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El show de Truman (Una vida en directo)

16 Mar

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Año: 1998.

Director: Peter Weir.

Reparto: Jim Carrey, Ed Harris, Natasha McElhone, Laura Linney, Noah Emmerich, Holland Taylor, Brian Delate, Blair Slater, Paul Giamatti, Una Damon, Philip Baker Hall, Peter Krause, O-Lan Jones, Krista Lynn Landolfi, Terry Camilleri, Joel McKinnon Miller, Tom Simmons, Harry Shearer, Philip Glass.

Tráiler

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        Las distopias pueden darse prácticamente a tiempo real. El show de Truman se estrena apenas un año antes de la primera emisión en Países Bajos de Gran Hermano, el reality show quintaesencial, enseguida adaptado a una miríada de televisiones del resto del mundo. La idea llevaba tiempo en el aire, como podía apreciarse en Estados Unidos con el pionero The Real World de la MTV o mismamente en España con la llegada de Telecinco y el corte de su programación -al respecto, cabe recuperar el cortometraje paródico Te lo mereces, que prefigura alguno de los temas principales aquí abordados, que en cualquier caso se inspira en el capítulo Special Service de The Twilight Zone, a su vez basado en el libro de Philip K. Dick El tiempo desarticulado-.

En la actualidad, pasadas más de dos décadas, esta lectura acerca de la fascinación voyeurística del ciudadano se encuentra superada en los tiempos de la hiperexposición voluntaria en las redes sociales. Pero El show de Truman es una película con numerosas capas, que va mucho más allá de esta llamativa premisa que sirve como base para el relato. Porque Truman es mucho más que la representación de esa noción subconsciente de que somos tristes protagonistas de una vida simulada, como poco después vendría a replantear Matrix desde un punto de vista de fantástica espectacularidad.

        En realidad, El show de Truman recuerda que esta idea es cierta, pero es mucho menos glamourosa y mucho menos satisfactoria para nuestro ego de lo que solemos creer. Porque al fin y al cabo, a pesar de sus desesperados deseos por volar a Fiji a encontrarse con el amor de su vida y quizás así satisfacer el vacío existencial que le corroe por dentro, Truman -el papel que descubriría a Jim Carrey como actor dramático, en un giro por entonces muy comentado- es un hombre encadenado a su pequeña isla por las obligaciones financieras que le imponen un trabajo mediocre y una hipoteca absurda; por las convenciones sociales que le han conducido a emparejarse con otra persona que parecía cumplir con los pertinentes requisitos de belleza y calidez; por los miedos de una sociedad que reprime a los disidentes mediante círculos de silencio y exclusiones autogestionadas por la propia comunidad de individuos y que diseña para todos una vida pautada en función de unos intereses homogéneos. 

Más allá de los risibles anuncios que insertan los personajes secundarios en pleno rostro de Truman, el decorado de la ciudad construida para él parece estar concebido por Norman Rockwell, a la vez que su recorrido vital sigue escrupulosamente los principios del American Way of Life. Su celebridad es paradójica: Truman es un don nadie. Es uno de nosotros. La crítica, infiltrada en el colorido del diseño de producción y el tono tragicómico de las andanzas del personaje, se mantiene perfectamente vigente, absolutamente poderosa.

        Porque, en esta línea, el desenlace es además sumamente engañoso. El último plano, con la cámara girada de nuevo hacia el espectador, desliza un último golpe terrible, que desmonta el júbilo y los vítores que lo antecedían, jaleando esa conquista de la libertad personal, de la independencia frente a los designios de un falso dios -soberbio Ed Harris- que obra con una mirada paternal hacia su criatura pero que, en el fondo, opera bajo unos parámetros comerciales, de producto. El ser humano como un elemento más en el engranaje del sistema capitalista. Aunque en este caso, pese a estar registrado como propiedad empresarial, no como simple pieza de una cadena de producción, como lo era Charlot en Tiempos modernos, sino, en una otra idea terrorífica que se ha visto plenamente confirmada, como bien de consumo.

Esta demoledora conclusión también puede leerse como una ácida pulla a las ficciones sentimentalistas, destinadas a provocar emociones superficiales y por tanto nada conflictivas o capaces de mover a la reflexión a un espectador pasivo y acomodado. Un poco en el sentido del culebrón, del que toma parte de su estructura el guion firmado por Andrew Niccol, escritor que había tenido un destacado debut con una distopía más pura, Gattaca, filme de ciencia ficción intimista, y que volverá a pulsar el signo de los tiempos con Simone, que habla, entre otras cosas, acerca de la capacidad de la técnica para simular las emociones, en concreto a través de una actriz digital -recuerdo que el año anterior a su lanzamiento se había incidido en el debate sobre la posible caducidad de los intérpretes de carne y hueso a propósito de la animación digital de Final Fantasy: la Fuerza Interior-.

        Así pues, en El show de Truman subyace asimismo una discusión acerca del cine, de la falsedad de sus representaciones y de su artificialidad para aproximarse al sentimiento. Peter Weir planifica con una estética artificiosa, repleta de tomas que emulan de forma grotesca las formas de la cámara oculta y el documental de incógnito, en contraste absoluto con un escenario de postal. La contradicción, a la par de satírica, es siniestra por visionariamente atinada. Si algo imitan las fotos de Instagram es la luminosidad y la fastuosidad del lenguaje publicitario y cinematográfico.

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Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 8.

Perseguido

11 Jul

“El problema es que la televisión amalgame y convierta en papilla informe la realidad, la ficción, lo fundamental, lo secundario, el divertimento y la reflexión.”

Jean Renoir

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Perseguido

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Año: 1987.

Director: Paul Michael Glaser.

Reparto: Arnold Schwarzenegger, María Conchita Alonso, Richard Dawson, Yaphet Kotto, Marvin J. McIntyre, Jim Brown, Jesse Ventura.

Tráiler

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            Una crisis económica de proporciones apocalípticas que ha llevado a la institución de un régimen dictatorial ultramilitarizado, destrucción catastrófica a gran escala por fenómenos naturales adversos producto de una naturaleza viciada y entretenimiento audiovisual de ínfima calidad, todo sexo y casquería, como única tabla de salvación para la mente atemorizada por el Estado, el hambre y la muerte, todo uno. Es el año 2017 que prevé Perseguido, basada libremente en un texto de Stephen King.

            Para el cine de la década de los ochenta, ni el futuro era luminoso, ni la tecnología era nuestra amiga. Los setenta, sobre todo desde la inquieta vivaracha y ocasionalmente visionaria serie B, ya habían apuntado el retorno del pan y circo más brutal, posibilitado por sistemas autocráticos y marciales impuestos y sustentados en el control de la tecnología, como sucede en Rollerball o en La carrera de la muerte del año 2000.

En el caso de Perseguido, este espectáculo de gladiadores como opio del pueblo tiene el formato de un omnipresente concurso televisivo al que van a parar los despojos de todo el sistema, culpables o inocentes, para ser exterminados ante la audiencia soberana, entre ellos el descreído y apolítico militar caído en desgracia interpretado por un Arnold Schwarzenegger que disfrutaba de los años dorados de su popularidad y que ya había tomado parte en un futuro distópico amenazado por la tecnología, Terminator (así como más tarde también lo hará en Desafío total y El sexto día).

            Sin embargo, no se aprecia en Perseguido la calidad argumental combinada con el espectáculo palomitero del que sí hacía gala la anteriormente mencionada. Paul Michael Glaser, el conocido detective Dave Starsky de la serie televisiva Strasky y Hutch, desarrolla una cinta de acción con unas buenas premisas de base, susceptibles de crear un interesante debate sobre el poder y el uso de los medios de comunicación de masas, pero que finalmente queda sustentada por un guion simplista rendido al lucimiento y la apología del héroe -que bien se encarga de llamar a la acción más que a algo tan improductivo como pensar-, al que conmemora alguna de las frases lapidarias más lamentables de un género que nutre buena parte de su humilde atractivo en la efectividad de las mismas.

Ni siquiera la acción, organizada a modo de videojuego arcade en el que se superan niveles de dificultad progresiva en forma de villanos interpretados por caducas glorias del wrestling -no así Brown, que saltó al cine desde la NFL-, raya a gran altura, un paso atrás en rusticidad en comparación con la sólida contundencia de la época.

Posiblemente daba para más.

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Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 5,8.

Nota del blog: 4,5.

La isla de los condenados

3 Mar

“La lección de hoy es: mataos los unos a los otros.”

Maestro Kitano (Battle Royale)

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La isla de los condenados

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Año: 2007.

Director: Scott Wiper.

Reparto: Steve Austin, Vinnie Jones, Robert Mammone, Madeleine West.

Tráiler

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           Hombres cazando hombres en una isla dejada de la mano de Dios. Eso es lo que ofrece La isla de los condenados. No es una idea nueva, sino que ya tuvo una aproximación -la mejor, la más original, enfermiza y obsesiva- en el clásico El malvado Zaroff, basado en la novela de Richard Connell, y sus posteriores remakes más o menos modificados, de los que probablemente los más populares -con perseguidor humano- sean Huida hacia el sol y Cazadores de mentes.

Una nueva vuelta de tuerca al tema, mucho más aproximada a lo que es esta película, viene de la mano del cómic japonés y posterior film Battle Royale –ambos mezcla de simpáticos excesos, caricatura, teen exploitation y gore-, que presenta un Japón de un futuro próximo donde, ante el exceso de población joven y su insubordinación generalizada, se organiza anualmente un concurso-reality show en el que se encierra a un grupo de estudiantes en una isla en el que sólo podrá sobrevivir uno, el ganador.

           La isla de los condenados experimenta una vez más en esta idea que mezcla la popularidad de los reality show actual llevada al extremo, llegando casi a la snuff movie a tiempo real. Un grupo de condenados a muerte seleccionados especialmente de entre las cárceles de todo el mundo son llevados a una isla desierta del Pacífico por un exitoso e insensible productor de TV para rodar un nuevo programa en el que sus protagonistas han de destriparse entre sí hasta que uno sobreviva, revolucionando de paso la audiencia mundial vía Internet.

Dentro de lo que cabe, la idea es más interesante que la de las habituales producciones de tiros y mamporros aunque el guión, desarrollado lo justo, tampoco se esfuerza en explotar intelectualmente el argumento mucho más allá de la crítica de base hacia la espectacularización de la realidad de los medios de comunicación unida por el gusto insano pero intrínseco a su naturaleza del ser humano. De esta manera, unos cuantos de los muchos y variados personajes quedan irregulares o casi descolgados, excusas para unas escenas de acción filmadas con decencia, excepto aquellas donde el protagonista, Steve Austin -otro guerrero venido de la WWF– corre, en las que el hiperbólico luchador casi necesita la ayuda de un doble. Obviamente, a un actor que no es capaz de correr con soltura no se le puede pedir tampoco una expresividad de actor de método. Austin se limita a lo que se le pide: ser grande y pegar duro. Aun así, su falta de popularidad, al menos en la piel de toro, no le viene del todo bien a la cinta, que parece exigir a alguien más carismático en el protagonismo más que a un ogro con más pinta de sparring para el lucimiento del héroe –como luego hará en Los mercenarios– que de héroe propiamente dicho.

En el otro rincón, Vinnie Jones, un exfutbolista que ya se dedicaba a rodar acción incluso antes de colgar las botas y al que participar en esta clase de producciones no ha supuesto un gran cambio. Se nota su experiencia y su buen hacer en el oficio de parecer amenazante.

           No optó a mejor guion en su día, pero para echar un rato de entretenimiento evasivo sirve de maravilla.

 

 

Nota IMDB: 6.

Nota FilmAffinity: 4,9.

Nota del blog: 6.

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