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El espía que surgió del frío

2 Ene

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Año: 1965.

Director: Martin Ritt.

Reparto: Richard Burton, Claire Bloom, Oskar Werner, Peter Van Eyck, Cyril Cusack, Rupert Davies, Sam Wanamaker, George Voskovec, Michael Hordern, Robert Hardy.

Tráiler

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          “¿Qué demonios crees tú que son los espías?¿Filósofos moralistas que calibran todo lo que hacen contra la palabra de Dios o de Karl Marx? No lo son. Son un atajo de desdichados, escuálidos bastardos como yo. Hombres insignificantes, borrachos, invertidos, papanatas. Funcionarios que juegan a vaqueros para dar brillo a sus precarias vidas.”

En 1962 se estrenaba Agente 007 contra el Dr. No. “Bond, James Bond”, decía el atractivo y viril Sean Connery desde su impecable esmoquin, rodeado de un ambiente sofisticado, con chicas preciosas, destilados selectos y juegos de azar para el disfrute de los sentidos, amén del pinchazo estimulante de la amenaza sentida en la nuca. John Le Carré, miembro del servicio secreto británico, publicaba El espía que surgió del frío un año después. Éxito de ventas, en 1965 llegaría a la gran pantalla bajo la dirección de Martin Ritt, realizador estadounidense con marcado compromiso social que había sufrido en sus carnes la intolerancia política que, durante la Guerra Fría, también se hacía fuerte en el primer mundo, presunto defensor de las libertades civiles y democráticas. En El espía que surgió del frío, la ambigua trama de espionaje es un entretenido pretexto, un macguffin destinado a ahondar en las miserias humanas, en la naturaleza corrompida de la especie. Otra trampa como la que Alec Leamas, el protagonista, trata de tender a sus rivales tras el Telón de acero.

          A diferencia de la primera aventura de 007, El espía que surgió del frío se abre en la noche, en la humedad, en la gelidez. Densa fotografía en blanco y negro. Luctuosa partitura que apenas asoma entre el silencio. Su primera escena es una espera angustiada que remata en violenta tragedia. El tono de la narración será, pues, amargo, desesperado incluso por el remordimiento, por la imposibilidad de ver una salida, o siquiera un respiro, en un mundo ahogado en esa amoralidad que, hablando en plata, es eufemismo de inmoralidad. Un mundo donde el amor o la compasión no tienen cabida. Tampoco los ideales.

          Richard Burton, que bien sabía qué hacer con un personaje de etílicas sombras autodestructivas, concentra en su mirada fija ese desencanto alienado, esa rabia latente y ese fatalismo insoslayable, al tiempo que participa, consciente o inconscientemente, de los grandes planes geoestratégicos que lo emplean como peón. Como los viejos detectives de novela, trata de enrocarse en su gabardina, en la bebida y en su cáustico cinismo para no revelar su interior sentimental y malherido.

Las evoluciones de Leamas en la intriga dejan tras de sí un retrato inmisericorde que iguala a ambos contendientes por la dominación global. Las mil batallas internas que se libran en nombre de falsos credos, su despiadada mezquindad, la vocación homicida contra el prójimo, el gran poder que aplasta para perpetuarse a toda costa. Entre los escenarios, apenas se pueden intuir ciertas posibilidades bucólicas en un paseo campestre donde la colaboración fingida parece camaradería auténtica. El paternal aspecto de Cyril Cussack ya podía inducir a engaños. Los paisajes son inhóspitos, barridos por el viento, adornados con siniestras piezas de caza. El desenlace se ubica en un muro que nació como ruina.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 8,5.

El puente de los espías

14 Dic

“Si ahora no hay forma de rodar películas que posean los valores e ideales que reflejaban mis obras, quizás también deberíamos darnos todos por vencidos.”

Frank Capra

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El puente de los espías

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El puente de los espías

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Año: 2015.

Director: Steven Spielberg.

Reparto: Tom Hanks, Mark Rylance, Amy Ryan, Scott Shepherd, Mikhail Gorevoy, Sebastian Koch, Austin Stowell, Jesse Plemons, Will Rogers, Alan Alda.

Tráiler

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            Algo huele a Frank Capra en El puente de los espías. Su argumento es en esencia una historia paradigmáticamente americana, en la cual el sacrificio personal del individuo concienciado e irreductible es capaz de redimir las corrupciones que provocan las circunstancias adversas sobre la sociedad y reconducirla hacia sus valores primigenios: aquellos que –propagandísticamente- le definen como el país de la libertad y de las oportunidades.

            El quijotismo que exhibe la película de Spielberg en su tramo inicial, con la defensa del espía soviético Rudolf Abel (Mark Rylance) por parte del por entonces abogado de seguros James Donovan (Tom Hanks), es valiente y contagioso, tan firme en sus convicciones que puede amenazar con caer en lo puramente discursivo, al igual que les sucedía a las obras más comprometidas de Capra de finales de los años treinta y principios de los cuarenta –La locura del dólar, Caballero sin espada, Juan Nadie,…-.

Su espíritu ‘americano’ –aunque universal- surge aquí tanto o más necesario cuando en la distancia histórica se trazan reflejos entre el pasado de Guerra Fría y el presente de guerra global contra el terrorismo y entonces, con determinación y arrojo, el filme esgrime su humanista propuesta de combate –en este sentido, ofrecería una interesante sesión doble con La noche más oscura (Zero Dark Thirty), donde la incidencia de las torturas practicadas por la CIA deja aún un regusto bastante ambiguo y turbio, carne de debate-.

            Spielberg, apoyado en el guion original de Matt Charman, luego revisado nada más y nada menos que por Joel y Ethan Coen, va desarrollando la lucha épica y solitaria de este héroe incomprendido –como deben ser los héroes, posicionados contra todo y contra todos- agregándole notas de calor íntimo y familiar para componer en Hanks –como otrora podía ser Jimmy Stewartla perfecta imagen del americano medio: afable, decidido, idealista y que no se deja amilanar por absolutamente nada ni nadie. Empalagoso de tan bonachón.

Ese optimismo incombustible, que se cree capaz de cambiar el mundo hasta conducirlo a la utopía, va tornando el idealismo del comienzo en cierto maniqueísmo de manual -¿es irónico, andando los Coen por ahí?, no lo parece- a medida que Donovan se adentra en la frontera política de la Guerra Fría: el muro de Berlín en proceso de construcción. Los rusos son muy rusos; los alemanes orientales muy alemanes orientales. En el metraje previo también se vislumbraba un notable dibujo crítico de los estadounidenses bajo la propaganda bélica del momento, todo adoración de los símbolos de la patria y reacciones viscerales a la política del terror, pero, como decíamos, al menos ellos sí tienen a quien les redima; una condición que alcanza una temperatura un tanto bochornosa -¿ironía coeniana de nuevo?- en la coda en suelo americano.

            Quizás adoptando la óptica del estoico Abel El puente de los espías sí se hubiese convertido en un filme coeniano de pleno derecho. Es decir, un hombre cansado de realismo que observa cómo un individuo común se embrolla en un plan enloquecido que, a priori, supera en mucho sus competencias. Resulta significativo entonces ese entendimiento y esa relación –uno de los puntos más logrados del filme- entre esos dos universos políticos –Estados Unidos y la Unión soviética- y cinematográficos –los Coen y Capra/Spielberg-.

La cinta, en conclusión, tiene músculo visual y nervio narrativo, porque Spielberg sabe muy bien qué quiere contar y sobre todo cómo quiere contarlo, si bien El puente de los espías está lejos de la madura oscuridad de Lincoln –otra obra carne de debate entre fin y medios, como La noche más oscura– o de la lúgubre frialdad del espionaje de Munich.

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Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 6,5.

La deuda

18 Ene

“- ¡Oh, Max, qué terrible!

– Él se lo merecía, 99. Era un asesino de KAOS.

– A veces me pregunto si nosotros somos mucho mejores, Max.

¿Qué estás diciendo, 99? Nosotros tenemos que disparar y matar y destruir porque representamos todo lo que es sano y bueno en el mundo.”

Agente 99 y Maxwell Smart (Superagente 86)

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La deuda

La deuda

Año: 2010.

Director: John Madden.

Reparto: Jessica Chastain, Sam Worthington, Marton Csoaks, Helen Mirren, Ciarán Hinds, Tom Wilkinson, Jesper Christensen.

Tráiler

 

 

             Un desagradecido oficio el de espía, construido desde la mentira, camuflado detrás de una vida que no es la propia y destinado a la oscuridad y el remordimiento tanto en el fracaso como en el éxito.

             Una atmósfera gélida y extrañamente apesadumbrada, doliente, rodea la figura de tres viejos héroes del Mosad -los servicios secretos israelíes-, célebres por capturar y dar muerte a uno de los grandes monstruos del Holocausto. Son personajes rodeados de unas dudas éticas, temores morales y flaquezas íntimas análogos a los que se enfrentaron durante su particular cara a cara con el Mal, reconcentrado en ese médico del terror también camuflado, a su vez, bajo el disfraz de un anciano y apacible ginecólogo (buen papel del danés Jesper Christensen).

La responsabilidad y el precio de ser el brazo ejecutor.

             John Madden, realizador en continua decadencia desde su oscarizada (y más tarde denostada) Shakespeare in Love, explora con este remake del filme israelí Ha-Hov -inédito en España- las contradicciones entre la instrumentalizada memoria del héroe y la cruda realidad del espía, las tensiones entre la legitimidad o falsedad de unos elevados ideales y lo prosaico de los hechos prácticos, y la dificultad de luchar contra el mal sin alejarse del noble punto de partida para despeñarse en su poderosa y fatal atracción.

Un escenario ambiguo, orientado a desentrañar los conflictos internos de los personajes más que a mostrar la espectacularidad de sus acciones como espías que recuerda, también en su forma, al sobrio y pesimista cine de espionaje de los setenta, un poco al estilo de lo apuntado por Spielberg en la muy recomendable Munich.

            Apoyado en un reparto magnífico, en el que incluso el pétreo Sam Worthington cumple y, por su parte, brillan con luz propia la joven Jessica Chastain y la veterana Helen Mirren, encarnación de un mismo personaje –contradiciendo con éxito la cuestionable opción del maquillaje para reflejar el envejecimiento empleada por Clint Eastwood en J. Edgar-, Madden desarrolla una cinta con abundantes temas que abordar, pero entre los que destaca el claustrofóbico drama personal y (en parte) romántico de los agentes encerrados con su ansiado objetivo en un destartalado apartamento del Berlín comunista.

            A pesar de que no es particularmente intensa a la hora de expresar el origen y la naturaleza de los dilemas de sus protagonistas en medio de la misión, sí presenta con mayor acierto su deriva a la hora de afrontar una redención que es al mismo tiempo privada y la de toda una nación.

Los espías de Chastain como Worthington parecen más inclinados emocionalmente al perdón, a la necesidad del olvido y a reencontrar el valor de la vida a través del amor como principal medicina para cicatrizar heridas imborrables que a los cruentos ‘actos necesarios’ que establecen los dictados la historia y la política: la venganza helada y sangrienta que supone exhibir y sacrificar al monstruo en la plaza pública para alegría de la gente, la ley del talión para retribuir la salud y el honor de un pueblo.

             En tal enfrentamiento íntimo residen las mayores virtudes –así como alguna escena de mérito, como la del piano compartido- de una película entretenida, con una destacable ambientación –fría, desolada, deprimente- que, sin embargo, tira por la borda buena parte de sus loables sensaciones en un tramo final incoherente y rutinario, que configura una segunda oportunidad más próxima al thriller convencional y del todo ridícula.

 

Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 6,5.

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