Tag Archives: Spaghetti western

Keoma

1 May

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Año: 1976.

Director: Enzo G. Castellari.

Reparto: Franco Nero, Olga Karlatos, William Berger, Woody Strode, Orso Maria Guerrini, Joshua Sinclair, Antonio Marsina, Donald O´Brien, Leonardo Scavino, Gabriella Giacobbe.

Tráiler

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          Keoma es un western, pero podría estar ambientada indistintamente en un poblado europeo del año 1348 o en una comunidad de un mundo posapocalíptico. Su escenario, dominado por las ruinas y la desolación -material y moral-, se encuentra envuelto en una permanente nube de polvo donde las sombras del pasado se extienden hasta el presente y, más aún, marcan la ruta que se ha de seguir hacia un destino inapelable.

Una bruja shakesperiana lanza admoniciones al protagonista basándose en su turbulenta naturaleza, en el conflicto que cabalga siempre junto a él, tanto en su interior -la necesidad de encontrar un sentido a su existencia, las vías del amor y de la redención que se le insinúan- como en el exterior -su condición errante y marginal, manifestada en último término en el desprecio que le profesan sus tres hermanastros a causa de su origen mestizo-. La banda sonora, como si de un coro griego se tratase, comenta los avatares del héroe revelando su psicología.

          Keoma es un spaghetti western con notas de una trascendencia bíblica y alucinada, fronteriza incluso con el surrealismo en su empleo de los símbolos en contraste con la sordidez terrenal. Un Cristo que, tras llamar a revelarse contra el codicioso poder temporal, termina su calvario crucificado en una rueda de carromato -reminiscencias cristianas que, sumadas al protagonismo de Franco Nero, podrían trazar puntos de conexión con el célebre Django-.

Enclavando la acción en un escenario terminal, donde un cacique terrible somete al territorio mediante una muerte enfermiza que de nuevo es tanto física como moral, Enzo G. Castellari desarrolla un relato áspero en el que, no obstante, irrumpen sonoros detalles visuales propios de esta libertina apropiación mediterránea del género -la comunión con el padre mediante balazos que descubren su figura, el emparejamiento de proyectiles y objetivos antes del duelo a muerte-, que se suman a otros sorprendentes recursos estilísticos como las elipsis que funden el ayer con el hoy sin solución de continuidad o un montaje que, en algunos momentos, es delirante hasta lo irreal.

          Inevitablemente irregular, a través de todo ello Keoma dibuja un círculo irrompible y viciado; un eterno retorno marcado por la ignominia y la masacre del débil que comprende tanto al mestizo en sí -la repetición de su historia particular, su envejecimiento aparente debido a la polvareda- como a una visión extremadamente agria de la historia de los Estados Unidos.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 7.

Hasta que llegó su hora

25 Nov

hasta-que-llego-su-hora

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Año: 1968.

Director: Sergio Leone.

Reparto: Charles Bronson, Claudia Cardinale, Henry Fonda, Jason Robards, Gabriele Ferzetti, Frank Wolff, Jack Elam, Woody Strode, Al Mulock.

Tráiler

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           Más colosal, más barroca, con más estrellas, con (parte del) rodaje en pleno corazón del Oeste norteamericano. Con el western enterrado junto a Tom Doniphon en Shinbone, Sergio Leone posa sus abultadas maletas en Monument Valley, levanta la vista y contempla la casa de John Ford ultrajada por raíles de ferrocarril, signo inequívoco del fin de una época. Sin embargo, en la primera secuencia de Hasta que llegó su hora, un cuatrero malencarado declara la rebeldía anacrónica del filme arrancando de un tirón el cable del telégrafo, otro de los elementos que se emplean habitualmente para delimitar el crepúsculo del género… aunque, tal y como se verá a continuación, solo simboliza un acto postrero -el que, en paralelo, pretende cerrar una etapa personal para el creador de este microcosmos-.

           Contratado por la Paramount para rodar otro spaghetti western a la estela de su Trilogía del dólar antes de embarcarse en su anhelado proyecto Érase una vez en América, Leone despliega a gran escala a sus vaqueros mugrientos, barbados y pobretones. El cineasta, de tendencia natural a la megalomanía, extrema la patentada idiosincrasia de esta reinterpretación, mezcla de homenaje y caricatura, de un universo popular al que, entreverada con la épica y la ironía puntual, agrega asimismo una generosa dosis de melancolía, representada especialmente por el forajido Cheyenne, perteneciente a una raza antiquísima, el hombre, que se extingue. Los tiroteos, que se percibían cada vez más elaborados a lo largo de sus cintas previas, se enmarcan ahora dentro de una ópera desaforada en la que poderosos detalles como el uso de la armónica a modo de presentación del protagonista solo tienen sentido dentro de este contexto excesivo y fascinante, al igual que las frases lapidarias de resonancias bíblicas. De otra forma resultarían ridículas.

Todo es contraste. Chirridos de óxido como banda sonora de una epopeya grandilocuente.

           Hasta que llegó su hora repite numerosas constantes, de hecho, de la Trilogía del dólar. Precisamente, el sonido de la armónica es preludio de muerte, tanto en el sentido de que anuncia la venida de un vengador fantasmagórico, anónimo y parco en palabras, semejante al personaje de Clint Eastwood sobre todo en Por un puñado de dólares –una figura que a su vez el actor californiano se apropiará como director en Infierno de cobardes, El fuera de la ley y El jinete pálido-, como, por supuesto, por el reguero de cuerpos que el pistolero deja a su paso. De igual manera, la participación de este personaje en la trama plantea un misterio que se debe resolver mediante una catarsis sangrienta, a la manera del coronel Mortimer de La muerte tenía un precio. Y, como en El bueno, el feo y el malo, convergen sobre el relato tres protagonistas que encarnan arquetipos muy parecidos, aunque con la añadidura de una mujer (¡y qué mujer!): la superviviente interpretada por Claudia Cardinale. Ella es la ruptura frente al entorno exclusivamente masculino de la terna precedente, y aporta un contrapunto interesante con un personaje sólido y atractivo, de influencia arrolladora y determinante.

El correspondiente villano queda aquí en propiedad de Henry Fonda: el comprometido de izquierdas, los ojos azules del idealismo, el pensativo Wyatt Earp de Pasión de los fuertes que, no obstante, en la década anterior ya había ensayado amoldar a sus andares felinos a algún tirador turbio, como el del western psicológico El hombre de las pistolas de oro, o, en ese mismo 1968, el de Los malvados de Firecreek –aparte del ambiguo coronel Thursday de Fort Apache, trasunto del coronel Custer-. Sin contemplaciones hacia el astro ni hacia los espectadores desprevenidos, Leone, que hubiera sido capaz de prohibir que John Wayne se calzase su peluquín para rodar sus escenas, enfanga la imagen inmaculada de Fonda para transmutarla en psicópata despiadado e incluso osa exhibir la vulgar pelambrera de su espalda, acorde a los principios estéticos de este nuevo Oeste. Su irrupción es sobrenatural y terrible, un rayo que restalla entre el polvo y el silencio, para asentarlo igualdad de condiciones respecto de su antagonista, y a continuación fulmina de un disparo a un crío inocente mientras blande una sonrisa de perfección mitológica, para fijar sin lugar a dudas su esencia malvada.

Ambos, de naturaleza abstracta, trazan con su enfrentamiento una línea divisoria frente a los otros dos vértices del cuadrado principal, de naturaleza terrenal, más humana.

           La ambición le funciona bien a Leone, aunque también, cierto es, algunos pasajes se recargan en demasía y ahogan un tanto el ritmo bajo su peso. El italiano crea escenas tan poderosas como la de la apertura, donde el alargamiento del tempo redunda en el incremento de la tensión dramática a la vez que sienta genialmente el ambiente de este postwestern sobre el fin del western. Gracias a ello, elabora una obra a la que con frecuencia se sitúa en la cumbre de este subgénero que lleva impreso con letras de oro el nombre del director romano.

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Nota IMDB: 8,6.

Nota FilmAffinity: 8,2.

Nota del blog: 8,5.

Django

3 Jul

“-¿Cómo te llamas?

-Django.

-¿Cómo se deletrea?

-D-J-A-N-G-O. La ‘D’ es muda.

-Lo sé.”

Amerigo Vesseppi y Django (Django desencadenado)

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Django

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Django

Año: 1966.

Director: Sergio Corbucci.

Reparto: Franco Nero, Loredana Nusciak, José Bódalo, Eduardo Fajardo, Ángel Álvarez.

Tráiler

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           En 1966, al calor de la popular Trilogía del dólar de Sergio Leone, nacía Django, una de las figuras emblemáticas que confirmarían la pujanza del naciente spaghetti western junto a otros como Ringo, Sabata o Sartana. Un personaje dueño de múltiples secuelas, reinvenciones y bastardías, y conquistador, al menos por nombre, de cinematografías foráneas como la japonesa (Sukiyaki Western Django, de Takashi Miike) y la hollywoodiense (Django desencadenado), encargada esta última, a través del idólatra Quentin Tarantino, de recuperarlo para el conocimiento de aquellos espectadores ajenos al correoso subgénero europeo.

           Parida con un presupuesto pírrico, la primera aparición de uno de los caracteres que contribuirían a marcar los cánones del antihéroe arquetípico del spaghetti western, reafirmaba en principio la senda trazada por Leone y sus justicieros anónimos, lacónicos, cínicos y con cierta aura sobrenatural, esculpidos para la posteridad por Clint Eastwood.

En una concepción genial, Django, semblante sombrío, traje oscuro de nordista, media barba y ojos de acero (Franco Nero, con carisma propio), surge de la nada a pie, sin caballo –elemento otrora imprescindible en todo western que se precie-, arrastrando un ataúd sobre el cual hace referencias a sí mismo, y en el que en realidad transporta una herramienta de muerte.

Es así un individuo que, desde su apariencia inicial de noble defensor de los marginados, se revela más tarde como un ser inescrutable, imperturbable, desafiante y casi invulnerable, entregado con fiereza monomaníaca a una misión que parece ser lo único que le retiene todavía en un mundo de los vivos al que no pertenece. No es casual por ello que el cruento desenlace transcurra en un cementerio donde las balas se dirían escupidas por las mismísimas lápidas.

          Django presenta, en definitiva, una mutación obsesiva y sanguinaria del forastero enigmático de Eastwood, de la misma manera que la trama del filme replica con algunas variaciones al de Por un puñado de dólares, a su vez apropiación del Yojimbo de Akira Kurosawa, tomado por su parte de Cosecha roja de Dashiell Hammett. Es decir, el extraño que con su presencia decide el equilibro de un pueblo miserable, todo barro, viento y mierda, asolado por dos bandos antagónicos pero equiparables en su carácter pestífero: en este caso, los racistas sureños del mayor Jackson, con parafernalia similar al Ku-Klux-Klan, y los andrajosos revolucionarios mexicanos en el exilio del general Hugo Rodríguez.

           Nos encontramos por tanto ante un western esquemático y ultraviolento, entregado a los instintos más primarios de un género devenido poco a poco en su propia caricatura. El tono, junto con la pobreza de la producción, determinan el estilo feísta y tosco de Sergio Corbucci, quien entraría merced a ésta y El gran silencio en el panteón de los grandes directores del spaghetti. A lo largo de la cinta llueven los zooms agresivos, los encuadres urgentes e imprecisos y el montaje peleón, que en ocasiones traban el relato de un argumento básico y tampoco particularmente emocionante en su desarrollo. Destaca en cambio la interesante banda sonora del argentino Luis Enríquez Bacalov, eso sí, cortada a tijeretazos para hacerla encajar en las escenas precisas.

           Desde su naturaleza de pasatiempo impulsivo e intrascendente, le perjudica su seriedad, la ausencia de trazos humorísticos, irónicos y autoconscientes de los que sí solía gozar la obra de Leone.

 

Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 5,5.

El hombre de Río Malo

17 Mar

“El western es la definición del espíritu americano. Es nuestro. Siempre lo ha sido. Siempre lo será.”

Max Myers

 

 

El hombre de Río Malo

 

El hombre de Río Malo

Año: 1972.

Director: Eugenio Martín.

Reparto: Lee Van Cleef, Gina Lollobrigida, James Manson, Gianni Garko, Simón Andreu, Jess Hahn, Aldo Sambrell, Sergio Fantoni, Diana Lorys, Eduardo Fajardo.

Tráiler

 

 

            Si bien el término genérico por el que se suele reconocer al western de cuño europeo es el spaghetti western, también existieron en este mundo marcado por la coproducción otras variantes locales según el emplazamiento de rodaje. Así, destaca el chuckrut western alemán o, ya en la península Ibérica, el chorizo western y el butifarra western, en función de que la filmación se produjera en la Meseta Central o en Cataluña, respectivamente.

Todo un sustrato común de producciones paupérrimas que, en su mayor parte, tan solo vendrían a ser una caricatura de la caricatura de la iconografía del western apropiada por los italianos. Películas, pues, destinadas a la ingesta despreocupada en cines de barrio entre las que, de vez en cuando, surgen obras meritorias y rescatables dentro de sus posibilidades –Rafael Romero Merchent suele surgir aquí como principal alusión-.

En este sentido, algunas de ellas quedarían circunscritas dentro de esa etiqueta tan resbaladiza de ‘cine de culto’, la cual conviene siempre coger con pinzas incluso si –y puede que especialmente si- cuentan con el aval de un proclamado experto en la materia como el incontenible cinéfago Quentin Tarantino, investigador y fuente de un cine en los márgenes, referencia e influencia para incontables realizadores y, por qué no, espectadores y hasta críticos.

            Entre estos nombres semienterrados en el olvido, a la espera de un justo y merecido rescate, se situaría el del granadino Eugenio Martín, cineasta curtido, entre otros maestros –Nathan Juran, Guy Hamilton, Michael Anderson o Jack Sher-, al abrigo de un gigante como Nicholas Ray, aunque fuese durante su periodo de artesano de cámara de Samuel Bronston para sus superproducciones españolas, en este caso concreto en la filmación de la insufrible Rey de reyes.

Su debut en el cine del Oeste, El precio de un hombre, pasaría a figurar ya, en opinión de muchos expertos, entre los grandes títulos de esta cara digna del chorizo western, a la que sigue posteriormente la también apreciada Requiem para el gringo. Después de tres años demostrando su polivalencia como director de género, retornaría al Oeste con El hombre de Río Malo, donde las críticas no serían tan positivas ni condescendientes a pesar de tratarse, a mi juicio, de un divertimento desacomplejado y más que eficaz, con la participación además de un reparto repleto de nombres tan conocidos como Lee Van Cleef, James Manson, Gina Lollobrigida o Gianni Garko.

            El punto de partida del relato lo ofrece el propio Martín en colaboración nada menos que con Philip Yordan –firmante de libretos tan formidables como Johnny Guitar-, afincado también en España gracias a las producciones de Bronston y con quien había coincidido en el citado rodaje de Rey de reyes; un escritor talentudo aunque de vuelta de todo y en busca tan solo de un puñado de dólares, despreocupado por evitar, por tanto, la aparición de numerosas lagunas en una película que sin embargo logra resulta simpaticona y agradable, sin mayor pretensión que ofrecer un desenfadado entretenimiento elaborado con total honestidad y sumo cuidado y respeto.

            Así las cosas, El hombre de Río Malo mezcla un escenario típico del cine del Oeste –un peligroso y desarraigado forajido y su banda- con una trama propia del cine criminal –un heist film, película de ladrones de poca monta- y un tono que mezcla la aventura con tintes de humor desmitificador al estilo de El bueno, el feo y el malo, si bien con un sentido más próximo al de los filmes de Terence Hill y Bud Spencer, más decididamente paródico, extravagante y físico, rayano en muchas ocasiones con el puro slapstick.

La cinta sigue los avatares de la cuadrilla de Roy King (Lee Van Cleef), aplicados currantes del robo. Son hombres, compañeros y amigos ante todo, con un irreparable destino pobreza y fracaso; uno de los múltiples elementos que refuerzan el carácter cíclico del relato, como el eterno retorno de la banda para asaltar el mismo banco del mismo pueblo dejado de la mano de Dios o la compulsiva afición al matrimonio la curiosa e hilarante femme fatale encarnada por la Lollobrigida.

Pillos, timadores, usureros, ladrones, traidores, oportunistas, bandidos,… El hombre de Río Malo despliega un mundo de personajes cínicos y amorales envueltos en el idealista México revolucionario, río de aguas turbias propenso al pillaje tanto para obras magnas del género –Veracruz, Los profesionales, Grupo salvaje,…- como para emblemas de su versión europeizada –¡Agáchate, maldito!-.

             Martín exhibe una narrativa rauda y concisa, con un montaje lleno de cortes abruptos parejos, sobre todo en su comienzo, a la irrupción de detalles de notable comicidad, como el empleo de una banda sonora muy de la época a modo de coro griego. Un ritmo alocado que quizás se apaga en ciertas fases pero que, no obstante, contribuye a mantener engrasada y ágil una película con un guion de festiva ligereza –el propio realizador granadino, todo oficio, reconocería sus evidentes limitaciones e incoherencia- pero bastante simpático en líneas generales, descarado y travieso a la hora de jugar con los arquetipos y códigos de aquellos géneros por los que transita el argumento.

             Despreciada hasta en círculos de entendidos, por lo general dispuestos a transigir con este tipo de producciones, El hombre de Río Malo propone en definitiva un western pobretón pero de refrescante alegría y gracejo, entrañable y muy entretenido.

             Eugenio Martín tan solo retornaría al Oeste una vez más merced a El desafío de Pancho Villa, con el carismático Telly Savalas en el papel del revolucionario mexicano.

 

Nota IMDB: 4,5.

Nota FilmAffinity: 4,2.

Nota del blog: 6.

Django desencadenado

10 Feb

“Verdaderamente pienso que uno de mis fuertes es la narración de historias.”

Quentin Tarantino

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Django desencadenado

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Django desencadenado

Año: 2012.

Director: Quentin Tarantino.

Reparto: Jamie Foxx, Christoph Waltz, Leonardo DiCaprio, Kerry Washington, Samuel L. Jackson.

Tráiler

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            Cabe decir que, después de las últimas experiencias compartidas, uno se acerca ya a Tarantino con cierta reserva. Queda el recuerdo de un director capaz de entregar obras rabiosamente frescas, estimulantes e ingeniosas llevando la remezcla a una dimensión inequívocamente personal y del todo diferente, la perfección a la hora de imitar y embellecer caligrafías ajenas para escribir una creación insólita e inimitable.

Pero, al mismo tiempo, permanece la más reciente imagen de un niño grande entregado a la fabricación caprichosa de sus propios juguetes, un adolescente onanista, pesado y consentido al que se le han de reír las gracias y que, francamente, dan ganas de mandarle a casa y que le aguante su madre.

            Es desde esa consideración ambivalente, aún esperanzada pero sin concesiones a la hora de acercarse a él con una mirada crítica, desde la que uno se disponía a abordar el nuevo trabajo del popular realizador, Django desencadenado, homenaje afectuoso a uno de sus géneros predilectos, el spaghetti western, a su vez mitad parodia desenfadada, mitad sentido y desopilante calco de uno de los grandes espacios del cine, el western.

            Y, de manera inesperada, Tarantino consigue devolver la ilusión al incrédulo con un comienzo soberbio, desplegando ante sus ojos una película entretenida, sugerente y muy bien realizada. Todo funciona.

Convence, engancha y divierte la simpática relación entre los carismáticos y especiales personajes, con ese pulcro y sangrientamente eficaz cazarrecompensas germano en el que Christoph Waltz vuelve a deslumbrar –contrastes que parecen un vuelta de hoja a su Hans Landa de Malditos bastardos– y un héroe negro sacado de la blackxploitation, de rotunda presencia, acciones contundentes y modales altivos en el que Jamie Foxx, sin ser un actor especialmente dotado, cumple de sobra haciéndolo suyo por completo.

La película consigue mantener entregar un entonado ritmo del relato compensando la verborrea característica de su director y guionista, la vertiginosidad arrolladora y ocurrente de las secuencias de acción y el excelente rendimiento de una puesta en escena que, como las grandes cintas del western, sabe cómo sacar provecho al sobrecogedor escenario natural de la América indómita.

Un perfecto equilibrio que se extiende a la combinación de una trama cuidada y chispeante y la voluntad de resultar un eficaz vehículo de diversión. Dentro de esta idea, la recuperación del mejor sentido del humor de Tarantino, siempre de agradecer en una obra de semejante pelaje, queda cristalizada en uno de los momentos más descacharrantes de toda su trayectoria, como es la lamentable intervención de ese proto-Ku Klux Klan que bien podrían haber rubricado, como señalaba un amigo, los Monty Phyton en buena forma.

            Un disfrute total excepcionalmente planificado y con una ejecución majestuosa, en la que el cineasta de Knoxville sabe cómo pasar desapercibido cediendo el debido protagonismo a su película por medio de una realización que se podría calificar incluso de sobria, sin que esto reste poder o impacto alguno a una estilización visual digna de un maestro, sin estridencias estéticas o temáticas que busquen llamar egoístamente la atención más allá de cierto énfasis cruento en el uso del arma de fuego, aderezando el conjunto con una ajustada y atractiva selección musical marca de la casa y agregando sus consabidos e innegociables guiños cinéfilos sin ahogar ni entorpecer gratuitamente la narración.

             Tarantino se reprime y así consigue sacar a relucir por completo su inmenso potencial como cineasta. Hasta que se harta y lo que podría haber sido una de sus mejores citas queda finalmente en una película notable a secas.

En cierto momento, comienzan a surgir peros, en su mayor parte producto de estrambotes poco controlados.

Aparece el personaje de Samuel L. Jackson, el reverso tenebroso del Tío Tom, un negro doméstico más cruel con los de su raza que los propios caciques esclavistas blancos. Podría ser una gran intervención que elevase más aún la altura del filme, pero un par de vueltas de tuerca de más hacen que el esperpento, en vez de actuar a la perfección asimilando el odio necesario de la platea merced también a la siempre concentrada interpretación de Jackson, caiga un tanto en el exceso, dé incluso la sensación de resultar un tanto impostado en la película y llegue a fatigar.

Por su parte, al llegar a la plantación de Candyland, gobernada por el interesante Calvin Candy compuesto por Leonardo DiCaprio, el hasta entonces férreo pulso se va oxidando poco a poco, lo que ya queda patente a partir de un monólogo sobre la frenología estirado en demasía pese a la impactante y comentada conclusión que le imprime DiCaprio, todo intensidad.

Tal vez para ofrecer un punto de contraste, Tarantino desata a continuación una desmesurada orgía de tiros y hemoglobina, irritante por fuera de lugar, por mucha firma violenta de su director que sea, y que no hace sino confirmar que Django desencadenado es un filme que va de más a menos, dilapidando a marchas forzadas y de manera irreparable las virtudes de su primera mitad.

            No ocurre como en Malditos bastardos, en la que uno terminaba por caer en la indiferencia, sino que la irregularidad global de Django desencadenado provoca una desazón inconsolable por lo que pudo haber sido y finalmente es: una cinta muy disfrutable pero a la que no se ha sabido exprimir del todo, hasta la última y sabrosa gota.

 

Nota IMDB: 8,6.

Nota FilmAffinity: 8.

Nota del blog: 7,5.

El día de la ira

21 Ene

“Los villanos siempre han sido mi especialidad. Parezco malvado sin ni siquiera intentarlo, el público siente odio hacia mis personajes de manera natural.”

Lee Van Cleef

 

 

El día de la ira

 

El día de la ira

Año: 1967.

Director: Tonino Valerii.

Reparto: Giuliano Gemma, Lee Van Cleef, Walter Rilla, Lukas Ammann, Andrea Bosic, Ennio Balbo, José Calvo, Nino Nini.

Tráiler

 

 

             Por lo general, se tiene al spaghetti western como una versión pedestre, grosera y estridente del western, género por excelencia del Séptimo Arte, como un signo inequívoco de su declive y desmoronamiento irreparable.

             Bien es cierto que muchos de sus ejemplos sostienen esta imagen ofreciendo esperpentos baratos –en lo económico y lo argumental- que se quedan con la parte más chusca de  la mística del Salvaje Oeste y descartan, en cambio, su lectura como excelente campo de análisis del ser humano, como inimitable escenario para grandes historias épicas e íntimas.

Pero no menos verdad es que el spaghetti western contribuyó a su vez a despertar a golpes al espectador de ciertos sueños de ingenuidad, acabando definitivamente con los héroes de una sola pieza e imponiendo en su lugar antihéroes embadurnados en polvo, barro y maquiavelismo.

Además, también en él se pueden rescatar filmes meritorios, con un decidido regusto clásico. El día de la furia, de Tonino Valerii, se encuentra entre ellos.

             A pesar de que la cinta comienza con unos títulos de crédito flagrantemente deudores de la recién finalizada Trilogía del dólar de Sergio Leone, impulsora con su éxito internacional de todo el movimiento, El día de la ira se desmarca en lo demás de los cánones instaurados por el realizador romano para fundar su argumento sobre otros patrones más tradicionales, más próximos al denominado western psicológico.

             Así, en este caso, el protagonista no será un rebuscado forastero o un pavoroso forajido, sino un joven marginal (Giuliano Gemma), bastardo huérfano en una sociedad que con su desaforado clasismo oculta la más profunda de las mezquindades.

Un paria con ingenuos sueños de gloria con el revolver de por medio -propios de tiempos pasados y sin ley- y que se debate entre la sencilla promesa de tener un nombre respetado bajo el tutelaje paternal de un legendario, otoñal e inescrutable pistolero con ansias de imponer su ley en la ciudad (Lee van Cleef, uno de los más memorables villanos del western europeo, ocasional antihéroe) o conservarse fiel a sus propios sentimientos, de naturaleza inequívocamente bondadosa.

            Una disyuntiva moral sobre la ambición, el rencor, la violencia y el desencanto dilucidada por un protagonista cuyos actos tienden a la tragedia y no a la comedia –uno de los rasgos del spaghetti western leoniano-, ligeramente previsible pero narrada con sobriedad y mesura, sin dejarse llevar por chirriantes efectismos argumentales, estéticos o interpretativos –interesante enfrentamiento entre Gemma y van Cleef-.

Los personajes aparecen bien trabajados, los secundarios ofrecen claroscuros y comportamientos razonables –cabría destacar la figura del sheriff en tierra de nadie encarnado por Nino Nini- que van más allá de la posteriormente imitadísima y vulgarizada mezcla operística de parodia y homenaje finalizada en un duelo extático impuesta por el triunfo de Leone.

O, al menos, así ocurre en la mayoría del metraje, con salvedades como algunos detalles excéntricos en los tiroteos, una justa a caballo librada contra un particular mercenario apodado ‘El Santo’, puntuales pasajes que se salen de tono en la por lo general estimable partitura de Riz Ortolani o un desenlace resuelto con bastante más premura que el resto de la cinta.

            Curiosamente, este aire clásico será uno de los elementos con los que Valerii jugará, enfrentándolo con gracejo a los nuevos arquetipos popularizados por el spaghetti western, en una de sus obras más populares: Mi nombre es Ninguno.

 

Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 7.

El halcón y la presa

10 Abr

“-¡Yo no maté a mi mujer!

-No me importa.”

Comisario Samuel Gerard (El fugitivo)

 

 

El halcón y la presa

 

Año: 1966.

Director: Sergio Sollima.

Reparto: Lee Van Cleef, Tomás Milián, Walter Barnes, Ángel del Pozo, Fernando Sancho, Gérard Herter.

Tráiler

 

 

            Entre 1964 y 1966, el spaghetti western conquistaba un lugar privilegiado en el cine popular de Europa y el mundo, Trilogía del dólar mediante. Es la reinvención europea, especialmente italiana, de una mitología totalmente ajena que si bien se había transformado en el espacio ideal –un entorno prácticamente aespacial en ese sentido- para dirimir tragedias universales, se tomará de la misma, dentro de ese cariz de obras abiertamente evasivas, de raigambre pulp y escasas pretensiones generales, sus rasgos más superficiales pero también más llamativos. El estruendo del revolver frente a la abstracción argumental.

No obstante, el arte del entretenimiento sencillo exige una labor compleja. Talento, recursos y honestidad. En el spaghetti western coexistiran historias pequeñas pero valiosas, malas historias bien contadas y malas historias abominables.

            El halcón y la presa posee de partida una buena mano de cartas, como es el clásico juego del gato y el ratón entre el bueno y al malo por las llanuras de la frontera tejano-mexicana. Un western con elementos que bien podrían circunscribirse al policíaco.

Sergio Sollima, eficaz realizador que navegará por todos los géneros posibles en su trayectoria, especializado en las cintas de espionaje y con tan solo tres westerns en su haber, uno de ellos, Corre, Chuchillo… corre, una especie de continuación de esta con el villano en el rol protagonista, se encargará de jugar bien sus naipes, escondiendo sus triunfos sabiamente para después descubrirlos en el momento decisivo, sin  tampoco renunciar al recurso puntual de unas cuantas trampas, sobre todo en la descripción de la figura de ese vil Manuel “Cuchillo” Sánchez -el cubano Tomás Milián, sobreactuando un personaje concebido desde el exceso, muy al estilo del Tuco de la inminente El bueno, el feo y el malo-.

            Así pues, nos encontramos ante un relato de apariencia modesto: la persecución incansable, rozando lo salvaje y obsesivo, de Corbett, un cazarrecompensas con bienintencionadas aspiraciones políticas -Lee van Cleef, el mismo año que convertía sus facciones aquilinas en la imagen oficial del malo del spaghetti western con el Sentencia de, de nuevo, El bueno, el feo y el malo– frente a Cuchillo, un brutal y desarrapado cuatrero mexicano, violador y asesino de niñas, diestro con el arma blanca.

            Sollima, aún con fuertes influencias de la entonces descollante trilogía de Leone en elementos como los créditos o la banda sonora –no en vano, firmada también por Morricone-, presenta un Salvaje Oeste que se desploma a pedazos, poblado por seres retorcidos, aberrantes y terminales: el beato líder mormón desposado con una muchacha de doce años, la ranchera viuda dueña de un harén de hombres a los que controla como ganado, el padre Smith, apodado Smith&Wesson,…

Un entorno hostil hasta casi el surrealismo en el que ni siquiera el recto Corbett aparece como ejemplo de moralidad. Como bien le hará ver Cuchillo en esos múltiples encuentros que traban una especie de amistad masculina entre individuos antitéticos –factor recurrente en la filmografía del director romano-, no es más que un perro de presa cegado por su naturaleza depredadora, una marioneta al servicio de quien despierte sus instintos de cazador de hombres –tratará de resolver su redención en el duelo final con quien representa su reflejo malvado-.

Es este un mundo en el que, sin embargo, los mayores monstruos se ocultan bajo un disfraz de dignidad y honorabilidad.

            En esa ambientación turbia y decadente que refuerza el magnetismo de la persecución, incluso su aliento épico de juicio final, así como en el buen desarrollo de una trama y unos personajes bien trabajados –pese a ese par de trucos ya mencionados-, es donde El halcón y la presa encuentra sus mejores bazas, superando la manifiesta fealdad de ciertos recursos estéticos, frecuentes en este tipo de producciones, como el uso ocasional de unos horrendos primeros planos, o la concesión de ciertos momentos bufonescos, bastante forzados, servidos por el propio carácter histriónico del personaje antagonista.

Más interesante de lo que podría parecer.

 

Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 7.

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