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El tren de Bertha

11 Jun

“Yo fui un niño con asma inducido a creer que no conseguiría gran cosa en la vida.”

Martin Scorsese

 

 

El tren de Bertha

 

Año: 1972.

Director: Martin Scorsese.

Reparto: Barbara Hershey, David Carradine, Barry Primus, Bernie Casey, John Carradine.

Tráiler

 

 

            A comienzos de los setenta, el siempre avispado Roger Corman decidió, impresionado por su trabajo como montador, director de fotografía y ayudante de dirección en el documental sobre el legendario festival de Woodstock de 1969, financiar con poco más de medio millón de dólares la primera aventura cinematográfica auténtica como director –más allá de la puramente underground ¿Quién llama a mi puerta?-, si bien con las funciones becariales características de su sistema de producción de serie B, de un atrevido jovencito italoamericano llamado Martin Scorsese.

El objetivo será que, exprimiendo al máximo sus exangües recursos y sus limitadas atribuciones autorales, Scorsese filmase un exploit sobre una temática entonces con visos casi de subgénero propio: el de la feroz huida de una pareja de gángsteres. Premisas nostálgicas del cine de los años treinta, una horma reconocible en obras del mismo Corman, caso de la reciente Mamá sangrienta.

Sin embargo, Scorsese, toda una enciclopedia devoradora de conocimientos cinéfilos, logrará llevar a su terreno dentro de lo posible, en lo que se erige como toda una declaración de intenciones, el relato autobiográfico sobre las andanzas Boxcar Bertha Thompson, una mujer a caballo entre el sindicalismo activo de la década de 1930 y la delincuencia de road movie con aires de Robin Hood contemporánea.

            En El tren de Bertha –también conocido por el título original, Boxcar Bertha– aparecen ya personajes contradictorios, arrastrados a la marginalidad por un sistema opresivo para el individuo, con sus (aún ligeras) culpas y remordimientos consecuentes y con resabios de simbología cristiana, evidente en el desenlace.

            En los oscuros años de la Gran Depresión, la joven e ingenua Bertha (Barbara Hershey), huérfana de padre por un accidente de aviación propiciado por un patrón codicioso y poco comprensivo, se encuentra abocada por las circunstancias a formar una banda criminal junto con ‘Big’ Bill Shelley (David Carradine, en duelo interpretativo con John, patriarca de la saga Carradine), honrado sindicalista del ferrocarril huido de una justicia sobornada por la plutocracia; Rake Brown (Barry Primus), jugador profesional arrastrado por su mala suerte y su natural falta de agallas, y Von (Bernie Casey), un negro en el racista Deep South norteamericano.

Seres buenos en origen, expulsados por la sociedad a un reducto que obliga al uso de la violencia como única garantía para sobrevivir.

             De este modo, El tren de Bertha trasciende la iconografía romántico-pop del forajido gestada en Bonnie & Clyde, una de las piedras angulares de ese Nuevo Hollywood del que Scorsese formaba parte en una segunda oleada de renovación, y da un pasó al frente más en cuanto a elementos como la sexualidad y la violencia, explícitos pero con una estudiada estética.

             Es esta una película aún con defectos y carencias materiales y artísticas –no convencen demasiado secuencias como la persecución automovilística, por ejemplo-, con un argumento un tanto alocado en su desarrollo y, sin embargo, muy atractiva, poderosamente rítmica en ocasiones –si bien irregular en su conjunto-, en la que Scorsese, todo desparpajo, hace gala de su habitual uso expresivo de la música como complemento fundamental de unas imágenes compuestas y montadas en búsqueda de una cadencia determinada, con elipsis y cortes bruscos hasta casi el atropello inspirados en parte por los métodos revolucionarios de los franceses de la Nouvelle Vague, y aprovecha a su vez las virtudes de un reparto muy conjuntado, sobre todo por la química entre Hershey y Carradine, pareja en la vida real.

Primer aviso de un grande.

 

Nota IMDB: 6,1.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 7.

La sal de la tierra

8 Oct

“Afirmamos que estas verdades son patentes, que todos los hombres son creados iguales y que su Creador los ha dotado de ciertos derechos inalienables, y entre ellos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.”

Declaración de Independencia de los Estados Unidos

 

 

La sal de la tierra

 

Año: 1954.

Director: Herbert J. Biberman.

Reparto: Rosaura Revueltas, Juan Chacón, Clinton Jenks, Virginia Jenks, Ernesto Velázquez, Clorinda Alderette.

Tráiler

 

 

            La sal de la tierra es una película suicida. Lo es porque cuesta pensar que en tiempos de red scare, protofascismo en las clases políticas dirigentes y persecuciones indiscriminadas contra todo lo que pudiera oler a izquierda en el mundillo artístico estadounidense -cosa que de paso parecía poner punto y final al cine social que tímidamente había asomado la cabeza en el Hollywood de comienzos de los cuarenta- cuatro individuos incluidos en la lista negra -el director Herbert Biberman, el guionista Michael Wilson, el productor Paul Jerrico y el compositor Sol Kaplan– se atrevan, con financiación nada menos que del sindicato internacional de mineros y trabajadores del metal, a recrear el triunfo de las huelgas sindicales de los trabajadores las minas de Grant County (llamado aquí Zinctown), Nuevo México, en 1951.

Obviamente, el filme tendría el dudoso honor de ser la única película incluida como tal en una lista negra.

            Herbert Biberman, que había testificado como uno de los denominados Diez de Hollywood ante el Comité de Actividades Antiestadounidenses, presenta una película de marcados tintes políticos socialistas con una factura que pretende el realismo por medio de varios de los recursos que ya había propuesto el paradigma del cine social, el Neorrealismo italiano -por entonces caduco y en proceso evolución y reinvención- como son la filmación en espacios exteriores e interiores reales o la mayor sobriedad formal posible para ceder el dramatismo a los hechos puros, con un discurso construido a través de estereotipos bien definidos para unos personajes interpretados en su mayoría por actores no profesionales, entre los que se incluye buena parte de las personas que habían participado en los acontecimientos reales, como Juan Chacón (Ramon Quintero en la película), jefe del sindicato local. No lo era, entre otros pocos, la bella protagonista Rosaura Revueltas, intérprete profesional en su México natal, en la que sería su única participación en el cine norteamericano, ya que sería deportada después del rodaje, acusada de comunista.

Por el contrario, hay que señalar que el uso de efectismos es aquí mayor que en la corriente neorrealista, como ejemplifican el empleo de voz en off o la presencia más destacada de la partitura de Kaplan, además de la concesión espacio al humor de la mano de esos viriles maridos forzados a desempeñarse en tareas domésticas mientras sus mujeres llevan a cabo las acciones de protesta.

            Y es que Biberman no se queda tan solo en el argumento político, sino que presenta además afilados alegatos raciales –son los mexicanos los que quedan definidos como los verdaderos americanos, los legítimos nativos de esa tierra frente al invasor anglo, mayoritariamente inmigrado y autoproclamado “superior”- y, más destacadamente, feministas, con unas mujeres fuertes, capaces de tomar decisiones y afrontar la lucha, ya que son víctimas dobles de un sistema con una doble esclavitud, en el que el capitalista oprime y sangra al trabajador y el trabajador –el hombre se entiende, aún la mujer no se había incorporado tan decididamente al mundo laboral- oprime a la mujer, en régimen de servidumbre doméstica.

            Es desde luego una cinta con un punto de vista clara y firmemente posicionado en lo político, pero lo es en una época en la que esto constituye un acto de valentía inigualable. Un acto, por ello mismo, más necesario que nunca.

            No será exhibida hasta 1965, luego seleccionada para formar parte de la Biblioteca del Congreso como bien público del pueblo estadounidense en 1992.

Tampoco parecen malos tiempos para recordar esta interesante película.

 

Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 7,6.

Nota del blog: 7,5.

La Patagonia rebelde

26 Sep

“No fue venganza; yo no vi en Varela al insignificante oficial. No, él era todo en la Patagonia: gobierno, juez, verdugo y sepulturero. Intenté herir en él al ídolo desnudo de un sistema criminal.”

Kurt Wilckens

 

 

La Patagonia rebelde

 

Año: 1975.

Director: Héctor Olivera.

Reparto: Luis Brandoni, Héctor Alterio, Federico Luppi, José Soriano, José María Gutiérrez.

Tráiler

 

 

            Los años sesenta verán nacer en Argentina una nueva manera de entender y de hacer el Séptimo Arte, el autodenominado Tercer Cine, que dará a luz obras que, en un entorno políticamente confuso y convulso, arremeterán contra la industria cinematográfica precedente, acusada de burguesa, y que servirá de testimonio y denuncia contra las injusticias sociales y el neocolonialismo en el país.

Por su parte, Héctor Olivera, iniciado primero como ayudante de dirección, luego como productor en Aries Cinematográfica Argentina, cofundada con el también realizador Fernando Ayala –que aquí colabora en el guion-, y finalmente como director, comenzaba su andadura tras las cámaras con obras ligeras, populares e intrascendentes para más tarde dar paso a una carrera en la que destacarán filmes con un gran peso de la crítica sociopolítica, al igual que ese nuevo Tercer Cine, en la que La Patagonia rebelde será la primera entrega, luego seguida de otras como No habrá más penas ni olvido y La noche de los lápices, duros alegatos contra la dictadura militar.

            Basado en el libro del periodista e historiador Osvaldo Bayer, el filme recoge los infaustos sucesos acontecidos las protestas sindicales en la Patagonia de 1921, unos movimientos de igualdad y justicia social que acabaron por ser acallados por el ejército del teniente Héctor Benigno Varela –cambiado a Zavala en la película- a sangre y fuego.

            Olivera opta por el protagonista colectivo de la organización sindical Federación Obrera Regional Argentina, sin centrarse en ningún personaje concreto, como era de recibo para un movimiento colectivo. Unas acciones de protesta contra la pudiente burguesía urbana y los latifundistas de la Patagonia que busca la igualdad social y el reparto racional de la riqueza, en lo que es un movimiento esencialmente pacifista, que trata de llevar a buen puerto sus peticiones mediante huelgas y boicots incruentos y, finalmente, negociación y cumplimiento de lo pactado frente a las inmovilistas clases pudientes. Unos motivos que, en un primer momento, el teniente Zavala (Héctor Alterio) también considera legítimos.

            El devenir dramático de una protesta que se enturbia y avanza abocándose a la tragedia por medio de la traición de sus justificados principios por parte de ambos bandos aunque, sobre todo, del poder militar en defensa del conservadurismo –demasiado abrupto el cambio de parecer del razonable Zavala hacia su posterior carácter sanguinario-, queda retratado por un Olivera que rueda con intensidad, convicción y ritmo ágil, apoyado a su vez en un magnífico elenco, unos hechos que no por ser cincuenta años anteriores debía quedar en el olvido de los argentinos.

Una advertencia sobre la necesidad de diálogo, de igualdad y justicia social, de respeto hacia el hombre y su dignidad que poca mella haría en un país que repetiría actos de similar barbarie muy poco tiempo después.

Como curiosidad, participa como extra el futuro presidente de la república, Néstor Kirchner.

 

Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 7,6. 

Nota del blog: 8.

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