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Dos buenos tipos

28 Dic

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Año: 2016.

Director: Shane Black.

Reparto: Russell Crowe, Ryan Gosling, Angourie Rice, Kim Basinger, Matt Boomer, Margaret Qualley, Yaya DaCosta, Keith David, Beau Knapp, Jack Kilmer.

Tráiler

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            Una gloriosa playmate se hace carne y hueso ante los ojos asombrados de un adolescente pajillero. En la misma postura insinuante que en la revista que sostenía un momento antes, solo que herida de muerte y agonizante.

El Los Ángeles de Dos buenos tipos subvierte el sueño americano gracias a una sencilla introducción que, a su vez, presenta la trama que da lugar al filme: el asesinato de una serie de individuos pertenecientes a la industria californiana del porno de finales de los setenta, enredados en una trama delictiva que, herencia del cine negro tradicional, de tan enmarañada no parece tener más sentido que el de representar a una sociedad que está desquiciada mientras finge comportarse de acuerdo con las coordenadas establecidas por el sistema.

            Desde el blockbuster de apariencia comercial, Shane Black se erige en un nuevo francotirador contra el status quo, equiparable al sádico Paul Verhoeven de los años ochenta y noventa pero con un estilo más apegado a las convenciones del cine taquillero estadounidense, probablemente debido a que es un cineasta nacido y criado en el lugar. Su mejor ejemplo se encuentra en esa Iron Man 3 que, pese a ser dilapidada por los incondicionales del cómic original, arrojaba cáusticos dardos contra la política exterior del país, haciendo del villano -un trasunto indisimulado de Osama Ben Laden– una simple marioneta al servicio de los intereses espurios de la seguridad nacional, Patriotic Act mediante.

            En Dos buenos tipos todo se revela contra el prejuicio de partida. Ese que, basado en los férreos tópicos del conservadurismo rancio, protesta contra una juventud pervertida, tacha de frívolos a los concienciados antisistema y se carcajea hipócritamente de las presuntas desviaciones delimitadas por el moralismo de manual.

Este es el panorama contra el que se amotinan dos individuos marginales, desterrados del país de las oportunidades: un detective privado que carga con su hija preadolescente (Ryan Gosling) y un matón de tres al cuarto (Bud Spencer… digo Russel Crowe). Unidas sus fuerzas, protagonizan la clásica historia del primo que se subleva contra su destino natural y triunfa enfrentándose un sistema corrompido y que además juega con las cartas marcadas, favorecidos en este caso por la influencia redentora de una jovencita (Angourie Rice) que encarna con propiedad la auténtica rebeldía y esperanza del relato.

            Sin desbocarse en el sustancioso absurdo de lo que podría ser la fundamental El gran Lebowski o la sociológica Puro vicio, Dos buenos tipos despliega su arsenal con notable simpatía y solidez, alzada por la vis cómica de Gosling y Crowe allá donde la función amenaza con estancarse en su juego de equilibrios entre su respeto hacia los cánones de la buddy movie -que Black prácticamente reglamentó con el libreto de Arma letal y su innata voluntad subversiva.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 6,5.

Wonderland (Sueños rotos)

16 May

“La única vez que perdí el control fue cuando tomaba cocaína y fumaba pasta base. En menos de dos años había hecho humo dos departamentos, mi casa, mi negocio de antigüedades, mi ferretería y mi carrera. Llegué a estar despierto diez días seguidos. Comía como mucho medio taco de Taco Bell cada cuatro días. Cuando me vi en un espejo, lo que vi bien podría haber sido un liberado de un campo de concentración nazi. Ya no podía hacer películas. No había tenido sexo en seis meses y todas mis clientas habían desaparecido. Me encontré corriendo de acá para allá vendiendo drogas a gente tan ruin que yo mismo hubiera cruzado la calle para evitarlos en el pasado.”

John Holmes

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Wonderland (Sueños rotos)

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Wonderland (sueños rotos)

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Año: 2003.

Director: James Cox.

Reparto: Val Kilmer, Kate Bosworth, Lisa Kudrow, Dylan McDermott, Ted Levine, Josh Lucas, Tim Blake Nelson, Eric Bogosian, Christina Applegate, Janeane Garofalo, Frankie G., M.C. Gainey.

Tráiler

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           Concurren a finales de los noventa y principios de los dosmiles varias producciones que deambulan, en mayor o menor grado, por la órbita de la industria estadounidense de la pornografía -y, generalmente, sus miserias asociadas-. Son, por ejemplo, El escándalo de Larry Flynt, Boogie Nights, Orgazmo, Asesinato en 8mm., The Fluffer (El estimulador) o La vecina de al lado. También Wonderland (Sueños rotos), que recupera la legendaria figura de John Holmes, el macho alfa del cine X de todos los tiempos, aunque para adentrarse en los escabrosos callejones por los que transitaría durante su periodo de decadencia. Aquel que, precisamente, travestido de Dirk Diggler y con apenas reformas ficcionadas, retrataba Paul Thomas Anderson en Boogie Nights.

El título del filme se refiere así al caso de asesinato, robo y tráfico de estupefacientes destapado con la tremebunda muerte de cuatro personas en una casa de la Avenida Wonderland de Los Ángeles. Un confuso asunto criminal en el que Holmes, consumido por las drogas, el descalabro económico y la deriva existencial, se vio implicado y procesado.

           Al igual que había hecho Anderson –si bien siempre jugando en su propio terreno-, James Cox desarrolla un estilo de dirección evidentemente influido por los relatos de gánsgters y demás reyezuelos subterráneos de Martin Scorsese. La diferencia de prestigio entre uno y otro cineasta se puede explicar perfectamente por los dispares resultados de ambas películas. Wonderland es un mejunje de puntos de vista que se ensamblan en una narración con pretendidos espasmos de adrenalina y delirio aplicados desde la sala de montaje, banda sonora cañera, interpretaciones excesivas y la posproducción con dejes de su tiempo -las sobreimpresiones informales para completar información de manera dinámica-.

Herramientas mediante las cuales se reconstruye este episodio de la América oscura con torpeza y, a fin de cuentas, convencionalidad en su desbarre –un par de flashbacks rashomonianos bastante pedestres y que se contraponen para hacer avanzar la historia hasta el desenlace manteniendo la incertidumbre del espectador-.

           El análisis del contexto social o la profundización en los personajes –apenas apuntes derivados del cambio de perspectiva y un par de apartes melodramáticos protagonizados por la exmujer y la novia de Holmes- quedan entonces sometidos a la cierta fascinación morbosa, de saldo para adolescentes –hasta hay cameo de Paris Hilton, como también de Carrie Fisher-, por este submundo marginal y rabioso que ofrece una vida “demasiado buena” –la vieja terna de sexo, drogas y rock&roll- como para abandonarla por las menudencias que preocupan a los adultos serios y aburridos.

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Nota IMDB: 6,6.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 4,5.

Boogie Nights

17 Mar

“Puedo sostener una erección casi indefinidamente. En una película porno una escena sexual de cuatro minutos en pantalla significa que he mantenido una erección durante las cinco horas que llevó rodarla. También puedo sostener una erección mientras me tiro a una chica al borde de un acantilado, mirando hacia abajo, mil metros sobre la nada, con mis rodillas sangrando por la superficie arenosa. Me corro cuantas veces sea necesario.”

John Holmes

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Boogie Nights

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Boogie Nights

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Año: 1997.

Director: Paul Thomas Anderson.

Reparto: Mark Whalberg, Julianne Moore, Burt Reynolds, John C. Reilly, Don Cheadle, Heather Graham, Philip Seymour Hoffman, Luis Guzmán, William H. Macy, Robert Ridgely, Melora Walters, Nicole Ari Parker, Thomas Jane, Philip Baker Hall, Alfred Molina.

Tráiler

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            La ruptura del hielo con Sidney y su favorable acogida por parte de la crítica impulsaron a Paul Thomas Anderson, proyecto de autor, a retomar un cortometraje que había rodado en 1988, The Dirk Diggler Story, inspirado en la trastienda de la industria del porno americana y, en concreto, a partir de material como el documental Exhausted: John C. Holmes, the Real Story, rodado por la actriz porno Julia St. Vincent a mayor gloria del inigualable astro X de la época, John Holmes.

            En Boogie Nights, tres monumentales planos secuencia marcan la historia de ascenso, caída y apunte de redención de corte scorsesiano que se desarrolla en el epicentro del pletórico cine porno californiano de finales de los setenta y la década de los ochenta, vía alternativa del sueño americano escogida por el bisoño Eddie Adams, luego Dirk Diggler (Mark Whalberg), para explotar y compartir el don que Dios le ha concedido: un pene como un vaso de tubo y la energía sexual de un semental desbocado. En paralelo con esta revisión del adulterado American dream, la cinta puede entreverse asimismo como una crónica coral de este periodo histórico del país norteamericano.

            En su recorrido inicial, que transcurre hasta detenerse en la imagen del protagonista, jalonado de estrellas a su espalda, la cámara describe el submundo nocturno de neones y vicios variados donde se mueven unos personajes presentados de un vistazo, con extraordinaria precisión. En el planteamiento, Anderson establece una película tan eufórica y desenfrenada como el irrefrenable auge de Diggler y la propia escena del porno angelino, por entonces invulnerable ante futuras vulgaridades artísticas y amenazas financieras como el mercado del video –no digamos ya internet y la era del porno universal y gratuito-.

A lo largo de este primer tercio luminoso y hortera, el joven realizador vacía su virtuosismo hasta rayar con lo formalista, si bien con el objetivo de reflejar las luces que deslumbran a unos personajes los cuales, en realidad, son pura sombra. Tras las bambalinas, el espectador contempla una galería de ruinas, de seres desmoronados por problemas sentimentales, económicos, sociales, familiares, de identidad, de autoestima. Individuos frágiles, fracasados o simplemente estúpidos que se arraciman en busca de protección, de formas de amor mal entendidas y de distraer la debacle mental y emocional a golpe de estupefaciente.

            Otro plano secuencia, esta vez cercenado por un disparo, confirma el mal viaje que se avecina al superar el ecuador del metraje y entrar en los años ochenta de la demanda insaciable y a bajo precio –una burda decadencia en la que, por otro lado, se podría reflejar también el cine respetable-. Imágenes torcidas y de mayor densidad, bañadas en un rojo infernal, que advierten acerca de una progresiva degradación culminada por un abrumador montaje paralelo sobre el que cabalgan dos escenas atroces en su violencia física y psicológica, punteadas por la banda sonora de Michael Penn que toca a difuntos. Anderson aplica aquí la ferocidad que merecerían estos referentes de Martin Scorsese -ese cineasta siempre fascinado por sus hombres excepcionales independientemente de su carácter moral- que resuenan en el fondo y el estilo de Boogie Nights, si bien con cierta misericordia postrera en aras de legar un desenlace abierto para sus maltrechas criaturas.

            Obra arrolladora, Boogie Nights supondría la confirmación internacional de uno de los más valorados autores del Hollywood contemporáneo.

 

Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 8,5.

Frío en julio

16 Feb

“Tengo una política muy estricta sobre las armas. Si hay una pistola cerca quiero ser yo el que la controle.”

Clint Eastwood

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Frío en julio

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Frío en julio

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Año: 2014.

Director: Jim Mickle.

Reparto: Michael C. Hall, Sam Shepard, Don Johnson, Vinessa Shaw, Nick Damici, Wyatt Russell.

Tráiler

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           El justiciero de la ciudad, quintaesencia del cine de vigilantes urbanos y plasmación de la sensibilidad político-judicial de una época en la que se sepultaban los restos putrefactos del fracaso del idealismo hippie, no escondía ninguna de sus cartas ideológicas. Acción, reacción; ojo por ojo. En ella, el salvaje asesinato de su familia era el incidente que se encargaba de abrirle los ojos a Charles Bronson, un desdichado ‘progre’ que todavía no era consciente de su fatal error. Como San Pablo tras caer del caballo, Bronson se transformaba en el convencido brazo fuerte de una ley promulgada y aplicada por medio de una inquebrantable voluntad individual que, del mismo modo, quedaba constituida como inviolable rasero moral.

El crimen, combatido legítimamente con sus métodos. La legislación oficiosa del cinismo y la violencia parafascista. Conceptos que, debidamente simplificados y exaltados, también enraízan con esa ética westerniana que, inevitablemente, es parte indisociable de la biografía del país, impresa a fuego en su carácter.

           Por ambientación histórica, cierta aproximación estética nocturna y luminosa y, sobre todo, por su legitimación de la acción directa e implacable, Frío en julio recoge estas pulsiones instintivas y primarias del cine de justicieros violentos, fenómeno que hizo especial fortuna en la década de los ochenta a uno y otro lado del Atlántico.

En Frío en julio, un apocado padre de familia, vendedor de marcos (un poco inspirado Michael C. Hall), despierta de su apacible sueño americano tras matar casi por accidente, con el revolver heredado de su padre, a un ladrón que había quebrantado la santidad de su hogar. Pero frente al mar de remordimientos éticos y al repudio de la violencia como solución que surge de manera natural en el interior del protagonista, irrumpe como auténtica respuesta de redención no la renuncia definitiva al arma -aquella que parece buscar en ese primer momento de desazón-, sino el uso correcto de la misma.

Es decir, que el esquema que plantea el libreto es el de un rito de iniciación que, en sentido práctico, se traduce en un recorrido circular destinado a corregir esa perturbación traumática que hace estallar el comienzo del filme. La subsanación de un mal externo –la criminalidad como concepto amplio- a través de una transformación interna –esa aceptación, conocimiento y ejecución de la violencia moralmente justa-.

           Y es que el argumento parte de este episodio personal y ‘menor’ para imbricarse en tramas delictivas más elevadas y amenazadoras para todo el colectivo social, como es el de las inefables snuff-movies. Una trasgresión extrema e inaceptable desde cualquier punto de vista. Indefendible. La coartada más pura, por tanto.

Sin embargo, Frío en julio describe un trayecto opuesto al de la peregrinación que dibujaba el crítico y torturado Paul Schrader en Hardcore: Un mundo oculto, donde un mojigato y obtuso calvinista se sumergía en una pesadilla sexual que demolía sin piedad todos los asideros sobre los que hasta entonces se había sostenido su existencia espiritual e incluso física. En Frío en julio, el discurso es antitético: la pesadilla sirve como ritual esotérico que clarifica la mente, solidifica las convicciones y aporta estabilidad psicológica y familiar al individuo.

           Aunque narrada con agradecido pulso narrativo, la intriga atraviesa un buen puñado de charcos de difícil credibilidad lógica -¿por qué intentan asesinar al ex presidiario, por ejemplo?- que se suman a la sensación atropellada que transmite el relato en su conjunto, si bien logra sostenerse a partir del impecable trabajo de Sam Sephard, el hipnotismo de la puesta en escena y la fascinación atávica característica de este género de dudosa catadura moral.

 

Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 5.

El escándalo de Larry Flynt

20 May

Exploración sobre el porno y la libertad de expresión para el dossier sobre Milos Forman en Cinearchivo.

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Videodrome

2 May

“¡Televisión! Maestra, madre, amante secreta.”

Homer Simpson (Los Simpson)

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Videodrome

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Videodrome.

Año: 1982.

Director: David Cronenberg.

Reparto: James Woods, Debbie Harry, Peter Dvorsky, Sonja Smiths, Leslie Carlson, Lynne Gorman, Jack Creley.

Tráiler

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            Si bien constituye una inquietud extensible a buena parte de su obra, sobre todo durante la primera parte de la misma, sería Videodrome la primera película donde David Cronenberg formulase el concepto la ‘nueva carne’: la evolución y el cambio de identidad del ser humano nacida de la fusión entre cuerpo y materia tecnológica, privilegio o deformación idiosincrático de la sociedad contemporánea.

            Después de su confirmación a nivel popular con Scanners, el cineasta canadiense decidía dar rienda suelta a un proyecto tan ambicioso como arriesgado. Una feroz diatriba que sitúa a la televisión como eje de una sociedad enferma y decrépita, erigida en derecho civil, medio de integración social, instrumento de ocio y excitación, manifestación religiosa, herramienta de control político y creadora única de realidad.

            A través de la figura del productor de televisión especializado en pornografía Max Renn (James Woods, cabeza de un reparto elegido con gran acierto), Cronenberg disecciona los entresijos de una Norteamérica abarrotada y hastiada de placer, en constante búsqueda de nuevos estímulos para su abotargado paladar sexual, ávido de cualquier nueva y más dura parafilia. Más intensa, más cruda, más electrizante. Inserta directamente en el propio cuerpo.

            Incómoda, pegajosa y obsesiva, dotada de una atmósfera tan febril, sórdida y alucinada como la mente y el entorno que rodea al protagonista, Videodrome redacta un diagnóstico complejo y desolador acerca de la mórbida fascinación del ser humano por lo repulsivo, lo violento y lo malsano -concepto subrayado también por la perturbadora nota que aporta la fisicidad de los efectos especiales-. Unas atracciones accesibles universalmente a través del rayo catódico -lo que lleva a imaginar hasta dónde habría llegado la visionaria propuesta de Cronenberg de haber conocido con la explosión de Internet o de haber caído el guion de la reciente Her en sus manos-.

            Contextualizada dentro de un esquema sujeto y dependiente de los delirios subjetivos del protagonista -campo abonado por tanto para la trampa, el truco efectista y la siembra de paranoias de todo pelaje-, la conspiración político-patriótica de adoctrinamiento que domina el desenlace resulta por el contrario un tanto más evidente y superficial, bastante menos sugerente y atinada que los poderosos mensajes precedentes.

 

Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 6,5.

Asesino implacable

1 Ago

“Adoro a los ingleses. Tienen el código de inmoralidad más estricto del mundo.”

Malcolm Bradbury

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Asesino implacable

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Asesino implacable

Año: 1971.

Director: Mike Hodges.

Reparto: Michael Caine, John Osborne, Ian Hendry, Petra Markham, Geraldine Moffatt, Terence Rigby, Dorothy White, Bryan Mosley, Alun Armstrong, Britt Ekland.

Tráiler

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            Haciendo caso al análisis que Adrián Esbilla realiza en su imprescindible blog, si América tenía a Frank Bullitt, Francia a Jef Costello y Japón a Goro Hanada, Jack Carter será la personificación y referencia ‘cool’ del cine negro en territorio británico.

            Asquerosas moquetas, horrendo papel pintado y pegajoso olor a mantequilla en la cocina, edificios de ladrillos enmohecidos, calles de asfalto permanentemente húmedo, herrumbre, cochambre, lodo, suciedad, cielos plomizos y el viento que no cesa. Un universo sin ética ni ley en el que solo tienen cabida putas y maleantes. Es el norte donde Jack Carter, impasible sicario de un gángster de medio pelo, ha de regresar para saldar la venganza de su hermano asesinado. La vuelta al hogar.

            Carter, un villano sin paliativos al que las circunstancias del argumento le atribuyen un rol que en otro caso podría pasar por tener cierto carácter heroico -o como poco antiheroico-, maneja dicho concepto de venganza como un deber ineludible.

Una reacción mecánica que nada tiene que ver con impulsos sentimentales como el amor o la ira, con convicciones morales extraviadas o con una concepción taliónica de la justicia. Ni siquiera la figura de su hermano parece despertar en él (o haber despertado en el pasado) emoción alguna. De hecho, el único vestigio de su relación queda definida por terceras personas, quienes rescatan por su parte la única apreciación del fallecido al respecto de su vengador: “es un hijo de puta”.

            En un soberbio trabajo, el por entonces emergente Michael Caine dota al personaje de una mirada de acero que asusta más cuanto más gélida e inescrutable permanece. La fuerza amenazadora de su omnipresencia, su implacable brutalidad y su ocasional crueldad gratuita -imposible de ocultar mediante su pose impertérrita y sus trajes elegantes-, se reconocen y mimetizan a la perfección en esa Newcastle cutre y decrépita, reflejo mugriento y enturbiado de un país en decadencia, fabrilmente atareado en su sorda pero manifiesta autodescomposición.

No es casual que John Osborne, uno de los creadores y líderes intelectuales de aquellos belicosos Angry Young Men que habían denunciado en literatura, teatro y cine las miserias del Reino Unido posimperial, sea quien reciba el cometido de encarnar a uno de los múltiples ‘malos’ en escena.

            Mike Hodges plasma con convencimiento en pantalla un filme criminal de estética tan desapacible como el entorno que describe; tan seco, contundente y correoso como su protagonista, embarcado con psicótica frialdad y determinación en su meticuloso e inacabable cometido de reventar todo ese cúmulo enmarañado de degradaciones delictivas que abarrotan la trama.

Narrada con ritmo tenaz e intensidad y agresividad progresiva, Asesino implacable define y ejemplifica el concepto de thriller a ojos del cine británico, al mismo tiempo que constituye una película que exuda furia contenida y carisma desbordado.

 

Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 8.

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