Tag Archives: Revolución mexicana

Juárez

18 Nov

La película que condujo a John Huston a embarcarse en la dirección de películas… Nada como un desengaño para iniciar una de las más grandes carreras del séptimo arte. Juárez, el prócer político, el romanticismo anacrónico, el americanismo y los vientos de la guerra europeos, para la sección de cine clásico de Bandeja de Plata.

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El hombre de Río Malo

17 Mar

“El western es la definición del espíritu americano. Es nuestro. Siempre lo ha sido. Siempre lo será.”

Max Myers

 

 

El hombre de Río Malo

 

El hombre de Río Malo

Año: 1972.

Director: Eugenio Martín.

Reparto: Lee Van Cleef, Gina Lollobrigida, James Manson, Gianni Garko, Simón Andreu, Jess Hahn, Aldo Sambrell, Sergio Fantoni, Diana Lorys, Eduardo Fajardo.

Tráiler

 

 

            Si bien el término genérico por el que se suele reconocer al western de cuño europeo es el spaghetti western, también existieron en este mundo marcado por la coproducción otras variantes locales según el emplazamiento de rodaje. Así, destaca el chuckrut western alemán o, ya en la península Ibérica, el chorizo western y el butifarra western, en función de que la filmación se produjera en la Meseta Central o en Cataluña, respectivamente.

Todo un sustrato común de producciones paupérrimas que, en su mayor parte, tan solo vendrían a ser una caricatura de la caricatura de la iconografía del western apropiada por los italianos. Películas, pues, destinadas a la ingesta despreocupada en cines de barrio entre las que, de vez en cuando, surgen obras meritorias y rescatables dentro de sus posibilidades –Rafael Romero Merchent suele surgir aquí como principal alusión-.

En este sentido, algunas de ellas quedarían circunscritas dentro de esa etiqueta tan resbaladiza de ‘cine de culto’, la cual conviene siempre coger con pinzas incluso si –y puede que especialmente si- cuentan con el aval de un proclamado experto en la materia como el incontenible cinéfago Quentin Tarantino, investigador y fuente de un cine en los márgenes, referencia e influencia para incontables realizadores y, por qué no, espectadores y hasta críticos.

            Entre estos nombres semienterrados en el olvido, a la espera de un justo y merecido rescate, se situaría el del granadino Eugenio Martín, cineasta curtido, entre otros maestros –Nathan Juran, Guy Hamilton, Michael Anderson o Jack Sher-, al abrigo de un gigante como Nicholas Ray, aunque fuese durante su periodo de artesano de cámara de Samuel Bronston para sus superproducciones españolas, en este caso concreto en la filmación de la insufrible Rey de reyes.

Su debut en el cine del Oeste, El precio de un hombre, pasaría a figurar ya, en opinión de muchos expertos, entre los grandes títulos de esta cara digna del chorizo western, a la que sigue posteriormente la también apreciada Requiem para el gringo. Después de tres años demostrando su polivalencia como director de género, retornaría al Oeste con El hombre de Río Malo, donde las críticas no serían tan positivas ni condescendientes a pesar de tratarse, a mi juicio, de un divertimento desacomplejado y más que eficaz, con la participación además de un reparto repleto de nombres tan conocidos como Lee Van Cleef, James Manson, Gina Lollobrigida o Gianni Garko.

            El punto de partida del relato lo ofrece el propio Martín en colaboración nada menos que con Philip Yordan –firmante de libretos tan formidables como Johnny Guitar-, afincado también en España gracias a las producciones de Bronston y con quien había coincidido en el citado rodaje de Rey de reyes; un escritor talentudo aunque de vuelta de todo y en busca tan solo de un puñado de dólares, despreocupado por evitar, por tanto, la aparición de numerosas lagunas en una película que sin embargo logra resulta simpaticona y agradable, sin mayor pretensión que ofrecer un desenfadado entretenimiento elaborado con total honestidad y sumo cuidado y respeto.

            Así las cosas, El hombre de Río Malo mezcla un escenario típico del cine del Oeste –un peligroso y desarraigado forajido y su banda- con una trama propia del cine criminal –un heist film, película de ladrones de poca monta- y un tono que mezcla la aventura con tintes de humor desmitificador al estilo de El bueno, el feo y el malo, si bien con un sentido más próximo al de los filmes de Terence Hill y Bud Spencer, más decididamente paródico, extravagante y físico, rayano en muchas ocasiones con el puro slapstick.

La cinta sigue los avatares de la cuadrilla de Roy King (Lee Van Cleef), aplicados currantes del robo. Son hombres, compañeros y amigos ante todo, con un irreparable destino pobreza y fracaso; uno de los múltiples elementos que refuerzan el carácter cíclico del relato, como el eterno retorno de la banda para asaltar el mismo banco del mismo pueblo dejado de la mano de Dios o la compulsiva afición al matrimonio la curiosa e hilarante femme fatale encarnada por la Lollobrigida.

Pillos, timadores, usureros, ladrones, traidores, oportunistas, bandidos,… El hombre de Río Malo despliega un mundo de personajes cínicos y amorales envueltos en el idealista México revolucionario, río de aguas turbias propenso al pillaje tanto para obras magnas del género –Veracruz, Los profesionales, Grupo salvaje,…- como para emblemas de su versión europeizada –¡Agáchate, maldito!-.

             Martín exhibe una narrativa rauda y concisa, con un montaje lleno de cortes abruptos parejos, sobre todo en su comienzo, a la irrupción de detalles de notable comicidad, como el empleo de una banda sonora muy de la época a modo de coro griego. Un ritmo alocado que quizás se apaga en ciertas fases pero que, no obstante, contribuye a mantener engrasada y ágil una película con un guion de festiva ligereza –el propio realizador granadino, todo oficio, reconocería sus evidentes limitaciones e incoherencia- pero bastante simpático en líneas generales, descarado y travieso a la hora de jugar con los arquetipos y códigos de aquellos géneros por los que transita el argumento.

             Despreciada hasta en círculos de entendidos, por lo general dispuestos a transigir con este tipo de producciones, El hombre de Río Malo propone en definitiva un western pobretón pero de refrescante alegría y gracejo, entrañable y muy entretenido.

             Eugenio Martín tan solo retornaría al Oeste una vez más merced a El desafío de Pancho Villa, con el carismático Telly Savalas en el papel del revolucionario mexicano.

 

Nota IMDB: 4,5.

Nota FilmAffinity: 4,2.

Nota del blog: 6.

Veracruz

26 Ene

“Morir por dinero es una estupidez. Antes, ahora y siempre.”

Jesús Raza (Los profesionales)

 

 

Veracruz

 

Veracruz

Año: 1954.

Director: Robert Aldrich.

Reparto: Gary Cooper, Burt Lancaster, Sara Montiel, Denise Darcel, César Romero, Ernest Borgnine, Jack Elam, Charles Bronson.

Tráiler

 

 

            Aún no había llegado su hora, pero el western sucio ya estaba ahí.

Tuvieron que juntarse para descerrajar esta nueva cosmovisión descreída, agria y sombría, un outsider antipático y desengañado como Robert Aldrich –que ya había innovado en terrenos del Oeste con Apache, confirmación del western proindio- y un escritor con los personajes turbulentos como seña de identidad como Borden ChaseRío Rojo, Winchester ’73, Horizontes lejanos, Tierras lejanas-, hermanados los dos en medio del México revolucionario, contexto en el que el escritor Javier Marías, amante del género, situaba al ciclo más pesimista del western, hecho que se confirmará precisamente en la malhumorada y desmitificadora década de los sesenta a través de iracundas y desesperadas epopeyas como Mayor Dundee, Grupo salvaje o Los profesionales, de las que la presente cinta, Veracruz, es claro antecedente.

            El comienzo de Veracruz se advierte ya soturno y terrible, anuncio de la presencia de unos buscadores de fortuna que se materializarán a través de dos pinceladas, las justas y necesarias, producto del dominio de Aldrich de la narración cinematográfica. Así, un derrotado y amargado combatiente sureño (Gary Cooper) y a un chacal sin amigos, sin creencias y sin ética alguna (Burt Lancaster), se convierten en extraños compañeros de cama por obra y gracia del azar, ambos ávidos del oro que puedan pescar en el río revuelto de la revolución juarista.

            La ambigüedad, el equívoco y la contradicción gobiernan por tanto a los dos protagonistas, tibiamente matizados por un primario apunte de sensibilidad en el primer caso -su misericordia hacia los caballos, cierto refinamiento, su silencio, que de ningún modo oposición, ante las tropelías de la banda de cuatreros-; y por una amplia y resplandeciente sonrisa en el segundo, la cual, sin embargo, pronto se contradirá con manifestaciones de cruda y cínica amoralidad –reflejo de su total abyección, será capaz de usar a un niño como escudo humano, a la vez que se muestra fiel tan solo a su codicia-.

Si acaso, la solución maniquea que serviría para distinguir con claridad al uno del otro se encuentra en el decorado de sus andanzas: el México escindido en guerra civil, con el pueblo entregado a la causa revolucionaria frente a un ejército imperial y extranjero habitado por personajes de siniestro aspecto prusiano y ataviado con una temible indumentaria más propia de otros tiempos y otros lugares.

             Es de nuevo el azar y, sobre todo, el hambre de oro, lo que determina el ideal al que sirven, en este caso la defensa de las posiciones del emperador Maximiliano como escolta de la  comitiva destinada a comprar nuevas tropas en Europa gracias al tesoro nacional. Dado que en realidad su carácter neutral queda garantizado por su naturaleza miserable, no es ésta sino la excusa para acometer la provechosa fechoría que tan oscuros personajes perseguían al cruzar la frontera.

             Esta lucha entre materialismo e idealismo, entre amoralidad y moralidad, entre la avaricia y el honor, es la que determina el devenir del filme y de su pareja protagonista, tenues variaciones el uno del otro –sus elecciones amorosas y de conciencia parecen en ambos casos contravenir su personalidad y su extracción-, condenados, en último término, a dirimir con plomo sus diferencias.

             Resguardado por las excelentes interpretaciones de Cooper y Lancaster –reseñable, ya que no son precisamente mis favoritos- y un solidísimo plantel de secundarios, con tipos del carisma de Ernest Borgnine, Jack Elam o Charles Bronson –cabría incluir a una arrebatadora Sarita Montiel robándole el corazón y la cartera al estirado de Cooper-, Aldrich compone un western poderoso, apasionado y colérico en el que, a pesar de tratarse de su tercer largometraje, daba ya pruebas fehacientes de su saber de narrador –a pesar de algún corte abrupto en la continuidad de un par de escenas-.

Su estilo conciso, contundente y expresivo es capaz, como hemos visto, de definir personajes y situaciones dramáticas de un plumazo y de legar, al mismo tiempo, planos y movimientos de cámara cargados de significado y con destacado valor estético.

            Con todas estas armas, el cineasta norteamericano dota de un ritmo preciso y fluido tanto al desarrollo del atrayente relato original de Chase como a la evolución de sus poco complacientes protagonistas, envueltos en su particular concepto de amistad cómplice, para nada reñida con su imperativo fisiológico de triunfo individual, utilitarista y a cualquier coste.

 

Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 8.

Los profesionales

24 Ago

“Nos quedamos porque nos enamoramos, nos vamos porque nos desencantamos, regresamos porque nos sentimos solos, morimos porque es inevitable.”

Jesús Raza (Los profesionales)

 

 

Los profesionales

 

Año: 1966.

Director: Richard Brooks.

Reparto: Burt Lancaster, Lee Marvin, Claudia Cardinale, Jack Palance, Robert Ryan, Woody Strode, Ralph Bellami.

Tráiler

 

 

            Es posible que el western oliera ya entonces el fin de sus años de gloria. Puede que, a causa de ello, este crepúsculo fuera melancólico y furioso a partes iguales: una agridulce explosión de rabia y romanticismo.

            Los profesionales presenta un Oeste sumido de cabeza en su ocaso, pesaroso, cansado pero aún con el nervio de los días salvajes irredento, aún latente en su interior, que anticipa a ese gigante airado, esculpido por Peckinpah en ronca lírica, que es Grupo salvaje.

Aquí, los malnacidos más nobles jamás llevados a la pantalla se enfrentan a su última aventura, de tintes suicidas, consistente en rescatar a una bella dama en apuros de las temibles garras del sanguinario asesino y abnegado revolucionario Jesús Raza, “nuestro Raza”. Y como único motivo para ello: el dinero de un generoso mecenas.

Son cuatro individuos de una especie en extinción, rebeldes de vuelta de mil batallas, escarmentados por el pasado, el presente y el futuro, abocados a un cinismo resignado como respuesta a un mundo inmisericorde que se va al garete, si no lo ha hecho ya, y cuya realidad se impone a cañonazos. Gente de otra pasta, con unos códigos de lealtad y honor tan caducos, marginales e incomprendidos como ellos mismos.

            Con una dirección al mismo tiempo tensa y delicada que traza con pulso firme una trama absorbente tanto en su desarrollo más superficial –el rescate en cuestión- como en el más profundo –el rico paisaje interior de los personajes-, Richard Brooks compone uno de los westerns más poéticos y elegíacos de la historia, con un guion en el que cada línea de diálogo vale por todo un ensayo filosófico y que, probablemente, contiene la recopilación de sentencias más memorable de un género prolijo en certeros análisis de la condición humana.

            Los profesionales rezuma los rescoldos de una pasión ardorosa que se resiste a apagarse; un cosmos poblado de seres que, desde el final del camino (¡o no!), derrochan sabiduría vital: ese último romántico interpretado con el aplomo inquebrantable de Marvin, ese triste hedonista de Lancaster, ese Ryan que se refugia en el amor por los caballos espantado por la bestialidad del hombre, ese impagable guerrillero de Palance –un rostro eternamente ligado al villano-, entregado con el sacrificio innegociable que solo merecen las causas perdidas, o esa dulce y terrible Chiquita, capaz de desempeñar la misma pasión en el amor y la guerra.

Una joya absoluta e imperecedera.

 

Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 10.

¡Viva Zapata!

14 Jul

“Lo malo de la izquierda americana es que traicionó para salvar sus piscinas.”

Orson Welles

 

 

¡Viva Zapata!

 

Año: 1952.

Director: Elia Kazan.

Reparto: Marlon Brando, Anthony Quinn, Joseph Wiseman, Jean Peters.

Tráiler

 

 

           Emiliano Zapata dirige la Revolución contra la tiranía del poder y por la libertad y la dignidad del sufrido pueblo mexicano. Poco a poco, la que parecía una marcha triunfal imparable que llevaría estos firmes ideales a su realidad, va cayendo en el pesimismo ante un futuro que no llega. Zapata, un hombre con las referencias que marcaban su camino borrosas, si no perdidas, abatido y decepcionado por las victorias a medias, la perpetua renovación de los déspotas y el fuego y el hambre que no cesan, comienza a cuestionar en silencio, internamente, el sentido y las posibilidades de la revolución; capaz de perdonar a quien roba y a quien mata, pero nunca a traidores. Aunque estos sean amigos de su confianza, hombres valerosos cargados de razones nada desdeñables, con una perspectiva diferente de la revolución y conscientes de que la victoria es imposible, de que puede haber otros caminos transversales, quizás negociando con el “enemigo”, quizás con una pequeña traición que permita la paz fuera de la utopía inalcanzable o, al menos, vivir sin sufrir el terror de la guerra, quizás con una decisión cobarde pero necesaria e inevitable.

            En 1952, Elia Kazan, antiguo miembro del partido comunista americano y director de teatro y cine, autor de obras de marcado compromiso político y social, declaraba ante el senador Joseph McCarthy en el proceso que vino a denominarse caza de brujas, el cual pretendía purgar todo posible rastro de comunismo en los Estados Unidos, incluidas muchas grandes personalidades del arte y del cine del momento. Tras ello, la marca de la delación perseguirá para siempre al director de origen griego.

            ¡Viva Zapata! es su primer estreno tras comparecer ante la comisión y la primera de sus dos películas que suelen considerarse como una cierta justificación de sus actos ante el Comité de Actividades Antiamericanas de McCarthy, más tarde completada con otra gran película como La ley del silencio.

Aunque comienza casi con lo que parece una hagiografía del revolucionario mexicano, ¡Viva Zapata! arroja una visión totalmente desilusionada sobre la capacidad de una revolución para cambiar la sociedad, para la imposición de unos ideales por muy bienintencionados y justos, o no, que sean. Si bien sí pueden rastrearse elementos que se identifican con ese deseo de excusarse de Kazan, la película no deja de concordar con toda su anterior trayectoria cinematográfica y el compromiso político y social de la misma, con su reflexión sobre el poder casi indestructible y sus abusos, donde el idealismo no tiene cabida, o su preocupación por la opresión de una sociedad indefensa, siempre víctima de tiranos de todo pelaje. El guion de John Steinbeck, un gran novelista también autor de obras de marcada conciencia social como Las uvas de la ira o De ratones y hombres, lega una buena ración de acertadas frases que indagan precisamente en ese pesimismo de un hombre que ve cómo sus sueños de justicia, igualdad y paz son inalcanzables pese a la lucha ininterrumpida.

            Para el papel de Zapata, Kazan contaría de nuevo con un Brando que confirmaba su poderosa irrupción tras aparecer luciendo camiseta en Un tranvía llamado deseo para una interpretación aún con demasiada afectación en muchos momentos pero también llena de fuerza y carisma, mejorando según avanza el metraje y su personaje se adentra en el desengaño y la soledad, consciente de abocarse a un final trágico. Anthony Quinn ofrece una réplica perfecta en un papel de hombre brutal con un punto entrañable que tanto caracterizaría su carrera posterior y que tan bien se le daban, además de un muy destacable Joseph Wiseman que demuestra su especial talento para papeles oscuros, lo que más tarde le llevaría a ser el Doctor No en la primera entrega de la saga Bond.

 

Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 7,5.

Mayor Dundee

23 May

“Sam Peckinpah es la única persona a la que he amenazado físicamente en un rodaje.”

Charlton Heston

 

 

Mayor Dundee

 

Año: 1965.

Director: Sam Peckinpah.

Reparto: Charlton Heston, Richard Harris, Senta Berger, Jim Hutton, James Coburn, Michael Anderson Jr.

Tráiler

 

 

           Una vez conseguido cierto reconocimiento como director, un poco de tiempo después del estreno Duelo en la Alta Sierra, Sam Peckinpah era el elegido por Columbia para encargarse de la dirección del libreto de Harry Julian Fink Mayor Dundee, que narra la expedición suicida de un heterogéneo contingente de unionistas, sudistas vencidos y civiles desarrapados para reducir a los apaches que saquean sin piedad el territorio de Nuevo México, además de enfrentarse con el ejército francés que, por esos azares de la Historia, se encontraba defendiendo otra rareza como es el trono del emperador Maximiliano I de México.

           Con la remodelación de parte del guion original, construido en torno al diario del corneta de la malograda expedición, el director californiano decidió orientar la película hacia temas inequívocamente peckinpahquianos, aparte de rodearse en el reparto de parte de sus secuaces  habituales como L.Q. Jones, Dub Taylor, Slim Pickens, R.G. Armstrong o el gran Warren Oates. En primer lugar, el Peckinpah centró el peso del film más hacia la relación entre Dundee (Charlton Heston) y el teniente confederado Tyreen (Richard Harris) que hacia la persecución de los apaches; un enfrentamiento entre almas gemelas que han tomado caminos contrapuestos pero que aún conservan esa complicidad pese a estar avocados a la tragedia; personajes contradictorios, complejos pero fieles a sí mismos que son una constante en su cine, como muestran la precedente Duelo en la Alta Sierra o en las posteriores Grupo salvajePat Garrett y Billy the Kid. También personajes estos defenestrados por la vida y que se enrolan en una misión que, al igual que ellos, está destinada al fracaso absoluto desde su concepción pero que sin embargo la sangre le llama a ella, las vísceras obligan a ese último grito de reivindicación de uno mismo frente al mundo en un avance testarudo contra lo que haga falta. A esto se le suma la presentación de México con esa contradicción entre el retiro espiritual pacífico, la calma que precede a la tormenta, en contraste con la posterior violencia salvaje a la que conducen los acontecimientos, y, sobre todo, la figura recurrente de la mujer de dudosa virtud pero símbolo de fuerza salvadora, como sentido vital más allá de la épica desesperada, representada aquí en la bella Teresa Santiago (la austríaca Senta Berger).

           Una cinta que alcanza momentos de enorme intensidad, sobre todo en esa mencionada relación entre Dundee y Tyreen, aprovechando un elenco de gran nivel, con un buen pulso narrativo pero que sufrirá una razonable ración de tijera en la sala de montaje, fruto de otra de las constantes del rebelde de Hollywood: su enfrentamiento radical con la productora correspondiente, lo que al final acaba por restarle algo de fuerza y continuidad al conjunto.

Interesante y entretenida.

 

Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 8.

Grupo salvaje

28 Feb

“Yo jamás he realizado un western. Tan solo películas sobre quienes tienen razón y quienes se equivocan en la vida. Los western sólo los han sabido hacer Monte Helmann y Sergio Leone.”

Sam Peckinpah

 

 

Grupo salvaje

 

Año: 1969.

Director: Sam Peckinpah.

Reparto: William Holden, Ernest Borgnine, Warren Oates, Ben Johnson, Jaime Sánchez, Edmont O’Brien, Robert Ryan, Emilio Fernández.

Tráiler

 

 

            Los westerns de Peckinpah, y buena parte de su obra en general, poseen siempre unos elementos bien definidos, recurrentes en la obra del director californiano, y realmente elocuentes sobre su visión de la vida y del cine. Son westerns melancólicos, crepusculares, dotados de una poesía muy especial, visceral, cantada con voz rota; westerns poblados de perdedores con escaso presente y aún más reducido futuro pero que todavía conservan los arrestos suficientes para coger su existencia por los cuernos y reivindicarse en su orgullo, darse el último festín a costa de un mundo ingrato y amoral, un fogonazo fulgurante antes de que se apague la llama.

            Grupo salvaje es la película más recordada de Peckinpah y en ella se encuentran presentes todas estas claves arquetípicas. Es la historia de la banda de Pike Bishop (William Holden), un grupo de forajidos que se dedican a asaltar todo tipo de instituciones en la polvorienta Texas, especialmente las arcas ferrocarril, ente simbólico para la representación del fin del salvaje Oeste, paradigma de la llegada de la civilización y del ocaso de los viejos tiempos; y que, tras unos golpes infructuosos,  se entremezclará en el México de la revolución de Pancho Villa para dar su último golpe: el robo de un cargamento de armas del ejército estadounidense para vendérselas al general Mapache, mientras a su vez son perseguidos por los pistoleros del ferrocarril, encabezados por el antiguo socio de Bishop, Deke Thornton (Robert Ryan).

Bishop y su banda son esos personajes sin esperanzas ni futuro tan del cine de Peckinpah, seres tridimensionales llenos de claroscuros, comandados por un líder taciturno, lleno de remordimientos y necesitado de ponerse en paz consigo mismo; hombres tan egoístas como leales, tan honrados como mezquinos, humanos en definitiva, que no tienen dónde agarrarse sino a viejos y olvidados códigos de existencia que no tienen ya cabida en ese mundo amoral que les rodea, en el que la violencia es una de las bases fundamentales como parte indisociable de la naturaleza humana -hasta los niños solo desean imitarla, solo desean destruir- y donde la mujeres están a mitad de camino entre putas y redentoras.

Un mundo en decadencia en el que este grupo de hombres salvajes, de hombres nobles, tan solo puede precipitarse hacia un final de épica desesperación.

            Como una de sus obras mas más personales, no en vano incluso Peckinpah participa en el guión de la misma, ese profundo lirismo queda plasmado en cada escena, en cada gesto, magnificado por un reparto soberbio, empezando por  un portentoso William Holden hasta cada uno de sus enormes secundarios, y por la siempre vigorosa y expresiva dirección del californiano –a excepción de unos flashbacks un tanto toscos-, con sus recurrentes muertes al ralentí, sus imágenes tan poderosas como amargas y ese aroma de poesía gritada a puñetazos ya mencionada.

Peliculón.

 

Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 8,2.

Nota del blog: 10.

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