Tag Archives: Suecia

La carreta fantasma

7 Jun

“La carreta fantasma es la película de todas las películas.”

Ingmar Bergman

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La carreta fantasma

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La carreta fantasma

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Año: 1921.

Director: Victor Sjöström.

Reparto: Victor Sjöström, Astrid Holm, Hilda Bogström, Tore Svennberg, Lisa Lundholm.

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            Al igual que sucedía en otro país escandinavo, Dinamarca, el cine sueco comienza su historia particular estrechamente ligado al teatro y la literatura, base primigenia a partir de la cual componer una serie de obras de calidad bajo el abrigo de la compañía Svenska Biografteatern, fundada en 1907. Entre los directores de este génesis de la industria sueca descollarán dos personalidades principales. Dos cineastas que compartirán estudios en la Pathé y los cuales, cada uno de ellos en una etapa distinta de su carrera, emigrarán a Hollywood. Se trata del finés Mauritz StillerLa mejor película de Thomas Graal, El tesoro de Arne y de Victor Sjöström, criado en Nueva York pero retornado a su país natal en su juventud. Sjöström imprimiría su nombre en letras de oro en el cine silente sueco con obras como Ingeborg Holm –drama realista y comprometido socialmente acerca de las vicisitudes de una mujer viuda-, Había una vez un hombre (Terje Virgen) –drama épico ambientado en la época napoleónica-, Los proscritos –tragedia romántica entre un forajido y una viuda- o La carreta fantasma.

            Una vez más, La carreta fantasma encuentra su raíz en el texto escrito. En concreto, en una novela de la escritora sueca Selma Lagerlöf, la primera mujer en obtener un Premio Nobel de Literatura. De hecho, el prestigio y la relevancia de la autora resultarían pieza clave para que los detalles sobrenaturales del filme –el carromato fantasmagórico encargado de recoger las almas de los muertos y conducido por el último hombre fallecido en el último día del año- burlaran la timorata tijera de la censura. Como los espíritus de Cuento de Navidad, el elemento fantástico actúa como interlocutor del protagonista en un diálogo que conduce a una conclusión moral decisiva para enmendar el desviado camino del hombre en cuestión, vulnerable a la decadencia y la tentación de la carne.

            Con la religión siempre sobrevolando el argumento, La carreta fantasma enfrenta a David Holm (el propio Sjöström), borracho, maltratador y tuberculoso impenitente, con la figura crística de la joven Edit (Astrid Holm), virtuosa miembro del Ejército de Salvación que, como Jesús, muere por los pecados de aquel a quien intenta salvar de la perdición y a quien ama –mejor entender estas alusiones dentro de una dimensión mística y no tanto física, la cual sería demasiado forzado e increíble-.

            La antítesis entre ambos caracteres –la influencia perniciosa y la influencia redentora- prosigue además en la confrontación de lo fantástico con el realismo sucio e, instalado en la estructura de la narración, con el juego entre el presente y el pasado. Sjöström desarrolla en paralelo, intercalándose en el montaje, los antecedentes y las consecuencias de este viaje a la condenación del alcoholizado David Holm para finalmente hacerlos colisionar con absoluta violencia en el desenlace y extraer de esta agresiva fusión una luminosa enseñanza moralizante.

Sin embargo, Holm no aparece como un personaje estrictamente simbólico y, por tanto, plano. El filme humaniza a la criatura dotándola de un complejo conflicto de remordimientos –el encarcelamiento de su hermano, a quien ha arrastrado a sus vicios- que le embarca en una espiral autodestructiva que rechaza toda redención posible y que se manifiesta en su entrega sin reservas a la maldad más mezquina y absurda –toserle su tuberculosis a la cara de la gente como ejemplo palmario-. De este modo, la fábula se descarga de parte de su rigidez discursiva y gana en calidez y emoción.

 

Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 7,9.

Nota del blog: 7,5.

La nueva tierra

1 Jul

“Una película donde todo es maravilloso para mí no es cine.”

François Ozon

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La nueva tierra

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La nueva tierra.

Año: 1972.

Director: Jan Troell.

Reparto: Max von Sydow, Liv Ullmann, Eddie Axberg, Pierre Lindstedt, Allan Edwall, Monica Zetterlund.

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            En Los emigrantes, una de las hijas del matrimonio protagonista ingiere una sustancia que destroza su estómago. Una vecina del lugar, investida como improvisada autoridad médica, certifica que su vida o muerte depende de que logre superar la noche. Por medio de una elipsis, Jan Troell, director de la cinta, muestra un bulto oculto por una sábana al pie del fotograma, en primer plano, mientras que, al fondo del escenario, el padre se afana en el taller carpintero, dando forma lo que luego se descubrirá que es un pequeño ataúd. La pérdida de un hijo, una de las tragedias más devastadoras que puede conocer el hombre, queda expresada con una delicadeza dolorosa y una sencillez conmovedora, a la vez que, además, sitúa el hecho en cuestión en su justo contexto –la primera mitad del siglo XIX, aún aquejado por una notable mortandad infantil, sobre todo en áreas rurales y empobrecidas-.

En cierta escena de La nueva tierra, prolongación necesaria de Los emigrantes, un feroz ataque se salda con la masacre de una familia, entre cuyos miembros hay una mujer embarazada. Aparte de mostrar impactos de bala en primer plano, la secuencia se remata con un puñado de moscas revoloteando bulliciosas sobre una cabeza que, en el siguiente plano, resulta ser la del feto de la joven, extraído a golpe de puñal y ensartado en una pica a las afueras de la casa. En este caso, la imagen es burdamente gráfica, epatante e innecesaria.

            Si bien ambos ejemplos no componen los elementos más relevantes de Los emigrantes y La nueva tierra, sí servirían en cambio para ilustrar las principales diferencias que el espectador puede hallar entre ambas. La distancia que separa a un soberbio filme que escribe la odisea de una familia sueca en su emigración a América en busca de oportunidades de futuro, relatada desde un punto de vista universal y eterno, de una buena película que retrata desde una óptica más particular y perecedera los avatares de esa misma familia para sobrevivir y prosperar en la tierra prometida –la formación de una renovada comunidad, los nuevos desafíos del lugar, la repetición de alegrías y desalientos cotidianos-.

            Jan Troell firmaba la segunda parte del díptico inspirado por las novelas de Vilhelm Moberg un año y cinco nominaciones a los Óscar más tarde -curiosamente, coincidirán ambas en la gala de 1973, ésta nominada al premio de mejor película de habla no inglesa-. El cineasta sueco reencuentra así a los Nilsson donde los había dejado: a los pies de un lago, rodeados de feraces terrenos por explotar y con la felicidad presuntamente al alcance de su mano.

La nueva tierra propone una obra más ambiciosa en el aspecto formal, en el que se abandona en parte con el sobrio e imponente naturalismo que caracterizaba a la anterior para introducir episodios, como los flashbacks de Robert durante su búsqueda de oro en California y algún otro segmento de idéntico horror moral, en el que el estilo adopta la forma de una pesadilla febril, sin voz humana, marcado por música barbárica e imágenes sudorosas y terribles. La principal objeción al respecto es que esta ruptura cede espacio a la aparición de unos cuantos convencionalismos y subrayados visuales y dramáticos, menos eficaces que la sencillez sin contemplaciones ni concesiones que exhibía Los emigrantes –la comparación que encabeza el artículo-.

Por su lado, la narración explora aspectos más íntimos del relato, tan solo apuntados en la anterior, como un tibio conflicto entre hermanos, la discordancia entre el mirar siempre más allá de Robert y las ligaduras de lo que se deja atrás de Kristine y, sobre todo, de la mano del antagonismo en este caso entre Karl-Oskar y Kristine -representación del contraste abrupto entre la tangible experiencia terrenal y el impreciso anhelo espiritual-, el tema de la necesidad de la creencia y los conflictos de fe entre Dios y el hombre.

            Permanecen como mayor mérito de este fresco monumental, de detallista y excelente ambientación, la plasmación de los sentimientos y las vivencias más humanas y universales, alejadas de una inserción histórica concreta –que cuando aparece, lo hace no obstante de manera madura, crítica y matizada-. La inquietud permanente de su desconocido entorno, las dudas, las esperanzas, los arrepentimientos, las decepciones y las ilusiones.

Uno, al repasar la biografía de los personajes, tampoco acierta a saber si simbolizan o desmienten el sueño americano; es decir, una vida plena, dichosa, perfecta –los saldos individuales que se extraen de la pequeña comunidad tampoco son uniformes-. Se distinguen complejidades, estados de ánimo contradictorios, requiebros fácilmente equiparables a la vida de uno mismo. Y es ahí donde, de nuevo, la secuela halla la discreta y pura grandeza de su predecesora.

 

Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 7,5.

Los emigrantes

30 Jun

“El sueño americano no es dinero, sino la felicidad y la libertad.”

Frank Capra

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Los emigrantes

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Los emigrantes.

Año: 1971.

Director: Jan Troell.

Reparto: Max von Sydow, Liv Ullmann, Eddie Axberg, Pierre Lindstedt, Allan Edwall, Monica Zetterlund.

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            La realidad, apenas adulterada, puede transmitir más épica y emoción que un filme embadurnado de un edulcoramiento melodramático, una dramatización impostada o una mitificación construida a base de clichés estéticos y temáticos que, por su abuso mediocre y recurrente, carecen ya a estas alturas de cualquier fuerza. Los emigrantes, adaptación del sueco Jan Troell de la novela de su compatriota Vilhelm Moberg, describe con innegociable naturalismo y veracidad el viaje a América, en busca de un futuro mejor, de una familia de campesinos escandinavos del siglo XIX.

            Los emigrantes no propone una visión romántica, idealizada o gratuitamente trágica de este fenómeno social. Tampoco se preocupa por tratar de confirmar o desmentir la verdad del sueño americano –asunto pendiente para la secuela, La nueva tierra, un año posterior-, si bien se acierta a vislumbrar la inseguridad y la duda que, obviamente, se esconde detrás de toda leyenda popular o, en este caso, concepto quasipropagandístico. Los emigrantes es la crónica de una epopeya eterna y recurrente pero sorda, acontecida siempre a espaldas del mundo. El relato extrae su contundencia de la simple sucesión de hechos documentados, veraces y aún reconocibles en el presente, expuestos con crudo realismo aunque sin caer nunca en la frialdad o la indiferencia.

            Las raíces de la problemática –las malas cosechas, las desigualdades sociales, los conflictos de fe-, están expuestas con afán didáctico en base a una detallista ambientación de los usos y costumbres de la Suecia rural del momento, próxima incluso al documental dramatizado. La firmeza de su estilo narrativo realista –quizás solo traicionada por la presencia de la religión y con ese apunte de desafío entre el hombre y Dios- queda de manifiesto en la falta de énfasis que se concede a un episodio tan desgraciado como la muerte de un niño, registrada mediante una sencillísima y sucinta elipsis; un recurso abundante en la cinta y empleado con gran precisión y delicadeza por Troell –el cambio del rostro soñador de Liv Ullmann a uno agotado para sintetizar el paso del noviazgo al matrimonio y la maternidad, por ejemplo-.

            No por ausencia de subrayado emocional, la presentación del contexto y los asuntos existenciales abordados en Los emigrantes es menos profunda, compleja y enjundiosa. Por supuesto, tampoco resultan menos duros. Y es que este realismo no exime del uso de expresivas metáforas visuales y de una exhaustiva construcción y desarrollo de personajes, apuntalada por un reparto liderado por los excelentes Max von Sidow y Liv Ullmann y acorde en su técnica interpretativa con las premisas de sobriedad y verismo que predominan en este fresco monumental.

 

Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 8,5.

Call Girl

18 Abr

“En la política sucede como en las matemáticas: todo lo que no es totalmente correcto, está mal.”

John Fitzgerald Kennedy

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Call Girl

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Call Girl.

Año: 2012.

Director: Mikael Marcimain.

Reparto: Sofia Karemyr, Josefin Asplund, Pernilla August, Simon J. Berger, Sven Nordin, Anders Berkman.

Tráiler

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            En todas partes cuecen habas. Considerada una sociedad modélica en lo que respecta a la calidad de su sistema democrático, su respeto por los derechos sociales y su aperturismo a la evolución de las costumbres, Suecia guarda también un reverso oscuro. Aunque otra cosa es su tamaño verdadero en proporción con el de otras naciones. En cualquier caso, la ficción literaria y cinematográfica escandinava procura dar buena cuenta de ello, ya sea desde la exitosa novela negra local o desde el cine. Ahí se encuentra la trilogía Millenium como ejemplo más popular en ambos campos, reflejo de una sociedad convulsa y una policía ingenua, machista y ultraderechista a partes iguales.

En el caso del séptimo arte, cintas como las recientes Lilya Forever y Call Girl se encargan de aportar tramas centradas en la explotación de menores –se excluiría aquí la versión bruta que representa Desenlace mortal, pura ‘exploitation’-. Call Girl, más aún, refleja un escándalo real que implica a las altas esferas de la política, los servicios secretos y la policía de la Suecia socialdemócrata de los setenta. Aquella del gobierno progresista del valorado Olof Palme; la loable, osada y necesaria tercera vía en la dicotomía entre el capitalismo norteamericano y el comunismo soviético.

            Aunque indudablemente legítima en su denuncia, Call Girl desprecia la elegancia a la hora de exhibir (a pedradas) la supuesta hipocresía de un gobierno que, parece, emplea la relajación de la legislación sexual como simple cosmético destinado a ocultar su verdadero rostro de corrupción moral y política. Si bien las motivaciones de la investigación policial responden a asuntos de seguridad nacional –las peligrosas conversaciones de lecho de la cúpula del poder-, el argumento se centra en cambio en el caso de dos prostitutas adolescentes, de corte más sensacionalista –cabe destaca aquí el amplio espectro social y la desdramatización que, por otro lado, muestran el resto de sus prostitutas en sus breves declaraciones a cámara-.

            Así pues, nos encontramos ante una crítica global un tanto cuestionable que, de este modo, barniza por completo de una pátina siniestra, depravada y farisaica el discurso y el legado de este líder político que es, sin necesidad de citarlo, Palmede hecho, los descendientes del asesinado primer ministro decidieron emprender acciones legales contra la productora del filme-.

            Dejando de lado la opinable lectura política, el debutante en el largometraje Mikael Mercimain –director de algún capítulo de la serie televisiva Wallander, inspector emblemático de la citada novela negra sueca- desarrolla una mezcla de drama social y thriller policíaco que resulta atractiva e interesante, beneficiada además por el añadido de una tentadora ambientación setentera lograda gracias a la acertada fotografía, las labores de vestuario y la composición de la banda sonora. No obstante, el relato queda algo descompensado por momentos y, puntualmente, se echa en falta un grado más de claridad expositiva e intensidad narrativa.

 

Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 6,5.

Juegos de verano

5 Ene

Completita, en Bandeja de Plata.

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Un verano con Mónica

21 Jul

“Harriet Andersson es uno de esos raros ejemplares resplandecientes de la jungla cinematográfica.”

Ingmar Bergman

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Un verano con Mónica

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Un verano con Mónica

Año: 1952.

Director: Ingmar Bergman.

Reparto: Harriet Andersson, Lars Ekborg, John Harryson.

Filme

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            El amor de verano pertenece solo al verano. Extender la sensación de euforia propia de este romance ligero y evasivo, refrescante y sanador más allá del estío no es más que ilusión e ingenuidad. Aunque duela, toda persona lo sabe. En Un verano con Mónica, Ingmar Bergman, que bien conocía los procesos emotivos que atraviesa el ser humano en su desarrollo vital, lo deja meridianamente claro mediante de una desarmante mirada sostenida a través de la cuarta pared que hace estallar por fin la ingente desilusión acumulada a lo largo del metraje. Es cuando Harriet Andersson clava sus insondables ojos azabache en el desprevenido espectador, como escupiéndole a la cara “tú lo sabías, yo lo sabía e incluso él lo sabía. Entonces… ¿de qué te sorprendes, gilipollas?”.

           Un verano con Mónica condensa en tres meses el análisis de una relación amorosa que bien podría equivaler a aquellas que ocupan una vida por completo, con su respectivo comienzo luminoso, su auge apasionado y su acre decadencia. Es, además, el conflicto entre dos formas de entender la vida y el amor: la prosaica de él, cuyos sueños se reducen a ligarse y hacer feliz a la chica que le gusta, y la fantasiosa de ella, quien concibe y compara su existencia en función de las ficticias enseñanzas que extrae de los melodramas de Hollywood.

Desde una postura más realista y cotidiana, alejada de sus proverbiales indagaciones antropológicas y trascendentales, Bergman perfila con precisión a sus dos amantes, hijos del desmoronamiento de la institución  familiar, la incomunicación, la soledad, el acoso machista y la alienación laboral. Gotas de cine social que contribuyen a dar aliento a ese clima gélido y desapacible del Estocolmo de principios de los cincuenta, el cual tan solo puede aclararse, aunque sea de manera temporal, con una improvisada huida en barca a través del reconfortante y salvífico calor estival.

Un caso de rebelión por medio del amor que, no obstante, uno sabe desde el comienzo, dado el desequilibrio en la entrega, las motivaciones y la vulnerabilidad de sus partes, que tendrá una resolución hiriente.

            Y logra sus propósitos, puesto que el relato consigue despertar esperanzas, alegrar el gesto y participar del tierno romance entre los dos desorientados adolescentes. Es fácil enamorarse de la esplendorosa Harriet Andersson, rezumante de sensualidad, seducción y desparpajo juvenil. La cuidada evolución y la veracidad del relato contagia del mismo modo esas emociones contradictorias y pesimistas que experimenta la pareja con el paso del tiempo, somatizadas incluso en la puesta en escena –de soleada e idílica a cada vez más sucia y desastrada, con el inserto de notas propias del cine de terror ya en la secuencia del retorno a la capital sueca- y en el cambio de la apariencia física de los protagonistas.

            Filme decisivo en la trayectoria de Bergman, supondría su reconocimiento definitivo por parte de la crítica internacional.

 

Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 7,6.

Nota del blog: 8.

Arn: El Caballero Templario

10 Jun

“Hollywood es una mierda, y el cine europeo no goza de mucha mejor calidad.”
Aki Kaurismäki

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Arn: El Caballero Templario

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Arn El Caballero Templario

Año: 2007.

Director: Peter Flinth.

Reparto: Joakim Nätterqvist, Sofia Helin, Milind Soman, Bibi Andersson, Stellan Skarsgård, Nicolas Boulton, Simon Callou, Vincent Pérez.

Filme

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           A priori, desde un punto de vista teórico, el Malmoe F.F. no puede aspirar a jugar como el F.C. Barcelona. No puede, porque no solo no cuenta en su plantilla con Lionel Messi, sino porque entre sus jugadores nadie alcanza siquiera la técnica más modesta pero eficaz de un segunda fila como Alexandre Song o la de un talento emergente y entusiasta como Thiago Alcántara. Como es obvio, tampoco podría costear sus fichas, así como igualar su equipo de preparadores o sus instalaciones deportivas, dado su presupuesto. De igual modo, tales profesionales no querrían devaluar su caché en una liga menor, atendiendo a las aspiraciones hipertrofiadas de proyecto que, además de ilusas, serían del todo erradas.

En cambio, el Malmoe F.F. puede olvidarse del modelo y las aspiraciones de un coloso que no es. El Malmoe F.F. podría construir un fortín en su escueta cancha, conectar con las raíces culturales de su fútbol y sacar el máximo rendimiento a las cualidades naturales de las que disponen sus futbolistas: los centímetros, el músculo y, quizás, la implicación de unos jugadores locales y canteranos con ganas de agradar, de reivindicar sus capacidades y de defender la camiseta que sienten en el corazón. Así, continuando con el suponer, el Malmoe F.F. podría tocar la gloria en el campeonato sueco imponiéndose entre equipos de una categoría similar y, tras ello, realizar una intentona a nivel europeo donde, a partir de su consabida inferioridad, la fuerza de la ilusión, la suerte y sobre todo el conocimiento de las debilidades y fortalezas propias puede llevar, quién sabe, a una gloria inesperada.

           Arn: El Caballero Templario, lustrosa coproducción escandinava ambientada en tiempos de las cruzadas, no es Gladiator, y ni siquiera es El reino de los cielos. Tampoco dispone del capital, la infraestructura o el talento técnico necesario para serlo, a pesar de que la segunda, a cuyo rebufo surge –en conjunto con la inexplicable fascinación del momento por las novelas de misterio y ocultismo inspiradas en órdenes religiosas como templarios, cátaros y demás ralea-, es una película bastante mediocre, con la excepción de ciertos méritos en su factura visual –el último truco en la chistera del desgastado Ridley Scott-.

Por ello, su ambición de equipararse en lo posible a una superproducción hollywoodiense en vez de encontrar una voz propia que la convierta en una cinta especial, en una sorpresa agradable, resulta ser un error evidente.

           El esfuerzo en dotar al filme de una ambientación de relumbrón es manifiesto, y no desmerece en modo alguno. Sin embargo, la verdadera pobreza de Arn: El Caballero Templario queda revelada por la rudeza de un guion que recurre a los tópicos temáticos y estéticos más sobados del cine épico y el best-seller histórico y que, en especial, contribuye a desajustar sin remedio el mecanismo narrativo del filme con su desequilibrio. Parte de culpa, imagino, corresponderá a la trilogía literaria de la que procede, fenómeno social en Suecia.

           El realizador danés Peter Flinth, impersonal en su cometido, plegado como un obediente artesano a las ostentosas aspiraciones de la producción, calibra mal las fases de desarrollo de la película. La descompensación entre introducciones que piden concisión a gritos, el posterior atropello en el desarrollo de las tramas y el anárquico manejo del transcurso del tiempo de la ficción tienen como consecuencia la arritmia general y, en último caso, la ausencia de un sentido de la épica o cuanto menos de la aventura.

De las tres batallas del filme -eje fundamental de toda película de sus características-, puede que dos pasen el corte con más o menos apuros. Aquella emplazada en el campamento cristiano, muestra por el contrario una absoluta falta de tensión. Aparecen todas ellas deslavazadas, insertadas entre tropiezos en medio de un libreto en el que prima el relato de amor prohibido y penado en la distancia por el caballero de la triste figura de Joakim Nätterquivst, insulso rostro principal de un reparto en el que, como contrapartida, aparecen rostros más conocidos en el panorama internacional, caso de Vincent Pérez, Stellan Skarsgård y Bibi Andersson.

Convencional y anodina.

            P.D.: En 1979, el Malmoe F.F. materializaba la sorpresa y alcanzaba la final de la Copa de Europa, con tan solo dos goles encajados en las fases previas del torneo. Caería derrotado 1-0 por el Nottingham Forest del legendario Brian Clough, pero aún a día de hoy el Malmoe F.F. es el primer y único equipo escandinavo en disputar la final de la más importante competición de fútbol del continente.

 

Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota del blog: 4.

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