Tag Archives: Rodeo

Hombres errantes

21 Feb

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Año: 1952.

Director: Nicholas Ray.

Reparto: Robert Mitchum, Susan Hayward, Arthur KennedyArthur Hunnicutt, Frank Faylen, Walter Coy, Carol Nugent, Maria Hart, Lorna Thayer, Burt Mustin.

Tráiler

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         Una de las grandes tragedias que acostumbra a abordar el western ambientado en tiempos recientes es el de la frontera agotada, la ausencia de una nueva tierra prometida donde el desheredado pueda todavía materializar el sueño americano. Los protagonistas de cintas centradas en el mundo del rodeo como Hombres errantes o El rey del rodeo tratan de encontrar esta última frontera, el destino donde han de cumplirse los sueños, en los ocho segundos de montura sobre el caballo bronco o sobre el toro brahman, lo que significa que ahora las opciones disponibles para el descastado son morir deslomado trabajando la tierra o morir desnucado en una mala caída del animal.

Sin embargo, firmadas por autores poéticos, melancólicos y sentimentales, cada uno a su manera y desde su propio anacronismo, ambas cintas describen en realidad un repliegue al hogar. Después de una odisea de desvíos y aventuras sin par, quizás el antihéroe deba desandar el camino para hallar el destino verdadero que lo aguarda.

         En Hombres errantes, Nicholas Ray ubica a su protagonista, Jeff McCloud (Robert Mitchum), en un escenario solitario, derrotado y azotado por el viento tempestuoso. Su regreso al punto cero, su casa natal, refleja también un montón de ruinas que se pudren en un paraje cada año más seco, más yermo, más desolado. En esta ocasión, el retorno al paraíso se revela falso, imposible, desesperanzado. A partir de esta introducción, el camino de McCloud se une y se confronta con el del joven matrimonio compuesto por Louise (Susan Hayward) y Wes Merritt (Arthur Kennedy), peón de rancho y aprendiz de jinete de rodeo con el anhelo de fundar una explotación propia mediante la cual burlar su ascendencia como hijo del arroyo -otra vez el sueño americano que se renueva de generación en generación-.

         El contraste entre ambos personajes masculinos parece trazar, en cierto modo, una discusión entre el materialismo y el romanticismo como caras opuestas de la cultura estadounidense. Entre el emprendedor canónico y el ‘hobo‘ contracultural, entre el ambicioso que levanta naciones y el aventurero que se echa a la carretera para fascinarse con lo que le entregue la vida. Pero especialmente este último, encarnado por McCloud, resulta una figura un tanto más ambigua en sus motivaciones, las cuales llevan al argumento a componer un latente triángulo amoroso.

La mirada con la que Ray retrata el rodeo tampoco es romántica, ni se diría que añore unos tiempos pasados que, bien sabe, no fueron mejores. Hay secuencias briosas, de extracción documental gracias a su filmación en rodeos auténticos, pero la adrenalina de los embates no trata de ensalzarse con lirismo.

         A la vez, se establece entre los dos hombres una relación de maestro y aprendiz de evolución previsible en su función como señalizador de los peligros que aguardan detrás de la soberbia cegadora, a pesar de las admoniciones que la historia arroja en forma de tipos marcados y de mujeres abandonadas. Frente a estas andaduras más trilladas del relato -e incluso un tanto forzadas en su disposición-, el libreto, remodelado en buena medida por el propio director, deja a su paso frases poderosas, de filo tajante y precisas en su retrato de individuos y de circunstancias. 

Ray, cineasta de honda humanidad y conocedor de las fragilidades que entraña la existencia, admite la duda sobre los estereotipos de hombres duros, y se encarga de que personajes-guía como el viejo Booker Davis (Arthur Hunnicutt), molido a palos en mil batallas, expresen sus precauciones ante cada bravata. El miedo y la duda travestidos de arrogancia y arrojo. Las figuras realmente fuertes son las femeninas, acosadas de palabra y de facto en un mundo machista; una situación semejante a la que estallará dos años más tarde en Johnny Guitar.

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Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 7,5.

El jinete eléctrico

25 May

El jinete eléctrico es una cinta típicamente pollackiana, dueño de una reivindicación sensible de la dignidad de un mundo que se marcha -el del salvaje Oeste- y con un romance entre caracteres contrapuestos -una estrella del rodeo desahuciada y una ambiciosa reportera-. Para la segunda parte del especial Sydney Pollack en Cine Archivo.

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Dallas Buyers Club

20 Dic

“Ganar un Óscar supone que recibirás más guiones sin manchas de café de otros actores.”

Michael Caine

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Dallas Buyers Club

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Dallas Buyers Club.

Año: 2013.

Director: Jean-Marc Vallée.

Reparto: Matthew McConaughey, Jared Leto, Jennifer Garner, Michael O’Neill, Steve Zahn, Denis O’Hare, Kevin Rankin, Dallas Roberts, Griffin Dunne.

Tráiler

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            En la mitología estadounidense, las revoluciones corresponden al individuo y se realizan a través de una acción que no es tanto de liderazgo colectivo, sino de heroica superación personal de la adversidad.

            Restando relevancia a la labor de activismo acometida y coordinada a nivel nacional, Dallas Buyers Club propone un cóctel que combina ingredientes de enorme tirón popular: la lucha privada de un hombre contra el Estado opresor en pos de su supervivencia física y de su libertad comercial, la iniciativa emprendedora de un osado visionario, un emotivo canto a la pérdida de prejuicios y la empatía hacia el prójimo y la melodramática historia de quien se encuentra batallando a la desesperada en el filo de la vida y la muerte.

Es decir, una mezcolanza que, en distintos grados, encuentra parentescos argumentales en películas como El aceite de la vida, Erin BrockovichEfectos secundarios o Philadelphia, oscarizado emblema del cine sobre el Sida. Todo ello basado en emotivos y ejemplificadores hechos reales y protagonizado por una rutilante estrella al alza, Matthew McConaughey, quien por fin obtendría el premio de la Academia que tanto ansiaba con su reciente renacimiento interpretativo.

            Este biopic sobre el pulso sostenido contra la Agencia de Alimentos y Medicamentos de los Estados Unidos (FDA) por Ron Woodroof, electricista y jinete de rodeo enfermo terminal de Sida en unos tiempos en los que aún no existían retrovirales específicos (un aceptable McConaughey), construye su estructura entretejiendo el drama médico con la denuncia contra la industria farmacéutica y su ilícito conchabamiento con los poderes oficiales norteamericanos, subastados y deformados por la avaricia hasta adoptar un propósito diametralmente opuesto a su naturaleza originaria.

            Dallas Buyers Club es por tanto una película resultona a la que, no obstante, le sobra metraje y que se excede en su empeño de resultar asequible para todo el espectro de público. Una redoblada tendencia populista que se manifiesta por medio de los lugares comunes que atraviesan la narración en busca de identificación sentimental y lágrima fácil, así como de la explicitud en su denuncia de una sociedad enferma e infectada desde sus altas esferas.

Por supuesto, la crítica es del todo pertinente y más vigente que nunca en la actualidad, cuando los problemas legales y estructurales que amparan al depredador en detrimento de la persona parecen haberse agravado en vez de solucionarse. Sin embargo, encorsetado en la discursividad, el guion insiste en transcribir el mensaje de manera insistente, bien mascado y repitiendo en alto los conceptos clave para su conveniente asimilación.

 

Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 6,5.

Vidas rebeldes

2 May

“En Hollywood te pagan mil dólares por un beso y un centavo por tu alma.”

Marilyn Monroe

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Vidas rebeldes

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Vidas rebeldes

Año: 1961.

Director: John Huston.

Reparto: Marilyn Monroe, Clark Gable, Montgomery Clift, Eli Wallach, Thelma Ritter.

Tráiler

 

            Solo un hombre como John Huston, con pasión desmedida por la vida y un concepto de la existencia como indómita aventura a contracorriente, podía retratar con tanta viveza el desaliento de unos sujetos inadaptados, perdidos y vulnerables ante unas circunstancias que no controlan y no comprenden.

            Apenas narrativa, centrada en el denso estudio de sus marginales, complejos y quebradizos personajes, Vidas rebeldes arroja una mirada de vibrante y taciturno lirismo y soterrada virulencia emocional sobre un grupo de seres humanos agónicos, acosados por sus demonios particulares.

Una mujer de desarmante hermosura que para desazón de su inocente y profunda humanidad es incapaz de asumir el hedor propio de la naturaleza del hombre, un otoñal cazador de caballos al que los tiempos contemporáneos han arrojado con desdeñosa violencia a la cuneta, un jinete de rodeo hundido en una espiral de fracaso sentimental mal curado con alcohol, un piloto de aviones de descreída autocompasión y una anciana huérfana del amor de su vida.

Cinco personas que, casualidades del destino, comparten su desorientada y conflictiva huida, insertos en un escenario retratado en grave blanco y negro y bañado por una atmósfera turbulenta y enfermiza que llega a lindar incluso con lo irreal a causa de la enajenación de sus maltrechos pobladores. Un western que, a imitación de los individuos que transitan por sus fotogramas, se encuentra fuera de su tiempo.

             Se podría calificar como una obra personal de Huston, y no se andaría desencaminado. Es evidente la huella de respeto y amor del impetuoso cineasta hacia sus personajes, el cuidado con el que dibuja sus formas y compone sus mecanismos con la ayuda a cargo del libreto de un literato de la talla de Arthur Miller, intelectual de altura y amante de los matices, que regala un texto repleto de lucidez, hondura y contundencia.

Pero, sin embargo, Vidas rebeldes pertenece casi en mayor medida a sus actores, que aportan sus mismas vísceras en la encarnación de unos personajes que parecen extender su piel a la propia vida de los intérpretes. Son ellos quienes legan al filme una inmensa carga personal que se infiltra incluso entre los resquicios de unas líneas de guion amoldadas a su antojo.

             El choque de estrellas no podía estar entonces más justificado. Marilyn Monroe demostraba que además de ser un imperecedero icono sexual también podía ser una magnífica actriz, aunando en su cuerpo y su gesto contenido y desesperado toda la trágica mezcla de belleza y dolor, candor y carnalidad, sexualidad y sensibilidad que revestía su propia vida como mito fulgurante y ser humano desdichado.

Clarke Gable lucía de nuevo su repertorio de muecas de antiguo galán, aunque barnizándolas de un honesto poso de melancolía, consciente de su decadencia crepuscular, asido a una última e inesperada esperanza con una apariencia de viril seguridad que no esconde un estado real de fragilidad más visible y conmovedor de lo que desea.

Montgomery Clift trata de salir del abismo de una defenestración injustamente anunciada a fuerza de puro talento y de un coraje rayano en la inconsciencia, en lo obsesivo, en constante conflicto con su manifiesta vulnerabilidad interior.

Que Vidas rebeldes supusiera finalmente el testamento cinematográfico de Gable y Monroe ayuda a comprender la generosa, hechizante y desgarrada implicación personal de su trabajo.

            Son así tres interpretaciones en llaga viva, cuya misma sangre hace florecer en la pantalla un sinfín de emociones quebradizas y explosivas, puras y problemáticas, para componer un filme que, aunque en ocasiones roce lo discursivo, resulta único por su perturbadora e impactante intensidad dramática.

 

Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 8,5.

El rey del rodeo

31 May

“Nada hay tan dulce como la patria y los padres propios, aunque uno tenga en tierra extraña y lejana la mansión más opulenta.”

Homero

 

 

El rey del rodeo

 

Año: 1972.

Director: Sam Peckinpah.

Reparto: Steve McQueen, Robert Preston, Ida Lupino, Joe Don Baker, Barbara Leigh, Ben Johnson.

Tráiler

 

 

           El rey del rodeo suponía para Sam Peckinpah la continuación del punto de inflexión en su trayectoria que había supuesto la controvertida Perros de paja, estudio sobre la violencia que alberga en su interior todo ser humano, con su viraje hacia temáticas ambientadas en tiempos contemporáneos, que tan solo se verá interrumpida en el futuro por Pat Garrett y Billy the Kid.

Por otra parte, El rey del rodeo era a su vez un nuevo intento de demostrar sus capacidades más allá de películas de muerte y violencia extrema, de despojarse en parte de su apodo de Bloody Sam, cosa que no había conseguido con La balada de Cable Hogue debido a los problemas de distribución que habían llevado a la cinta al fracaso pese a su enorme calidad. De este modo, Peckinpah llevaba a la gran pantalla el libreto original de Jeb Rosebrook –el cual, no obstante, cuadraba perfectamente dentro de sus propios valores e ideales-, y en el que participó solo en la reescritura de los diálogos; una historia intimista de reconciliaciones familiares y reivindicaciones personales ambientada en el mundo del rodeo.

           La película cuenta con elementos indisociables del cine de Peckinpah, uno de los directores que mejor supo comprender y retratar a los perdedores con dignidad, en cierto modo un reflejo de él mismo. Aquí, Steve McQueen –que también buscaba desencasillarse de productos de acción y violencia y que regala una de las mejores interpretaciones de su carrera- encarna a Junior Bonner, personaje perfectamente identificable en ese grupo de perdedores peckinpahquianos, molidos a palos por la vida, de vuelta de todo, hastiados de un mundo ingrato en el que no tienen lugar, donde lo que conocen pertenece al pasado y cuyas oportunidades de futuro ya se han ido para no volver. Un hombre este que retorna a su ciudad natal para participar en el rodeo, un mundo de por sí anacrónico y decadente, y para, en cierto modo, reencontrarse a sí mismo y refugiarse en aquello único que le queda: sus raíces, su relación con su familia y, en especial, con su padre (un gran Robert Preston), de quien podría ser su viva imagen y del que parece haberse distanciado en su recorrido a lo largo del país. Una familia en la que sus miembros han emprendido caminos divergentes, cada uno con sus motivos y razones, y que tendrán en el rodeo anual su elemento común de reunión, con una madre (Ida Lupino, tan magnífica como todo el reparto principal) que aún añora una relación de la que ambos son conscientes de su imposible reconciliación pese a conservar rescoldos de su amor y un hermano (Joe Don Baker) que representa el éxito capitalista pero que, en cierta manera, desconoce los verdaderos valores fundamentales de la vida, al contrario que su padre y su hermano, con quien acabará enfrentandose sin caer, eso sí, en el simplismo del recurso fácil de los hermanos antagónicos.

Un rodeo que significa al mismo tiempo el canto de cisne de Junior, su improbable reivindicación personal, único aliciente en el oscuro horizonte a excepción de la oportunidad de futuro que podría simbolizar la aparición de la bella Charmaigne (Barbara Leigh, por entonces novia de McQueen), de nuevo una figura de mujer que ofrece la renovación de oportunidades vitales y de la propia redención.  

           El rey del rodeo ofrece por tanto una nueva demostración de la capacidad poética del director californiano, que combina, con su incomparable maestría, amargura y sensibilidad a partes iguales, con enorme humanismo y habilidad en el reflejo de esas relaciones familiares y, sobre todo, de conexión y vieja complicidad entre padre e hijo, alejándose en todo momento del efectismo barato.

Una película en la que Bloody Sam se ponía tierno y que fracasó por esas mismas razones, por la expectativa de de unos espectadores que ansiaban una historia de sangre y violencia extrema del dúo Peckinpah-McQueen y que no supieron apreciar el profundo y agridulce lirismo que destilaba una obra de necesaria reivindicación.

 

Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 9.

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