Tag Archives: Rusia

The Banishment

26 May

“Fascina y aterra: todo lo que decimos deviene en verdad.”

Thomas Vinterberg

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The Banishment

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The Banishment

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Año: 2007.

Director: Andréi Zvyagintsev.

Reparto: Konstantin Lavronenko, Maria Bonnevie, Aleksandr Baluev, Dmitriy Ulyanov, Vitaliy Kishchenko, Maksim Shibayev, Yekaterina Kulkina, Aleksey Vertkov, Igor Sergeev, Elizabet Dantsinger.

Tráiler

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           Después de sorprender y levantar comparaciones con el gigante Andréi Tarkovsky gracias a El regreso, además de coronarse con el León de oro de la Mostra de Venecia, el joven director ruso Andréi Zvyagintsev prolongaba con The Banishment –“el destierro”- su indagación grave y tortuosa en la psicología de la familia y de la paternidad, núcleos humanos que como en la citada opera prima, estallan por los aires a causa de una perturbación determinante –la reaparición del padre ausente en aquella, la confesión de un embarazo fruto de una supuesta infidelidad en la presente-.

           Con una trama ascética en su concepción, su expresión y su resolución, suspendida en el tiempo y el espacio –las localizaciones del escenario y la ambientación material no se corresponden con un lugar o un periodo concreto-, The Banishment habla del peso de la herencia en la sangre, el perdón, la culpa y la relación de divergencia y sometimiento entre sexos. Un conflicto introspectivo que deriva en una sublimación los desequilibrios de la pareja que, por una parte, se manifiesta a través de las sombras que envuelven al padre y sus negocios y, por la otra, por medio de la soledad extrema de la madre y las motivaciones e implicaciones morales de sus actos –planteados de forma un tanto más tosca en comparación con la delicadeza con la que el guion entreteje sus hilos temáticos y distribuye la información y el suspense a lo largo del argumento-.

           La realización impone desde la introducción un tono solemne y trágico, delimitado por una banda sonora tenebrosa que, junto con la irrupción puntual del trueno y, en general,  de una serie de detalles dramáticos –el ejemplo del hermano como posible anticipo de un destino escrito de antemano-, reafirman esa sensación de trascendencia o de proyección religiosa que parece albergar el discurso moral del filme.

Aunque sólida y menos fría que El regreso, la narración de The Banishment adolece de un exceso de metraje y de cierta reconcentración que se compensa por el refinamiento estético de las composiciones de Zvyagintsev.

 

Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 7,5.

La pasión de vivir (La otra cara del amor)

22 Abr

“Si no fuera por la música, habría más razones para volverse loco.”

Piotr Chaikovski

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La pasión de vivir

(La otra cara del amor)

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La pasión de vivir (La otra cara del amor)

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Año: 1970.

Director: Ken Russell.

Reparto: Richard Chamberlain, Glenda Jackson, Kenneth Colley, Izabella Telezynska, Christopher Gable, Sabina Maydelle, Bruce Robinson, Max Adrian.

Tráiler

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            Tras iniciar su carrera en el cine operador de cámara, Ken Russell se había curtido en el terreno de la dirección confeccionando documentales biográficos teatralizados para la prestigiosa BBC. A lo largo de su filmografía de ficción, Russell reincidiría en múltiples ocasiones en el biopic atraído, frecuentemente a causa de su melomanía, por figuras torturadas, problemáticas e incomprendidas de artistas como los compositores Piotr ChaikovskiLa pasión de vivir (La otra cara del amor)-, Gustav MahlerMahler, una sombra en el pasado– y Franz LisztLisztomanía– o el escultor Henri Gaudier-BrzeskaEl mesías salvaje-, siempre desde ese prisma particular suyo proclive a la controversia y el amarillismo.

            Después de alcanzar la celebridad merced a las cuatro nominaciones al Óscar y el desnudo frontal masculino de Mujeres enamoradas, en La pasión de vivir (La otra cara del amor) Russell se adentraría en otro tabú sexual, en este caso de la mano de Chaikovski y el tormentoso dilema que le suponen sus inclinaciones homosexuales naturales y la necesidad de casarse con una mujer con el fin de acallar los rumores que, en la Rusia Imperial, le acarrearían un estigma insuperable para su impetuosa carrera musical.

La pasión de vivir es un turbulento acercamiento a la figura del genio intermediado por las evocaciones que, al igual que les sucede a los personajes del relato durante el primer concierto de piano, manan de sus partituras.

            La filmación de la música como esencia de la vida –o incluso mejor que la vida- es el aspecto más destacado de la cinta. Porque mientras escenas como la antes citada capturan con fuerza e inspiración la influencia que la música ejerce sobre la mente y los sentimientos, la mayor parte del metraje no consigue reproducir el alma arrebatada e incluso operística de la obra de Chaikovski (Richard Chamberlain, que comparte con su personaje la orientación sexual) y, por el contrario, convierte su visceralidad doliente, eufórica y desgarrada en puro delirio y frenesí, manifestado en unos personajes desquiciados y carentes de alma en su histeria y su exceso.

Russell logra hallazgos y pasajes con potencia visual y expresividad, pero desdeña medir sus arrebatos dionisíacos, más interesado por epatar que por emocionar. Es decir, que se toma a la tremenda el ‘patetismo’ que con el que Chaikovski titulaba la su sexta sinfonía, aquella que, según los expertos, pretender condensar en retrospectiva su propia existencia.

 

Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 5,5.

El regreso

1 Abr

“El que quiera tenerlo todo claro cuando ve una película que vaya a ver una de Mel Gibson o de Schwarzenegger.”

Andréi Zvyagintsev

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El regreso

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El regreso

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Año: 2003.

Director: Andréi Zvyagintsev.

Reparto: Iván Dobronravov, Vladimir Garin, Konstantin Lavronenko, Natalia Vdovina

Filme 

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           No es mal comienzo cuando un debut sirve para conquistar el León de oro en el festival de Venecia y, además, desata comparaciones con un referente nacional y universal como Andrei Tarkovski. En su opera prima El regreso, el realizador ruso Andréi Zvyagintsev realiza una declaración de intenciones en la que se posiciona del lado del cine entendido como arte, como una obra compleja y sin concesiones donde el espectador es, al mismo tiempo, partícipe y coautor de la misma –un recurso elevado que, por desgracia, no nos engañemos, se emplea muchas veces con bastante deshonestidad y soberbia para ocultar bochornosas carencias-.

           Estructurada a partir de un esquema de road movie que se desarrolla desde la perspectiva de un niño, Iván, que con su hermano Andréi se embarca en un viaje en coche junto a su progenitor, retornado al hogar después de doce años de misteriosa ausencia, El regreso explora la relación física y espiritual que se da entre un padre y su hijo.

Embebida de un tono místico y abstracto, el reencuentro entre Iván y su padre desata incertidumbres consustanciales al ser humano acerca de su propia existencia, de su origen y su devenir futuro. También cuestiones del devenir vital como la incomprensión, la rebelión y la brecha generacional; la parábola psicológica de matar al padre; la duda, la asunción o el rechazo de estos desafiantes interrogantes. Divergencias que, con sus respectivas matizaciones, quedarán ejemplificadas por los dos hermanos gracias al esmerado dibujo de su personalidad.

           A lo largo del metraje, y fruto de una dicotomía similar a la que establecía Terrence Malick en El árbol de la vida, los chavales de El regreso experimentan nuevas etapas de la existencia tras el alegórico abandono del regazo materno y su inmersión en una nueva etapa bajo la figura de un hombre que, a pesar del minimalismo que exige su concepción metafórica, adquiere rasgos crísticos –la presentación como un Cristo yacente; las conclusiones a las que el simbolismo fuerza a ser un tanto tremendistas y que sacrificará también parte de la coherencia lógica del argumento-, así como, por momentos, del Dios antiguotestamentario –su enormidad indiferente, la ferocidad de la punición que sigue a las transgresiones de sus vulnerables criaturas-. Un temperamento que incluso, en paralelo, esboza una lectura política entre la Unión Soviética del ayer y la Rusia capitalista del presente.

           La sombra de los secretos que envuelven a ese padre anónimo y terrible, empleados casi a modo de mcguffin, sirve para otorgar suspense a una narración ambientada en escenarios bucólicos que contrastan con la luz fría y azulada de la fotografía, dentro de una contradicción que se reproduce asimismo en la inconstante meteorología y que, en definitiva, parece constituir una somatización del carácter mudable del tótem que guía con mano severa el tránsito de los niños por este camino trascendente.

Un recorrido que recoge en estado puro ese proceso de evolución íntima asociado tradicionalmente al viaje pero al que, por otro lado, la ambicionada preeminencia de su dimensión conceptual y metafísica también le resta una buena ración –demasiada- de emociones terrenales.

 

Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 7.

Firefox, el arma definitiva

24 Sep

“Si quieres garantía, compra una tostadora.”

Nick Pulovski (El principiante)

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Firefox, el arma definitiva

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Año: 1982.

Director: Clint Eastwood.

Reparto: Clint Eastwood, Freddie Jones, David Huffman, Warren Clarke, Ronald Lacey, Kenneth Colley, Klaus Löwitsch, Nigel Hawthorne, Stefan Schnabel.

Tráiler

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            El cambio de década entre los setenta y los ochenta no sería particularmente propicio para el Clint Eastwood director. Después de estrenar Ruta suicida y Bronco Billy, Firefox, el arma definitiva cerraría una terna de discretas obras menores.

Por su parte, en el aspecto histórico, el ascenso al poder del conservador Ronald Reagan inspiraba una beligerancia redoblada en cuanto a la Guerra Fría, la carrera armamentística y las tendencias ideológicas y militares que marcaría a fuego su impronta en el cine de la época, rayano en ocasiones el puro panfleto propagandístico.

            Al igual que John Rambo -icono de estos tiempos de mano fuerte militar contra el soviético y reivindicación del combatiente y el veterano-, el piloto de cazas que en Firefox interpreta un Eastwood poco inspirado arrastra tras de sí las turbias secuelas psicológicas de uno de los episodios calientes de esta Guerra Fría: el traumático conflicto en el Vietnam. No obstante, el guion desaprovecha cierta mirada crítica hacia la intervención en el país asiático y, sobre todo, rechaza profundizar en su trasfondo dramático para reducirlo simplemente a un factor de intriga dentro del desarrollo de la trama.

            El argumento, superficial en su tratamiento de personajes y contexto, aunque enrevesado y de dudosa verosimilitud en su vertiente de espionaje, plantea el robo de un nuevo modelo de avión ruso controlado por la mente e indetectable para los radares (contradictoriamente, luego se verá que no tanto).

De este modo, el suspense no pasa de resultar funcional dentro de una obra alimenticia en la que Eastwood proporciona escasa muestra de carácter aparte de atreverse con unos trucos visuales deudores de las persecuciones de naves de La guerra de las galaxias, piedra angular en el auge de la ciencia ficción y los efectos especiales que se experimentaba en aquellos años –de hecho, se encarga de los mismos John Dykstra, recomendado por el propio George Lucas, y responsable de los efectos de la primera entrega galáctica-.

            De las cintas más olvidables de Clint.

 

Nota IMDB: 5,8.

Nota FilmAffinity: 5,6.

Nota del blog: 5.

La última orden

23 Mar

“Joseph von Sternberg es la persona que más sabía de cine de todas con las que he trabajado.”

Henry Hathaway

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La última orden

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La última orden.

Año: 1928.

Director: Joseph von Sternberg.

Reparto: Emil Jannings, Evelyn Brent, William Powell.

Tráiler

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            “El Imperio mágico”, “La Meca del mundo”, resulta ser, como la prosaica existencia que aguarda hosca y malencarada fuera de la pantalla de cine, un páramo de desencanto y humillación. Sueños vacíos que seducen con su falaz suntuosidad, con su impostado romanticismo de postal –“He dirigido veinte películas de rusos ¡Usted no puede enseñarme nada de Rusia!”-.

            Cineasta de espíritu desengañado y pesimista, con atención por los rincones oscuros de la vida social y dueño de una experiencia pasada hasta en el rincón más recóndito de Hollywood, Josef von Sternberg empleaba la figura de un antiguo general de la Rusia de los zares devenido en simple extra de cine –según Ernst Lubitsch, tomado del caso real de un tal Theodore Lodijensky- para reflejar, como si de un espejo se tratase, este camino tortuoso e irreparable de decadencia y degradación que establece una cruda analogía entre la caída en desgracia provocada por la Revolución soviética –rememorada in media res a través de un extensísimo flashback- con el desamparo del actor supernumerario de cuarta fila.

No son por tanto casuales los paralelismos que el realizador establece entre los dos escenarios del filme: el caos del numeroso ejército apostado en espera de la batalla con la masa de extras a la espera de recibir su atrezzo; la idéntica disciplina castrense en el cuartel de campaña y en el set de rodaje; la sumisión a la figura del líder, sea éste director o general.

            Una demostración de la fuerza de las imágenes desnudas que alcanzaría el cine silente y que se extiende al expresivo uso del montaje, empleado con precisión quirúrgica para destripar los resortes que mueven argumento y personajes y con el fin exacerbar la tensión narrativa: el contraste entre los caprichos del zar y la crueldad de la derrota aparejada a ellos; la violencia de la revuelta en las calles rusas y la ilusoria placidez del viaje en tren de la plana mayor del ejército. Esta vibrante sensibilidad plástica permite que La última orden supere los problemas de guion que suponen una relación amorosa resuelta con un melodramatismo un tanto forzado y la dificultad para desentrañar las motivaciones del retorcido director de cine Lev Andreyev en torno a su extraña venganza.

            Entre una y otra situación de equivalente amargura, tan solo varía la distinta presencia física del Gran Duque Sergius Alexander, interpretado por el coloso Emil Jannings, quien tendría el honor de recibir el primer Óscar de la historia a mejor actor principal gracias a este papel y por El destino de la carne, cinta de trama muy semejante –de hecho, ambos libretos los firmaría Lajos Biró-. Con el poder de su rotundo corpachón y su variada gestualidad, realzado por supuesto por el inestimable en el talento visual de Sternberg, Jannings es capaz de hacer viajar a su personaje de una posición de imponente autoridad –baste tan solo destacar la majestuosidad de su aparición frente al populacho revolucionario ebrio de vodka y sangre- a una descorazonadora fragilidad física y mental, hasta hacerlo implosionar en un arrollador clímax final que fusiona con furia incontenida trauma y redención, doloroso deseo y poética compensación, ficción creada y verdad vivida.

Y es que resulta curioso que hasta la patética e inflamada representación cinematográfica de su propia memoria herida, alguno de los personajes, extrapolación del futuro espectador de la película, no pueda apreciar el valor auténtico y la dignidad destrozada del Gran Duque.

 

Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 8.

Nota del blog: 8.

Stalker

20 Oct

“En ninguna de mis películas se simboliza algo. La Zona es sencillamente La Zona”

Andrei Tarkovsky

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Stalker

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Stalker.

Año: 1979.

Director: Andrei Tarkovsky.

Reparto: Aleksandr Kaidanovskiy, Anatoliy Slonitsyn, Nikolay Grinko, Alisa Freyndlikh, Natalya Abramova.

Tráiler

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            Futuro, presente o pasado, realidad o fantasía, son conceptos indiferentes. Andrei Tarkovsky, autor ajeno a géneros y convenciones, emplearía la ciencia ficción tan solo como herramienta para explorar el interior incognoscible del ser humano. Frente al espectáculo externo, de efectos especiales y mundos imposibles, Tarkovsky pretende diseccionar las intimidades más recónditas del individuo. La odisea a la que invita el cineasta soviético es introspectiva y metafísica.

            En este sentido, Stalker podría tomarse como una prolongación de Solaris, filme cuyos resultados habían producido una cierta insatisfacción a su creador. Si en Solaris, ambientada en un planeta enigmático capaz de desnudar la mente del viajero, Tarkovsky hacía colisionar violentamente la frialdad científica del individuo contemporáneo con la necesidad imperiosa de vivir a través de los sentimientos –el reencuentro de su humanidad, en conclusión-, en Stalker será un escenario igualmente sobrenatural y ambiguo, “La Zona”, donde el género humano se enfrente en este caso a la escalofriante oportunidad de materializar sus deseos más profundos; a la posibilidad, o no, de alcanzar la ansiada e imposible felicidad. Una constante que Tarkovski abordará de manera recurrente en sus filmes posteriores, ya desde el exilio.

Como el monolito de 2001: Una odisea espacial, La Zona es un elemento mágico, mistérico, huérfano de simbolismos que pudieran restringir su capacidad de sugerencia –por mucho que las autoridades culturales soviéticas interpretaran en ella una alegoría del pernicioso capitalismo-, y que, abordado en todo momento desde un punto de vista absolutamente particular y subjetivo, significa el todo o la nada, quién sabe.

             Si precisamente 2001: Una odisea espacial y Solaris establecían una paradoja en su recreación del futuro por medio del uso de música clásica, Stalker, película onírica y sombría, construye su degradada atmósfera sobre un realismo sucio servido por la mugre y la miseria, la ruina, la contaminación. Un universo tornado hostil por la propia mano del hombre-máquina: muerto y corrompido en su ser, emocionalmente aséptico, desprovisto de dignidad y vergüenza, subastado al mejor postor.

Un universo, en definitiva, condenado a su extinción, ya que, como reflexiona el agudo, apasionado y desesperado stalker del título –un guía furtivo que orienta a los visitantes en esa región clausurada por el ejército y cuya mutante regulación física se ciñe a las circunstancias espirituales del forastero-, lo fuerte e inconmovible es síntoma de muerte; lo vulnerable y dúctil, de vida.

Serán un científico y un escritor –anónimos, paradigmáticos y pertinaces representantes de la estéril ‘intelligentsia’ que domina ese mundo sin fe, arrasado material y moralmente-, quienes de la mano del stalker visiten la supuesta tierra de los milagros, la cual, como el Oz de Victor Fleming, se inunda de color en contraste con la oscuridad de tonos sepia del agonizante exterior –es significativo que las únicas secuencias dotadas de cromatismo fuera de la Zona impliquen a la hija minusválida del protagonista-.

             A lo largo de este periplo espiritual escrito mediante larguísimas tomas, capaces de provocar impresiones tan desoladoras como líricas -expresión del máximo refinamiento estético de Tarkovsky-, las discusiones filosóficas sobre la ciencia, el arte, la realización personal y la condición humana enfrentan con desgarrado pesimismo la visión del mundo moderno del científico y el escritor, pervertidos por la autocompasión y el cinismo, contra la desamparada postura del stalker, el último alma empecinada en venerar la esperanza como medio, fin y medida de la existencia.

             Y como en Solaris, de nuevo un millón de preguntas trascendentes se agolpan durante el transcurso de esta experiencia abstracta y sensorial, densa y profunda, sin encontrar su tranquilizadora pero siempre impostada respuesta. Más bien, a modo de extensión de la prodigiosa Zona que protagoniza el filme, éstas deben amoldarse a la particular percepción intelectual del espectador. O viceversa.

 

Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 8.

Nota del blog: 8.

Los mercenarios 2

30 Dic

“Soy una persona muy física. La gente no cree que tenga mucho cerebro, así que ¿por qué desilusionarlos?”

Sylvester Stallone

 

 

Los mercenarios 2

 

Los mercenarios 2

Año: 2012.

Director: Simon West.

Reparto: Sylvester Stallone, Jason Statham, Nan Yu, Jean-Claude Van Damme, Dolph Lundgren, Terry Crews, Randy Couture, Liam Hemsworth, Jet Li, Arnold Schwarzenegger, Bruce Willis, Chuck Norris.

Tráiler

 

 

            Hay que reconocer que el bueno de Stallone anduvo avispado. Después del cataclismo que borró de la faz de la Tierra a los viejos dinosaurios del cine de acción de los ochenta y noventa, Sly supo otear el horizonte en ruinas y descubrir una nueva y próspera fuente de subsistencia: la nostalgia por la leyenda, el retorno express a la infancia para los niños criados décadas atrás en sus amorosos e hipertrofiados pechos a través de una simple entrada de cine.

Primero fue devolver a la vida al viejo púgil Rocky Balboa reivindicando el despreciado valor de la experiencia tras una vida hostil y malagradecida; más tarde, convocar al veterano del Vietnam John Rambo para, más grande y más fuerte, reventar las existencias de plasma falso de los estantes de Hollywood por medio de un sacrificio cruento en honor de su propio mito.

            Al ver que era bueno –jugosos dividendos en taquilla, condescendencia de la crítica ante dos revivals al menos decentes y entrañables-, Stallone decidió perpetrar un nuevo holocausto con vocación de orgía preapocalíptica, Los mercenarios, la oda definitiva a los dioses de la testosterona, los esteroides y el plomo; una cinta que recuperaba la acción más artesanal y contundente de los ochenta: más explosiones, menos estilización coreográfica, más brutalidad, menos CGI.

Sin embargo, la alegre ceremonia daba lugar finalmente a un espectáculo esclerótico, un Leviatán de movimientos tan pesados como los de los viejos héroes que desfilaban con honores entre sus fotogramas. Una obra solo apta para los más recalcitrantes talibanes del género.

No obstante, las cifras invitaban a erigir una nueva catedral del músculo. Sea.

           En Los mercenarios 2, Stallone cede sabiamente las funciones de aparejador a Simon West, director curtido en el terreno con alguna que otra película con viejos adeptos como Con Air. Amplio presupuesto para reunir a los señores del mamporro en la batalla definitiva, un auténtico Ragnarok emplazado en siniestros territorios exsoviéticos -como Dios manda- y en el que Jean-Claude Van Damme oficia de renegado de turno a través del cual servir en caliente una generosa ración de tiros con armas a cada cual más devastadora, bofetones a cascoporro entregados sin florituras que se salgan de la ortodoxia y un torrente de irónica autorreferencialidad –incluso el chascarrillo con los estudios de ingeniería química del marmóreo Dolph Lundgren, reales por extraño que parezca-.

Un total regocijo en la mirada burlona/orgullosa al ombligo que casi estropea un disfrutable ejercicio (esta vez sí) de acción como en los viejos tiempos, porque hacer descender de los cielos por sorpresa a tipos como Arnold Schwarzenegger o Chuck Norris es llevar el concepto de deus ex machina a un plano muy literal.

            Así pues, el vértigo intrascendente sostiene el filme, invita a dejar la mente en blanco y a jalear los estropicios del grupo salvaje de Stallone, que goza de la mayor partida presupuestaria de efectos especiales concentrada en su juvenil rostro –tan solo al alcance de elegidos como Berlusconi o Ramoncín-.

Los mercenarios 2 es, en definitiva, una llamada primitiva de la manada al macho que uno lleva dentro, un simple divertimento de trazo grueso que resulta por fin efectivo, sin que sirva de precedente ni de ejemplo.

 

Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 5.

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