Tag Archives: Trilogía de Noriko

El comienzo del verano

8 Jul

“Yasujirô Ozu cambió la manera en la que veía las películas. Consigue demostrar que menos es más. Lo que florece de su cámara inmóvil es algo enorme, conmovedor, poético y verdaderamente único. De entre sus obras, mi favorita es El comienzo del verano.”

Paul Dano

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El comienzo del verano

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Año: 1951.

Director: Yasujirô Ozu.

Reparto: Setsuko Hara, Chishû Riû, Chikage Awashima, Kuniko Miyake, Ichirô Sugai, Chieko Higashiyama, Haruko Sugimura, Kuniko Igawa, Hiroshi Nihon’yanagi, Kokuten Kôdô.

Tráiler

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            La familia, el matrimonio para la mujer y el Japón en transformación tras el trauma de la Segunda Guerra Mundial. Yasujirô Ozu recupera los mimbres argumentales que habían dado a luz la conmovedora Primavera tardía, punto de inflexión en su obra como cineasta, para realizar una nueva de sus múltiples variaciones con El comienzo del verano, caracterizada por esa misma sutileza y sensación de inexorabilidad con la que, en ambos filmes, se asistirá a los cambios emocionales, familiares y culturales de este complejo escenario.

            Segundo episodio de la denominada trilogía de Noriko –bautizado a partir del personaje femenino que interpretará la musa de Ozu, Setsuko Hara, de idéntico nombre y contexto vital en todas ellas, luego cerrado con Cuentos de Tokio-, El comienzo del verano –entendemos que una manera poética de aludir al final de la juventud de la protagonista, a que “se le pase el arroz”- concede todavía mayor protagonismo a la adorable muchacha la cual, en este caso, experimenta la insistencia de sus seres queridos y de la sociedad nipona en su conjunto para que, por fin, a sus ya 28 años, cumpla con su deber tácito con la sociedad y la familia y contraiga nupcias.

            En torno a este drama íntimo, Ozu retrata el drama nacional que atraviesa el país, mutilado por el conflicto bélico y en busca de su regeneración material y moral. Con esa riqueza nacida de la sencillez demostrada en Primavera tardía, marca de estilo del autor, en el decorado donde los personajes de El comienzo del verano comparten sus inquietudes aparecen asimismo carteles en inglés rogando que no se suba a la estatua sagrada de Buda, la Coca Cola sustituye al té y el sake y las obras de teatro tradicional tienen cabida en todos los hogares gracias a la radio.

Señales superfluas de mutación que, empero, se instalan de manera más profunda y dolorosa en el interior de los personajes. Las madres solo tienen memoria para recordar a sus hijos desaparecidos mientras escrutan en silencio programas de investigación que prometen encontrarlos. La viudez erosiona familias y condiciona futuros escarbando una inmensa brecha en los seres que la sufren. Y, en especial, dado el argumento del filme, las mujeres tratan de conquistar un lugar igualitario en la introvertida, inmovilista y ceremoniosa cultura japonesa.

            Desde una inimitable dulzura y un inspirador cariño, el cineasta tokiota expresa la alegre independencia de esta muchacha dulce y afectuosa que atesoraba fotografías de Katharine Hepburn, icono cinematográfico -y por ende universal- de la emancipación de la mujer. Pero el pincel de Ozu no hace distinciones de amor entre sus criaturas y también compone con detenimiento el otoño de los padres de Noriko, que repasan su vida y con estoicismo, como el propio Japón, sanan sus cicatrices prescindiendo del dolor –la pérdida de uno de sus hijos- para regocijarse en el porvenir –sus nietos-. De igual modo, esta pareja de niños que adelanta con sus picardías y triquiñuelas tan naturales y reconocibles el sustrato de obras posteriores como Buenos días, encarna precisamente a esta nueva generación de posguerra, criada con la mirada puesta al frente, sin las estrictas preocupaciones del periodo bélico y sus penurias y peligros.

            Apacible, serena y extraordinariamente lírica –sin preciosismos, ni alardes, con innegociable honestidad, pudor y armonía-, El comienzo del verano hace emanar un poderoso caudal de emociones, exudadas por tantos personajes distintos, con sus respectivas contradicciones y matices –la frustración entreverada con el reconfortante consuelo; la alegría tiznada con un suave poso de tristeza; la esperanza con la melancolía-; todos ellos retratados de una forma igual de atenta, cálida y delicada, con absoluta autenticidad y capacidad de empatía. Emociones que, de nuevo, trascienden el drama íntimo para convertirse en un drama acerca del sentir nacional, anhelante de recobrar la ilusión de vivir.

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Nota IMDB: 8,3.

Nota FilmAffinity: 8.

Nota del blog: 8,5.

Primavera tardía

11 Oct

Este punto de inflexión en el cine del maestro Yasujirô Ozu, queda registrado en la sección DVD de CINEARCHIVO. Compren, compren.

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Cuentos de Tokio

30 May

“A través de la reflexión, he conseguido desarrollar mi propio estilo como director, prescindiendo de cualquier imitación innecesaria.”

Yasujirô Ozu

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Cuentos de Tokio

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Cuentos de Tokio

Año: 1953.

Director: Yasujirô Ozu.

Reparto: Chisû Ryû, Chieiko Higashiyama, Setsuko Hara, Haruko Sugimura, Sô Yamamura, Kuniko Miyake, Kyôko Kawaga, Shirô Osaka.

Tráiler

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            De los tres grandes cineastas japoneses –Akira Kurosawa, Kenji Mizoguchi y Yasujirô Ozu-, considerados los padres fundadores de la cinematografía nipona, Ozu siempre ostentó la etiqueta de ser el “más japonés” de todos. Una definición que ponía de relevancia el carácter especial, distinto e inimitable de su obra. Por ello, más que la voz de la sensibilidad definitoria de su país, Ozu componía una voz única en sí misma, inconfundible.

Como contrapartida de esta particularidad, la trayectoria de Ozu ha sido tradicionalmente la más ajena al espectador occidental. Sin duda, Cuentos de Tokio es su película más conocida y celebrada, mencionada con frecuencia entre las más grandes cumbres del séptimo arte.

            En Cuentos de Tokio, Ozu aborda muchos de los más grandes temas de la condición humana, y lo hace desde la más prosaica sencillez. El viaje a Tokio de un matrimonio de ancianos para reencontrarse con sus hijos ya adultos enfrenta al espectador con el inexorable paso del tiempo, con el conflicto entre pasado y presente en el contexto del Japón surgido del trauma de la Segunda Guerra Mundial, con el contraste entre decepcionante entre las ilusiones personales y la realidad, con la crueldad e hipocresía de las convenciones sociales y de las relaciones humanas, con el indefectible ocaso de toda existencia.

Contenidos colosales que no aparecen en la pantalla a través de grandes y llamativos trazos, sino que se filtran con delicadeza, desapercibidos, por entre la estructura de un drama de apariencia sosegada y minimalista, con la naturalidad y la ausencia de enfatizaciones gratuitas como seña de identidad del argumento y el estilo. La característica técnica de filmado de Ozu, con cámara baja y tomas largas, apenas movimientos de cámara, ritmo apacible y casi nula visibilidad del montaje, baña las cuidadas imágenes de un lirismo pausado, cálido y melancólico a la vez.

Un marco de enorme belleza e inmenso significado en el que el realizador captura con exactitud milimétrica la tenue disolución de un modo de vida agonizante, en sordo pero vibrante conflicto con el cambio, expresado siempre a través de detalles cotidianos y sutiles y no de ostentosos aspavientos melodramáticos.

            “Una hija casada es como un extraño”, observa el anciano patriarca de la familia. El transcurso de los años, las evidentes cicatrices de la guerra –los hijos muertos, la nuera viuda- y la irreparable contaminación cultural convierte a dos generaciones de una misma familia en absolutos desconocidos. Lazos íntimos en los que prima entonces la genuina conexión humana más que la sangre, ejemplificada por la conmovedora y honesta relación entre los ancianos y su nuera, una mujer valerosa que trata de cerrar sus ardientes heridas a base de esfuerzo, generosidad y disposición positiva.

           El prodigioso oído de Ozu y Kôgo Noda, autor de los mejores libretos de la etapa de madurez del cineasta, alienta vida a los personajes que pueblan Cuentos de Tokio. El estoicismo de los ancianos en la asunción de su nuevo lugar en el microcosmos de la familia –condensación metafórica de toda la sociedad-, la mirada severa de los hijos, la condescendencia y comprensión sincera de la hija adoptiva –un individuo tan vulnerable y desamparado como ellos-, la actitud de los nietos –una habilidad para captar la mirada infantil que Ozu llevará a su cima en Buenos días-, la nostálgica desilusión de la tercera edad desplazada, insatisfecha y desesperanzada.

Son todos ellos retratos reconocibles, reales, insertos en un escenario igual de real y reconocible, lo que permite que la historia trascienda las peculiaridades del contexto histórico y cultural para convertirse en un relato universal.

            Una demostración de veracidad solo al alcance de un pacientísimo observador de la existencia, de un sapiente analista de los resortes que accionan el insondable interior del ser humano.

 

Nota IMDB: 8,2.

Nota FilmAffinity: 8,2.

Nota del blog: 8,5.

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