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Consejo de guerra

27 Sep

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Año: 1979.

Director: Bruce Beresford.

Reparto: Edward Woodward, Jack Thompson, Bryan Brown, Lewis Fitz-Gerald, Rod Mullinar, John Waters, Charles Tingwell, Terence Donovan, Vincent Ball, Alan Cassell.

Tráiler

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          Senderos de gloria dejó filmado para la posteridad que la colisión entre la guerra y la justicia -en su máxima expresión, que es la de un juicio con presuntas garantías- provoca una contradicción tal que solo puede caer en el más absoluto, desolador y criminal de los absurdos.

Cabezas de turco del imperio, se titulará el libro de memorias de uno de los tres soldados australianos sometidos a juicio marcial en las postrimerías de la Segunda Guerra Anglo-Bóer, que, de nuevo, en el cambio de los siglos XIX y XX. enfrentaba encarnizadamente en Sudáfrica al Imperio británico y a los colonos neerlandeses del Transvaal en torno a los yacimientos de oro y diamantes. En el conflicto, los afrikaners se habían lanzado a la guerra de guerrillas para tratar de atajar la superioridad armamentística y numérica de los británicos, lo que derivará en un enfrentamiento prácticamente sin cuartel -ejecuciones sumarias de prisioneros y de potenciales espías, la destrucción sistemática de los medios de subsistencia del enemigo- donde las unidades irregulares, adaptadas al terreno y ajenas al presunto orden moral del arte de la guerra -“el final de la guerra de los caballeros”, que sentencia uno de los personajes-, cobrarán una especial relevancia. Será, pues, la primera guerra sucia de una centuria especialmente propensa a las atrocidades bélicas de todo cuño. La modernidad. La industrialización de la muerte. El horror.

Es en este contexto donde surge el juicio contra los tres australianos -integrados en esos comandos de los Bushveldt Carbineers destinados a ejercer de cruenta contraguerrilla- en relación a la ejecución en campaña de siete afrikaners y de un religioso alemán.

          Basada en una obra de teatro que ya reconstruía este episodio histórico de una Australia recién independizada pero con necesidad de englobarse en la Commonwealth bajo la égida imperial -un ajuste de cuentas con el pasado y los vínculos imperiales que continuará dos años después con Gallipoli-, Consejo de guerra expone a partir de esta premisa la hipocresía y la incoherencia que representa este proceso judicial que, amañado de antemano, se arroga unas garantías de justicia por completo enajenadas.

Sin embargo, el dilema va más allá del atropello descarado a unos hombres que son víctimas de los fuertes prejuicios xenófobos que están enquistados incluso contra territorios de influencia británica, puesto que, si bien a los australianos se les dibuja como los ‘buenos’ de la función, nunca se oculta que son autores de los hechos por los que se les juzga -aunque se cometieran bajo la responsabilidad una autoridad superior- y que, más aún, estos son una evidente barbaridad cuya condena ejemplar puede dar pie, además, a sentar las bases de la paz entre bandos y también entre potencias de la Europa en tensa calma antes del estallido de la Primera Guerra Mundial. El fin y los medios. La paradoja de pedir perdón con (más) sangre.

          No obstante, el tono del discurso se centra más en la vertiente nacionalista, con la exposición del choque entre la rigidez inglesa, no exenta de una falsedad que responde a su naturaleza profundamente clasista, y las peculiaridades del contingente del país austral, viscerales y sentimentales, que contaminan incluso al ‘asimilado’ Harry Morant, que reacciona con un ímpetu que entra en contradicción con su origen metropolitano. El empleo de los símbolos imperiales está tratado, en consecuencia, con crítica o sarcasmo. Pero no por ello esquiva Consejo de Guerra las ambigüedades, arrugas y esquinas de sus personajes, sobre todo de ese domador de caballos metido a soldado de fortuna en un bando casi al azar, probablemente el equivocado, desde un espíritu de aventurero romántico, poeta y guerrero de tiempos remotos.

          Bruce Beresford, que dirige y participa en la redacción del libreto junto al autor de la pieza dramatúrgica original, tiñe los fotogramas con el triste ocre de los uniformes de los militares, que domina las composiciones del juicio, con predominio de un estatismo que no está reñido con un excelente manejo del tempo narrativo, agilizado por el montaje que alterna el presente con el pasado. En los exteriores, el paisaje aparece inmenso e indiferente hacia las atrocidades que se cometen en su suelo, iluminado por una luz plana, fea. Este es el escenario donde hombres normales, sometidos a situaciones anormales, se tornan salvajes. No por casualidad, el plano más bucólico y rico en colores será el final.

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Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 8.

Una árida estación blanca

10 Mar

“Un buen actor es, a la vez, un artista destacado y un excepcional activista social.”

Gong Li

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Una árida estación blanca

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Una árida estación blanca

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Año: 1989.

Directora: Euzhan Palcy.

Reparto: Donald Sutherland, Zakes Mokae, Jürgen Prochnow, Janet Suzman, Rowen Elmes, Susannah Harker, Susan Sarandon, Winston Ntshona, Marlon Brando.

Filme 

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          Debía de existir una razón poderosa para que Marlon Brando abandonase su autoimpuesto retiro de los escenarios, comenzado al principio de la década de los ochenta tras el estreno de La fórmula, y arrastrara sus alrededor de 150 kilos hasta el rodaje un nuevo filme en el que, además, reduciría su caché muy por debajo de lo habitual.

Si con Grita libertad el cine comercial había plantado su primera pica en la creciente animadversión de Occidente contra el apartheid surafricano -insostenible incluso entre tradicionales aliados como Estados Unidos y Reino Unido, que veían en él un bastión contra el comunismo en África-, una nueva producción, Una árida estación blanca, agudizaría la denuncia contra el régimen racista adaptando la novela homónima de André Brink, profesor universitario destacado por su espíritu crítico contra el gobierno blanco del país.

Brando, que ya había empleado anteriormente su condición de estrella para el activismo social –con su célebre auge en la ceremonia de los Óscar de 1973-, se vería conmovido por la valentía de la propuesta y la implicación de su directora, la francesa Euzhan Palcy, primera artista negra en ganar un premio de la academia de cine francesa y primera directora negra en formar parte de la plantilla de una de las grandes productoras de Hollywood, la MGM. Palcy, al igual que hará el protagonista de la cinta, viajaría de incógnito a Soweto para conocer de primera mano la situación de esta mísera área de viviendas diseñada para la segregación urbanística de la población negra.

          El relato de Una árida estación blanca parte de los Disturbios de Soweto, una serie de protestas estudiantiles que, debido a la brutal represión policial, se saldaron con un número de muertos que oscila entre los 95 de las cifras proporcionadas entonces por el gobierno y las aproximadamente 500 que calculan otras fuentes no oficiales. Es esta la espita que dinamitará el ingenuo sueño en el que vive Ben du Toit (Donald Sutherland), profesor de Historia y leyenda del elitista rugby local.

En un esquema semejante al que vertebraba otra cinta de compromiso internacional como Los gritos del silencio, Du Toit ejerce como traslación del espectador ignorante y extranjero –condición que le dejará bien claro su guía por la pesadillesca realidad surafricana mientras él trata en vano de proclamarse africano auténtico-. Intermediado por sus ojos, el público asiste así al despertar de la conciencia y la consecuente reacción de este hombre racional, motivada por las atroces injusticias que, ante sus ojos, sufre otro hombre por quien siente el natural afecto humano, independiente de razas o credos, en este caso su jardinero.

          Aunque interesante en su discurso didáctico y necesaria en su proselitismo por la causa antiapartheid –recordemos que durante su estreno Nelson Mandela todavía se encontraba en prisión-, Una árida estación blanca abusa por otro lado en el énfasis y la pirotecnia sentimental en la presentación del régimen racista –si bien es cierto que murieron niños en las protestas, el menor de ellos contaba con 12 años, al contrario del asesinato a sangre fría de un chaval de no más de 5 que se verá en primer plano- y resulta un tanto maniquea en su planteamiento -la dicotomía entre sus dos hijos, especialmente-.

Cuestiones que restan fuerza al conjunto y que, del mismo modo que el breve pero contundente papel de Brando, dejan con ganas de más en una película a la que le hubiera convenido despegarse de ciertos tópicos para recrudecer su intensidad potencial.

 

Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 6,5.

Zulú

20 Abr

“Un zulú es solo un hombre… y yo no temo a ningún hombre… pero los zulúes, vienen a millares… como una negra ola de muerte… a millares… con sus lanzas… ¡apuñalando!”

Q.S.M. Bloomfield (Amanecer Zulú)

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Zulú

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Año: 1964.

Director: Cy Endfield.

Reparto: Stanley Baker, Michael Caine, James Booth, Nigel Green, Jack Hawkins.

Tráiler

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             Inmerso en pleno proceso descolonizador, con la crisis social y económica que ello conllevaba, Reino Unido necesitaba héroes. Contrariamente a esto, el cine inglés en boga en aquel momento, el Free Cinema, tendía más hacia posturas pesimistas, en las que el protagonista era el común frente a lo aristocrático, lo cotidiano frente a lo épico, lo social frente a la pompa.

Aún así, siempre quedaba espacio para el cine épico en recuerdo de las viejas glorias, el cual, como Zulú, miraba hacia los episodios gloriosos del Imperio o de la Segunda Guerra Mundial.

             Esta película -eso sí, dirigida por el americano Cy Endfield-, recrea uno de los episodios iniciales de la Guerra Anglo-Zulú, iniciada en 1879, en concreto la batalla de Rorke’s Drift, con la espartana resistencia de un contingente británico de 140 hombres frente a 4000 nativos embravecidos por la anterior victoria en la batalla de Isandhlwana, es decir, un western a la inglesa en la que los ingleses ofician de cowboys asediados en el fuerte y los zulúes de indios rabiosos -o de mexicanos, en el caso de El Álamo-.

             Sí es cierto que se notan ciertas pretensiones de realismo más modernas como en el cierto intento de comprensión de los nativos, que aunque no es que estén perfilados al detalle no se puede decir que sean puramente salvajes malvados y estúpidos. A ello se añade un dibujo de personajes más individualizado y menos encorsetado que en otras de su estilo, con algunos de ellos bastante interesantes, aunque no siempre originales. Se trata, en definitiva, de un guion bastante irregular que, pese a ofrecer una notable ración de detalles desmitificadores a propósito del ejército de Su Majestad,  acaba por decantarse claramente por la loa a la flema y la épica británica según avanza el filme.

Con un argumento y personajes que tardan algo en entrar en calor, también demasiado preocupada en los minutos iniciales en mostrar la postal exótica del pueblo zulú, las virtudes de la cinta se hallan sobre todo en el buen manejo de la tensión y acción bélica –bueno, algunas muertes quedan aún muy de mentira-, la impresionante escenografía -enmarcada en localizaciones naturales en Sudáfrica-, y en el más que decente nivel interpretativo, en el que cabe destacar el debut con buen pie del gran Michael Caine en el rol de señorito inglés metido a militar de carrera y en conflicto de egos con el teniente en cargo John Chard (Stanley Baker), pragmático y racional, recién llegado al destacamento y perteneciente al cuerpo de ingenieros.

Al final, en conjunto resulta una película medianamente interesante.

             Contaría quince años después con una especie de precuela, Amanecer Zulú, precisamente centrada en esa batalla de Isandhlwana, con el propio Cy Endfield en el guion, y que el que suscribe recuerda como una película muy aburrida.

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Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 7.

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