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Tiburón

27 Ene

tiburon

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Año: 1975.

Director: Steven Spielberg.

Reparto: Roy Scheider, Robert Shaw, Richard Dreyfuss, Murray Hamilton, Lorraine Gray.

Tráiler

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           Guardo sentimientos ambiguos hacia Tiburón. Es una película que me encanta, un thriller de terror en toda regla realizado con una potencia aún vigente. Pero también es uno de los empujones de taquilla que, sumado al éxito de filmes como el primer capítulo de La guerra de las galaxias y al fracaso de otros como La puerta del cielo, contribuiría al derribo del Nuevo Hollywood, una de las más fascinantes corrientes de la Historia del cine, para dejar paso a la era de los blockbusters. Aparte, claro, de cuestiones privadas como que desde entonces tenga serios reparos en bañarme en aguas donde no hago pie -recelo que perdura hasta en la piscina- y, con mayor gravedad, por toda la leyenda negra que su popularidad ha suscitado injustificadamente en contra de los tiburones. Recordemos la sentencia que, con intencionado doble sentido, se pronunciaba en Yo, Daniel Blake: los paradisíacos cocoteros son responsables de un mayor número de muertes humanas al año que los terribles escualos.

           En el nacimiento de su estrellato y del acuñamiento de su apodo de Rey Midas, Steven Spielberg ponía en práctica lo aprendido en sus largometrajes de televisión El diablo sobre ruedas y Algo diabólico, en los que ya demostraba su talento para la narración de un terror que podía surgir de un evento cotidiano -la persecución de un camionero, aunque en realidad desempeña un rol abstracto- como de un aspecto sobrenatural -una casa encantada-. Tiburón emplea el esquema del slasher de una manera muy semejante a la de otras cintas icónicas del periodo, como La noche de Halloween, tres años posterior, e incluso en su primer ataque parece castigar moralísticamente a unos adolescentes fumados y salidos que son la tradicional carne de cañón del género.

Aquí, el asesino en serie es otro monstruo de siete metros y medio de longitud y con varias hileras de dientes afilados a modo de armas homicidas. Además, también viene precedido de una música estridente, punzante, que traza un crescendo y acelera el ritmo, enfocando la imagen desde un punto de vista subjetivo como si fuese el Norman Bates de Psicosis. La ejecución de la caza es impecable, como impecable es su transición posterior a un contraste de calma que refuerza la sensación de que uno se ha quedado en rígida posición de sentado, pero dos palmos por delante de la butaca. El hostigamiento de la banda sonora de John Williams se acompaña de la inquietante velocidad del montaje y, a su vez, del frenesí en el movimiento interno del plano con la multitud de víctimas potenciales que se agitan inconscientes -al contrario que el espectador- de que el peligro se cierne sobre ellos -o, mejor dicho, bajo ellos-. La cadencia aumenta hasta límites insostenibles, se detiene en el momento preciso, justo cuando la víctima y el público, que comparten perspectiva a ras de agua, son sabedores de un destino espeluznante ante el que son imponentes, y la pantalla explota en sangre.

           Más allá de la deslumbrante electricidad de los clímax de tensión y la creación de sustos, Spielberg consolida el filme mediante esos citados juegos de contraste que no solo se refieren a la terrible tranquilidad que siguen al horror, sino a las transiciones narrativas de la función, que lo revelan como un superdotado contador de historias. La ternura que desprende la secuencia del abatido jefe Brody junto a su hijo pequeño que imita sus gestos, la crítica costumbrista hacia el egoísmo del ciudadano común -uno de los numerosos clichés que instaura la cinta para sucedáneos posteriores, intermediado por la figura del alcalde-; la rotundidad con la que ubica a Quint en la obra, la rivalidad territorial y posterior hermanamiento entre el biólogo Hooper y este ser anacrónico que recoge la obsesiva y blasfema lucha del capitán Ahab de Moby Dick contra las fuerzas naturales y divinas superiores al hombre; las vivaces pinceladas de cine de aventuras que dominan la salida de pesca a bordo del Orca, la introducción de detalles que bordean la fantasía -los sobrecogedores atardeceres, el cielo que se desploma en estrellas fugaces- durante las treguas en el titánico duelo con la criatura.

Y, brillando entre ellas, el penetrante hipnotismo que genera el monólogo del U.S.S. Indianapolis a través de una atmósfera construida paulatinamente, dos planos fijos contrapuestos, la presencia interpretativa de Robert Shaw y el texto de un aedo de tiempos remotos como John Milius, según la leyenda dictado por teléfono al director y luego reajustado en parte por el actor británico en uno de sus escasos momentos de sobriedad.

           Ni los años ni las imitaciones hacen mella en su fuerza.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 9.

Open Water

18 Nov

“Si hubiera sabido entonces todo lo que sé ahora sobre los tiburones, no hubiera sido capaz de escribir Tiburón.”

Peter Benchley

 

 

Open Water

 

Año: 2003.

Director: Chris Kentis.

Reparto: Blanchard Ryan, Daniel Travis.

Tráiler

 

 

            Alentados por el auténtico fenómeno social que supuso la (relativamente) original pero insustancial El proyecto de la bruja de Blair, las productoras de Hollywood aguzaron el oído a la caza del sleeper –éxito inesperado de taquilla- de la temporada, centrando su rastreo en una nueva ola de productos minimalistas, restringidos en su mayoría al género del terror.

Siguiendo esta línea de acción, Lionsgate trataría de emular el fructífero hallazgo rescatando la cinta Open Water del festival de cine indie de Sundance –auténtico semillero de tendencias y nuevos y frescos rostros para la pantagruélica industria hollywoodiense, dueña absoluta de la posterior distribución global del cine-, donde había recibido prometedoras críticas.

             Aunque no directamente, sí se podría emparentar Open Water con El proyecto de la bruja de Blair, dada su construcción pírrica -rodada con imagen digital, sin efectos especiales, con actores desconocidos y con etiqueta de ‘basada en hechos reales’-, si bien sustituye el formato de falso documental por una realización de aspecto improvisado que, más que heredar la verosimilitud por esa promocionada ambigüedad entre ficción y realidad, es simplemente más propia de un video casero.

Un hecho que, aunque se revela bastante cutre en la presentación de personajes y situación, no supone del todo un obstáculo para impregnar cierta veracidad al desamparo de sus protagonistas, abandonados por una creíble chapuza en mitad del Mar Caribe, pasto para tiburones.

             Posiblemente, más que a causa de esta realización espartana y de la agradecida ausencia de un exhibicionismo gore gratuito –los tiburones del filme, ejemplares vivos, se comportan como verdaderos escualos, y no como el celebérrimo Bruce, todo goma, chapa, pistones y sed de sangre de auténtico de asesino en serie-, el contagio de la inquietud y la tensión psicológica de los personajes se deba a que, si bien un servidor es totalmente inmune a cuentos de brujas y apariciones sobrenaturales, en cambio no se atreve a meterse en aguas donde no hace pie desde que, de pequeño, visionaba sin falta cada junio el Tiburón de Steven Spielberg.

Esa subjetividad intransferible a la hora de implicarse en el juego que propone Open Water cuenta, por supuesto; como en todas las cintas de terror habidas y por haber.

             Sin embargo, ahondando en la idea del aspecto formal minimalista como lograda fuente de desasosiego, sí es cierto que la intrusión de ornamentos clásicos como los insertos de banda sonora de aires polinesios, el alejamiento del foco de atención hacia acciones paralelas o esteticismos alejados del tono de la cinta como el reflejo de la belleza de las corrientes de agua, disminuyen y mucho la sensación de inquietud que sí consigue generar el filme cuando tan solo se centra en la experiencia en crudo de su infortunada pareja protagonista.

Elementos que otro filme como el australiano The Reef –el mismo argumento trasladado a distintas aguas- sí logrará pulir.

 

Nota IMDB: 5,8.

Nota FilmAffinity: 5,1.

Nota del blog: 6.

Pasto de tiburones

30 Sep

“Un buen director es aquel que no te aburre.”

Howard Hawks

 

 

Pasto de tiburones

 

Año: 1932.

Director: Howard Hawks.

Reparto: Edward G. Robinson, Zita Johann, Richard Arlen.

 

 

 

            A inicios de la década de 1930, el prolífico y versátil Howard Hawks, también automovilista, aviador e ingeniero aeronáutico, descollaba en el cine de gángster con The Criminal Code y Scarface, el terror del hampa, aunque, muestra de su amplio registro y adaptabilidad a cualquier tema, en ese mismo año, 1932, estrenaba a su vez un drama automovilístico, Avidez de tragedia, y un drama romántico enmarcado en la industria pesquera de San Diego, esta Pasto de tiburones.

            La película presenta a Mike Mascarenhas (Edward G. Robinson), un experto pescador portugués, personaje pintoresco, bravucón, visceral, pero entrañable, que encuentra el amor en la figura de Quita Silva (Zita Johann, en el año que alcanzaría la fama con La momia, frente al legendario Boris Karloff), la hija de un anciano miembro de su tripulación fallecido en alta mar. Ambos son seres heridos, física o anímicamente, por el tiburón, verdadero instrumento del destino, que acaban por unirse en matrimonio por anhelo de superar sus heridas con una vida feliz junto a una bella mujer uno, y a modo de agradecimiento por el soporte en los momentos más bajos otra. Un matrimonio condenado al fracaso y que pillará por medio a Pipes Boley (Richard Arlen), el mejor amigo de Mike, la tercera punta de un triángulo amoroso cuya tensión no termina de estallar y, cuando por fin se decide, lo hace con poca lucidez.

            Y es que el tiempo ha hecho su mella en un filme mejorable en el desarrollo argumental dentro de un tema, el del enredo amoroso a tres bandas, que Hawks llevaría a mejor puerto en numerosas y chispeantes comedias, y que, por otro lado, exhibe como principales virtudes el buen hacer de un director incapaz de crear una cinta aburrida, que rueda con convicción una historia con unas magníficas escenas de pesca del atún; además de unas notables interpretaciones entre las que destaca el siempre efectivo Edward G. Robinson con pendiente de oro, dotando de dignidad y sustancia a un personaje tragicómico que en otras manos estaría abocado a ser la caricatura del estúpido extranjero exótico.

            Con indudable calidad, pero menos fresca que otras de uno de los más grandes directores de la historia del cine.

 

Nota IMDB: 6,4.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 6.

La Diosa Tiburón

2 May

“Una de las peores cosas que puedes hacer es tener un presupuesto limitado y tratar de hacer una película grandiosa. Ahí es cuando terminas con un trabajo malísimo.”

Roger Corman

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La Diosa Tiburón

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Año: 1958.

Director: Roger Corman.

Reparto: Bill Cord, Don Durant, Lisa Montell, Jeanne Gerson.

Tráiler

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            Dentro de la renovación del género fantástico, agotado ya de los monstruos del Hollywood clásico y de todas sus bizarras mezclas, la serie B surgiría como principal movimiento innovador, con nuevas y originales temáticas que han de explotar una carencia casi absoluta de medios (decorados pírricos, nulos efectos especiales, rodajes múltiples y fugaces) a través del esfuerzo imaginativo y la mayor expresividad de los pocos elementos cinematográficos disponibles (puesta en escena, iluminación, banda sonora). Dentro de esta incipiente serie B destacará primero Jacques Tourneur , más tarde, Jack Arnold, de breve filmografía para la gran pantalla, y, sobre todo, Roger Corman, cuyas virtudes serán su incansable productividad, una imaginación sin estribos y más que nada, debido a la baja calidad de muchas de sus películas, dotadas, eso sí, de un entrañable encanto por su feísmo tan de serie B, la contribución e influencia para la formación de personalidades tan destacadas como Francis Ford Coppola, Martin Scorsese, Brian de Palma o Jack Nicholson.

            Autor de una autobiografía titulada con el esclarecedor título Cómo hice cien films en Hollywood y nunca perdí un céntimo y ganador de un Oscar honorífico por toda su carrera, Corman se decidió a rodar La Diosa Tiburón aprovechando su estancia en Hawai para el rodaje de otra obra, Naked paradise, una de las cuatro que dirigiría ese mismo año, con el fin de exhibirla en una de sus habituales sesiones dobles con Night of the blood beast. Filmada pues en la paradisíaca Kauai, La Diosa Tiburón presenta una historia habitual del cine de aventuras con elementos fantásticos como es el choque entre representantes de la civilización occidental y los habitantes de un emplazamiento exótico y remoto, dominados por la superstición y con un trasfondo siniestro, temática que ya había dado joyas como King Kong o Yo anduve con un zombie.

En este caso presenta a dos hermanos, uno fugado de la ley, Jim (Don Durant), y otro que lo ayuda, Chris (Bill Cord) –de nuevo se presenta un tópico hollywoodiense del hermano “bueno” rubio y el hermano “malo” moreno-, y que, tras naufragar su barco, llegan a una idílica isla poblada solo por mujeres dedicadas a la recolección de perlas y a la adoración de una temible diosa marina que incluso exigirá el sacrificio de una bella joven (Lisa Montell, actriz que solía interpretar personajes de belleza exótica) de la cual se enamora Chris. 

            Una película con un argumento bastante menos desquiciado en comparación con otras en su haber y en el que Corman exprime al máximo los recursos disponibles, con ambientación algo mejor y con una narración firme y entusiasta frente a interpretaciones infames, cambios de fotografía y carencia de efectos, con repetición de escenas y detalles poco verosímiles.

Bastante decente, dentro de lo que cabe.

Reinterpretada en la sección Mundo viejuno de Muchachada Nui.

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Nota IMDB: 2,3.

Nota FilmAffinity: -.

Nota del blog: 6.

El arrecife (The reef)

29 Abr

“…y otras veces se quedaba mirándole a uno fijamente a los ojos. Una de sus características es sus ojos sin vida, de muñeca, ojos negros y quietos. Cuando se acerca a uno se diría que no tiene vida. Hasta que le muerde. Esos pequeños ojos negros se vuelven blancos y entonces…. Ah, entonces se oye un grito tremendo y espantoso. El agua se vuelve de color rojo y, a pesar del chapoteo y el griterío, ves como esas fieras se acercan y te van despedazando…”

Quint (Tiburón)

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El arrecife (The reef)

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Año: 2010.

Director: Andrew Trauki.

Reparto: Damian Walshe-Howling, Zoe Naylor, Adrienne Pickering, Gyton Grantley, Kieran Darcy-Smith.

Tráiler

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           Producto directo de la herencia del ecoterror de la década de los setenta, en concreto de Tiburón, película fundadora del terror hacia el escualo que tantas obras producirá para el Séptimo Arte, la mayoría pobres o paupérrimas casi a excepción de la original, The reef presenta la historia de unos buceadores aficionados que verán, tras el naufragio de su embarcación, cómo son perseguidos por un gran tiburón blanco en su nado hacia tierra firme.

           Un esquema básico de individuos perdidos en un entorno aislado, agreste y abrumador acosados por una amenaza latente que es de gran utilidad frente a la carencia de medios materiales, ya que la mayor o menor efectividad de la propuesta depende de la habilidad del propio realizador para crear esa sensación de indefensión y angustia en el espectador desde la nada aparente –muchas veces apoyadas en el epígrafe “basadas en hechos reales” y también otras muchas emparentadas con otro género tradicional de la serie B como el slasher-, como prueban clásicos indie como El diablo sobre ruedas -precisamente el debut de Spielberg como director-, un gore primigenio como la interesante pero desaprovechada Holocausto caníbal, la sobrevalorada El proyecto de la bruja de Blair o, ciñéndonos al ámbito acuático, Open water, y la opera prima del director, Black Water, de las cuales la presente The reef es claramente deudora.

           La película presenta esa parquedad de medios habitual, rodada con una fotografía digital desde luego poco elegante, y un guion famélico en el que una presentación pírrica sirve como mero trámite para dar lugar a la historia en sí; elementos estos suplidos con creces por un hábil desarrollo en el que se transmite con notable acierto la tensión, el desamparo y la desesperación de unos personajes que poco más pueden hacer que huir hacia delante en ese desierto azul en el que se han zambullido; sentimiento de tensión que se incrementa más si cabe si el espectador, como un servidor, es de esos que no se atreven a meterse donde no hacen pie desde que vieron el inmortal clásico de Spielberg.

Una película tan sencilla como digna.

 

Nota IMDB: 5,7.

Nota FilmAffinity: 5,3.

Nota del blog: 7.

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