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Solo Dios perdona

7 Dic

“El cine es una especie de estado onírico, o como tomar drogas. Y la impresión de pasar de la sala a la luz del día puede ser terrorífica.”

Martin Scorsese

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Solo Dios perdona

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Solo Dios perdona.

Año: 2013.

Director: Nicolas Winding Refn.

Reparto: Ryan Gosling, Kristin Scott Thomas, Vithaya Pansringarm, Yayaying Rhatha Phogam, Sahajak Boonthanakit, Tom Burke.

Tráiler

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            El reconocimiento crítico y popular le llegó de su mano, pero quizás Drive, en su condición de película de encargo, no sea una de las obras más representativas de Nicolas Winding Refn. De hecho, su salto a Hollywood significó que cediera por primera vez la escritura del guion, una parcela tan imprescindible como la escritura visual para un director de marcadas aspiraciones autorales como él.

            En este sentido, Solo Dios perdona supone el regreso de Refn a sus antiguos fueros. A pesar de que el danés se cubre las espaldas comercialmente hablando al repetir varios ingredientes de la fórmula de Drive –la ambientación nocturna, la luz fluorescente del neón, el pesimismo, el protagonismo Ryan Gosling-, el presente filme se aproxima más a otros hitos más cuestionados de su carrera como Valhalla Rising, con similares influjos metafísicos –que alcanzan detalles incluso como esa insinuación acerca de las visiones precognoscitivas del protagonista- y una composición estética repleta de talento técnico aunque también de excesos autocomplacientes, mejor o peor digeridos según la paciencia, el estado de humor o la tolerancia de la audiencia de turno.

La Bangkok que sirve de escenario a la cinta queda configurada como un limbo etéreo, un purgatorio lisérgico o un auténtico infierno en la Tierra. La abstracción domina un argumento estilizado al máximo y en el que se manejan conceptos en conflicto y dilema como la venganza violenta elevada a irremplazable medio de justicia o la inquebrantable fidelidad a la propia sangre, desentrañados a través de una serie de personajes sintetizados a modo de arquetipos mitológicos –un Edipo exiliado tras matar al padre, la madre dominadora y pecaminosa, un juez supremo y verdugo que parece condenar al procesado en función de su espíritu-.

             Refn juega con el cromatismo, la geometría y la música de Cliff Martinez para componer una atmósfera viciada y onírica. Es verdad que cineastas como Seijun Suzuki habían explorado los límites formales y de lenguaje del cine negro desde hace ya medio siglo, pero cabe reconocer el embriagador hipnotismo, las oscuras sugerencias, las resonancias malsanamente evocadoras y la a ratos fascinante sordidez que condensa la película.

Por esta misma razón, se aprecian por el contrario como especialmente vulgares y chirriantes ciertos desbarres esporádicos que tienen el defecto de reconectan de nuevo al espectador con aspectos, por así decirlo, más alejados de ese universo irreal y más tangibles como parte de la prosaica realidad. Es el caso de los momentos en los que las imágenes se recrean en el gore, los diálogos que se alargan más de lo debido en comparación con el tono general del filme o las descarnadas alusiones sexuales como parte del de por sí grotesco dibujo de la matriarca encarnada por Kristin Scott Thomas.

 

Nota IMDB: 5,9.

Nota FilmAffinity: 5,5.

Nota del blog: 7,5.

Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas

4 Abr

“La vida es un constante proceso, una continua transformación en el tiempo, un nacer, morir y renacer.”

Hermann Keyserling

 

 

Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas

 

Año: 2010.

Director: Achichatpong Weerasethakul.

Reparto: Thanapat Saisaymar, Jenjira Pongpas, Sakda Kaewbuadee, Natthakart Aphaiwonk, Geerasak Kulhong.

Tráiler

 

 

           Desde que en 1951 el Festival de Venecia descubriera el cine de Japón al mundo tras conceder el León de Oro a Rashomon, de Akira Kurosawa, el microuniverso de los festivales de cine siempre se ha mostrado proclive a la apertura hacia nuevos prismas de entender el cine, miradas exóticas que ofrecen nuevos modos y sensibilidades muy apreciadas desde el ojo de la crítica especializada, unas veces con un acierto justificado, otras bastante más cuestionable.

           Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas aparecía en 2010 como la revelación del nuevo cine sudasiático, procedente un país, Tailandia, con una industria aún en relación de desigualdad con sus vecinos y más limitada incidencia en las carteleras pese a su carácter manifiestamente renovado y emergente, en vías de apertura internacional sobre todo a través de este tipo de plataforma festivalera, en la que el director Achichatpong Weerasethakul aparecía como principal nombre tras lograr un controvertido Gran Premio del Jurado en Cannes en 2004 con Tropical Malady, primera participación del país en su sección oficial.

En esta segunda oportunidad, su nuevo filme sería coronado por unanimidad con la Palma de Oro.

           Signo característico del cine oriental, Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas presenta una historia narrada con un tempo pausado, contemplativo, de tomas largas que se deleitan con el lirismo de la vida rural, aislada y modesta en la que el tío Boonme del título apura sus últimos días, víctima de una enfermedad renal que apaga su existencia. El fin de una vida sirve para que Weerasethakul componga un poema recitado en voz baja sobre la conexión entre lo prosaico y terrenal –la enfermedad, los pequeños placeres- y el mundo espiritual –las apariciones de su pasado que lo socorren, las conexiones universales que no entienden del tiempo-, elementos líquidos conjugados en un realismo mágico en el que vida y muerte, sueño y vigilia, no se distinguen, partes equivalentes de un todo o estaciones de paso de un mismo camino.

            Que hay belleza en la composición es indudable. Weerasethakul muestra una enorme ternura hacia sus personajes, que asumen su pequeñez en el espacio y el tiempo con sabiduría y serenidad atávica. Es una exploración de la trascendencia confeccionada más desde cierto punto de vista sencillo que desde la solemnidad. A ratos, transmite una paz contagiosa.

Que, sin embargo, es un ejercicio algo pretencioso, también. El ritmo, destinado a configurar un tenue estado de hipnotismo y que siempre exige al espectador poner de su parte, acaba por llegar a lo desesperantemente lento, condenando el interés por la obra y desgastar su originalidad. Los elementos fantásticos y surrealistas derivan en un final alargado, con aire un tanto ñoño y, sobre todo, inescrutable para un servidor.

            En definitiva, Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas resulta en su total una película más exótica y curiosa que magistral.

Desde luego, no deja indiferente.

 

Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 5,7.

Nota del blog: 5.

Street Fighter, la última batalla

20 Ene

“¿No eres un poco mayor para los videojuegos?”

Frank Dux (Contacto sangriento)

 

 

Street Fighter, la última batalla

 

Año: 1994.

Director: Steven E. de Souza.

Reparto: Jean-Claude Van Damme, Raul Julia, Kylie Minogue, Ming-Na, Wes Studi.

Tráiler

 

 

            Confirmando la pauta que apuntaba el año anterior aquel Super Mario Bros. que había pasado con más pena que gloria y hoy nadie recuerda,  Street Fighter sería otro de esos primeros mutualismos, parasitismos o comensalismos, nunca simbiosis, que comenzaban a florecer –Double Dragon se estrena ese mismo año- entre videojuego y celuloide, marcando con firmeza y autoridad el camino a seguir por las futuras reproducciones de tan funesta alianza en la dirección que conduce al barranco de lo horrible y lo espantoso.

            Por lo visto, alguien creyó ver una historia en un videojuego que consistía en machacar los botones con mayor destreza y velocidad –en el caso de los mediocres del arcade, como un servidor, fuerza- que el oponente. Y no aquella melodramática que ofrecía por defecto la mitología del juego, sino una lucha aún más maniquea y a mayor escala entre el Bien y el Mal –sí es cierto que existían jugadores cuyas motivaciones eran más justificables moralmente que las de otros-, en la que se intenta satisfacer al fan y al profano a partes iguales sin, por supuesto, como siempre ocurre, dejar contento a ninguno de los dos.

Es decir, dentro de una trama estándar de lucha entre héroes libertadores y villanos tiránicos se recurre, en el primer supuesto, al amontonamiento de personajes y referencias del juego original sin reparar en lo bochornoso o lo incoherente dentro de una trama que era, ya de por sí, de una estulticia de lo más festiva, cosa que afecta directamente al mencionado segundo caso.

            Por supuesto que un torneo de unos contra unos no daba como para elaborar un guion y que el relato construido no daba para más, pero esa incoherencia absoluta, ese vergonzoso militarismo cuartelario y esa hortera puesta en escena no eran de recibo.

Se admite que M. Bison no pueda llamarse “Bision” (o “Mister” Bison incluso) como en las partidas en la máquina del bar, que Wes Studi o un pasadísimo Raul Julia –qué desgracia que esta sea su película póstuma- resulten apañaos en cualquier cosa, que un sobreactuado Van Damme –lo que hay que ver- ejecute con limpieza la patada del hacha o que los chascarrillos de tan tontos tengan una extraña gracia autoparódica –quizás ahí se entrevea de manera más destacable la pluma de de Souza, colaborador en la escritura de cintas de acción con dejes de humor tan gozosas como Límite 48 horas o La jungla de cristal-.

En cambio, que Dalshim sea un doctor pacifista flexible cual muñeco de futbolín, que ni Cristo haga un ayuken (动拳) o que Blanka, mi alter ego más habitual en las peleas, sean un trasunto llorica de Lou Ferrigno, no tiene perdón de Dios.

 

Nota IMDB: 3,4.

Nota FilmAffinity: 2,6.

Nota del blog: 3,5.

Resacón 2, ¡ahora en Tailandia!

20 Nov

“El hombre sufre tan terriblemente en el mundo que se ha visto obligado a inventar la risa.”

Friedrich Nietzsche

 

 

Resacón 2, ¡ahora en Tailandia!

 

Año: 2011.

Director: Todd Philips.

Reparto: Zach Galifianakis, Ed Helms, Bradley Cooper, Ken Jeong, Paul Giamatti.

Tráiler

 

 

            Los tiempos de crisis son, por lo general, tiempos de poco riesgo. Tendencia mucho más pronunciada en estos días en los que Hollywood oculta una pavorosa falta de ideas e imaginación –salvo contados y poco populares casos- tras la nostalgia, vía remakes –toca contentar a los hijos de los ochenta, que vuelvan a sentirse niños de nuevo-, y la repetición de fórmulas que se traduzcan en éxitos asegurados –secuelas, trilogías, tetralogías, series infinitas- hasta desahuciar a la gallina de los huevos de oro.

            Resacón en Las Vegas no era alta comedia. Tampoco pretendía serlo. Cuanto menos, era una cinta de humor efectivo y honesto, gamberro y sin pretensiones, sin una incorrección política que sea ácida en exceso para adaptarse a un amplio rango de espectadores, pero con la decencia de no plegarse ante impostados trasfondos dramáticos, ñoñas segundas lecturas morales o enseñanzas vitales de fabulilla del todo a cien. Ni siquiera era especialmente original, puesto que copia un esquema muy de la intriga –reconstrucción deductiva de la memoria en blanco- que ya había sido adaptado a la comedia por Colega, ¿dónde está mi coche? –película que he de admitir que siempre me pareció graciosa dentro de su desinhibida estupidez-, aderezada con la figura hegemónica del humor y otros géneros en estos inicios de milenio: el del joven adulto con alma de eterno e inmaduro adolescente, un Peter Pan a caballo entre dos mundos, sin pertenecer a ninguno de ellos, desorientado mientras trata de quemar las últimas naves en lo que parece el fin de los días de vino y rosas ante la amenazante asunción definitiva de los compromisos de la vida plenamente adulta, representados en este caso por el matrimonio.

            Resacón 2, ¡ahora en Tailandia! es la obligada continuación de un éxito, que no tiene por qué tener más sentido en sí mismo que la de aportar como único elemento novedoso el “más difícil todavía” y el “aún más grande”. La segunda resaca, la de después de la siesta, no es más que una repetición con menos encanto, más agotamiento y a veces mayor malestar, de la primera. Desaparecen los matices –de partida no existían, en este caso- y se apuesta por extremar lo que aún el espectador retenía con agrado en la memoria. De ahí que aparezca Bangkok como la posiblemente única ciudad que represente más el vicio que Las Vegas, más oscura, sudorosa y sórdida que los neones y el pecado de diseño horteras de la Sin City americana. Lo demás es la copia autoconsciente, desde la estructura, las situaciones –calcadas aposta, muchas veces, como un chiste más de sano humor metaparódico- y la concesión al espectador de “lo que reclama” –la gran licencia autocomplaciente-, sin espacio para la sorpresa o la originalidad, sin una evolución de nada, cosa que, no nos engañemos, tampoco iba a suponer una opción mejor para las pretensiones existentes. Los gags todavía pueden arrancar alguna risilla gracias a unos personajes aún simpáticos, inmaduros con su punto adorable, con su máxima expresión en el niño barbudo Galifianakis, aún con gancho, sumado al escaso sentido del ridículo, de nuevo, de Mike Tyson, y unas fotos finales de postfiesta que siguen siendo aquellas que todo individuo querría poseer.

Pero para otra continuación, quizás no exista ya esa misma condescendencia.

 

Nota IMDB: 6,8.

Nota FilmAffinity: 6,1.

Nota del blog: 5.

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