Tag Archives: Trilogía de la guerra antifascista

Paisà (Camarada)

12 Abr

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Año: 1946.

Director: Roberto Rossellini.

Reparto: Carmela Sazio, Robert van Loon, Dots Johnson, Alfonsino Pasca, Maria Michi, Joseph Garland Moore Jr., Harriet Medin, Renzo Avanzo, William Tubbs, Newell Jones, Elmer Feldman, Dale Edmonds, Roberto Van Loel, Cigolani.

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         Tras la ocupación; la liberación. “La historia del cine se divide en dos partes: antes y después de Roma, ciudad abierta“, proclamaba Otto Preminger. Pero Roma, ciudad abierta era solo el primero de los tres episodios en los que Roberto Rossellini filmaba la crónica humana del horror más aberrante jamás experimentado por la civilización.

El segundo es Paisà (Camarada), que reconstruye el avance de las tropas aliadas por Italia a través, por su parte, de seis episodios ordenados geográfica y cronológicamente -Sicilia, Nápoles, Roma, Florencia, los Apeninos Septentrionales, el delta del Po-. Solo en el último de ellos aparece un enfrentamiento bélico en sentido estricto, y es una escaramuza que no dejará letra alguna en los libros de historia, rodada sin apenas lograr aliento épico y que, para más inri, concluye con una derrota. La última bala de una guerra es siempre la más absurda, como sancionaba Samuel Fuller, combatiente en esta misma Segunda Guerra Mundial, en Uno rojo, división de choque.

         Por contradictorio que parezca, las historias que recoge Paisà parecen dominadas por la voluntad del encuentro en mitad de la barbarie, expresión de la resistencia de los valores universales del ser humano. El lechero que trata de hacerse entender con la muchacha que lo guía; la extraña amistad entre un soldado y un niño buscavidas; el romance cercenado por la despiadada necesidad de posguerra; la enfermera extranjera en busca del héroe etéreo que vivía en sus recuerdos; la reunión entre confesiones en un anómalo remanso de paz; la comunión de unas fuerzas heterogéneas que libran la batalla en defensa de unos mismos ideales y del sacrificio definitivo.

Son las corrientes optimistas que colisionan brutalmente contra la negrura de un filme doliente y desgarrado. Contra el fatalismo que se cierne sobre toda esperanza de amor; contra la violencia cainita e irracional que devora el país; contra la miseria y la muerte que trae consigo toda guerra.

        Son relatos de una total coherencia y un extraordinario equilibrio, expresados con una tajante y respetuosa austeridad que no es óbice para arrojar escenas absolutamente terribles, con una madurez reflexiva que huye del efectismo ternurista para entregar retratos auténticos, veraces y, por ello, todavía más conmovedores. Ejemplo meridiano es su mirada hacia el huérfano trágico, siempre fiel a la naturaleza del personaje, adulto a destiempo y a la fuerza, al que no se edulcora para convertirlo en un mendigo de lágrimas.

Rossellini observa, reflexiona y muestra. Y es la cercanía a la verdad que alcanzan sus imágenes la que propulsa las emociones, como propugnaban los cánones de ese Neorrealismo que, desde un punto de vista tan cinematográfico como moral, rastreaba por entonces la regeneración de una Italia hundida en una ruina material y espiritual.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 8,5.

Roma, ciudad abierta

25 Ene

“La historia del cine se divide en dos partes: antes y después de Roma, ciudad abierta.

Otto Preminger

Roma, ciudad abierta

Año: 1945.

Director: Roberto Rossellini.

Reparto: Aldo Fabrizi, Ana Magnani, Marcello Pagliero, Francesco Grandjacquet, Vito Annichiarico.

Tráiler

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            Aunque el Neorrealismo italiano había nacido un par de años atrás, según ciertos teóricos con Ossessione de Luchino Visconti, e incluso contaba ya con películas de cierta relevancia aparte de la mencionada, como I bambini ci guardano, de Vittorio da Sicca, la historiografía considerará a Roma, ciudad abierta, la película fundacional del movimiento, la que da origen a su misma denominación.

Es el cine de un país arruinado económica y moralmente, hundido bajo la abominable herencia del fascismo y la guerra, y que necesitaba imperiosamente nuevos impulsos para resurgir de sus cenizas.

             El cine neorrealista venía a representar esa aspiración de reconstrucción, al menos moral, de ese pueblo italiano que había de dejar atrás la ignominia, de recobrar la nobleza perdida. En este caso, Rossellini afronta esta premisa mediante la crónica de una etapa negra, recientísima, la de los últimos días de ocupación alemana de Roma, cuando los bombardeos aliados parecían augurar la pronta liberación y la caída del aún poderoso y aterrador monstruo nazi.

Y lo hace desde el punto de vista del pueblo llano, el protagonista absoluto del Neorrealismo. La tragedia total como suma de tragedias familiares e individuales, personas que, no obstante, siempre sacrifican lo egoísta en favor del colectivo.

             Es este el mensaje último: lo necesario de la solidaridad humana para derrotar a la barbarie y la irracionalidad, individualizada en estereotipos sociales como el cura y su confianza absoluta en el poder de la fe como fortaleza indestructible y victoriosa frente al Mal; el partisano con su compromiso, su valor e integridad como paradigma de una sociedad invencible como poseedora la razón y la justicia, o esa la madre coraje interpretada por Ana Magnani, una de las musas de la corriente, despeinada, ojerosa, con ligero bozo, pero majestuosa entre la devastación, capaz de sostener sobre sus hombros la prosaica pero pesada base de toda oposición.

             Una crudeza argumental que transcurre pareja a un estilo formal descarnado producto de la firme oposición a las formas consideradas artificiales y engañosas tanto del cine fascista como de la industria norteamericana –rechazo de cualquier embellecimiento con recursos y elementos cinematográficos, predominio de actores no profesionales, empleo de la calle como escenario,…-; al mismo tiempo fruto de una coyuntura de pobreza y destrucción que se traducía en carestía de medios y ruina de los platós de rodaje existentes.

Es la dirección de la realidad, se dirá. Es la fuerza y la habilidad en esa dirección, en la captación de esa veracidad, la que permite la empatía e identificación con unos personajes prácticamente universales.

             Dentro de ese final de apariencia desesperanzada, habitual en su filmografía, Rosellini convierte en triunfo lo que se diría derrota.

Una película profunda y emotiva.

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Nota IMDB: 8,2.

Nota FilmAffinity: 8,3.

Nota del blog: 8,5.

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