar el devenir de la cartelera española –sobre la cartelera de Ávila en particular, mejor ya ni referirse-. Tres años, y con distribución reducida, ha tardado en estrenarse Sin ley (Lawless) en España, una película que a priori goza del gancho popular que se le suele exigir al cine comercial: un reparto repleto de nombres conocidos –Shia LaBeouf, Tom Hardy, Jessica Chastain, Mia Wasikowska, Guy Pearce, Gary Oldman-, un guionista y un director interesantes –Nick Cave y John Hillcoat- y una temática de ambientación mafiosa, en concreto de gángsters de la Ley seca y los deprimidos años treinta, que parecía experimentar en tiempos recientes una leve resurrección –Enemigos públicos, Gángster Squad (Brigada de élite), la miniserie Bonnie and Clyde y, sobre todo, la monumental serie Boardwalk Empire-. Hasta fue proyectada en el festival de Cannes.

            Sin ley recupera la figura de los contrabandistas de licor del Sur profundo norteamericano, encarnados aquí por tres hermanos complementarios entre los que el benjamín (LaBoeuf), ensombrecido por sus antecesores, trata de abrirse camino a contracorriente, ‘alla Michael Corleone’. Es decir, a raíz del circunstancial vacío de poder dejado por la ausencia, producto de los efectos de esta época de incertidumbre y violencia, del primogénito (Hardy), hombre de ambiciones más moderadas pero rodeado de un aura de admiración y temor a causa de las leyendas acerca de su inmortalidad.

Es éste uno de los rasgos que aproximan la película hacia una cierta sensibilidad del cómic y que de inicio dotan de una particular atmósfera al filme, a los que se unen, entre otros, el caricaturesco dibujo y caracterización del antagonista -un esperpéntico agente federal encarnado con sus habituales limitaciones por Guy Pearce-, el cual también deja tras de sí un reguero westerniano por medio de la colisión entre criminal y ley, entre héroe y villano, entre la moralidad (o como poco un código de dignidad) y la amoralidad, que conduce sin remedio a un encarnizado duelo a muerte.

            Precisamente cuando el argumento demanda mugre y rudeza, brotan en la película los típicos e inadecuados dejes scorsesianos –la narración en off que, describiendo y opinando acerca de una serie de escenas conectadas, y acompañada de música popular, resume la situación de la época desde la perspectiva personal y orgullosa del delincuente- y otros déjà vus formales y temáticos que provocan que, a medida que avanza el metraje, la obra vaya dejando a su paso sensaciones más rutinarias que se metastatizan en un desenlace condescendiente y poco lucido.

Pero, en cualquier caso, la película resulta cuanto menos entretenida, apoyada en la presencia de actores como Chastain o Hardy –a pesar de que tampoco es su trabajo más inspirado-, así como en el buen pulso que luce Hillcoat, por desgracia menos abstracto y menos oscuro respectivamente –y por tanto más impersonal- que en sus precedentes colaboraciones con el singular Nick Cave: La propuesta y La carretera (The Road).

 

Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 6,5.

El nuevo mundo

15 Jun

“Creo que Malick prefiere construir una casa que entrar en el mundo de las inmobiliarias y venderla.”

Brad Pitt

 

 

El nuevo mundo

 

Año: 2005.

Director: Terrence Malick.

Reparto: Q’orianka Kilcher, Colin Farrell, Christian Bale, Christopher Plummer, August Schellenberg, Wes Studi, Yorick van Wageningen.

Tráiler

 

 

            Después del fracaso de público de la infravalorada Días del cielo mediarán veinte años hasta que Terrence Malick rompa su silencio cinematográfico con La delgada línea roja, extraordinario retrato del hombre enfrentado a la irracionalidad.

Esta vez, empleando un guion escrito tres décadas atrás, Malick tan solo aguardaría un lustro para entregar su nuevo poema en imágenes: la revisión del romance entre el capitán inglés John Smith (Colin Farrell) y la princesa algonquina Pocahontas (la suizo-peruana Q’Orianka Kilcher) en la virgen Norteamérica del siglo XVII. El encuentro entre un mundo enfermo y caduco y el Edén del buen salvaje, la transformación del hombre y la civilización, medidas insignificantes frente al todo de la Naturaleza y el Universo, por el amor y el desamor.

            Como en La delgada línea roja, el cineasta tejano propone el renacimiento de un hombre alienado por el contacto con la pureza e inocencia idílica de una sociedad no maleada por los vicios del mundo moderno, urbano, fabril y destructivo. La vida como un continuo nacer y renacer, un proceso de metamorfosis interior derivado del contacto humano.

Así, destaca el contraste entre ese buen salvaje –los algonquinos aquí, los melanesios en La delgada línea roja, la infancia en Días del cielo y, en cierto modo, Malas tierras-, nacido de la Naturaleza –unas escenas acuáticas que tienen algo de seno uterino-, en comparación con Smith, devuelto a la vida al conmutársele su condena a muerte en el mismo cadalso mugriento.

Un proceso de incesante muerte y resurrección de ilusiones y esperanzas que va enlazando toda la estructura capitular del filme.

            El nuevo mundo de la vieja civilización que nace ya corrupto, presa de unos vicios incardinados en su putrefacto interior. Unos seres extraños y aparatosos, intrusos en un paraíso al que no pertenecen y al que, con su solo contacto, ya contaminan de manera irreparable –premisa que ya aparecía también, aunque más tangencialmente, en La delgada línea roja-. Incluso en un contacto virtuoso como el del amor entre ese Smith en busca de lavar su alma de pecados, ser marginal por su origen humilde y sus loables, incomprendidas y utópicas intenciones de igualdad y hermandad, y la princesa nativa –nunca se llegará a mencionar su nombre, ni falta que hace-, convierte a ésta en un ser desplazado por su propio pueblo, causa de su perversión.

Qué mundo éste en el que el amor es causa de desgracia, objeto utilitario ponderado desde un punto de vista racional, político y económico.

             Malick expone un romance en el que el amor doliente forma parte de una emoción con dos caras entrelazadas, unidas a esa constante de muerte y resurrección.

Su incomparable sensibilidad para traducir en imágenes emociones y sentimientos, amor, dolor, esperanza, melancolía, vida y muerte, vuelve a ponerse de manifiesto en la armónica combinación entre la soberbia dirección de actores -capaz de extraer la máxima capacidad del irregular Farrell, impulsar a su máxima expresión la belleza exótica y cándida de Kilcher y conjugar los esfuerzos de todo el reparto-, la precisa banda sonora de Howard Shore y  una puesta en escena desbordante, que recoge la belleza de lo natural hasta el preciosismo y escribe poesía con los pequeños gestos y milagros cotidianos olvidados o imperceptibles para el ojo distraído, concatenando hombre, naturaleza y divinidad en un solo entre, desde la exuberancia de las costas y los bosques inmaculados de Virginia hasta la cenicienta e infecta Londres, orgullo de lo civilizado donde se ha perdido el contacto con lo primigenio, con lo que define y hace bueno y noble al ser humano, donde la Naturaleza se encuentra domada en pequeños reductos, desnuda de su alma, como el hombre que osa dominarla.

Lírica, hermosa y profunda.

 

Nota IMDB: 6,8.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 9.

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