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Estado de sitio

21 Dic

“Me gustan las películas con mensaje, pero no con prospecto.”

Alfredo Landa

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Estado de sitio

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Estado de sitio.

Año: 1972.

Director: Constantin Costa-Gavras.

Reparto: Yves Montand, Renato Salvatori, O.E. Hasse, Jacques Weber, Jean-Luc Bideau.

Filme

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           No solo la ciencia ficción futurística tiene valor profético. Aunque involuntario, puesto que en su argumento reproduce hechos fundamentados históricamente –el caso del asesinato del agente del FBI Dan Mitrione en Uruguay-, Estado de sitio bien podría servir para anticipar el golpe de Estado militar en Chile -país donde precisamente se había rodado el filme-, que acontecerá tan solo un año después del estreno de la película; una pieza más en los oscurantistas y cínicos movimientos de la ‘realpolitik’ estadounidense de Guerra Fría.

            Costa-Gravras, irreductible francotirador enfrentado a todo tipo de totalitarismo –obras como Z y La confesión le granjearían la animadversión de la derecha ultraconservadora y la izquierda comunista, respectivamente-, lanza una encendida proclama contra los métodos fascistas de contrainsurgencia empleados por los regímenes plutocráticos sudamericanos con la decisiva connivencia y apoyo técnico, táctico y material del gigante norteamericano, motivado por sus ambiciones económicas neocoloniales e imperialistas.

            Estado de sitio es un filme narrado con las formas del thriller pero presidido por el afán didáctico y una ambición de realismo próxima al género documental, obtenida a partir de su profusa y precisa carga de información. También rasgo característico del director de origen griego es la manifiesta e indisimulada postura política e ideológica de la exposición, acorde con su compromiso democrático y de izquierdas.

La conjunción ambas vertientes da lugar a una película de estimable valor para acercarse a los turbios callejones de la política internacional estadounidense pero que, en su aspecto puramente crítico, se ve aquejada por un retrato en exceso plano de sus personajes, lo que redunda a su vez en el perjuicio de la tensión dramática y el impacto de la cinta como denuncia.

            Una década más tarde, Costa-Gavras se inspiraría precisamente en sucesos reales del citado golpe de Estado de Chile del 11 de septiembre de 1973 para filmar Missing (Desaparecido), una de sus obras más elogiadas.

 

Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,6.

Nota del blog: 6,5.

Whisky

13 Oct

“Muy pronto los directores que no estén dentro de Hollywood tendrán muchos problemas, porque el espectador no entenderá la clase de cine que se aparta de los cánones establecidos por la industria.”

David Cronenberg

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Whisky

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Whisky.

Año: 2004.

Directores: Pablo Stoll, Juan Pablo Rebella.

Reparto: Andrés Pazos, Mirella Pascual, Jorge Bolani.

Tráiler

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            El cine, como creación destinada a su disfrute en la intimidad colectiva de las salas, en pantalla grande y a oscuras, ha olido el miedo que supuran sus propias heridas, graves llagas con mal pronóstico de sanación. En su histérica espantada, la producción cinematográfica ha tomado caminos emprendidos ya en el pasado: la apuesta por el mayor espectáculo del mundo, la magia megalómana que no tiene cabida en el plasma del salón y mucho menos en la pantalla del ordenador portátil. El más difícil todavía en efectos especiales, el solemne (y costoso) formato en tres dimensiones.

No poseo los conocimientos adecuados para determinar el futuro triunfo o fracaso de dicha tendencia. Sin embargo, no creo que sea beneficioso que este tipo de productos descomunales conduzcan a dejar en la cuneta a otras películas más pequeñas y delicadas, promocionadas con menos medios, pero capaces de reconciliar al espectador con la vieja y maltratada pasión por contar una historia: el núcleo verdadero de este arte o negocio, según cada cual. A pesar de que éstas no ofrezcan material suficiente para armar un impactante tráiler lleno de ruido y furia, mundos fantásticos a la espera de ser explorados, chistes de manual o -dado que en Whisky nos encontramos ante un (mínimo) drama romántico-, besos encendidos e inspiradores.

            El terreno que transita Whisky es el de la prosaica realidad, compartida por personajes terrenos abrumados por preocupaciones cotidianas aunque abisales y turbadoras si se miran con detenimiento, con conocimiento de causa y, sobre todo, con la más elemental empatía. No es el material en el que se forjan los sueños, pero sí aquel que sirve para despertar emociones naturales y reconocibles, para recorrer con deleite esa inabarcable pátina de sensaciones humanas que alberga desde la tristeza a la alegría, de la calidez a la frialdad, de la soledad más desoladora a la siempre imperfecta pero redentora realización sentimental.

            Whisky, crónica del encuentro fortuito y fugaz entre dos viejos desconocidos, el patrón de una fábrica de medias y su empleada, improvisado e imaginario matrimonio pactado ex profeso para la visita del hermano del primero –también patrón de una fábrica de medias, si bien en Brasil, y alejado de la familia desde hace años-, es una de estas marginadas pero vivificantes excepciones.

            Se trata de una película en la que la evolución dramática de sus protagonistas –un proceso íntimo en todo momento- no queda expresada mediante palabras. Ni siquiera a través de la conmoción de sus ojos. Es un cúmulo de reacciones implosivas, descritas apenas por temerosas miradas de soslayo, un leve toque de maquillaje, una flexión de voz que insinúa la sombra de unos insospechados celos, un gesto de apariencia trivial pero atípico en la condición de los protagonistas, las tenues luces que creen intuirse en la cenicienta rutina, un objeto inesperado de deseo, la hilarante y malévola irrupción de la ironía y el absurdo,…

Sutilezas que completan con asombrosa precisión el contexto existencial de los individuos que transitan el relato, las cicatrices de su pasado y su evolución pareja a los en principio intrascendentes acontecimientos.

Desprovisto de cualquier falaz concesión a las fantasías de celuloide barato, su argumento se diría austero y sencillo cuando en realidad es arrollador, complejo e intenso; muy complicado de acometer con éxito. El choque entre la esclerosis emocional del viejo judío, sin nada que decir ni nada que sentir -no se sabe a ciencia cierta si a causa de una barrera traumática que lo lastra, por su extracción sociocultural o por su misma naturaleza-, y su esforzada esposa postiza, desbordada por profundos y sordos anhelos sin confesar, da cabida a la realización de unas utopías tan modestas como ilusionantes y efímeras.

            La puesta en escena de Pablo Stoll y Juan Pablo Rebella, exacta y elocuente, conforma un personaje más del filme, soterrado pero esclarecedor, en perfecta armonía con un reparto inconmensurable en el que Mirella Pascual brilla con luz propia. Es un telón de fondo en el que nada funciona a la primera, un universo encadenado a un ciclo grisáceo y mecánico, ajado, mustio y decadente, que se sume con melancolía en la autoconmiseración mientras decide ignorar, a propósito o por pura e irremediable oxidación, los tímidos e inesperados rayos de sol que asoman por entre sus resquicios.

Una discreta maravilla.

 

Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 8,5.

La batalla del Río de la Plata

2 Ene

“Dichosísimo aquel que corriendo por entre los escollos de la guerra, de la política y de las desgracias públicas, preserva su honor intacto.”

Simón Bolívar

 

 

La batalla del Río de la Plata

 

La batalla del Río de la Plata

Año: 1956.

Directores: Michael Powell, Emeric Pressburger.

Reparto: Anthony Quayle, John Gregson, Ian Hunter, Bernard Lee, Peter Finch, William Squire.

Filme

 

 

            Se vio en la entretenida El espía negro y, sobre todo, en la mayúscula Vida y muerte del coronel Blimp. Para The Archers, los infravalorados Michel Powell y Emeric Pressburger, ejecutar un filme bélico a mayor gloria de las tropas británicas no es óbice para componer una buena película en la que tratar a todas sus piezas con dedicación y llenarla de matices, lecturas, profundidad y humanidad, sin maniqueísmos baratos.

            La batalla del Río de la Plata recreaba ahora el enfrentamiento náutico del mismo nombre, acontecido en los albores de la Segunda Guerra Mundial en los mares del Atlántico Sur entre el escurridizo y letal acorazado de bolsillo nazi Admiral Graff Spee y los valerosos cruceros ligeros Ajax y Achilles y el crucero pesado Exeter británicos.

Un episodio que parece casi anecdótico en el marco global del conflicto pero que sirve a The Archers para componer una película de protagonista colectivo, la marina –independientemente de que sea de uno u otro bando- y su juego de estrategia, una auténtica partida de ajedrez sobre las aguas en la que resultará crucial la capacidad de innovación a la hora de afrontar un tipo de combate condenado al arcaísmo y la guerra sucia por la preeminencia de la aviación, las minas magnéticas y los sibilinos submarinos.

            Rodada al detalle, con un reflejo con rigor propio del documental de las maniobras estratégicas y cotidianas de los navíos -posible gracias a la colaboración de varios buques de la armada británica y el asesoramiento de sus mandos-, La batalla del Río de la Plata propone un entretenidísimo y documentado filme bélico en el que, por encima de la fiereza irracional de la guerra, sobresale, quizás con un punto de vista un tanto ingenuo pero agradecido al fin y al cabo, la humanidad y caballerosidad de sus contendientes, alejados de la locura megalómana y homicida de sus líderes -de los combates de infantería y en tierra firme en extensión- en favor del respeto mutuo, resignados a los gajes de su oficio, lo que aun en situación de cruda y despiadada batalla sirve para tender puentes, pequeños pero enormemente simbólicos.

            La cuidada atención a sus personajes por mucho que sea una película sin protagonismo personal definido -incluida la descripción de los militares alemanes alejada del tradicional y monolítico ‘huno’-, la admirable agilidad del ritmo de la narración y los insólitos detalles humorísticos convierten al filme en una pequeña joya del género bélico, fresca y disfrutable, espectacular pero alejada de la típica grandilocuencia de la épica castrense, productor por lo general de inflados mamotretos, planos y aburridos.

 

Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 6,1.

Nota del blog: 8.

XXY

26 Mar

“En la adolescencia me llevó mucho tiempo ser consciente de mi feminidad. He parecido un chico durante mucho tiempo. Ahora me siento una mujer.”

Kristen Stewart

 

 

XXY

 

Año: 2007.

Director: Lucía Puenzo.

Reparto: Inés Efron, Martín Piroyansky, Ricardo Darín, Valeria Bertuccelli, Germán Palacios, Carolina Pelleritti, Luciano Nóbile, Ailín Salas.

Tráiler

 

 

            La adolescencia. Ese mar de dilemas, rebeldía, problemas, caos y decisivas decisiones que tomar con la cabeza caliente y las hormonas en plena ebullición. El tiempo en el que uno define cómo ser a partir de una mezcla de aspiraciones personales más o menos confusas, presión familiar y genética y deseos de agradar.

Todo hijo de vecino padeció el drama, indefectiblemente ligado a frustraciones sobredimensionadas por el pavo, de decidirse entre rubias y morenas, los amigos o la novia, hacer caso a esos padres que no te comprenden o a unos amigos que parecen saber mucho de todo y poco de nada; hacer lo que crees que quieres, lo que realmente quieres o lo que dicen que debes,…

            Si esto era de todo menos sencillo, imagínense ahora pasar la adolescencia con el cuerpo de un hermafrodita de quince años. La sobredimensión máxima del problema común de la búsqueda de identidad trasladado a la ineludible elección de reafirmase como hombre o como mujer. La duda entre si esa tercera Y cromosómica es una X truncada o una Y de la que pende un colgajo mínimo.

Un tema extraño, espinoso y, cuanto menos, difícil de tratar sin caer en lo grotesco o lo involuntariamente cómico.

            La guionista bonaerense Lucía Puenzo daba el salto a la dirección sin renunciar a la escritura del libreto, basado en el cuento corto Cinismo de Sergio Bizzio. Y consigue superar el escollo de la inexperiencia tras las cámaras por medio de una historia que explora con seriedad y sensibilidad, contada con respeto y corrección, sin panfletismos, sensacionalismos o maniqueísmos, las tenues fronteras que separan el sexo biológico, división más ligada al estereotipo social que a un imperativo de la Naturaleza, sobre todo en un mundo en el que la ciencia del ser humano ha vencido barreras biológicas preestablecidas como la enfermedad, la selección natural evolutiva ligada a ella, etcétera.

            Así, es Álex (Inés Efron), nombre deliberadamente ambiguo, el personaje que toma decisiones, que se atreve y que experimenta tratando de encontrarse a sí mismo tal y como es, enfrentado a una realidad incómoda con esa mezcla de candor y agresividad propia de una época de desorientación, contradicciones, sonrisas y lágrimas. Sobre todo en comparación con Álvaro, su contrapartida, un joven retraído e inseguro, incapaz de asumir riesgos. Un personaje este mucho más desdibujado, protagonista de un poco original viaje iniciático –la madurez alcanzada con la salida de casa, el conocimiento y la vivencia de lo especial-. Una contradicción entre actitudes atribuidas tradicionalmente al sexo opuesto al que encarnan y que finalmente se convierte en torpe con el posterior desarrollo de la subtrama sobre la orientación sexual del chaval.

Lo menos creíble, incluida la impostada conversación última con su progenitor, de una película que en general destaca por su buen manejo de los personajes, de su mundo interior. Veraces, razonables, despiertan empatía con facilidad por su logrado reconocimiento e identificación por parte del espectador, que asume con asombrosa naturalidad la diferencia incluso tras el impacto de ciertas escenas –en ese rasgo de extremación, los clásicos momentos de vergüenza juvenil son aquí especialmente bochornosos-.

            En el fondo, insistimos, XXY no deja de ser una película que lleva al extremo el tópico de la difícil madurez del adolescente, por definición visto a sí mismo como un ente extraño, lo sea o no. Un canto a aceptar la diferencia, a valorarla, aún siendo parte de uno mismo. Y por otro lado, es también, como no podía ser menos, el problema asunción del cambio inevitable por sus padres. Ya nunca serán sus pequeños.

Un mundo en mutación, acertadamente ambientado en el entorno hostil que ofrece la desapacible costa uruguaya, envuelta en una fotografía plomiza, grave.

Y claro, está el empaque que Ricardo Darín le aporta a cualquier cosa en la que aparezca.

 

Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 7.

El lado oscuro del corazón

27 Nov

“Es imposible hacer una buena película sin una cámara que sea como un ojo en el corazón de un poeta.”

Orson Welles

 

 

El lado oscuro del corazón

 

Año: 1992.

Director: Eliseo Subiela.

Reparto: Darío Grandinetti, Sandra Ballesteros, Nacha Guevara, André Mélançon, Jean Pierre Reguerraz.

Tráiler

 

 

            La filmografía del argentino Eliseo Subiela suele dedicar una mirada especial a la vida a través de personajes con una percepción que va más allá de lo convencional, que identifican y experimentan el amor, la muerte, el significado de la existencia, desde un prisma singular e intransferible, especialmente intenso. Es así el protagonista de Hombre mirando al sudeste, supuesto loco, de la misma manera que lo es también el poeta que ofrece el punto de vista de El lado oscuro del corazón, eterno adolescente que cita y asume poemas de Benedetti, Girondo y Gelman, refugiado en la autocondesendencia pesimista de la búsqueda de lo imposiblela mujer capaz de volar-, temeroso de encarar sus propios sentimientos, de arriesgar en una vida/amor adulto su comodidad nihilista e intrascendente, su bohemia ermitaña, desencantada, caótica, desorientada, fingidamente despreocupada, escudo ante la siempre poco comprensiva realidad.

            La poesía como modo de entender la vida, como modo de alejar a una muerte observadora, prosaica, paciente, maternal y celosa; un medio de supervivencia literal, intercalado con sexo vacío y egoísta, con validez tan solo hasta el encuentro inesperado con la horma de su zapato al otro lado del Río de la Plata, en un cabaret, quizás representación del cielo, donde sí existe la mujer que vuela, donde el poeta auténtico –el mismísimo Benedetti-, la divinidad que dictó las líneas que rigen su existencia, toma cuerpo de capitán de navío alemán.

Es el sexo –como amor en contadas ocasiones, como vida- y la muerte, la representación del corazón del poeta.

            El guión, puro lirismo, tiene su eco perfecto en unas imágenes arrebatadas que plasman la mirada subjetiva del protagonista, surrealista en su imaginación y en su manera de sentir, en su percepción visceral de los acontecimientos. Nada se deja al azar, ni una línea, ni una escena, ni una metáfora lingüística o visual, en ocasiones expresión preciosa y mágica de sus emociones, en otras, traviesa ironización de tópicos de la psicología freudiana.

Puede que el final exigiera más fuerza de lo que se le concede, pero así es la vida. Poco se le puede reprochar a Subiela, autor con el atrevimiento de saltarse todas las convenciones de lo romántico, de mirar más allá en lo cotidiano, de lo metafísico, de descubrir los sentimientos humanos para crear un mundo único, cautivador, inspirado, original, sensible, con un tremendo encanto.

 

Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 8,5.

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