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Río Grande

4 Sep

“La ficción es la corrección de la Historia: no cuenta las historias de los ejércitos, los mandamases y los grandes sistemas, sino que su foco ilumina algo mucho más importante: la vida diaria de la gente común.”

James Sallis

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Río Grande

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Río GrandeAño: 1950.

Director: John Ford.

Reparto: John Wayne, Maureen O’Hara, Claude Jarman Jr., Ben Johnson, Harry Carey Jr., Victor McLaglen, Chill Wills, J. Carrol Naish.

Tráiler

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            Como prolongación temática y sentimental –que no formal- de Fort Apache y La legión invencible, John Ford clausuraba su (nunca oficial) trilogía sobre la caballería con Río Grande. Se trata de un colofón escrito en grave y melancólico blanco y negro en contraste con el inflamado cromatismo de su inmediata precedente, La legión invencible, y que ofrece una vuelta de tuerca a ese concepto del ejército como familia que exploraba, sobre todo, Fort Apache, donde en el estrecho reducto del campamento castrense se desarrollaba una trasposición alegórica de los heterogéneos y multiétnicos Estados Unidos en perpetua construcción.

            Siempre guarnecido tras el punto de vista del soldado abandonado en primera línea no se sabe bien por qué ni por quién –un trabajador a sueldo como cualquier otro, al fin y al cabo-, Ford enfrenta y contrapone los sacrificios exigidos por la familia militar a las deudas y redenciones demandados por la familia sanguínea. En este caso, dicho centro de gravedad lo ofrecerá el fatigado y taciturno coronel Yorke (John Wayne), reunido en su fuerte fronterizo con su hijo (Claude Jarman Jr.), joven recluta al que apenas ha visto crecer, y su mujer (Maureen O’Hara), enconada antimilitarista por su condición de víctima de la guerra y esposa relegada a la soledad.

La casualidad de que fuese la mano de su ausente marido la que abriese esta herida que no cierra, contribuye a alimentar la dimensión trágica de la situación.

            Un simple café sirve para presentar personajes y definir su contexto dramático. El rigor narrativo de Ford confiere aliento a un filme en el que el deber y la tradición del ejército tratan de establecer una coexistencia armónica con las obligaciones propias de la paternidad y el matrimonio, factor imprescindible para la estabilidad emocional y hasta logística de un grupo humano sometido a una incesante rutina circular trazada desde la vida prosaica y corriente hasta el combate cruento y despiadado.

En el primer caso, los arrebatos emocionales de Yorke chocan entonces con la imposibilidad de actuar directamente en ese rito iniciático que para su retoño supone la educación soldadesca, equivalente a su ingreso definitivo como adulto en la sociedad. Su posición se sitúa atenta, amorosa y vigilante aunque en todo momento externa a la escena debido al escaso margen de actuación que los estrictos códigos marciales y morales consienten, igualada por la fuerza de los compromisos inherentes a su cargo a la que ostenta sin distinción hacia el resto del regimiento, en definitiva.

            La pervivencia en el guion de antropónimos como Tyree y Quincannon contribuyen a conservar esa idea de homogeneidad y coherencia –pervivencia generacional incluso- entre las obras de la trilogía, además de la participación de un elenco estable, nutrido en buena medida por la troupe habitual de Ford, y por supuesto de la inconfundible sensibilidad humana y poética del maestro, abrigada al calor de un tema fundamental: la imprescindible solidaridad, reconciliación y unidad del colectivo. Detalles que permiten aliviar en parte de ese tufillo laudatorio filomilitar que en esta ocasión será más pronunciado, en parte por el esquematismo de un adversario reducido al simple estereotipo y muy probablemente por la influencia del momento histórico, con Estados Unidos ya inmerso en la Guerra de Corea.

Por ello, permanece como lo más destacado del filme la inmensa ternura que embarga la relación distante y formalizada entre padre e hijo, coronel y recluta, bien secundada por la aceptable reconquista y redención amorosa emprendida por del apesadumbrado oficial y un solvente apartado bélico donde el heroísmo épico –relacionado con la necesidad de mantener íntegra e ilesa la comunidad, más que con imperativos estratégicos- se entremezcla sin solución de continuidad con el humor dulzón y cotidiano marca de la casa.

            La excelente interpretación de Wayne permite ligar con solidez todas estas vertientes argumentales, lo que da como resultado un filme compensado y apreciable, dueño de escenas particularmente hermosas y conmovedoras –la comparación de alturas en la tienda de campaña, el empleo de la música para encadenar situaciones y sentimientos pasados y presentes, los paralelismos de carácter entre Yorke y su retoño-.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 7.

Fort Apache

11 Abr

“El trato que le hemos dado a los indios es una lacra en nuestra historia: nosotros les hemos robado, engañado, asesinado, masacrado,… pero en cuanto moría un hombre blanco, echábamos sobre ellos a todo el ejército.”

John Ford

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Fort Apache

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Fort Apache

Año: 1948.

Director: John Ford.

Reparto: Henry Fonda, John Wayne, John Agar, Shirley Temple, Ward Bond, Victor McLaglen, Pedro Armendáriz, George O’Brien, Anna Lee.

Tráiler

 

 

            Cualquiera que haya visitado este blog en alguna ocasión, sabrá que su autor no es aficionado a los westerns de caballería y que, además, el tufo a proselitismo militar le repele considerablemente. Y ni siquiera el mismísimo John Ford le convencería de lo contrario con La legión invencible, segunda pieza de su denominada trilogía de la caballería. Por ello, Fort Apache, primer filme de la mencionada saga, acusada tradicionalmente de militarista y que reproduce de manera ficcionada -pero muy aproximada- el descalabro de Custer en Little Big Horn, leyenda de la construcción de los Estados Unidos, constituye a priori un plato no del todo apetitoso.

Pero resulta que, como suele suceder -y bien claro lo dejaría siempre Ford, ese escéptico humanista y libertario más proclive a escrutar el alma a través sordas derrotas que con victorias grandilocuentes-, mito y realidad no se corresponden. Porque Fort Apache ni es una loa a los valores marciales, ni el estudio particular del maestro es condescendiente con el icono nacional, ni los indios se reducen a ser blancos de feria embetunados y con pelucón.

            Rodeado de un reparto compuesto por sus sospechosos habituales –Fonda, Wayne, McLaglen, Bond, Armendáriz,…- y con el escenario del relato en su coto privado de rodaje, Monument Valley, John Ford repasa en este ambicioso western de formas casi costumbristas, con una visión tierna y amarga a partes iguales, los últimos días de un batallón de recios supervivientes de la vida en los días previos a su enfrentamiento definitivo con los rebeldes apaches del jefe Cochise.

El Fort Apache epónimo, reducto literalmente abandonado en los confines del mundo, aparece, más que como una base militar, a modo de una pequeña comunidad familiar e irlandesa, tal y como refleja la llegada del joven teniente O’Rourke (John Agar), contrapuesta a la del encorsetado y académico coronel Thursday (Fonda), empeñado en imponer unos códigos y una conducta que nada tiene que ver con el terreno que pisa, personificado por el curtido y prosaico capitán York (Wayne).

            Ford compone así una historia coral centrada en la comunidad que puebla el fuerte, en la que confluyen las confrontaciones de personalidad entre la irreflexiva y herida megalomanía de Thursday y el pragmático y sensato juicio de York, el romance entre la hija del coronel (la ex niña cantora Shirley Temple) y el joven teniente –las escenas más insustanciales del filme- y las vicisitudes de la vida cotidiana del contingente, con el grupo de sargentos chusqueros actuando a modo de contrapeso cómico del conjunto –ese humor fordiano de borracheras y peleas a ratos sencillo y entrañable, como sucede aquí en su mayor parte, a ratos simplón a secas-; todo ello situado bajo los negros nubarrones de la amenazada de un probable ataque apache.

            Como decíamos, la película logra sobresalir de lo que podría haber sido una acumulación de tópicos épicos gracias a la cuidadosa construcción de sus personajes, de su contexto dramático y de la realización formal, en la que Ford despliega ejemplos magníficos de su lírica prosa, capaz, en su genialidad, de servirse de elementos casuales o imprevistos del escenario para crear imágenes tan poderosas como esas cargas y enfrentamientos que se resuelven, casi con notas de realismo mágico, en la invisibilidad, envueltos por un vendaval de polvo.

Siguiendo esta idea, el coronel Thursday, pese a su descripción inicial, no es un Custer de una pieza, sino que, apoyado también en el descomunal talento de Fonda, se perciben en él la enorme frustración de un destino injusto, la traducción de ésta en cegados arrebatos despóticos que responden a una redención mal entendida y que desembocan en un sacrificio que, no por consciente, ha de ser menos funesto. Víctima de las circunstancias –que acusan directamente a un estamento militar que, como veremos, desprecia y envidia éxitos ajenos-, pero también víctima de sí mismo.

De igual manera, sus antagonistas son personajes llenos de vida, complejos, con dobleces y cicatrices en su rostro, en su carácter y en su hoja de servicios; perdedores en un mundo desequilibrado y agresivo, pequeños héroes de sus propias aventuras relegados a un ostracismo al que, por el contrario, al que se resignan con estoicismo y sabiduría existencial.

          El magnífico guion, repleto de sutileza, sabe captar a la perfección la realidad caleidoscópica de este reducto marginal, sobre el que desarrolla una trama que avanza desde una sencillez solo aparente, que combina líneas de diálogo de deslumbrante expresividad con abrumadores aunque casi imperceptibles caminos subterráneos. Aquellos que en realidad definen la auténtica naturaleza y las relaciones de los personajes, caso especial de Thursday y el sargento Collingwood (George O’Brien), reencontrados compañeros de un pasado nebuloso y ambiguo.

           En consonancia, la parte estrictamente bélica del argumento tampoco caerá en lo rutinario sino que, al contrario de lo que ocurre en las epopeyas clásicas del género, no desplaza el rol de villano a la figura del extraño, del indio –respetable, inteligente, valeroso, cargado de razones,… hombres completos e iguales al occidental, en definitiva-, sino que devuelve una acusadora y agria mirada hacia el propio hombre blanco, único instigador de la desgracia en su origen y en su conclusión.

           El mismo desencanto se extenderá al desenlace a propósito de la creación de los héroes fundacionales del país norteamericano. Si bien es célebre aquella frase de Ford sobre que prefería los mitos a la realidad, Fort Apache destruye desde un silencio descreído y demoledor la autenticidad de esos mismos objetos de adoración que conforman el panteón histórico estadounidense. El mito es tinta y papel, señala Ford sin piedad; un retrato ilusorio, fantasioso y, sobre todo, interesado. Pura mentira.

Es ése el marco preciso en el que se encuadra el sentido homenaje no al ejército, sino al soldado raso, por boca de Wayne. Un tributo, en verdad, al sufriente hombre de a pie, aquel que no está destinado a figurar en los libros de Historia.

 

Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,8.

Nota del blog: 9.

La legión invencible

23 Ago

 “Yo no actúo. Reacciono.”

John Wayne

 

 

La legión invencible

 

Año: 1949.

Director: John Ford.

Reparto: John Wayne, Joanne Dru, John Agar, Ben Johnson, Victor McLaglen.

Tráiler

 

 

           Consolidados como paradigma del western clásico, el tándem John Ford-John Wayne abordaba una cinta con el estilo de los viejos tiempos, del western fundacional, el de la conquista heroica de las tierras indómitas salvajes por el esforzado hombre blanco, el de la epopeya de la creación de una nación, aunque con el filtro propio del director y ya cierto tono crepuscular, que acompaña a la épica de una historia humana como es la de su protagonista, el capitán Brittles (impagable interpretación de Wayne, de lo más destacable del filme), un veterano militar al borde de su retiro.

            Para ello, Ford sitúa el relato en los turbulentos días posteriores al descalabro del general Custer –héroe bastante dudoso por otra parte- y su Séptimo de Caballería en Little Big Horn, con unos belicosos indios en pie de guerra que amenazan la precaria estabilidad de la conquista de las nuevas tierras y el progreso del Destino Manifiesto. Es en ese contexto en el cual aparece la columna de caballería dirigida por Brittles, con la misión de proteger las colonias vecinas y transportar con seguridad a las mujeres del fuerte hasta la próxima diligencia.

            La legión invencible presenta muchas de las virtudes de las cintas de John Ford, un director que sabía combinar como pocos el espectáculo y el entretenimiento puro con el tratamiento y el cuidado en los personajes, bien definidos, con pasado a sus espaldas, honorables y entrañables a partes iguales y que llevan a cabo la acción de la película –aquí algo rutinaria a mi parecer- no como héroes más allá del bien y del mal sino como personas corrientes, como son el protagonista, con su historia llena de nostalgia y sentimiento -sin duda, lo mejor de la función-, y su fiel ayudante, el rudo pero leal y adorable sargento Quincannon que sirve para introducir el contrapunto cómico, interpretado por otro habitual de Ford, antecesor en el puesto de John Wayne, el británico Victor McLaglen.

Unos relatos en los que conviven la gloria y la épica con el humor y el amor, en este caso por medio de un romance algo impostado y carente de fuerza con la disputa de la bella y decidida –aunque fuera tachado de misógino, el cine de John Ford está siempre poblado de mujeres de marcada personalidad- señorita Dandridge (Joanne Dru) y dos de los lugartenientes de Brittes.

En mi opinión, no es de las más estimulantes del maestro.

 

Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 6.

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