Tag Archives: Psiquiátrico

Un método peligroso

8 Abr

“Admiro a Freud. Es un gran artista, su mitología es maravillosa y muy fuerte, pero no creo que sea una visión auténtica de la realidad.”

David Cronenberg

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Un método peligroso

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Un método peligroso

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Año: 2011.

Director: David Cronenberg.

Reparto: Michael Fassbender, Keira Knightley, Viggo Mortensen, Sarah Gadon, Vincent Cassel.

Tráiler

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            Bien conocida es la fascinación de David Cronenberg por las ideas de Sigmund Freud acerca de la psicología humana y la concordancia de éstas con la atracción que el cineasta canadiense experimenta hacia las desviaciones y patologías del interior profundo del ser humano contemporáneo, frecuentemente somatizadas en deformaciones exteriores intermediadas por la injerencia de la tecnología omnipresente. El psicoanálisis, de hecho, ha dejado una impronta evidente en su obra a través de cintas como Spider.

            Continuadora de esa línea narrativa en apariencia más clásica y realista y menos tortuosa y reconcentrada que Cronenberg encadena precisamente desde el estreno de Spider, Un método peligroso vuelve la mirada al periodo de nacimiento del psicoanálisis por medio de la indagación en los vínculos profesionales y afectivos que unen a tres investigadores decisivos en la conformación y consolidación del corpus teórico de esta ciencia: Carl Jung (Michael Fassbender), Sigmund Freud (Viggo Mortensen) y Sabina Spielrein (Keira Knightley).

Bien documentada por parte del director y guionista, Un método peligroso, realizada con una formulación estética extremadamente austera, casi académica en apariencia, se diría por momentos un instructivo simposio acerca de las posturas en constante influencia y confrontación de estos tres individuos adelantados y providenciales –así como, de manera secundaria, de otro cuarto, Otto Gross (Vincent Cassel)-, quienes desarrollan a su modo lo que podría ser perfectamente el argumento de una película aventuras. Al fin y al cabo, los protagonistas son científicos que se adentran en la frontera de lo desconocido, a tientas, escudados en la fuerza de su determinación y su talento analítico, rodeados de peligros, amenazas y traiciones.

Entrelazada a esta inmersión en la oscuridad ignota de la mente humana, Un método peligroso expone unas relaciones personales que se hallan también envueltas en una turbulenta y constante transformación –el transcurso de paciente a sanadora pasando por amante que ejerce Spielrein; la amistad y tutoría que desempeña Freud degenerada progresivamente en rivalidad científica y distanciamiento personal- y donde destacan las entonadas interpretaciones de Fassbender y Mortensen.

            Así pues, la vertiente didáctica del filme, muy interesante para cualquier aficionado a la psicología, se entrevera y equilibra con el drama que sirve este apasionado triángulo psicológico-sentimental y el cual, en contraste con las contradictoriamente bucólicas y soleadas Zurich y Viena, pero en consecuencia con la inestabilidad afectiva y científica que se cierne sobre los personajes, posee latentes unas terribles y enfermizas sombras –la sexualidad y el deseo carnal en contraste con las represiones sociales, el ego y la notoriedad, la morbidez, la deformación de los lazos familiares,…- que, una vez más, conectan con la sensibilidad de Cronenberg y sintetizan en la práctica las hipótesis atesoradas sobre el terreno por esta revolución en ciernes de la cura mental (e incluso la liberación íntima) mediante el poder palabra.

            Es decir, como si de una inversión temporal se tratase, Un método peligroso presenta un melodrama de época que esconde, larvadas en su seno, a punto de reventar, esparcirse y sumergir en la noche a ese bucólico escenario centroeuropeo –¿la peste a la que alude Freud a su llegada a América?-, las pulsiones fantásticas y aberrantes que Cronenberg había vertido en gran parte de su filmografía precedente.

 

Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota del blog: 7,5.

Regeneration

4 May

Originalmente, para la sección DVD de Cinearchivo.

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La faute à Voltaire

1 Feb

“Lo que más me emociona es ver una película en la que el autor intenta hablar de algo que le importa mucho, que tiene significado para él, que se implica tanto.”

Al Pacino

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La faute à Voltaire

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La faute à Voltaire.

Año: 2000.

Director: Abdellatif Kechiche.

Reparto: Sami Bouajila, Élodie Bouchez, Bruno Lochet, Aure Atika, Olivier Lostau, Virginie Darmon, Carole Franck.

Tráiler

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            Le faute à Voltaire suponía en el año 2000 el debut como director y guionista del hasta entonces actor Abdellatif Kechiche, nacido en Túnez y emigrado a Francia durante su infancia.

            Para su primera película, así como en sus dos siguientes obras, Kechiche encontrará la fuente de inspiración en una temática firmemente enraizada con su propia vida: las experiencias de los inmigrantes norafricanos en la Francia de la Libertad, Igualdad y Fraternidad y cabeza del progreso económico y social europeo. En este caso, el protagonista será un joven tunecino, inmigrante sin papeles, que busca abrirse un hueco entre la prosperidad y la magnificencia de París, tierra prometida.

            Más que en la problemática supervivencia económica y legal -decisiva en el transcurso del relato, aunque apenas esbozada-, los capítulos de este retrato naturalista de adaptación y conexión entre el recién llegado y su nuevo país de residencia transcurren a través de sus relaciones personales, entre las cuales destaca, por su puesto, su encuentro con el bello sexo. El proceso de integración es arduo, lleno de vaivenes y reveses pero no obstante posible, al igual que sucedería con cualquier conquista amorosa.

Iluminada por un aparente optimismo y entusiasmo que a la postre servirá para lanzar una afilada pulla contra estos nobles y maltratados principios que esgrime Francia en su lema nacional, en Le faute à Voltaire (“La culpa la tiene Voltaire”) destaca la habilidad de Kechiche -apoyado en un muy bien dirigido elenco donde Sami Bouajila realiza un excelente trabajo en el papel principal-, para hacer creíbles a personajes y situaciones, si bien es cierto que el segmento del manicomio resulta menos inspirado y la interpretación de Élodie Bouchez tiende a atravesar unos cuantos lugares comunes.

            Esa difícil y compleja mezcolanza de verosimilitud y emoción, asentada sobre la lograda capacidad de identificación del espectador con las vivencias del protagonista, es la que marca la pista a seguir de un autor tan solo consagrado definitivamente a nivel internacional gracias a su reciente y magnífica La vida de Adèle, Palma de Oro en el festival de Cannes, por lo general afectado hasta entonces por frecuentes problemas de distribución en nuestro país: ni el presente filme ni la posterior Vénus noire (Venus negra) llegarían a estrenarse en las salas españolas, mientras que Cuscús lo haría con dos años de retraso.

 

Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,1.

Nota del blog: 7,5.

Camille Claudel 1915

25 Nov

“En mis películas no hay grande movimientos de cámara ni puntos de vista destinados a demostrar que soy un director de cine. En Europa, un director puede tomarse todo el tiempo del mundo para crear una atmósfera, y meter un montón de escenas de nubes que se disuelven; pero el público americano, si les muestras las nubes por segunda vez, espera ver entre ellas un aeroplano”

Billy Wilder

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Camille Claudel 1915

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Camille Claudel 1915.

Año: 2013.

Director: Bruno Dumont.

Reparto: Juliette Binoche, Jean-Luc Vincent.

Tráiler

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           Sostenía Harold Bloom, una de las figuras fundamentales de la crítica contemporánea, que el placer estético emanaba del dolor de renunciar a placeres cómodos en favor de otros más difíciles. Si bien concuerdo en que todo aprendizaje cultural requiere una carga de esfuerzo a la postre gratificante y que además acepto sin prejuicio propuestas desafiantes por su heterodoxia –tengo en gran estima el cine de Bergman y Tarkovsky, aunque por el contrario tiendo a repudiar las obras de Godard y Antonioni-, también conservo un saludable escepticismo a la hora de abordar películas cuya mayor virtud parezca residir en su simple exigencia, establecida como postura de autoría y contestación frente a las corrientes dominantes del cine de cuño popular.

           Camille Claudel 1915 no es una película destinada al gran público, ni lo pretende. Testimonio de unas escasas jornadas del internamiento de la escultora francesa en el sanatorio mental donde permanecería hasta su muerte, la película apuesta por minimizar al límite de lo conceptual la acción del libreto, aproximándose con ello a la pura abstracción, para tratar de escribir con la máxima crudeza la crónica emocional de una mujer atormentada hasta la psicosis por el tradicional sometimiento y reclusión de la mujer dentro de las estructuras propias de la patriarcal sociedad occidental, manifestadas por medio de las heridas sangrantes de la frustración amorosa –desencadenada por su maestro y rival Auguste Rodin– y el destemplado repudio familiar como causa de un encierro que no comprende ni acepta –vertiente cristalizada en la figura de su hermano, el literato Paul Claudel, enfervorecido por una reciente epifanía religiosa-.

Elementos de anulación individual ante los cuales la artista tan solo encuentra como posible punto de fuga la negación misma de su personalidad. Es decir, la devastadora renuncia a su potencial creador.

            Es por tanto una propuesta que no narra, sino que se limita a observar desde una desnudez extrema –aderezada empero con un pronunciado refinamiento estético en la composición y el cromatismo del plano, expresión del estado íntimo y mental de Claudel-, combinado con otros rasgos naturalistas que competen a la participación en el reparto de personas con discapacidad psíquica, una herramienta más para el dibujo del grotesco paisaje humano y dramático del filme pero que, al mismo tiempo, supone una elección problemática que da lugar a decisiones de cuestionable ética –un extensísimo primer plano que se deleita con el rostro deformado de una residente; que uno de los escasos momentos de concesión a situaciones más asequibles para la sensibilidad del espectador común consista en una versión de Don Juan interpretada con lógica dificultad por los pacientes del centro-.

            Posiblemente la naturaleza de la propuesta sea legítima. Sus resultados, a mi entender, no justifican en cambio su desmedida exigencia. Bruno Dumont, uno de los últimos e irreductibles estandartes de la autoría en el cine francés, construye el filme sobre un estilo contemplativo hasta lo agotador y una aspereza que bordea la crueldad física y psicológica sin que, en compensación, esta agonía se traduzca en la excelencia bien en cuanto a la hipnosis del espectador para su inmersión profunda en las fronteras del infierno de la locura por las que transita la protagonista -una por otro lado mayúscula Juliette Binoche, que despliega con asombrosa precisión toda una gama de recursos y matices gestuales ora delicados, ora explosivos-, bien en cuanto a la transmisión del inabarcable cúmulo de sentimientos que atenazan y descomponen la humanidad de la infortunada genio.

Más aún, dada su función de extenuante agente distanciador, tiende a suceder lo contrario.

De igual modo, el retrato contrapuesto de Paul Claudel, en permanente éxtasis religioso, destinado a ofrecer la otra cara de la moneda con la que comparar y debatir la enajenación de su hermana, es fallido por su evidente superficialidad, evidenciada desde su burda presentación.

            Con Camille Claudel 1915, Dumont se limita a marcar de nuevo el territorio. Una exhibición de personalidad en realidad más cercana a lo gratuito que al verdadero riesgo artístico y, desde luego, a lo audaz y acertado.

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Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota del blog: 4.

Sucker Punch

14 Mar

“En Hollywood hay mucho miedo. Miedo a no ser el actor más guapo, miedo a que no te produzcan una película. Todo eso hace que el cine que se hace en Hollywood sea un cine para idiotas y adolescentes.”

Tim Robbins

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Sucker Punch

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Sucker Punch

Año: 2011.

Director: Zach Snyder.

Reparto: Emily Browning, Abbie Cornish, Jena Malone, Vanessa Hudgens, Jamie Chung, Oscar Isaac, Carla Gugino, Jon Hamm, Scott Glenn.

Tráiler

 

 

            Da lo mismo los personajes, el contexto argumental o la ambientación. Para Zach Snyder, uno de los directores de mayor éxito del nuevo milenio, el mundo es un escenario claustrofóbico y tétrico en el que se dirime el conflicto entre conceptos antitéticos y excluyentes, entre el Bien y el Mal.

Da igual que se trate de un centro comercial asediado por muertos vivientes (Amanecer de los muertos, que, pese a su espectacularidad, se sustentaba sobre un fondo más conservador y envejecido que su original, casi cuatro décadas anterior), que la historia transcurra en los agrestes parajes de la Lacedemonia de las Guerras Médicas (300, un competente entretenimiento a condición de que en absoluto fuera tomado en serio, dado su carácter desvergonzadamente fascista), que sea una aventura iniciática y una alegoría precisamente antitotalitaria protagonizada por búhos (Ga’Hoole).

Prueba de ello es que Snyder haya sido finalmente el elegido para la recuperación de Superman en El hombre de acero: el superhéroe de una pieza, el superhéroe de los superhéroes.

Tan solo cabe apreciar cierta difuminación de esta constante en la ucronía, también superheróica, propuesta en Watchmen, una nueva inmersión en el cómic que daría lugar a una cinta despellejada por los fans de la obra de Alan Moore y a una película más que interesante desde mi opinión personal, ajena a su sustrato literario.

              Sucker Punch, por tanto, es más de lo mismo, pero con una doble ración de los vicios y defectos hacia los que, en otras ocasiones, se había hecho la vista gorda merced a la diversión sin aspiraciones que proporcionaba la inanidad del producto.

Como en Ga’Hoole, en la base del argumento -escrito por primera vez por Snyder, bastante tontorrón en su desarrollo por lo general-, se encuentran las premisas del cuento clásico.

Así, una joven, frágil e indefensa huérfana, encerrada injustamente en un manicomio, ha de sobreponerse y sobrevivir a la hostil realidad por medio de la superación de obstáculos dentro de una parábola fantasiosa: un viaje interior de aprendizaje a través de un mundo alternativo e imaginario, representación metafórica de los inadmisibles horrores extraídos de su verdadera vida –la muerte de los padres y la hermana, la codicia de los familiares, la ausencia de vínculos afectivos, el desamparo frente a un entorno inhóspito-.

              Un cuento en el que, al mismo tiempo, el libidinoso protagonismo (puro artificio, mojigatería plastificada en realidad) de un florido reparto de chicas monas, guerreras y amohinadas –algunas estrellas infantiles de la Disney, como la popular Vanessa Hudgens- sirve para ejemplificar una vez más la piedra angular del enfurruñado cine juvenil de la última década: el reflejo con formas épicas de la insoportable, desgarrada e incomprendida tragedia de ser adolescente.

Que los personajes de Sucker Punch anden supuestamente en la veintena no es más que el viejo truco publicitario de poner en pantalla actores y actrices un lustro mayores que el rango de edad en el que pretende impactar el producto promocionado.

              En un tono acorde con la mediocridad del relato, Snyder se encarga de dotar de un supuesto toque de contemporaneidad a ese esqueleto tradicional del relato barnizándolo todo con alegre profusión con la estética tecno-tebeística de 300, lo que incluye una selección musical a juego de lo más irritante y una puesta en escena desopilante, rebuscada y agresivamente hortera, caracterizada por el horror vacui vía ordenador y los imposibles y mareantes movimientos de cámara.

Así pues, esta premisa inicial de la imaginación como herramienta con la que hacer frente a los terrores cotidianos de la existencia queda en mera anécdota en favor del delirio digital de ese nuevo mundo erigido a golpe de efectos especiales, presuntamente creativo y organizado con estructura de videojuego: cada paso de la aventura es un escenario de batalla cada vez más difícil, en el que el realizador estadounidense saquea sin pudor corrientes de moda en el cine contemporáneo, como el misticismo oriental con samurai femenino, el steampunk, la fantasía medieval o la ciencia ficción robótica.

              El resultado, todo abotargamiento y repetición, exaspera y aburre con ensañamiento, a excepción de los escasos momentos en los cuales la técnica de anulación de consciencia mediante el bombardeo de mil planos por minuto envueltos una turbia y horrenda fotografía es capaz de dejar liso como una tabla el encefalograma del espectador.

Inaguantable.

 

Nota IMDB: 6,1.

Nota FilmAffinity: 5,4.

Nota del blog: 1.

El expreso de medianoche

24 Ene

“¡Joey! ¿Has estado alguna vez en una prisión turca?”

Comandante Clarence Cambio (Aterriza como puedas)

 

 

El expreso de medianoche

 

El expreso de medianoche

Año: 1978.

Director: Alan Parker.

Reparto: Brad Davis, Paul L. Smith, John Hurt, Randy Quaid, Paolo Bonacelli, Norbert Weisser, Irene Miracle.

Filme

 

 

             Soy un fugitivo, la película que asienta los fundamentos del género carcelario por completo, arrojaba sin paños calientes, ya en los años treinta, una tesis crítica y tremendamente pesimista frente al sistema penitenciario estadounidense en particular, occidental por extensión: las presuntas intenciones de rehabilitación promovidas desde una sociedad racional y humanitaria no son sino la mascarada tras la que se esconde un régimen destinado a ocultar los elementos incómodos de la misma relegándolos a un pequeño infierno -imagen última de la injusticia del sistema y sucio espejo de la vida dejada en el exterior- donde la redención, no digamos ya la deseable restitución de los valores éticos y morales, es del todo imposible.

Tan solo cabe la degradación del ser humano, sometido a la tortura del cuerpo y del espíritu en una desesperación sin fin.

              Imitado, revisado, modificado y deformado hasta la saciedad, el género carcelario aún conservaba desafortunadamente vívido y creíble décadas después ese helado pavor hacia la caída en un infierno en la tierra cercano y real, destinado, para mayor crueldad e inquietud, a falsos culpables o individuos que, inmersos en la deriva de su existencia, toman temporalmente un camino errado.

             El éxito reciente de su libro de memorias, así como la sugestión de encuadrar la prisión en un terreno desconocido para el público donde sea posible imaginar pérfidos y originales horrores recreándose en el todavía mayor desamparo del protagonista –como Papillon, pero además contemporánea- y con la comodidad añadida de no volcar la culpa hacia la propia sociedad, convertían a El expreso de medianoche, el relato de las experiencias en una prisión turca del norteamericano Billy Hayes producto de una condena por tráfico de drogas, en un diamante en bruto para el cine.

             El británico Alan Parker tomaba las riendas de la adaptación en un intento de dejar atrás el cine centrado en la infancia que hasta entonces había realizado. Y el cambio, por supuesto, no podía ser más radical.

Rodada por motivos obvios en escenarios malteses y con reparto fundamentalmente angloparlante e italiano, El expreso de medianoche viaja a la descomposición absoluta de un individuo atrapado entre la propia estupidez e inconsciencia –derivada de la atracción por el dinero y el placer fácil al que daría acceso el nimio contrabando de dos kilos de grifa-, los daños colaterales de las estrategias de alta política y, sobre todo, por un país corrupto y carente de toda moral, retrato flagrantemente deformado –tal y como reconocería el mismo Hayes- del pueblo turco.

Feos, guarros y mezquinos, Parker muestra con delectación el truculento barbarismo que campa a sus anchas en el microcosmos de la prisión de Sağmalcilar, dura prueba para la resistencia de la humanidad de su protagonista, apoyado a modo de frágiles muletas en la amistad y la escasa esperanza que emana de una improbable opción de fuga, ‘el expreso de medianoche’ en el argot carcelario.

             No obstante, este burdo, malintencionado y cobarde escenario –repetimos, es bastante más fácil apuntar hacia otro que hacia uno mismo- no es óbice para que el realizador londinense ofrezca un filme que sabe mantener la atmósfera, la tensión y el ritmo siguiendo los patrones tradicionales del género, manejando con soltura los sentimientos del protagonista (buen trabajo de Brad Davis, en la línea de un acoplado reparto) y del espectador identificado con él, adscrito incluso a su extremo sentimiento de furia, del todo justificado desde los resortes dispuestos por ese planteamiento maniqueo de base que ofrece el libreto de un joven Oliver Stone, mitigado o directamente inexistente en el relato original de Hayes.

La película transmite con notable intensidad el miedo del convicto, su angustia, sus tibias ilusiones y su desesperanza, y uno logra sentir compasión hacia este niño bonito americano encerrado en el agujero más oscuro y pestilente de un país abyecto y brutal, víctima un calvario insoportable para cualquier humano.

            Lo malo es que, como demuestra la cita del legendario Comandante Cambio y otras mil y una referencias en literatura, cine y televisión, esta imagen de Turquía tuvo un enorme calado en la cultura popular. De hecho, a pesar de que Billy Hayes regresó recientemente a Estambul para disculparse por los daños causados, el temor al sistema judicial y las cárceles otomanas todavía sigue figurando entre los principales motivos de preocupación para el turista estadounidense que visita el país euroasiático.

 

Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,8.

Nota del blog: 7.

Bronson

30 Mar

“¡Voy a empezar a partir cuellos! ¡Soy el rey de los secuestradores! ¡Quiero un avión que me lleve hasta Cuba, dos ametralladoras Uzi, 5000 balas y un hacha!”

Michael Peterson, alias Charles Bronson

 

 

Bronson

 

Año: 2009.

Director: Nicolas Winding Refn.

Reparto: Tom Hardy, Matt King, Juliet Oldfield, Jonny Phillips.

Tráiler

 

 

           Comentaba Santiago Segurola en la Gazzetta dello Sport que la fascinación que provoca y, por ende, el poder de José Mourinho emanaba de unos medios de comunicación siempre predispuestos a fabricar ídolos de masas a partir de actitudes ególatras y contaminantes pero estruendosas y llamativas. La agitación como mensaje; arrancar la emoción, da igual si buena o mala, como fin.

Nada más lejos de mi intención comparar al estratega de Setúbal con el delincuente más famoso del Reino Unido. Pero este ejemplo supone una pequeña muestra de lo que, sobredimensionado, puede dar de sí una sociedad que acostumbra por norma a repudiar lo exigente y, con ello, frecuentemente, lo intelectual, lo sutil o lo original.

Tampoco pretende esto ser un alegato intelectualoide sobre los vicios y males contemporáneos. En mi opinión, es esta una actitud inherente al ser humano, cuyo estado natural es la tendencia infraesfuerzo como medio de maximizar los recursos vitales, tanto a la hora de proveerse alimentos como para un ocio que acepta de buen grado cualquier cosa que se le eche gratuitamente.

Sin embargo, el conformismo y el todo vale que propone la espectacularización mediática del vacío y la mediocridad en esta cultura del entretenimiento produce monstruos. Ya reflexionaba sobre ello Oliver Stone, con todos sus excesos y defectos, en Asesinos natos.

Pero metámonos en harina.

            Michael Peterson, criminal ultraviolento británico, decidió cumplir su sueño de ser un bufón de la sociedad de su tiempo. Como esta figura cortesana, Peterson es un ser deforme –en lo moral, más que en lo físico-, que despierta tanta repulsa como morbosa intriga. Representa la seducción de lo extraño o lo malvado, la llamada de un animal que todo el mundo carga en su más profundo interior, sometido a las cadenas del civismo, la ética y la razón, pero que aún clama, quedamente o a gritos, según cada cual, por ser liberado.

Bronson, película que recoge en el título su seudónimo, adoptado de sus tiempos de boxeador en peleas clandestinas e inspirado en el pétreo actor americano, presenta a la estrella desde el punto de vista de la estrella. Un recorrido a modo de epopeya operística por las aventuras y desventuras de un ser marginal nacido y crecido para el disfrute de los muchos. Un payaso nihilista, divertido y trágico.

           Por supuesto, durante el visionado acuden reminiscencias de Chopper, cinta australiana que parte del mismo punto de origen, estructura e intenciones, donde la figura de Mark Brandon Read, también dueño de la coletilla “el criminal más sanguinario de”, cobraba visos de trasnochado héroe del pueblo y referente socio-cultural de apocalíptico fin de milenio.

           No obstante, la primera aventura internacional del prometedor realizador danés Nicolas Winding Refn, se aboca a la incontinencia de su personaje. El dominio de la técnica que luce su director lega imágenes y secuencias poderosas, si bien acaba por caer en demasiadas ocasiones en el esteticismo gratuito, mientras que el relato parece someterse casi en todo momento a un segundo plano.

La mente alucinada de Bronson –interpretado por un Tom Hardy todo voluntad-, sin duda lejos de ser un ejemplo de coherencia, da lugar a una película a ratos surrealista, a ratos grotesca y cómica, a ratos eléctrica y terrible, pero sobre todo irregular y excesiva, hasta aburrida por puro agotamiento. Quizás como el mismo protagonista.

Desperdiciada.

 

Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota del blog: 4,5.

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