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Una aventura en Macao

16 May

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Año: 1952.

Director: Josef von Sternberg.

Reparto: Robert Mitchum, Jane Russell, William Bendix, Brad Dexter, Gloria Grahame, Thomas Gomez, Philip Ahn, Vladimir Sokoloff, Don Zelaya.

Tráiler

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          Al cine siempre le han sido gratas las localizaciones ambiental y sexualmente calurosas, ya que exaltan las pasiones. Principalmente, claro, las denominadas bajas pasiones. También sitúan al espectador en un contexto exótico, fascinante e inquietante a partes iguales, donde la amenaza parece ir indisociablemente unida a ese mismo bochorno. Una aventura en Macao -o Una aventurera en Macao, depende del cartel- escoge como escenario la entonces colonia portuguesa en China; un lugar que, al igual que la Casablanca del clásico, emerge como un oasis amoral y alegal, refugio de desclasados, forajidos y buscafortunas. Sin embargo, ya no hay una Segunda Guerra Mundial de fondo que los pueda redimir.

          Aunque el director titular de la cinta es un ya veterano Josef von Sternberg -esta sería el antepenúltimo filme acreditado del vienés y el último vinculado a la industria de Hollywood-, el jefe de producción de la RKO terminarían pidiéndole a Nicholas Ray que realizara unas cuantas escenas que pusieran un poco de orden en la narración, según recordará posteriormente el guionista Walter Newman. Algunas de ellas estarían escritas, de hecho, por Robert Mitchum, protagonista de la cinta junto a Jane Russell.

Y aun así, lo cierto es que, tal y como intuían desde la productora, el libreto es uno de los grandes lastres de Una aventura en Macao, quizás porque el mandamás Howard Hughes estaba más interesado en controlar el vestuario de su voluptuosa estrella femenina -cuyos pechos le habían obsesionado célebremente en El forajido– y porque el set de rodaje se había convertido en una lucha de poderes entre las maneras totalitarias de Von Sternberg hacia el reparto y el equipo y la canallesca indolente de Mitchum.

          En consecuencia, a pesar de que la cínica buscavidas que interpreta Russell goza de sonoras líneas de diálogo, se perciben serias lagunas en la trama criminal y en la construcción y motivación de los personajes -el de Gloria Grahame es un ejemplo palmario de esta falta de dibujo, cuestión que no podría siquiera arreglar su marido Ray-. Demasiadas como para que Una aventura en Macao se sostenga adecuadamente en pie.

En cualquier caso, se agradece cierta textura brumosa y sombría en los fotogramas, y la confrontación carnal que, bajo la molicie de los vapores de este presunto trópico de estudio, se establece entre Mitchum y Russell.

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Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 5,5.

Porto

16 Oct

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Año: 2016.

Director: Gabe Klinger.

Reparto: Anton Yelchin, Lucie Lucas, Paulo Calatré, François Lebrun.

Tráiler

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          Porto, en principio, iba a ser una película ambientada en Atenas. Probablemente, las ruinas clásicas de la capital griega podrían estimular la idea de la eternidad del amor, y de su valor como esencia fundamental de la humanidad, de la vida, a través de un simbolismo semejante al que empleaba Roberto Rossellini con los cuerpos petrificados de Pompeya en Te querré siempre. No obstante, los avatares de la producción trasladarían el escenario de rodaje a las calles de Oporto. Escoger la melancolía hermosa y apagada del país de la saudade tampoco semeja una mala opción para ambientar la historia de un breve encuentro que, sin embargo, condiciona el tiempo presente, futuro e incluso pasado de sus protagonistas.

          Por medio de la fragmentación de la linea temporal de la narración -distribuida en tres capítulos rashomonianos y también troceada y recompuesta desordenadamente en cada uno de ellos-, Porto consigue trazar esta citada sensación de eternidad romántica, de su influencia total y absoluta en el curso la existencia humana, como un círculo inagotable e irrompible. De tal modo, el director y guionista Gabe Klinger presenta la reunión maravillosa, prácticamente predestinada, de dos almas solitarias albergadas por dos seres rotos, gemelos complementarios. Y, en paralelo, confronta este descubrimiento ideal con el camino pretérito y venidero que han recorrido y recorrerán ambos alejándose del trastornador centro de gravedad que supone este instante mágico, decisivo y breve.

Con ello, aun en sus momentos de luminosidad, la película consigue desprender multitud de emociones encontradas -el amor realizador, la esperanza de vislumbrar al fin el sentido de la existencia, las frustrantes represiones de las circunstancias, la angustia ante la incapacidad de controlar plenamente la propia vida, la desesperación ante la pérdida…-. En cierta manera, su felicidad recuerda a la conmovida alegría, ya bañada por la tristeza de la pérdida inexorable, que Lou Reed imprimía en Perfect Day. También, por supuesto, se rastrea la pista de otros breves encuentros del cine, como la referencial obra de David Lean y, en especial, al clásico moderno Antes del amanecer, de Richard Linklater, foco de atención del cineasta brasileño en su anterior documental Double Play: James Benning and Richard Linklater y uno de los nombres que aparecen listados en los agradecimientos, junto a otros modelos de inspiración como Chantal Akerman o Manoel de Oliveira.

          Klinger, a pesar de sus evidentes deudas, consigue mantener una personalidad propia dentro de este romance sublimado -y hasta con toques oníricos-, despegado del sencillo realismo con el que el director texano capturaba su emocionante y a priori fugaz idilio perfecto de Jesse y Céline sobre las aceras de Viena -de nuevo la vieja y romántica Europa-. La fotografía queda dominada por un filtro nostálgico, de colores crepusculares y textura vintage. Aunque en ocasiones cercana al ejercicio de estilo de un director debutante con afán de exhibir talento -lo que resta emoción natural-, la cámara del brasileño permanece atenta a rincones marginales y pequeños lugares, fracciones desgajadas de la postal y de un retrato personal que se irá completando y adquiriendo pleno sentido a medida que se exponen las piezas del puzzle, siempre a la par de la colisión afectiva de Mati y Jake. Un choque que, en su último tercio, en el que parece plantearse una exposición un tanto más objetiva, se construye ya con una gramática y una estética más sobrias.

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Nota IMDB: 6,3.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota del blog: 7,5.

Fuga sin fin

20 Ene

“Al final, el mundo viejo sucumbe a la vitalidad del mundo nuevo, como debe ser.”

Omero Antonutti

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Fuga sin fin

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Fuga sin fin

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Año: 1971.

Director: Richard Fleischer.

Reparto: George C. Scott, Tony Musante, Trish van Devere, Colleen Dewhurst, Aldo Sambrell.

Tráiler

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           En realidad, tampoco importan demasiado las (escasas) variables argumentales que posee ese subgénero de criminales rocosos, honestos y sobre todo crepusculares que, desde el fin cierto de sus días, se abocan a tumba abierta a la última de sus correrías. Es una vertiente firmemente pautada, con unos códigos y una liturgia muy delimitada que condiciona de manera inexorable un relato que por lo general se fundamenta en la combinación, en distintos grados, de fatalismo y tempus fugit.

Y aun así, a pesar de esta reconocible previsibilidad, es éste uno de los rincones del cine que un servidor disfruta con mayor fruición. El porqué, probablemente, se encuentre así en la potencia del lirismo elegíaco que se logre imprimir en los fotogramas, la melancolía exudada por el antihéroe agotado y por el combate entre su escepticismo de superviviente y la postrera llama de furia o pasión que, de improviso, le devuelve a la contorsionada dimensión de los vivos.

           De título evocador, Fuga sin fin es una nueva revisión de este universo terminal, puro melodrama masculino que bien vale tanto para el western –al fin y al cabo también raíz de la estructura de road movie que posee la presente cinta- como para el noir. Asimismo, su protagonista es un conductor especializado, el más zen de los delincuentes marginales, condenados a cobrarse en B el sueño americano vetado para la mayoría de nosotros -y sí, la vigencia de su mística atraviesa las décadas para encontrarse recientemente en Drive, reflejo en charcos nocturnos y neón de precedentes casi homónimos como Driver-. Como le iluminará la jovencita en el asiento de copiloto, más vale escapar constantemente de la autoridad y de los gánsteres que languidecer a lo largo de otra penosa huida: a la que someten los poderes establecidos –el banco, las facturas, el trabajo, el consumismo- al individuo común.

Si no hay nada que perder, por qué no intentarlo todo una última vez, por más que se marche a combatir contra espejismos improbables –la forma en la que entrega el dinero a su confidente, en la que quema la foto y acomete sus rituales de preparación-.

           El filme conjuga con acierto la elocuente dirección de un artesano dotado como Richard Fleischer –sustituto de John Huston, que abandonó el proyecto por diferencias artísticas con George C. Scott-, una cuidada factura estética –fotografía de Sven Nykvist, banda sonora de Jerry Goldsmithy un guion dueño de una notable ración de frases afiladas y expresivas; todo ello condensado en el rostro de Scott, que aúna en sus hombros el vigor de su pasado criminal y, en sus arrugas, la decepción de un matrimonio hundido y el desgarro de un hijo enterrado.

Aquí, la sempiterna oportunidad de redención para este hombre retirado en el apacible Algarve portugués, lugar donde no pertenece por mucho que lo intente, proviene precisamente de la oportunidad de cerrar estas heridas a partir de un tardío regreso al trabajo –transportar a un preso fugado desde el sur de España hasta la frontera francesa- y de las vicisitudes derivadas de la misión –la inmadurez de este joven que sueña con los grandes gánsteres de los años treinta; el atractivo de la mujer que lo acompaña-.

           De esta forma, la inmersión en la agonía espiritual del conductor, su dignidad inquebrantable y los fulgores de esta resurrección insospechada, concitan el interés de una propuesta donde Scott se halla bien acompañado de Tony Musante y de Trish van Devere, una atípica femme fatale que agrega a su encanto físico una profunda comprensión de la psicología humana. Para el temperamental actor, que accedió a interpretar el papel principal porque le recordaba a las viejas películas de Humphrey Bogart, el proyecto supondrá el salto entre su matrimonio con Colleen Dewhurst –que encarna aquí a la prostituta de buen corazón, el amor melancólico entre desclasados e iguales- y Van Devere, con quien luego compartirá reparto en unas cuantas películas, como El día del delfín, The Savage is Loose o Al final de la escalera

           El vibrante existencialismo de Fuga sin fin, encadenado al rumor del motor de un BMW 506 convertible de 1957, palpita en verbos e imágenes y se funde con el desencanto característico del thriller de los setenta, sin caer además en las tentaciones espurias de una ambientación extranjera caricaturesca –con bastante elegancia dentro de lo exigible, tratándose de territorio ibérico-.

Sobria y doliente, concisa y estilizada a su modo, Fuga sin fin es un pedazo de cine jugoso y con personalidad, disfrutable sin reparo alguno.

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Nota IMDB: 6,4.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 7,5.

Tabú

12 Ene

“La memoria es el deseo satisfecho.”

Carlos Fuentes

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Tabú

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Tabú.

Año: 2012.

Director: Miguel Gomes.

Reparto: Teresa Madruga, Laura Soveral, Isabel Muñoz Cardoso, Henrique Espírito Santo, Ana Moreira, Carlotto Cota, Ivo Müller, Manuel Mesquita.

Tráiler

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            Miguel Gomes es una de las voces más relevantes del nuevo cine portugués, alumbrada al abrigo de los festivales y con escaso predicamento en las salas generalistas, incluidas las de su propio país de origen. Tabú, celebrado premio FIPRESCI en el festival de Berlín, apenas lograría superar los 20.000 espectadores en Portugal.

            De tono apesadumbrado y melancólico hasta en su fotografía en blanco y negro, plasmación de la idiosincrática y tópica ‘saudade’ del país atlántico, Tabú propone un díptico donde una fábula de desesperados ecos románticos oficiará como apertura. Tras ella, el presente frío, desolado y agonizante, parece tratar de reencontrar cierto calor perdido en el pasado, identificado con la idealizada y decadente grandeza del colonialismo africano.

La figura de una anciana atendida por una hierática e indiferente criada negra y acuciada por la demencia, los efectos de haber dilapidado de su antigua fortuna y la negación de cariño de sus seres queridos -¿alegoría de la propia Portugal?-, ejerce de bisagra entre ambos relatos, cuya conexión anímica y temática cuesta trabajo establecer a causa de su innegociable hermetismo.

            En su primera mitad, protagonizada por una mujer, vecina de la anterior, la narración, impresa con una cadencia ensimismada y parsimoniosa hasta lo desafiante, desgrana el leve absurdo cotidiano de una vida sin arraigo y que se limita simplemente a transitar. O eso quiere entrever uno para justificar al menos su lánguida y dilatada hora de metraje.

El encuentro con un hombre que surge desde su confinamiento en una residencia mental para arrojar luz sobre la personalidad de la finada, cercana y desconocida, da paso a la evocación de ese pasado quizás real, quizás fantasioso; sin duda tan turbado por delirios, anhelos y espejismos románticos como en puridad lo está cualquier memoria colectiva sobre la historia pretérita, igual de falaz e impostada que la selva de plástico en la que tiene lugar este acto de recreación mediante el recuerdo.

            Esta evocación del paraíso mitificado, descrita toda ella en voz en off, con un registro sonoro que se reduce a la intrusión puntual del sonido ambiente y la intromisión de un par de canciones, sin espacio siquiera para el diálogo –el cual precisaría de unas señas de realismo contradictorias con el espíritu del segmento-, consigue gracias a su mayor intensidad y poder de sugerencia alegrar los resultados de una obra interesante y de firmes vocaciones autorales que se manifiestan en su atrevida intención de ensayo acerca de las formas, modos y significados del discurso cinematográfico, aunque por ello mismo también pretenciosa y caprichosamente poco asequible.

 

Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 6.

Juventud en marcha

16 Nov

“La imagen, ya sea fotográfica o cinematográfica, siempre refleja un sentido de pérdida, una cierta lucha contra la desaparición de las apariencias. Al hacer una foto o al rodar una película lo que se intenta es capturar el momento, porque aquello que está delante de la cámara se va a transformar o se va a ir inmediatamente después.”

Atom Egoyan

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Juventud en marcha

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Juventud en marcha.

Año: 2006.

Director: Pedro Costa.

Reparto: Ventura, Vanda Duarte, Beatriz Duarte, Gustavo Sumpta, Alberto ‘Lento’ Barros, Cila Cardoso, Isabel Cardoso.

Tráiler

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            Hay películas que no narran, sino que simplemente suceden. Juventud en marcha, por ejemplo, es una cinta que minimiza su argumento dramático para transitar sin ataduras por el arrabal lisboeta de Fontinhas capturando su realidad física y emocional, amalgamadas en un todo único por medio de la realización de Pedro Costa, la cual encuentra sustento en extensísimos planos fijos que condensan el sentimiento y el lirismo escondidos entre la prosa más cruda y cotidiana por medio del juego con la composición geométrica, la luz, la sombra, el color y la textura del escenario.

            Juventud en marcha es el retorno de Costa -autor dentro de una cinematografía, la portuguesa, en muchos casos oculta por la sombra del inmortal gigante Manoel de Oliveira– a un espacio auténtico pero consumido por la miseria y que ya había explorado en sus anteriores Ossos y En el cuarto de Vanda -personaje este que precisamente, ya rehabilitado de la droga y mudado a un aséptico piso de protección oficial, pasa a ser uno de los rostros secundarios de la presente obra-. Se configura entonces un tríptico íntimo que, en su conjunto, permite destilar gota a gota el paso del tiempo, inaprensible e inapelable.

En este capítulo, será Ventura, un anciano caboverdiano en busca de su dispersa prole –literal o figurada- y con unas lejanas intenciones de progreso en torno a uno de esos luminosos apartamentos estatales, quien ejerza de errático y espectral cicerone del espectador a través del depauperado Fontinhas.

            Dadas las particulares características que esgrime Juventud en marcha, conviene dejarse llevar por su atmósfera etérea y envolvente para disfrutar de su propuesta, en la que se advierten ecos de Yasujirô Ozu, Robert Bresson o Michelangelo Antonioni, exagerados y fusionados con el estilo verista y las historias mínimas de José Luís Guerín y Carlos Sorín.

No lo negaremos, el ritmo estanco -el cual también parece definir el propio entorno en el que se ambienta la cinta, ni siquiera perturbado por la paulatina remodelación arquitectónica-, así como el desafiante estatismo y duración de las tomas –desde mi punto de vista gratuita en algunas ocasiones-, se erigen como dos formidables adversarios.

No obstante, el hipnotismo, la melancolía y la desesperación impregnados en los fotogramas calan poco a poco en el espectador, con delicadeza, en un proceso que bien podría simbolizar el poso que va dejando en su insistente repetición ese poema hermoso y triste, incontenible pero nunca expresado en sentido estricto, que Ventura trata de imprimir en la mente analfabeta de uno de sus compañeros de vecindario, aunque a la vez destinado también a su propio y extraviado amor.

            Como es obvio, no se trata de un filme para todos los públicos, demanda mucha predisposición, pero el atrevimiento puede ser recompensado por la contemplación de una película especial, que escapa de fórmulas y reglas para, sencillamente, suceder.

 

Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 7.

Capitanes de abril

6 May

“Tierra de fraternidad,

Grândola villa morena,

en cada rostro, igualdad,

el pueblo es quien más ordena.”

José ‘Zeca’ Afonso (Grândola, Vila Morena)

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Capitanes de abril

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Capitanes de abril

Año: 2000.

Directora: María de Medeiros.

Reparto: Stefano Accorsi, María de Medeiros, Frédéric Pierrot, Joaquim de Almeida, Fele Martínez, Rita Durão, Manuel Manquiña.

Tráiler

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            A modo de abrupta apertura, el más abyecto horror de la guerra disparado a bocajarro contra el espectador, en crudo. Cambia el plano hacia un reloj que marca la hora y, a sus pies, un soldado se besa con incontenible fervor amoroso con una joven civil.

Una secuencia inicial que sintetiza la totalidad del filme: el final necesario de la execrable dictadura fascista fundada por Antonio Oliveira Salazar en Portugal, derrocada en 1974 por el Movimiento de Oficiales, el levantamiento del ejército luso en favor de la democracia, las libertades civiles y la pacificación de las insostenibles colonias de ultramar. Una reacción concienciada, no violenta e inapelable que de inmediato prendería con entusiasmo en la ciudadanía. Es la Revolución de los claveles.

            Consciente del signo popular del suceso, Capitanes de abril –extrañamente uno de los primeros acercamientos del cine portugués a tan importante hecho- queda organizada como una película de carácter coral, en la que hacen acto de presencia personajes históricos –el capitán Salgueiro Maia (el italiano Stefano Accorsi), lo más parecido a un protagonista, o políticos como Marcelo Caetano, entonces presidente del Consejo de Ministros- junto a otros ficcionados. Esta variedad y equilibrio de caracteres sirve para conformar un entramado global que desarrolla un sentido canto al valor y la dignidad de todo un pueblo.

Un homenaje a los partícipes de la gesta, un recordatorio necesario para los hijos y nietos de las generaciones posteriores a la misma.

            María de Medeiros, actriz, directora debutante en el largometraje, coguionista e hija de resistentes clandestinos contra el régimen salazarista, narra con buen pulso el acontecimiento capital del siglo pasado en Portugal.

Con una firme alineación moral, aunque sin tampoco sumergirse en un estudio en profundidad del proceso revolucionario, Capitanes de abril sabe captar el nerviosismo, la incontenible emoción y la decisiva relevancia del momento, el sentimiento común de un país levantado contra la arbitraria y atroz tiranía al son de Grândola, Vila Morena –recuperado ahora por cierto como grito de oposición a otro tipo de dictadura más sutil, la de las cuestionables directrices económicas de la inefable troika-.

No obstante, entre su sencillo y honesto idealismo, la película también deja detalles para la reflexión crítica en boca del apático, lúcido y por ello escéptico teniente Gervásio (Joaquim de Almeida).

            Las buenas maneras de Medeiros tras la cámara se confirman cuando mantiene un perfil bajo; es decir, cuando se limita a desarrollar el relato prescindiendo de ciertas pretensiones artísticas con deje de realizador novel, caso de unos cuantos giros de cámara innecesarios –los siempre poco estéticos movimientos circulares en torno al grupo de personajes conversando, por ejemplo-, y se apoya en la naturalidad del entonado e internacional reparto –figuran los españoles Fele Martínez y Manuel Manquiña, quien había mantenido un memorable duelo con la intérprete lisboeta durante su aventura española en Airbag-.

            Así las cosas, Capitanes de abril supone una interesante invitación a conocer uno de los episodios históricos recientes más relevantes del país vecino, parangonable y paralelo en el tiempo a la transición española.

 

Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 7.

Airbag

28 Oct

“A lo largo de mi trayectoria laboral me ha tocado hacer buenos, malos, cómicos y dramáticos. Siempre estoy abierto a participar en una comedia. Ojalá otra como Airbag.”

Karra Elejalde

 

 

Airbag

 

Año: 1996.

Director: Juanma Bajo Ulloa.

Reparto: Karra Elejalde, Fernando Guillén Cuervo, Alberto San Juan, Manuel Manquiña, María de MedeirosFrancisco Rabal, Luis Cuenca, Vicenta N’Dongo, Rosa María Sardá, Karlos Arguiñano, Albert Pla, Pilar Bardem, Santiago Segura, Raquel Meroño.

Tráiler

 

             Después de conseguir la aprobación de la crítica como uno de los valores emergentes del panorama cinematográfico español gracias a los desgarradores dramas Alas de mariposa y La madre muerta, caracterizados por su violenta soterrada, Juanma Bajo Ulloa cambiaba de registro para realizar una obra de amiguetes en la que, en compañía de Karra Elejalde -partícipe en sus anteriores proyectos y principal instigador del asunto- y Fernando Guillén Cuervo, iba a dar rienda suelta a dos horas de gamberrismo desfasado.

             Airbag es lo que es: tres compadres haciendo el cafre; tanto en la pantalla como detrás de las cámaras. La diversión es el medio y el fin de un producto que pasa por el filtro de la Iberia plurinacional una comedia enloquecida y coral llena de excesos -para bien y para mal- y en la que el “concepto” en sí tiene forma de suntuoso anillo de bodas extraviado en el culo de una exuberante profesional del sexo.

No pocos la etiquetaron como la Pulp Fiction española, hecho en el que incidía la presencia icónica de la actriz portuguesa María de Medeiros. Acertada o no la comparación, Airbag representaría en cualquier caso una Pulp Fiction cañí que se regodea en el cutrerío del Spain is different, el tópico antropológico ibérico y una retranca que abarca desde la casposidad de la despedida de soltero con putas previa al bodorrio de alta alcurnia hasta el imperecedero catetismo provinciano y los (escasos) goles de Renaldo con el Deportivo de La Coruña.

Se trata así de un spanish criminal que, en un acto de modernidad desprejuiciada, se cala la boina de lado y la complementa con modernas gafas de sol de colores para hacer sorna de todo lo que se ponga por delante –Iglesia, buena sociedad, política, diferencias autonómicas, sexo, amor, violencia, drogas,…- en un recorrido con ritmo de irregular frenesí –el metraje pierde bastante fuelle por sus extremos-, poco espacio para la finura y marcado por un componente fuertemente generacional. El protagonismo absoluto recae en esos adolescentes con DNI de adulto tan de moda en el cine del nuevo milenio que miran con desilusión en qué se ha convertido su vida y lo que aún les depara el futuro reflejado en sus propios padres, unos calzonazos dados al juego y a los prostíbulos.

             Claro que tanto descuidar el cálculo, chivo expiatorio del jolgorio, tiene sus contras y no todo funciona. No es que los personajes protagonistas de Karra Elejalde y Alberto San Juan sean el súmmum de la originalidad, pero son efectivos y se adaptan como un guante a las características de sus intérpretes, mientras que, en cambio, el personaje de Fernando Guillén Cuervo queda bastante desaborido.

No obstante, la cinta se ve con agrado, sobre todo porque sabe hacer partícipe de su desenfreno al espectador gracias a no pocos golpes humorísticos afortunados –algunas de sus frases forman parte de la educación popular de generaciones, sin ir más lejos el lema “la culpa es de los padres, que las visten como putas”-, además de por la buena exposición de los mismos merced a la firme dirección de Bajo Ulloa y la presencia de secundarios impagables, como el siempre adorable Luis Cuenca, el cocinero Karlos Arguiñano, también productor del filme y absolutamente impecable en su labor de actor; ese cura de lucidez turbia abandonado a la anarquía del inimitable y genial Albert Pla, a su vez firmante de algún tema de la banda sonora, o el inolvidable y entregado Pazos,  un ejemplo meridiano y un maestro de retórica postmoderna encarnado para la posteridad por Manuel Manquiña.

              A la postre sería el mayor éxito de taquilla de Bajo Ulloa, si bien le granjearía numerosas enemistades en la industria debido a sus poco ortodoxos métodos de financiación.

 

Nota IMDB: 6,4.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 7,5.

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